Versículo destacado

Jeremías 24:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" El SEÑOR me mostró, y vi dos canastas de higos colocadas delante del templo del SEÑOR, después de que Nabucodonosor, rey de Babilonia, había llevado cautivos de Jerusalén a Jeconías hijo de Joacim, rey de Judá, a los príncipes de Judá, a los carpinteros y a los herreros, y los había llevado a Babilonia. "

Jeremías 24:1

menu_book El versículo en contexto

1 El SEÑOR me mostró, y vi dos canastas de higos colocadas delante del templo del SEÑOR, después de que Nabucodonosor, rey de Babilonia, había llevado cautivos de Jerusalén a Jeconías hijo de Joacim, rey de Judá, a los príncipes de Judá, a los carpinteros y a los herreros, y los había llevado a Babilonia.

2 Una canasta tenía higos muy buenos, como los higos que maduran primero; la otra canasta tenía higos muy malos, que no se podían comer de tan malos que eran.

3 Entonces el SEÑOR me dijo: «¿Qué ves, Jeremías?». Yo respondí: «Higos: los buenos son muy buenos, y los malos, muy malos; no se pueden comer de tan malos que son».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Este breve capítulo nos ayuda a entender muchos capítulos más extensos desde una perspectiva consoladora. La misma providencia —el gobierno sabio de Dios sobre los acontecimientos— que para algunos anuncia la muerte puede convertirse, por la gracia y la bendición de Dios, en una fuente de vida para otros. Aun cuando el pueblo de Dios atraviesa las mismas dificultades que los demás, para ellos esas dificultades no significan lo mismo. Dios las usa para bien. Para su pueblo, son la vara correctiva en la mano de un Padre amoroso; para otros, son la espada del juicio en la mano de un Juez justo.

Observemos, primero, cuándo llegó este mensaje. Fue poco después del cautiverio de Jeconías, en Jeremías 24:1. Jeconías, también llamado Joacín, era un rey humillado y quebrantado, pero junto con él fueron llevadas cautivas muchas personas importantes. Ezequiel estaba entre ellas (Ezequiel 1:12), y también fueron llevados muchos de los príncipes de Judá. Daniel y sus amigos habían sido llevados un poco antes. Entre la gente común, solo fueron deportados los carpinteros y los herreros, ya fuera porque los babilonios necesitaban trabajadores capacitados o porque querían dejar a Judá debilitada, sin capacidad para construir defensas ni fabricar armas.

Al parecer, muchas personas buenas fueron llevadas cautivas en aquella deportación, lo cual afligió profundamente al profeta. Al mismo tiempo, algunos celebraban lo sucedido y se burlaban de quienes habían sido deportados. No debemos suponer que quienes sufrieron primero y en mayor medida eran los peores pecadores. En este caso ocurrió lo contrario de lo que muchos esperaban.

En segundo lugar, consideremos la visión que mostró esta diferencia a Jeremías. Vio dos canastas de higos colocadas delante del templo, listas para ser ofrecidas como primicias, la primera parte entregada a Dios en la adoración. Tal vez los sacerdotes tardaron en recogerlas, y por eso Jeremías las vio allí delante del templo. Lo importante de la visión era que una canasta contenía higos extraordinariamente buenos, mientras que la otra contenía higos muy malos.

En esta imagen, las personas son comparadas con los higos. En sentido figurado, los higos buenos representan a quienes son útiles para Dios y para los demás, mientras que los higos podridos representan a quienes no lo son. Las personas buenas son como higos excelentes: agradables y valiosos. Las personas malas son como higos echados a perder: desagradables e inútiles. Una persona piadosa es preciosa, mientras que una persona malvada es detestable ante los ojos de Dios. Los higos buenos eran como los primeros frutos maduros, los más esperados y apreciados. Los higos malos estaban tan podridos que no se podían comer. Si las personas no dan gloria a Dios y su generación no le presta ningún servicio, son como higos que no sirven para nada. Si la sal pierde su sabor, no sirve para nada, sino para ser tirada.

Entre quienes se presentan delante del Señor, algunos son sinceros y, por eso, muy buenos. Otros fingen delante de Dios y, por eso, son muy malos. Los pecadores son la peor clase de personas, y los hipócritas son la peor clase de pecadores. Lo que es mejor, cuando se echa a perder, se convierte en lo peor de todo.

En tercer lugar, Dios explica y aplica la visión. Quería animar a los cautivos desalentados al prometerles un regreso feliz. También quería humillar y despertar a los orgullosos que todavía estaban en Jerusalén, advirtiéndoles que sufrirían un cautiverio miserable.

Los higos buenos, los primeros en madurar, representan a los cautivos piadosos. Parecían haber madurado primero para la ruina, porque fueron los primeros en ser llevados cautivos, pero demostrarían haber madurado primero para recibir misericordia. El cautiverio mismo contribuiría a su madurez espiritual. Eran agradables a Dios, como los higos buenos lo son para nosotros, y él los preservaría cuidadosamente para que fueran útiles.

Los que ya habían sido llevados cautivos eran los higos buenos que Dios reconocía como suyos. Esto muestra, en primer lugar, que no podemos juzgar el amor ni la ira de Dios únicamente por lo que vemos. Cuando los juicios de Dios se manifiestan, quienes sufren primero no siempre son las peores personas. En segundo lugar, el sufrimiento temprano puede ser para nuestro bien. Un niño corregido a tiempo tiene más probabilidades de beneficiarse de la corrección. Quienes fueron llevados primero al cautiverio eran como un hijo amado por su padre, al que disciplina temprano, mientras todavía hay esperanza. Eso fue bueno para ellos. Los que se quedaron atrás eran como un niño dejado solo por demasiado tiempo, que se vuelve terco y empeora cuando finalmente recibe disciplina (Lamentaciones 3:27).

Dios también dice que él mismo los envió al cautiverio (Jeremías 24:5). Cualesquiera que hayan sido los agentes humanos involucrados, Dios dirigió lo sucedido. Él dice: «Yo los envié de este lugar a la tierra de los caldeos». Dios es quien pone su oro en el horno para probarlo. De manera especial, debemos reconocer su mano en las dificultades de las personas buenas. Un juez entrega a un criminal al verdugo, pero un padre disciplina a su hijo con su propia mano.

Aquel cautiverio doloroso y vergonzoso también tenía como propósito su bien, y los propósitos de Dios nunca fracasan. Él dice: «Los envié a la tierra de los caldeos para su bien». Parecía perjudicarlos en todos los sentidos. Arruinó sus bienes, su honor y su libertad. Los separó de sus familiares y amigos. Los puso bajo el poder de sus enemigos. También quebrantó su ánimo, debilitó su fe, los apartó de los mensajes y la adoración de Dios, y los expuso a la tentación. Sin embargo, había sido dispuesto para su bien y, al final, resultó beneficioso para muchos de ellos. Del que devora salió alimento.

Por medio del sufrimiento, fueron llevados a reconocer su pecado, a humillarse bajo la mano de Dios, a desprenderse del mundo, a tomar la vida con seriedad, a aprender a orar y a apartarse del mal. En particular, fueron sanados de su inclinación hacia la idolatría, es decir, la adoración de dioses falsos. Por eso fue bueno para ellos haber sido afligidos (Salmo 119:67, Salmo 119:71).

Dios también promete reconocerlos como suyos durante el cautiverio. Aunque parezcan abandonados, él los identificará como su pueblo. Es posible que los familiares que dejaron atrás casi no quisieran reconocerlos, pero Dios dice: «Yo los reconoceré». El Señor conoce a los que le pertenecen y los reconoce en cualquier condición. Ni la desnudez ni la espada pueden separarlos de su amor.

Dios también les asegura su protección durante la dificultad y una liberación gloriosa en el momento indicado, Jeremías 24:6. Como fueron enviados al cautiverio para su bien, no se perderían allí. Con ellos sucedería lo mismo que con el oro puesto en el horno del refinador.

Dios mantiene una mirada cuidadosa sobre ellos mientras están allí, y su mirada está puesta en su bien. Ordena todo de tal manera que el sufrimiento cumpla su propósito, y cada parte de la aflicción contribuya a ese fin. También se asegurará de sacarlos del horno tan pronto como termine la obra que había planeado. Los envió por un tiempo, bajo una disciplina severa, pero los llevará de regreso a la casa de su Padre cuando termine la prueba.

Después de refinar su oro, lo formará y lo convertirá en un recipiente honorable, útil para su servicio. De la misma manera, cuando Dios los haga volver de su prueba, los edificará y hará de ellos un lugar donde él habite. Los plantará y los convertirá en su viña. Su cautiverio tenía el propósito de darles forma, como a piedras ásperas destinadas a su edificio, y de podarlos como árboles jóvenes para que estuvieran listos para ser plantados.

Dios también promete prepararlos para esas bendiciones externas al darles primero bendiciones espirituales, como se indica en Jeremías 24:7. Eso es lo que hará que su cautiverio sea útil para ellos. El sufrimiento los hará mejores y también los preparará para la liberación. Cuando nuestras dificultades son santificadas y Dios las usa para nuestro bien, podemos estar seguros de que terminarán bien.

Llegarán a conocer mejor a Dios. Aprenderán más de él por medio de su obra en Babilonia de lo que habían aprendido mediante todas sus palabras y toda la adoración en Jerusalén. Esta es una obra de la gracia divina, porque sin ella habrían olvidado a Dios para siempre. Él dice: «Les daré un corazón para que me conozcan», no solo una mente llena de ideas, porque conocer verdaderamente a Dios no es solo cuestión de teoría. Es una convicción firme en el juicio práctico, una convicción que guía la voluntad y el corazón. «Buen entendimiento tienen todos los que practican sus mandamientos» (Salmo 111:10). Cuando Dios nos da un deseo sincero de conocerlo, también nos dará ese conocimiento. Dios es quien da el corazón para conocerlo; de lo contrario, pereceríamos en nuestra ignorancia.

También promete que se volverán plenamente a él. Regresarán a él con todo su corazón, haciendo de su voluntad su norma, de su servicio su labor y de su gloria su objetivo. Dios mismo promete hacerlo por ellos, y si él nos hace volver, volveremos. Esto se desprende de la promesa del verdadero conocimiento, porque quienes conocen correctamente a Dios no solo se vuelven a él, sino que lo hacen de todo corazón. Quienes permanecen tercos en su rebelión o fingen practicar la religión demuestran que en realidad no conocen a Dios.

Entonces serían restaurados al pacto con Dios, y eso volvería a traerles consuelo: «Ellos serán mi pueblo, y yo seré su Dios». Dios volvería a reconocerlos como su pueblo al manifestarse a ellos, aceptar su servicio y actuar para su bien. Ellos también tendrían la libertad de reconocerlo como su Dios en oración y esperanza. Quienes se han apartado de Dios, si regresan sinceramente a él, son recibidos con todos los privilegios y el consuelo del pacto eterno, igual que cualquier otra persona. Este pacto está bien establecido, porque cada fracaso en él no nos expulsa, y porque aun la aflicción puede venir como expresión del amor del pacto.

Esta es la lección de los higos malos. Sedequías, rey de Judá, junto con sus príncipes y sus seguidores, todavía permanecía en la tierra, orgulloso y confiado, como dice Ezequiel 11:3. Muchos otros habían huido a Egipto para ponerse a salvo, y pensaban que habían actuado bien. Incluso se jactaban de que, aunque habían desobedecido el mandato de Dios, habían obrado con sabiduría para protegerse.

Pero aquí se amenaza a ambos grupos, que despreciaban a los que ya habían sido llevados cautivos. Los que habían sido deportados estaban establecidos en una misma tierra y podían disfrutar de la compañía de los demás, aunque vivían en el exilio. Estos otros serían dispersados entre todos los reinos de la tierra, sin el consuelo de estar juntos. A los primeros cautivos se los envió para su bien, pero a estos se los enviaría para su mal. Sus dificultades no los humillarían; más bien, los endurecerían. No se acercarían más a Dios, sino que se alejarían de él.

A los cautivos anteriores se les honraría porque Dios los reconocería como suyos en medio de su sufrimiento. Estos otros serían avergonzados y abandonados por todos. Dondequiera que Dios los llevara, se convertirían en motivo de reproche y en un dicho. La gente los usaría como ejemplo de burla o de advertencia, diciendo que alguien era tan falso y orgulloso como un judío, o tan pobre y miserable como un judío. Sus vecinos se burlarían de ellos y se reirían de las desgracias que les sobrevendrían.

Los cautivos anteriores regresarían a su propia tierra y no volverían a verla desde el exilio. Pero de nada les serviría a estos otros argumentar que la tierra había sido dada a sus antepasados, porque la habían recibido de Dios con la condición de obedecerlo. La tierra nunca fue una excusa para desobedecer.

Los unos estaban destinados a tiempos mejores, pero estos otros, a tiempos peores. Dondequiera que fueran enviados, la espada, el hambre y la enfermedad los seguirían. Estos juicios pronto los alcanzarían y los vencerían, porque vendrían con la autoridad de Dios. Dios tiene muchas formas de juzgar a quienes huyen de la justicia. Quienes escapan de una pueden esperar otra, hasta que sean llevados al arrepentimiento y al cambio.

Esta profecía quizá se cumplió en las personas de aquella generación. Sin embargo, como no leemos que hubiera una diferencia notable entre los cautivos de Jeconías y el pueblo de Sedequías, es probable que también señale, de manera simbólica, la destrucción final del pueblo judío a manos de los romanos. En ese juicio posterior, los que creyeron fueron preservados, pero quienes siguieron endureciéndose en su incredulidad fueron dispersados por muchas tierras, convertidos en objeto de burla y maldición; y así permanecen hasta el día de hoy.

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