Versículo destacado

Jeremías 32:16 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Después de entregar la escritura de compra a Baruc, hijo de Nerías, oré al SEÑOR, diciendo: "

Jeremías 32:16

menu_book El versículo en contexto

14 Así dice el SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel: Toma estas escrituras, esta escritura de compra, tanto la que está sellada como esta escritura que está abierta, y ponlas en una vasija de barro para que se conserven durante muchos días.

15 Porque así dice el SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel: De nuevo se poseerán casas, campos y viñedos en esta tierra.

16 Después de entregar la escritura de compra a Baruc, hijo de Nerías, oré al SEÑOR, diciendo:

17 ¡Ah, Señor DIOS! Tú hiciste el cielo y la tierra con tu gran poder y tu brazo extendido, y no hay nada demasiado difícil para ti.

18 Tú muestras misericordia a millares y retribuyes la iniquidad de los padres en el seno de sus hijos después de ellos. El Dios grande, el Poderoso, SEÑOR de los ejércitos es su nombre,

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí tenemos la oración de Jeremías después de que Dios le mostró lo que sucedería con la nación: primero la derribaría y después volvería a edificarla. Ese mensaje también desconcertó al profeta. Había hablado fielmente, pero al reflexionar en ello no lograba entender cómo encajaban esas cosas. Así que, en medio de su confusión, derramó su corazón delante de Dios en oración y encontró alivio.

Lo que le preocupaba no era principalmente haber comprado un campo que parecía no servirle de nada. Su preocupación más profunda era su pueblo. Jeremías todavía se interesaba por ellos y se presentaba delante de Dios como intercesor, como alguien que ruega por otros. Esperaba que, si Dios tenía preparada tanta misericordia para ellos en el futuro, no los tratara en ese momento con la misma severidad que había anunciado.

Antes de orar, Jeremías entregó los documentos de la compra a Baruc, su secretario de confianza. Esto puede enseñarnos que, cuando vamos a adorar a Dios, debemos procurar despejar nuestra mente de las preocupaciones y cargas de este mundo. Jeremías estaba en prisión, angustiado y sin entender con claridad lo que Dios estaba haciendo; aun así, oró. La oración es un remedio para toda herida. Cualquiera que sea la carga que llevemos, podemos echarla sobre el Señor por medio de la oración y encontrar paz.

En esta oración, o meditación, Jeremías primero honra a Dios y le da la gloria que corresponde a su nombre como Creador, sustentador y dador de todo bien. Al hacerlo, reconoce el poder irresistible de Dios: él puede hacer todo lo que quiere; y reconoce también su autoridad incuestionable: tiene el derecho de hacer todo lo que quiere (Jeremías 32:17-19). Cuando nos confundimos ante las maneras específicas en que Dios obra, nos ayuda volver a estas verdades fundamentales acerca de su sabiduría, su poder y su bondad.

Jeremías considera que Dios es la fuente de todo ser, poder, vida, movimiento y perfección. Él hizo los cielos y la tierra con su gran poder; por eso, nadie puede controlarlo ni oponerse a él. También confiesa que nada es imposible para Dios y que ningún problema está fuera de su alcance. Cuando la sabiduría y las fuerzas humanas fallan, Dios todavía tiene suficiente poder y sabiduría para superar todo obstáculo.

Después recuerda que la misericordia de Dios no tiene límites. La misericordia es uno de sus atributos principales, y su bondad forma parte de su gloria. Dios es bueno, y no muestra su bondad solamente a unos cuantos, sino a miles, incluso a miles de generaciones. Al mismo tiempo, Jeremías reconoce que Dios es perfectamente justo. Sus demoras en juzgar no equivalen a perdones. Aunque por un tiempo perdone a los padres para darles oportunidad de arrepentirse, sigue aborreciendo el pecado y lo castiga en las generaciones posteriores. Dios no hace nada injusto al actuar así, porque el pecado humano es detestable y Dios protege el honor de su propio nombre.

Jeremías también confiesa que Dios gobierna sobre todas las cosas. Es el gran Dios porque es el Dios poderoso, y entre los seres humanos la verdadera grandeza se relaciona con el poder. Él es el SEÑOR de los ejércitos, es decir, el Señor de todos los ejércitos y de todos los poderes del cielo y de la tierra; todo está bajo su mando. Finalmente, Jeremías dice que Dios lo planea todo con sabiduría y lleva a cabo todo lo que ha determinado. Es grande en sus propósitos, porque su sabiduría es profunda y alcanza muy lejos; y es poderoso en sus obras, porque hace todas las cosas conforme a su voluntad. Un Dios así no es alguien con quien debamos pelear. Debemos seguir sirviéndole y aceptar con alegría todo lo que él ordena.

Luego Jeremías reconoce que Dios ve todas las acciones humanas y las juzga con justicia (Jeremías 32:19). Los ojos de Dios están abiertos sobre todas las personas en todo lugar; él observa tanto el mal como el bien y conoce todos sus caminos. No es un observador distante, sino un testigo que juzga y da a cada persona conforme a sus caminos y al fruto de sus obras. Cada persona encontrará a Dios tal como Dios la ha encontrado.

Después Jeremías recuerda las grandes cosas que Dios había hecho anteriormente por Israel. Dios los sacó de Egipto, la casa de esclavitud, mediante señales y maravillas que nunca serían olvidadas. Israel las recordaba cada año durante la Pascua, y las naciones vecinas también hablaban de ellas. Esas obras dieron a conocer el nombre de Dios y le trajeron gloria. Jeremías lo repite una vez más: Dios no solo sacó a Israel para darle consuelo y alegría, sino también para manifestar su propia gloria, con señales y maravillas, con mano fuerte y con brazo poderoso que alcanzó incluso al orgulloso faraón. Esto recuerda lo que se dice en Deuteronomio 4:34.

Dios también llevó a Israel a Canaán, aquella tierra buena que abundaba en leche y miel. Él había jurado a sus antepasados que se la daría y, como cumplió su juramento, se la entregó a sus hijos, quienes entraron y tomaron posesión de ella (Jeremías 32:22). Jeremías menciona esto para mostrar cuán grave había sido su pecado y desobediencia, y también para apelar a Dios en favor de su liberación. Es bueno que recordemos con frecuencia las grandes cosas que Dios hizo por su pueblo en tiempos pasados, especialmente cuando lo estableció por primera vez mediante aquella poderosa obra llena de maravillas.

Luego Jeremías lamenta la rebelión del pueblo y los juicios que habían atraído sobre sí mismos. Presenta un triste relato de lo ingratos que habían sido con Dios. Dios había cumplido todo lo que había prometido, como ellos mismos habían reconocido (1 Reyes 8:56), pero ellos no habían hecho ninguna de las cosas que él les había ordenado (Jeremías 32:23). No mostraron una preocupación verdadera por sus leyes, no caminaron en ellas ni prestaron atención a los llamados que les hizo por medio de los profetas, porque no obedecieron su voz. Por eso Jeremías reconoce que Dios tenía razón al traer sobre ellos todo aquel desastre.

Describe a Jerusalén bajo sitio: atacada por la espada desde afuera y debilitada por el hambre y la enfermedad desde adentro, estaba a punto de caer en manos de los caldeos, es decir, de los babilonios, que luchaban contra ella (Jeremías 32:24). De hecho, ya había sido entregada en sus manos (Jeremías 32:25). Jeremías compara entonces la situación de Jerusalén con las advertencias de Dios y se da cuenta de que lo que Dios había dicho se había cumplido. Dios les había advertido de antemano, y si hubieran escuchado, podrían haber evitado aquella ruina. Pero si no quieren hacer lo que Dios manda, no deben esperar otra cosa que el cumplimiento de las amenazas que él ha anunciado.

Jeremías presenta la condición actual de Jerusalén ante el cuidado y la misericordia de Dios (Jeremías 32:24). Le pide que mire las obras de asedio, es decir, las rampas y las máquinas de guerra que los enemigos utilizaban para derribar las murallas de la ciudad. En esencia, está diciendo: «Tú lo ves y te das cuenta de lo que ocurre. ¿Debe quedar abandonada de esta manera la ciudad que escogiste para poner allí tu nombre?».

Jeremías no culpa a Dios por lo sucedido ni le dice qué debe hacer. Más bien, le pide que mire la situación, y se alegra de confiar en que Dios sí la ve. Cualquiera que sea el problema en el que nos encontremos, ya sea en nuestra vida personal o en la vida pública, podemos hallar consuelo en esto: Dios lo ve y sabe cómo remediarlo.

Jeremías también parece desear una comprensión más completa de la razón por la que Dios le ordenó comprar el campo de su primo (Jeremías 32:25). Aunque la ciudad estaba siendo entregada a los caldeos y nadie parecía estar en condiciones de conservar sus propiedades, Dios todavía le había dicho que comprara el campo. Tan pronto como Jeremías supo que esa era la voluntad de Dios, obedeció sin poner objeciones. No rechazó el mensaje celestial. Sin embargo, después de obedecer, quiso entender con mayor claridad por qué Dios le había dado una orden tan extraña.

La enseñanza es esta: aunque debemos obedecer plenamente a Dios, también debemos procurar conocerlo cada vez mejor. Nunca debemos discutir contra sus mandatos ni contra sus juicios, pero sí podemos y debemos preguntar qué significan esos mandatos y esos juicios (Deuteronomio 6:20).

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