Versículo destacado
Jeremías 27:12 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" También hablé a Sedequías, rey de Judá, conforme a todas estas palabras, diciendo: Pongan sus cuellos bajo el yugo del rey de Babilonia, y sirvan a él y a su pueblo, y vivan. "
Jeremías 27:12
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
10 Porque ellos les profetizan una mentira para alejarlos de su tierra, para que yo los expulse y ustedes perezcan.
11 Pero a las naciones que pongan el cuello bajo el yugo del rey de Babilonia y le sirvan, las dejaré permanecer en su propia tierra —dice el SEÑOR—; la cultivarán y habitarán en ella.
12 También hablé a Sedequías, rey de Judá, conforme a todas estas palabras, diciendo: Pongan sus cuellos bajo el yugo del rey de Babilonia, y sirvan a él y a su pueblo, y vivan.
13 ¿Por qué morirán tú y tu pueblo por la espada, el hambre y la peste, como el SEÑOR ha dicho acerca de la nación que no sirva al rey de Babilonia?
14 Por tanto, no escuchen las palabras de los profetas que les hablan diciendo: No servirán al rey de Babilonia; porque ellos les profetizan una mentira.
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Lo que se había dicho a todas las naciones se aplica aquí con especial cuidado a los judíos, porque Jeremías sentía una profunda preocupación por ellos. Judá y Jerusalén habían luchado muchas veces contra el rey de Babilonia y siempre habían sido derrotados. Muchos de sus líderes y gran parte de sus riquezas ya habían sido llevados a Babilonia, junto con algunos utensilios de la casa del Señor.
Ahora la cuestión era cómo terminaría aquella lucha. Algunos en Jerusalén afirmaban ser profetas y seguían diciéndole al pueblo que resistiera un poco más, asegurando que pronto vencerían al rey de Babilonia y recuperarían todo lo que habían perdido. En cambio, Jeremías fue enviado para decirles que se rindieran, porque, si se negaban, perderían aun lo poco que les quedaba. Ese es el propósito de estos versículos.
Jeremías se dirige primero al rey de Judá y lo exhorta a rendirse ante el rey de Babilonia. Lo que hiciera el rey afectaría a todo el pueblo, por eso Jeremías le habla como quien lo representa a todos (Jeremías 27:12): «Pongan sus cuellos bajo el yugo del rey de Babilonia y sirvan a él, y vivirán». Si era prudente someterse al pesado yugo de hierro de un gobernante cruel para conservar la vida física, mucho más sabio es someterse al yugo bondadoso y ligero de nuestro legítimo Señor y Maestro, Jesucristo, para salvar nuestra alma.
Debemos humillarnos de corazón mediante el arrepentimiento y la fe; ese es el camino al cielo y a la gloria. La advertencia de Jeremías a una nación que estaba muriendo es mucho menos contundente que la que podemos dirigir a los pecadores que están muriendo: están escogiendo morir por la espada y el hambre, muertes miserables que ellos mismos atraen sobre sí mientras intentan evitar una vida miserable. Dios ya había hablado en términos generales acerca de todos los que se negaran a someterse al rey de Babilonia, y quería que ellos recibieran personalmente esa advertencia y la tomaran con temor.
Sería bueno que los pecadores hicieran lo mismo con el juicio anunciado contra todos los que no quieren que Cristo gobierne sobre ellos. Deberían razonar consigo mismos que no tiene sentido morir la segunda muerte, mucho peor que morir por la espada o el hambre, cuando podrían someterse y vivir.
Jeremías también se dirige a los sacerdotes y al pueblo (Jeremías 27:16), exhortándolos a servir al rey de Babilonia para que vivieran y evitaran que la ciudad fuera destruida (Jeremías 27:17): «¿Por qué habría de quedar en ruinas, como sin duda sucederá si siguen resistiendo?». Los sacerdotes habían sido enemigos de Jeremías e incluso habían intentado matarlo; aun así, él demuestra ser su amigo y procura preservarles la vida. Esto es un buen ejemplo para nosotros: responder al mal con el bien.
Cuando los malvados odian a los rectos, los justos siguen procurando el bien de sus vidas y de sus almas (Proverbios 29:10). La situación ya era muy grave. Se encontraban al borde de la ruina y, si hubieran escuchado a Jeremías, podrían haberla evitado. Aun así, él continúa advirtiéndoles con bondad, esperando que por fin comprendan qué conduce a la paz, aunque fuera en el último momento.
En ambas exhortaciones, Jeremías les advierte que no crean a los falsos profetas que los adormecían con una falsa sensación de seguridad, porque al pueblo le gustaba escuchar palabras tranquilizadoras. «No escuchen las palabras de los profetas» (Jeremías 27:14), «sus profetas» (Jeremías 27:16). No eran profetas de Dios. Él nunca los había enviado. No le servían ni procuraban agradarle. Eran profetas del pueblo, porque decían lo que la gente quería oír y solo intentaban complacerla.
Estos profetas llevaron al pueblo a creer dos cosas falsas. Primero, decían que pronto se quebraría el poder del rey de Babilonia sobre ellos. «No servirán al rey de Babilonia» (Jeremías 27:14), afirmaban. En otras palabras, no había necesidad de someterse, porque no serían obligados a hacerlo. Decían hablar en el nombre del Señor (Jeremías 27:15), como si Dios los hubiera enviado para evitarle al pueblo la vergüenza de rendirse. Pero era una mentira. Afirmaban que Dios los había enviado, pero el Señor lo negó: «Yo no los envié».
También decían que el pueblo nunca sería sometido al rey de Babilonia, pero eso era igualmente falso, como demostró el desenlace. Aseguraban que la resistencia obstinada protegería tanto a la ciudad como al pueblo, pero también mentían, porque terminaría en exilio y muerte. Todo era una mentira de principio a fin. Esos profetas que engañaban al pueblo con mentiras terminaron engañándose a sí mismos. Los líderes ciegos y sus seguidores ciegos cayeron juntos en el hoyo. Perecerían junto con los profetas que les profetizaban, quienes ni siquiera podían salvarse a sí mismos.
Los que animan a los pecadores a seguir andando por caminos pecaminosos finalmente perecerán con ellos. En segundo lugar, aquellos profetas decían que los utensilios del templo que el rey de Babilonia ya se había llevado serían devueltos pronto (Jeremías 27:16). Sabían que eso agradaría a los sacerdotes, quienes se preocupaban más por el oro del templo que por el templo que le daba a ese oro su uso sagrado. Esos utensilios fueron llevados cuando Jeconías, rey de Judá, fue llevado cautivo a Babilonia (Jeremías 27:20). El relato es triste (2 Reyes 24:13, 2 Reyes 24:15; 2 Crónicas 36:10). Todos los utensilios valiosos, es decir, los utensilios de oro de la casa del Señor, junto con todos los tesoros, fueron tomados como botín y llevados a Babilonia.
Esto les dolió más que cualquier otra cosa, porque el templo era su orgullo y su confianza. Que fuera despojado era una señal clara de lo que el verdadero profeta les había anunciado: que su Dios se había apartado de ellos. Por eso, los falsos profetas no tenían otra manera de calmarlos que prometerles que el rey de Babilonia pronto tendría que devolverles los utensilios. Jeremías responde llamándolos a hacer lo que debieron haber hecho desde el principio: orar por los utensilios que todavía quedaban, en lugar de presumir que podían recuperar los que ya se habían llevado (Jeremías 27:18).
«Si son profetas», dice, «y si la palabra del Señor está con ellos»; es decir, si de verdad tienen acceso al cielo y alguna autoridad allí, que usen esa posición para hacer el bien. Que intenten detener el juicio. Que se pongan en la brecha y, como un sacerdote con un incensario, se coloquen entre los vivos y los muertos, entre lo que ya había sido llevado y lo que aún permanecía, para que la plaga se detuviera. Que oren al Señor de los ejércitos para que los utensilios restantes no fueran llevados también.
En vez de profetizar, debían orar. Los profetas deben ser personas de oración. Al pasar mucho tiempo en oración, demostrarían que realmente tenían comunión con el cielo. No podemos pensar que quienes rara vez elevan sus oraciones al cielo estén verdaderamente escuchando mensajes del cielo como profetas.
Al orar por la seguridad y el bienestar del santuario, demostrarían, como deben hacerlo los profetas, que les importaba el bien de toda la comunidad. Si Dios respondía sus oraciones, eso también demostraría que los favorecía.
En vez de preocuparse por recuperar lo que ya había sido llevado, debían hacer todo lo posible por proteger lo que aún quedaba. Debían considerar una gran misericordia poder conservar siquiera aquello. Cuando los juicios de Dios están sobre la tierra, no debemos aspirar a grandes ganancias, sino agradecer aun lo poco.
Pero ni siquiera esa esperanza menor se cumpliría. Los utensilios de bronce seguirían a los de oro, tal como Jeremías ya había dicho (Jeremías 27:19, Jeremías 27:22). Nabucodonosor, el rey de Babilonia, ya había encontrado un botín tan abundante que sin duda regresaría para llevarse todo lo que pudiera encontrar, tanto de la casa del Señor como del palacio real. Todo sería llevado triunfalmente a Babilonia y permanecería allí.
Aun así, Dios concluye con una promesa bondadosa: a su debido tiempo, visitaría esos utensilios con misericordia, conforme a su propósito, y los devolvería a su lugar. Estaban claramente bajo un cuidado divino especial; de otro modo, habrían sido fundidos y utilizados para otra cosa. Dios los estaba preservando para el segundo templo. En Esdras 1:8 leemos especialmente acerca de su regreso.
La lección es esta: si la prosperidad de la iglesia no vuelve en nuestro tiempo, no debemos perder la esperanza. Llegará en el tiempo de Dios. Los que decían «pronto serán devueltos los utensilios de la casa del Señor» estaban hablando falsamente (Jeremías 27:16). Pero quien dijo «al fin serán devueltos» estaba diciendo la verdad. Con frecuencia adelantamos nuestro propio reloj al de Dios y luego nos quejamos cuando no coinciden. Pero el Señor es un Dios justo, y debemos esperar en él.
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De este capítulo
Jeremías 27:1
"Al comienzo del reinado de Joacim hijo de Josías, rey de Judá, vino esta palabra del SEÑOR a Jeremías, diciendo:"
Jeremías 27:2
"Así me dice el SEÑOR: Hazte ataduras y yugos, y póntelos sobre el cuello."
Jeremías 27:3
"Luego envíalos al rey de Edom, al rey de Moab, al rey de los amonitas, al rey de Tiro y al rey de Sidón, por medio de los mensajeros que vienen a Jerusalén ante Sedequías, rey de Judá."
Jeremías 27:4
"Ordénales que digan a sus señores: Así dice el SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel: Así dirán ustedes a sus señores:"
Jeremías 27:5
"Yo hice la tierra, al hombre y a los animales que están sobre la tierra, con mi gran poder y con mi brazo extendido, y la he dado a quien me pareció apropiado."
Jeremías 27:6
"Ahora he entregado todas estas tierras en manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia, mi siervo; también le he dado los animales del campo para que le sirvan."
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