Versículo destacado
Jeremías 41:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" En el séptimo mes sucedió que Ismael hijo de Netanías, hijo de Elisama, de linaje real, y los príncipes del rey, diez hombres con él, llegaron a Mizpa, adonde estaba Gedalías hijo de Ahicam; y allí comieron pan juntos en Mizpa. "
Jeremías 41:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 En el séptimo mes sucedió que Ismael hijo de Netanías, hijo de Elisama, de linaje real, y los príncipes del rey, diez hombres con él, llegaron a Mizpa, adonde estaba Gedalías hijo de Ahicam; y allí comieron pan juntos en Mizpa.
2 Entonces Ismael hijo de Netanías y los diez hombres que estaban con él se levantaron, hirieron a espada a Gedalías hijo de Ahicam, hijo de Safán, y mataron a aquel a quien el rey de Babilonia había puesto como gobernador sobre la tierra.
3 Ismael también mató a todos los judíos que estaban con él, con Gedalías, en Mizpa, y a los caldeos que fueron encontrados allí, y a los hombres de guerra.
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Es difícil decir qué resulta más impactante: que Dios permita semejante maldad o que los seres humanos la lleven a cabo. Aquí vemos actos crueles, salvajes y sangrientos cometidos por hombres que, por su nacimiento, debieron ser honorables; por su religión, debieron ser justos; y por haber sufrido juntos, debieron mostrar misericordia. Hicieron esto contra su propio pueblo, su propia nación y su propia religión, mientras todos estaban bajo el poder de los caldeos victoriosos y ya experimentaban el juicio de Dios. No tenían ninguna razón para hacerlo ni podían esperar obtener beneficio alguno. Peor aún, lo hicieron con planificación y habilidad, no en un arrebato de ira.
La Escritura nos ofrece pocos ejemplos de una crueldad tan traicionera. Cuando Juan vio a la mujer embriagada con la sangre de los santos, es comprensible que se maravillara profundamente. Sin embargo, Dios permitió que sucediera para que se completara la ruina de un pueblo que no se humillaba y se alcanzara la medida plena de sus juicios, pues ya habían colmado la medida de sus pecados. Esto debe despertar en nosotros odio hacia la maldad humana y un temor santo ante la justicia de Dios.
Ismael y su grupo asesinaron primero al propio Gedalías. El rey de Babilonia había engrandecido a Gedalías y le había dado autoridad como gobernador sobre la tierra que había conquistado. Dios también lo había hecho un hombre bueno y una verdadera bendición para su país, pues por medio de su liderazgo estaba dando vida y ayuda al pueblo. Aun así, nada de eso pudo protegerlo.
Ismael pertenecía a la familia real (Jeremías 41:1), así que sentía celos del honor creciente de Gedalías. Le molestaba que Gedalías aceptara un cargo bajo el rey de Babilonia. Llevó consigo a diez hombres, también de la familia real, que compartían sus mismos resentimientos obstinados. Ya habían visitado a Gedalías para ponerse bajo su protección (Jeremías 40:8), y ahora volvieron como si solo fueran a hacerle una visita amistosa. Comieron juntos en Mizpa. Gedalías los recibió con generosidad y no sospechó de ellos, aunque Johanán le había advertido.
Fingieron ser sus amigos y no le dieron ninguna señal que lo llevara a protegerse. Él sí se mostraba verdaderamente amistoso con ellos y hacía todo lo posible por agradarles. Pero aquellos que habían comido pan con él se volvieron contra él. No discutieron abiertamente con Gedalías; esperaron el momento en que estuviera solo y entonces lo asesinaron (Jeremías 41:2).
También mataron a todos los hombres armados que encontraron allí, tanto judíos como caldeos: a todos los que servían bajo las órdenes de Gedalías o que pudieran vengar su muerte (Jeremías 41:3). Como si los caldeos no hubieran derramado ya suficiente sangre israelita, los príncipes de Judá añadieron más sangre a la que ya se había derramado. Mientras tanto, los viñadores y los agricultores estaban trabajando en los campos y no sabían nada de aquella matanza, que fue ocultada y ejecutada con mucho cuidado.
Algunos hombres honestos, que viajaban entre lágrimas para lamentar la destrucción de Jerusalén, también cayeron en la trampa de Ismael y fueron asesinados junto con los demás. Venían de Siquem, Samaria y Silo (Jeremías 41:5), lugares que en otro tiempo fueron conocidos, pero que ahora habían sido humillados. Pertenecían a las diez tribus, aunque todavía había allí personas que permanecían fieles al culto del Dios de Israel.
Iban a la casa del Señor, al templo en Jerusalén, sin duda porque habían oído que había sido destruido. Querían rendir homenaje a sus cenizas y contemplar sus ruinas, para que lo que vieran moviera sus corazones al dolor. Apreciaban incluso su polvo (Salmo 102:14). Llevaban ofrendas e incienso consigo, de modo que, si encontraban algún altar —aunque fuera uno hecho de tierra— y algún sacerdote dispuesto a servir, no llegarían con las manos vacías. Y si no encontraban nada, aun así demostraban su buena voluntad, como Abraham cuando llegó al lugar donde antes había estado el altar.
Por lo general, el pueblo de Dios iba a la casa del Señor con alegría, pero estos hombres iban como personas de luto. Tenían la ropa rasgada y la cabeza afeitada, porque la providencia de Dios claramente exigía llanto y duelo. Las cosas ya no eran como en los días anteriores para quienes adoraban fielmente a Dios.
Cuando Ismael se enteró de que venían, decidió matarlos también; tanta era su sed de sangre. Parecía odiar a todo el que llevara el nombre de israelita o tuviera la apariencia de una persona honesta. Odiaba especialmente a estos peregrinos que iban camino a Jerusalén por causa de su propósito. Salió a recibirlos con lágrimas de cocodrilo, fingiendo lamentar la ruina de Jerusalén tanto como ellos. También quería saber qué pensaban de Gedalías y de su gobierno, así que los invitó a entrar en la ciudad y descubrió que respetaban a Gedalías. Esto solo confirmó la decisión de Ismael de asesinarlos.
Les dijo: «Vengan a ver a Gedalías», fingiendo que quería que fueran a vivir con él, cuando en realidad pretendía que fueran a morir con él (Jeremías 41:6). Ellos habían escuchado tan buen informe acerca de Gedalías que se alegraron de conocerlo. Pero una vez que Ismael los tuvo en medio de la ciudad, los atacó y los mató (Jeremías 41:7). Sin duda, también se apoderó de las ofrendas que habían llevado y las usó para sí mismo, pues quien está dispuesto a cometer un asesinato no dudará en cometer un sacrilegio.
La Escritura también observa lo que hizo con los cuerpos de aquellos hombres y de los demás que había asesinado. Los arrojó a una cisterna grande (Jeremías 41:7), la misma que el rey Asa de Judá había excavado mucho tiempo antes, ya fuera dentro de la ciudad o junto a ella, cuando construyó o fortaleció Mizpa (1 Reyes 15:22), para convertirla en una fortaleza fronteriza contra Baasa, rey de Israel, por temor a él (Jeremías 41:9). Quienes excavan cisternas con un buen propósito no saben cuán mal pueden ser utilizadas después.
Había matado a tantos que no podía darles una sepultura individual, o no quería honrarlos de esa manera. Así que los arrojó juntos en una sola cisterna. Entre los que estaban destinados a morir había diez hombres que escaparon apelando, no a la misericordia, sino a la codicia de quienes tenían su vida en las manos. Cuando Ismael estaba listo para destruirlos como una bestia hambrienta, le dijeron: «No nos mates, porque tenemos escondidos en el campo tesoros de trigo, cebada, aceite y miel» (Jeremías 41:8). En otras palabras, le ofrecieron mostrarle dónde estaban esos bienes y ponerlos a su disposición si les perdonaba la vida. Una persona está dispuesta a dar cualquier cosa para salvar su vida.
El soborno funcionó. Ismael los dejó con vida, no por bondad, sino por dinero. Aquellas riquezas estaban reservadas para el bien de sus dueños, no para hacerles daño (Eclesiastés 5:13) ni para causarles la muerte (Job 31:39), sino para ayudarlos y salvarles la vida. Salomón dice que, en ocasiones, la riqueza de una persona se convierte en el rescate de su vida.
Quienes creen que pueden comprar la muerte cuando esta ha llegado por mandato de Dios descubrirán que no pueden apartarla. Aunque rueguen: «No nos mates, porque tenemos tesoros escondidos en el campo», la muerte no escuchará y quedarán profundamente decepcionados.
Ismael también llevó cautivo al pueblo. Las hijas del rey, a quienes los caldeos no se habían llevado cuando capturaron a los hijos del rey, y la gente pobre de la tierra —los viñadores y los agricultores que habían quedado bajo el cuidado de Gedalías— fueron llevados rumbo al país de los amonitas (Jeremías 41:10). Es probable que Ismael tuviera la intención de entregarlos al rey de aquel país como botín de su cruel victoria, pues ese rey lo había animado a actuar.
Esta triste historia nos advierte que nunca debemos sentirnos completamente seguros en este mundo. Todavía puede venir algo peor cuando pensamos que lo peor ya pasó. El final de un problema, que imaginamos como el final de todas las dificultades, puede ser apenas el comienzo de otra dificultad aún mayor. Estos prisioneros quizá pensaron: «Ya pasaron el dolor de la muerte y el cautiverio», pero a algunos los mataron y a otros se los llevaron. Cuando nos sentimos seguros y comenzamos a relajarnos, la destrucción puede llegar desde una dirección que nunca esperábamos. Más de un barco ha naufragado en el puerto. En este lado del cielo, nunca podemos estar seguros de disfrutar una paz permanente.
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De este capítulo
Jeremías 41:2
"Entonces Ismael hijo de Netanías y los diez hombres que estaban con él se levantaron, hirieron a espada a Gedalías hijo de Ahicam, hijo de Safán, y mataron a aquel a quien el rey de Babilonia había puesto como gobernador sobre la tierra."
Jeremías 41:3
"Ismael también mató a todos los judíos que estaban con él, con Gedalías, en Mizpa, y a los caldeos que fueron encontrados allí, y a los hombres de guerra."
Jeremías 41:4
"Y sucedió que, al segundo día después de haber matado a Gedalías, sin que nadie lo supiera,"
Jeremías 41:5
"llegaron de Siquem, de Silo y de Samaria ochenta hombres, con la barba afeitada, la ropa rasgada y habiéndose hecho cortes en el cuerpo, llevando en la mano ofrendas e incienso para llevarlos a la casa del SEÑOR."
Jeremías 41:6
"Ismael hijo de Netanías salió de Mizpa a encontrarlos, llorando durante todo el camino. Cuando se encontró con ellos, les dijo: «Vengan a ver a Gedalías hijo de Ahicam»."
Jeremías 41:7
"Y sucedió que, cuando llegaron al centro de la ciudad, Ismael hijo de Netanías los mató y los arrojó dentro de la cisterna, él y los hombres que estaban con él."
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