Versículo destacado

Jeremías 17:12 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Un trono alto y glorioso desde el principio es el lugar de nuestro santuario. "

Jeremías 17:12

menu_book El versículo en contexto

10 Yo, el SEÑOR, examino el corazón y pongo a prueba los riñones, para dar a cada uno conforme a sus caminos y conforme al fruto de sus obras.

11 Como la perdiz que se sienta sobre huevos y no los empolla, así el que obtiene riquezas, pero no con justicia, las dejará a la mitad de sus días y al final será un necio.

12 Un trono alto y glorioso desde el principio es el lugar de nuestro santuario.

13 Oh, SEÑOR, esperanza de Israel, todos los que te abandonan serán avergonzados, y los que se apartan de mí serán escritos en la tierra, porque han abandonado al SEÑOR, la fuente de aguas vivas.

14 Sáname, oh, SEÑOR, y seré sanado; sálvame y seré salvo, porque tú eres mi alabanza.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí, como antes, el profeta está a solas con Dios, pensando y orando en privado. Los ministros que desean recibir consuelo en su trabajo deben pasar mucho tiempo de esa manera. En esta conversación tranquila con Dios y con su propio corazón, pasa de un tema a otro sin seguir un orden estricto, como suele suceder cuando las personas piadosas oran.

Comienza alabando a Dios por el gran regalo de la religión revelada entre su pueblo y por haberlo honrado con instituciones santas: «Un trono alto y glorioso desde el principio es el lugar de nuestro santuario» (Jeremías 17:12). El templo de Jerusalén, donde Dios manifestaba su presencia especial, donde se guardaba su palabra, donde el pueblo adoraba a su Rey y donde acudía en busca de seguridad en tiempos de angustia, era su santuario. Era un trono alto y glorioso porque era santo y porque pertenecía a Dios.

A Jerusalén se le llama la ciudad del gran Rey, no solo del Rey de Israel, sino del Rey de toda la tierra. En ese sentido, podía considerarse la ciudad real del mundo. Era «desde el principio» en el sentido de que esto comenzó cuando David la planificó y Salomón la construyó (2 Crónicas 2:9). Fue un gran honor para Israel que Dios estableciera entre ellos semejante trono. Algunos entienden la frase de esta manera: «Un trono alto y glorioso es el lugar de nuestro santuario», es decir, el cielo mismo. El punto es que las personas piadosas valoran mucho las ordenanzas de Dios y consideran glorioso y elevado el santuario.

Jeremías dice esto para pedirle a Dios misericordia por la tierra, por causa del trono de su gloria (Jeremías 14:21), o para mostrar cuán grande era el pecado del pueblo. Habían abandonado a Dios aunque su trono estaba entre ellos y, de ese modo, habían deshonrado su corona y su santuario.

Después, está de acuerdo con la justicia de Dios al destruir a quienes lo abandonan y se apartan de su fidelidad a él (Jeremías 17:13). Le habla a Dios como alguien que está plenamente de acuerdo en que esto es verdadero y justo: «Señor, esperanza de Israel, todos los que te abandonan quedarán avergonzados». Tiene que suceder así, porque dejan a Dios por cosas falsas que solo los engañan y terminan en vergüenza. Se cubren de vergüenza y la merecen, porque han abandonado al único que puede darles honor cuando llegue la angustia.

Algunos leen estas palabras como una oración: «Que queden avergonzados». Sería una petición piadosa para que Dios ejecutara su juicio o para que les concediera la gracia de llevarlos al arrepentimiento. Cuando las personas rechazan la palabra del profeta, en realidad están rechazando a Dios mismo. De la misma manera, se dice que quienes regresan a Dios regresan al profeta (Jeremías 15:19). Otros entienden la frase así: «Los que se apartan de ti serán escritos en la tierra». Esto significa que pronto serán borrados, como una escritura hecha en el polvo. Serán pisoteados y considerados insignificantes. Pertenecen a la tierra, y su lugar está entre quienes ponen el corazón en las cosas terrenales y cuyos nombres no están escritos en el cielo.

Merecen ser señalados como necios en Israel, para que su insensatez quede clara ante todos. Han abandonado al Señor, la fuente de aguas vivas, y en su lugar han escogido cisternas rotas. Para todos los que le pertenecen, Dios es una fuente de aguas vivas. Su consuelo es abundante, desbordante y siempre fresco. Es claro y limpio como el agua de un manantial, mientras que los placeres del pecado son como agua lodosa. Sus dones son gratuitos; no están encerrados ni fuera del alcance de nadie. Quienes abandonan a Dios merecen recibir el mismo trato que Adán: volver a la tierra de la que fue formado, porque por causa del pecado se han unido a ella. Han dejado el jardín del Señor, tan bien regado. Quienes se apartan de Dios quedan escritos en la tierra.

Entonces Jeremías ora por sanidad y misericordia salvadora para sí mismo. Si quienes abandonan a Dios terminan tan mal, él desea permanecer cerca de él (Salmo 73:27-28). Por eso dice: «Señor, sáname y sálvame» (Jeremías 17:14). Sana mi extravío, mi tendencia a alejarme, y sálvame de ser arrastrado por la corriente hasta apartarme de ti. Su espíritu estaba herido por muchas aflicciones. Por eso pide: «Señor, sáname con tu consuelo y dame tranquilidad». También estaba expuesto al odio de personas irracionales. Así que pide: «Señor, sálvame de ellas y no permitas que caiga en sus manos malvadas».

Ser sanado significa ser hecho santo por la gracia de Dios, y ser salvado significa ser llevado finalmente a la gloria. Todo aquel que será salvo en el futuro está siendo santificado ahora. Si la enfermedad del pecado no es quitada, el alma no puede vivir. Para fortalecer su oración, Jeremías presenta dos razones.

En primer lugar, confía firmemente en el poder de Dios: «Sáname, y seré sanado; sálvame, y seré salvo». Si Dios se encarga de la obra, la sanidad ciertamente sucederá y será completa, no parcial. Cualquiera que acuda a Dios para recibir sanidad debe estar plenamente convencido de que su médico tiene poder para realizarla. Si Dios nos salva, estaremos verdaderamente seguros, sin importar cuán grandes sean nuestros peligros o nuestros enemigos. Si él nos sostiene, viviremos.

En segundo lugar, le importa el honor de Dios: «Porque tú eres mi alabanza». Quiere ser sanado y salvado para poder vivir y alabar a Dios (Salmo 119:175). Dios es aquel a quien alaba, a quien atribuye todo el mérito y en quien se gloría, porque depende de él. Dios también es quien sigue dándole razones para alabarlo. Jeremías ya le había agradecido por las bendiciones pasadas. O, como algunos entienden la frase: «Tú serás mi alabanza». Es decir: «Sáname y sálvame, y tú recibirás la gloria por ello». «Siempre te alabaré a ti» (Salmo 71:6; Salmo 79:13).

Finalmente, se queja delante de Dios por la incredulidad y la maldad atrevida del pueblo al que había predicado. Esto lo afligía profundamente, y presenta su dolor ante el Señor como un siervo que informa del desprecio mostrado por aquellos a quienes había sido enviado a invitar. Había entregado fielmente el mensaje de Dios, pero ¿qué respuesta recibió del que lo había enviado? «Mira, ellos me dicen: “¿Dónde está la palabra del Señor? ¡Que se cumpla ahora!”» (Jeremías 17:15; Isaías 5:19). Se burlaban del profeta y se reían de aquello que él había proclamado con la mayor seriedad.

Negaban la verdad de su mensaje. Si realmente era la palabra del Señor, preguntaban, ¿dónde estaba? ¿Por qué no se había cumplido? De ese modo, trataban la paciencia de Dios como si fuera una prueba de que él no había hablado con verdad. También desafiaban el terror de la advertencia. En efecto, decían: «Que Dios haga lo peor que pueda. Que suceda todo lo que ha dicho. Nosotros estaremos bien». Actuaban como si el león fuera menos feroz de lo que la gente decía (Amós 5:18). El dolor de Jeremías es evidente: ¿de qué sirve hablarle a personas que no quieren creer ni temer?

Después apela a Dios acerca de la fidelidad con que había cumplido la tarea a la que fue llamado (Jeremías 17:16).

El pueblo hizo todo lo posible para agotar a Jeremías, alterarlo y mantenerlo intranquilo. Intentaron presionarlo para que cambiara su mensaje y no los ofendiera. Pero él dice, en efecto: «Señor, tú sabes que no he cedido ante ellos».

Permaneció fiel a su tarea. Su trabajo como profeta, en vez de traerle honor y seguridad, le trajo vergüenza, desprecio y sufrimiento. Sin embargo, dice que no huyó de ser un pastor conforme al corazón de Dios. No abandonó su llamado ni pidió ser liberado de él. Los profetas debían ser pastores del pueblo, alimentándolo con la palabra de Dios. Pero debían ser pastores conforme a Dios, siguiendo su corazón y sus instrucciones, como se indica en Jeremías 3:15. Jeremías fue un pastor así y, a pesar de las grandes dificultades y los desánimos, no se apartó como lo hizo Jonás.

También mantuvo su preocupación por el pueblo. Lo trataron mal, pero él siguió teniendo compasión de ellos. Dice: «Yo no he deseado el día de la calamidad». El día en que sus profecías se cumplieran sería un día terrible para Jerusalén. Por eso no lo anhelaba, aunque demostraría que él tenía razón y que estaban equivocados quienes lo cuestionaban (Jeremías 17:15). Dios no desea la muerte de los pecadores, así que sus ministros tampoco deben desearla. Deben querer que las personas se vuelvan de su pecado y vivan. Tienen que advertir sobre el juicio, pero no desear que llegue. Deben llorar por ello, como lo hizo Jeremías.

También permaneció fiel al mensaje que Dios le había dado. Podía haber ganado la aprobación del pueblo, o al menos haber evitado su enojo, si hubiera suavizado sus advertencias. Pero escogió hablar con fidelidad. Eso le daba consuelo. Podía decir: «Señor, tú sabes que lo que salió de mis labios era correcto delante de ti». Su mensaje correspondía exactamente a lo que había recibido de Dios, así que la ira del pueblo contra él era, en realidad, un ataque contra Dios. Si lo que decimos y hacemos es correcto delante de Dios, podemos ignorar con mayor facilidad las críticas de las personas. Su opinión es poca cosa.

Jeremías luego le pide humildemente a Dios que permanezca a su lado, lo proteja y le permita seguir adelante en la tarea a la que Dios claramente lo llamó. Le pide dos cosas. Primero, desea recibir consuelo mientras sirve al Dios que lo envió, y le suplica: «No seas para mí causa de terror» (Jeremías 17:17). Estas palabras expresan más de lo que dicen directamente. Jeremías le pide a Dios que sea su consuelo, que llene su corazón de gozo y que lo fortalezca cuando sus enemigos intenten atemorizarlo o detenerlo.

Aun las mejores personas tienen suficiente pecado en sí mismas como para experimentar a Dios como alguien aterrador, tal como por un tiempo les ocurrió a Job, Asaf y Hemán (Job 6:4; Salmo 77:3; Salmo 88:15). Quienes conocen el temor del Señor y desean agradarle temen más que cualquier otra cosa estar bajo su oposición. Sin importar qué problema llegue o cuán amenazadores parezcan sus enemigos, pueden soportarlo si Dios no está contra ellos. Jeremías dice: «Tú eres mi esperanza», y entonces nada más debería hacerlo temer, ni siquiera en un día de angustia. Quienes confían en Dios por la fe descubrirán que él es su consuelo en los peores momentos, siempre que no se hayan acarreado esas dificultades por su propia conducta.

Segundo, Jeremías le pide valor para hablarles a las personas a quienes Dios lo envió (Jeremías 17:18). Las mismas personas que debieron haberlo recibido con agrado lo estaban persiguiendo. Jeremías le pide a Dios que las confunda, ya sea mostrándoles su culpa por medio de la palabra o ejecutando los juicios que se habían anunciado. Al mismo tiempo, pide no quedar avergonzado ni aterrorizado por sus amenazas, para no traicionar la responsabilidad que Dios le confió. Los ministros de Dios tienen una tarea que no deben abandonar por vergüenza o temor, pero necesitan la gracia de Dios para continuar sin miedo.

Jeremías no había deseado en general la destrucción de Jerusalén. Sin embargo, movido por una santa indignación contra sus perseguidores, le pide a Dios que haga llegar sobre ellos el día de la angustia. Espera que, si ellos son eliminados, el pueblo pueda estar mejor. Por eso ora para que sean destruidos por completo, de raíz y de rama, y para que tan solo pensar en esa ruina los lleve desde ahora a la vergüenza. No está pidiendo esto para vengarse ni principalmente para aliviar su propio dolor. Desea que el Señor sea reconocido por medio de los juicios que ejecuta.

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