Versículo destacado
Jeremías 25:30 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Por tanto, profetiza contra ellos todas estas palabras y diles: El SEÑOR rugirá desde lo alto y hará oír su voz desde su santa morada; rugirá con fuerza contra su morada; lanzará un grito, como los que pisan las uvas, contra todos los habitantes de la tierra. "
Jeremías 25:30
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
28 Y sucederá que, si se niegan a tomar de tu mano la copa para beber, entonces les dirás: Así dice el SEÑOR de los ejércitos: Ciertamente beberán.
29 Porque, miren, yo comienzo a traer el mal sobre la ciudad que lleva mi nombre, ¿y acaso ustedes quedarán completamente sin castigo? No quedarán sin castigo, porque llamaré a la espada contra todos los habitantes de la tierra, dice el SEÑOR de los ejércitos.
30 Por tanto, profetiza contra ellos todas estas palabras y diles: El SEÑOR rugirá desde lo alto y hará oír su voz desde su santa morada; rugirá con fuerza contra su morada; lanzará un grito, como los que pisan las uvas, contra todos los habitantes de la tierra.
31 El estruendo llegará hasta los extremos de la tierra, porque el SEÑOR tiene una contienda con las naciones; entrará en juicio con toda carne y entregará a los malvados a la espada, dice el SEÑOR.
32 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: Miren, el mal saldrá de nación en nación, y un gran torbellino se levantará desde los confines de la tierra.
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Estos versículos ofrecen una imagen más completa de la terrible ruina que el rey de Babilonia, Nabucodonosor, y sus ejércitos traerían sobre los países alrededor de Jerusalén. Dios había establecido su templo en Jerusalén, y allí se encontraban su palabra y su adoración. Las naciones vecinas debieron haber escuchado allí y aprendido lo que Dios exigía de ellas. En cambio, aprovecharon cada oportunidad para corromper o afligir a esa ciudad santa. Por eso, cuando Dios juzgó a Jerusalén por haber aprendido tanto de las naciones, también juzgó a las naciones por haber aprendido tan poco de Jerusalén.
El profeta también deja claro que esta no es solamente la guerra de Babilonia, sino la guerra de Dios contra ellas. Pronto sentirían el ataque de Nabucodonosor, pero es Dios mismo quien se levanta contra ellas, y nadie puede resistirlo. El Señor rugirá desde lo alto, no desde el monte Sion y Jerusalén, como en (Joel 3:16) y (Amós 1:2), sino desde el cielo, su morada santa. Ahora Jerusalén se encuentra entre los lugares contra los cuales ruge. Dios había guardado silencio durante mucho tiempo y parecía no darse cuenta de la maldad de las naciones. Como dice claramente el Nuevo Testamento: «Dios pasó por alto los tiempos de ignorancia». Pero ahora gritará contra todos los habitantes de la tierra, como un ejército que se lanza a la batalla.
Ese rugido será motivo de terror en la tierra, pero de alabanza en el cielo. Cuando Dios juzga a los enemigos orgullosos de su reino, el cielo resuena de alegría y dice: «¡Aleluya!» (Apocalipsis 19:1). Ruge como un león (Amós 3:4, Amós 3:8), como un león que sale de su escondite y avanza para apoderarse de su presa (Jeremías 25:38). La imagen muestra tanto poder como peligro. Nadie puede mantenerse en pie delante de un Dios así.
El Señor también deja clara su causa contra las naciones. Tiene un pleito con ellas por su maldad, por su desprecio hacia él y por negarse a honrar su autoridad y su bondad. Por eso entregará a los malvados a la espada. Toda esta destrucción proviene de la intensa ira del Señor (Jeremías 25:37, Jeremías 25:38). Su ira nunca carece de razón, pero ¿quién puede medir por completo su poder?
La alarma se anuncia de una manera que llega a todas partes. Un sonido llegará hasta los confines de la tierra; será tan fuerte y alcanzará una distancia tan grande (Jeremías 25:31). La advertencia no será dada con trompeta ni tambor, sino por medio de un gran torbellino, una tormenta o tempestad levantada desde los confines de la tierra (Jeremías 25:32). El ejército caldeo será como un huracán del norte, que avanza con velocidad y fuerza aterradoras, arrasando con todo a su paso. Se parece al torbellino desde el cual Dios le respondió a Job, lleno de terror (Job 37:1, Job 38:1).
Cuando la ira de Dios ruge desde el cielo como un león, no sorprende que la tierra responda con gritos de miedo. ¿Quién no temblaría cuando Dios habla en juicio? Los pastores aullarán y llorarán; es decir, los reyes, los príncipes y los líderes del pueblo. Antes parecían los más fuertes y seguros, pero ahora perderán todo su valor. Se revolcarán en las cenizas, abrumados por el dolor (Jeremías 25:34). Podrán ver que no son capaces de detener al enemigo ni de impedir que su país sea arruinado.
Habrá gritos de los pastores y lamentos de los principales del rebaño (Jeremías 25:36). Es un juicio profundo cuando hasta los hombres importantes son llevados a semejante pánico. El Señor ha destruido sus pastizales, el lugar donde alimentaban a sus rebaños y también se enriquecían. Esa pérdida los hace gritar. La imagen también puede señalar al rugido de un león, que aterroriza a los pastores cuando lo escuchan acercarse a sus ovejas y se dan cuenta de que no tienen un lugar seguro donde escapar (Jeremías 25:35). El enemigo será tan numeroso, feroz y extendido que será imposible escapar. No podemos huir de los juicios de Dios, así como tampoco podemos enfrentarlos con valentía.
El juicio se extenderá de nación en nación, como una copa que se pasa de mano en mano para que cada una reciba su parte (Jeremías 25:32). Cada pueblo debería aprender de la desgracia del otro, apartarse del pecado y volver a Dios. Llegará de un extremo de la tierra al otro (Jeremías 25:33), como si fuera una imagen del juicio final. Dios ha fijado en su corazón el día de la venganza, y ahora su mano alcanzará a todos sus enemigos dondequiera que estén (Salmos 21:8). Cuando la casa de nuestro vecino está en llamas, deberíamos preocuparnos por la nuestra. Cuando una nación está en guerra, todas las naciones cercanas deberían escuchar, tener temor y buscar la paz con Dios.
El resultado será una ruina total. Ya han llegado los días de matanza y dispersión: el tiempo establecido en el plan de Dios para que algunos sean asesinados y el resto sea expulsado, dejando desoladas a las naciones (Jeremías 25:34). Muchos caerán a espada de los despiadados caldeos, de modo que los muertos del Señor se encontrarán por todas partes. Se les llama «los muertos del Señor» porque mueren por mandato de Dios y como parte de su juicio. Los que mueren por causa del pecado son los muertos del Señor.
Su sufrimiento será aún mayor porque no habrá un duelo apropiado. La pérdida será tan generalizada que nadie llorará por separado cada muerte. Tampoco recogerán ni sepultarán los cuerpos, porque no quedarán amigos que puedan enterrarlos y el enemigo no tendrá compasión. Yacerán en el suelo como estiércol, repugnantes y contaminantes. Sin embargo, hasta escenas tan terribles pueden cumplir un propósito si se convierten en recordatorios de la justicia divina y llevan a los que siguen vivos a aprender a vivir con rectitud. La guerra desolará toda la tierra, un país tras otro (Jeremías 25:38). Una frase hace que el dolor sea aún más agudo: caerán como una vasija preciosa, algo que antes era apreciado y hermoso.
Las personas más respetadas entre ellos, las que más se valoraban a sí mismas y eran valoradas por los demás, las que recibían un trato especial y honor, caerán a espada. Caerán como un vidrio fino o un plato de porcelana, que se rompe rápidamente en pedazos. Incluso los tiernos y delicados compartirán el mismo desastre. La espada destruye a una persona con la misma facilidad que a otra.
Hasta los hogares tranquilos serán derribados. Esas casas que durante mucho tiempo habían sido silenciosas y seguras ya no lo serán, sino que serán destruidas por la guerra. O quizá esto signifique que las personas que vivían tranquilamente, sin molestar a sus vecinos, que vivían en paz, con comodidad y sin causar daño, tampoco escaparán. Uno de los resultados más amargos de la guerra es que hasta las personas más inofensivas y apacibles sufren con dureza.
Alabado sea Dios, porque arriba hay un hogar de paz para todos los que aman la paz, y está fuera del alcance del fuego y de la espada.
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De este capítulo
Jeremías 25:1
"La palabra que vino a Jeremías acerca de todo el pueblo de Judá en el cuarto año de Joacim hijo de Josías, rey de Judá, que fue el primer año de Nabucodonosor, rey de Babilonia;"
Jeremías 25:2
"la cual habló el profeta Jeremías a todo el pueblo de Judá y a todos los habitantes de Jerusalén, diciendo:"
Jeremías 25:3
"Desde el año trece de Josías hijo de Amón, rey de Judá, hasta este día, es decir, durante veintitrés años, la palabra del SEÑOR ha venido a mí, y yo les he hablado, madrugando y hablando; pero ustedes no han escuchado."
Jeremías 25:4
"Y el SEÑOR les ha enviado a todos sus siervos los profetas, madrugando y enviándolos; pero ustedes no han escuchado ni han inclinado el oído para oír."
Jeremías 25:5
"Ellos decían: Vuélvanse ahora, cada uno de su mal camino y de la maldad de sus acciones, y habiten en la tierra que el SEÑOR les dio a ustedes y a sus padres para siempre jamás."
Jeremías 25:6
"No vayan tras otros dioses para servirlos y adorarlos, ni me provoquen a ira con las obras de sus manos; y yo no les haré ningún daño."
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