Versículo destacado

Isaías 19:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Profecía sobre Egipto. Miren, el SEÑOR cabalga sobre una nube veloz y llegará a Egipto; los ídolos de Egipto temblarán ante su presencia, y el corazón de Egipto se derretirá en medio de él. "

Isaías 19:1

menu_book El versículo en contexto

1 Profecía sobre Egipto. Miren, el SEÑOR cabalga sobre una nube veloz y llegará a Egipto; los ídolos de Egipto temblarán ante su presencia, y el corazón de Egipto se derretirá en medio de él.

2 Incitaré a los egipcios contra los egipcios; cada uno peleará contra su hermano y cada uno contra su prójimo, ciudad contra ciudad y reino contra reino.

3 El espíritu de Egipto desfallecerá en medio de él, y destruiré su consejo; entonces consultarán a los ídolos, a los encantadores, a los que tienen espíritus familiares y a los hechiceros.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aunque Egipto había sido una casa de esclavitud para el pueblo de Dios, los judíos incrédulos todavía lo añoraban. Seguían actuando como sus antepasados, quienes dijeron: «Escojamos un líder y volvamos a Egipto». En toda ocasión buscaban la ayuda de Egipto (Isaías 30:2), y cuando su propia tierra quedó en ruinas, huyeron allá en abierta desobediencia al mandato de Dios (Jeremías 43:7). Rabsaqué también se burló de Ezequías por esa misma debilidad (Isaías 36:6).

Mientras Judá se apoyara en Egipto y Egipto pareciera fuerte, el pueblo no temería los juicios de Dios. Se sentían seguros porque pensaban que Egipto los protegería. También dejaban de confiar en Dios cuando llegaban los problemas. Para acabar con esa confianza dañina, Dios humillaría a Egipto de muchas maneras.

Primero, los dioses de Egipto demostrarían lo que siempre habían sido: incapaces de salvar. «El Señor cabalga sobre una nube veloz y llega a Egipto». Así como un juez llega al tribunal para condenar a los criminales, o un comandante entra en batalla para aplastar a los rebeldes, Dios vendría en juicio contra Egipto. Cuando él viene, siempre vence. En esta advertencia no aparece ningún ejército extranjero de otra tierra. Dios mismo atacaría a Egipto, y las causas de su ruina surgirían desde dentro.

Viene sobre una nube, más allá de cualquier resistencia humana. Viene con rapidez, porque cuando llega el momento del juicio, este no se demora. Cabalga sobre las alas del viento, con una majestad mucho mayor que el esplendor de los gobernantes terrenales. Hace de las nubes su carroza (Salmo 18:9; Salmo 104:3). Cuando venga, los ídolos de Egipto temblarán y serán quitados de su lugar, como Dagón cayó delante del arca. Isis, Osiris y Apis, famosos ídolos egipcios, demostrarán que no pueden ayudar a sus adoradores, y la gente los rechazará.

La idolatría había echado raíces más profundas en Egipto que en casi cualquier otra tierra, incluso en sus formas más insensatas. Sin embargo, aun allí los ídolos serían sacudidos, y el pueblo se avergonzaría de ellos. Cuando el Señor sacó a Israel de Egipto, ya había juzgado a los dioses de Egipto (Números 33:4). Por eso no sorprende que los egipcios temblaran cuando él volviera. En su desesperación, buscarían a sus ídolos y consultarían a encantadores y hechiceros (Isaías 19:3), pero nada les serviría. Su ruina seguiría avanzando hacia ellos.

Segundo, el ejército de Egipto, que antes era famoso por su valentía, perdería por completo el ánimo. Ningún reino había estado mejor organizado para mantener un ejército permanente, pero ahora sus hombres valientes serían considerados cobardes. «El corazón de Egipto se derretirá en medio de él», como la cera frente al fuego (Isaías 19:1). «El espíritu de Egipto desfallecerá» (Isaías 19:3). No tendrían fuerza ni determinación para defender su tierra, su libertad o sus bienes, sino que lo entregarían todo al invasor.

Los egipcios serían como mujeres llenas de miedo (Isaías 19:16). Entrarían en pánico ante la menor alarma. Incluso quienes vivían en el centro del país, lejos de las fronteras y del peligro, estarían tan aterrorizados como los que se encontraran más cerca del ataque. Por eso nadie debe enorgullecerse ni sentirse seguro por su valentía o su poder militar. Dios puede quitar fácilmente el valor de los príncipes (Salmo 76:12) y quitarles el entendimiento (Job 12:24).

Tercero, Egipto quedaría desgarrado por disputas interminables. Dios no necesitaría enviar un ejército extranjero para destruirlo, porque los egipcios se destruirían unos a otros (Isaías 19:2). «Yo provocaré a egipcios contra egipcios». Estas divisiones son pecado, pero Dios no es el autor del pecado. Surgen de los deseos humanos. Sin embargo, como juez, Dios permite esas divisiones como castigo, y usa esos desacuerdos destructivos para corregirlos por su unión pecaminosa en el mal.

En vez de ayudarse unos a otros y trabajar juntos por el bien común, pelearían contra su hermano, su vecino, su ciudad y su reino. Egipto estaba dividido en doce provincias o dinastías. Psamético, gobernante de una de ellas, aprovechó esas rivalidades y finalmente se convirtió en señor de todas. Un reino dividido contra sí mismo pronto se derrumba. ¡Qué sufrimiento llega a un pueblo cuando sus miembros no pueden ponerse de acuerdo! Un espíritu perverso, un espíritu de contradicción, también se mezclaría entre ellos, como una bebida embriagante preparada con varios ingredientes (Isaías 19:14). Entonces un grupo apoyaría algo solamente porque el otro grupo se oponía. Ese espíritu en los asuntos públicos conduce directamente a la ruina.

Cuarto, la sabiduría política de Egipto fallaría por completo y se convertiría en necedad. Cuando Dios decide destruir una nación, también destruye su consejo (Isaías 19:3). Lo hace quitándoles la sabiduría a sus líderes (Job 12:20), enfrentándolos entre sí o frustrando sus planes, aunque parezcan bien elaborados. Entonces los príncipes de Zoán son unos necios. Se hacen necios unos a otros; cada uno deja al descubierto su propia falta de sensatez, y la providencia de Dios los convierte a todos en necios (Isaías 19:11).

El faraón tenía consejeros sabios, y Egipto era conocido por ellos. Pero ahora sus consejos se habían vuelto absurdos. Habían perdido toda capacidad de prever el futuro. Era como si se hubieran vuelto torpes y carecieran incluso del sentido común. Por eso nadie debe jactarse de su propia sabiduría, depender de ella ni confiar en la sabiduría de quienes lo rodean. Dios da entendimiento y puede quitarlo cuando quiera.

Esto es especialmente cierto de quienes tienen más probabilidades de perderlo: los que se jactan de su política y usan su astucia para ganarse la confianza del pueblo. Uno podría afirmar: «Soy hijo de sabios, hijo de la sabiduría misma», mientras otro presumiría: «Soy hijo de reyes antiguos». Los nobles egipcios se enorgullecían de sus antiguos linajes e incluso fingían tener registros que remontaban a sus gobernantes más de diez mil años. Heródoto informa que este tipo de jactancia era común, y que los egipcios afirmaban que su nación era miles de años más antigua que cualquier otra. Pero la pregunta sigue en pie: «¿Dónde están tus sabios?» (Isaías 19:12). Que ahora demuestren su sabiduría prediciendo la ruina que se acerca a su nación y deteniéndola, si pueden.

Que con toda su habilidad averigüen lo que el Señor de los Ejércitos ha planeado contra Egipto y se preparen para ello. Pero hacen exactamente lo contrario. En efecto, están tramando la ruina de Egipto y acelerándola (Isaías 19:13). Los príncipes de Nof, es decir, los gobernantes de Menfis, la ciudad principal de Egipto, no solo están engañados ellos mismos, sino que han descarriado a Egipto al impulsar a sus reyes hacia un gobierno arbitrario. Por medio de esas políticas, tanto los gobernantes como el pueblo pronto quedarían arruinados. Los gobernadores de Egipto, que debían ser los apoyos y las piedras fundamentales de la nación, en realidad la estaban debilitando.

Es triste cuando quienes deberían proteger a una nación ayudan a destruirla. Los médicos del Estado se convierten en su peor enfermedad. Cuando las cosas necesarias para la paz pública están ocultas a quienes recibieron la responsabilidad de aconsejar al gobierno, se equivocan a cada paso. Así sucedió aquí: como dice el versículo 14, hicieron que Egipto se desviara en todo lo que hacía. Cada paso era un paso en falso. Perdían de vista el objetivo o los medios para alcanzarlo, y sus planes eran inestables e inciertos, como los de un borracho que camina tambaleándose y habla con dificultad. Esto es una buena razón para orar por los consejeros y ministros de Estado, quienes son grandes apoyos y bendiciones cuando Dios les concede sabiduría, pero tienen el efecto contrario cuando él les oculta el entendimiento.

La vara del gobierno se convertiría en la serpiente de la tiranía y la opresión (Isaías 19:4). Los egipcios serían entregados a un señor cruel, no a un conquistador extranjero, sino a uno de los suyos: alguien que gobernaría por derecho hereditario y que, aun así, sería un rey feroz y gobernaría con dureza. Esto podría referirse a los doce tiranos que siguieron a Setos, o, más probablemente, a Psamético, quien restauró la monarquía. En cualquier caso, la profecía habla de un gobernante cruel. El trato brutal que los amos egipcios habían dado en otro tiempo al Israel de Dios no había sido olvidado, y recibirían un trato semejante de parte de otro faraón. Es triste cuando quienes deberían edificar a un pueblo son usados para derribarlo, y cuando este queda arruinado por las mismas manos que deberían gobernarlo. Ese es el tipo de rey descrito en 1 Samuel 8:11, donde se presenta como una advertencia que debía infundir temor.

Egipto era famoso por el Nilo, que constituía su riqueza, su fuerza y su belleza, y al que incluso trataban como un dios. Ahora la profecía dice que las aguas desaparecerían del mar y que el río se secaría y quedaría desolado (Isaías 19:5). La naturaleza misma ya no los favorecería como antes. Egipto no recibía lluvias regulares del cielo (Zacarías 14:18), de modo que su fertilidad dependía por completo del desbordamiento del Nilo. Si ese río se seca, la tierra fértil se vuelve estéril y la cosecha se pierde. Todo lo plantado junto a los arroyos se marchitará y desaparecerá (Isaías 19:7). Si se secan los juncos a la orilla del agua, con mayor razón se secará el grano que está más lejos, pues depende de esa misma humedad.

Pero eso no es todo. El secamiento de los ríos también destruiría sus defensas, porque los canales eran como murallas naturales (Isaías 19:6). Hacían que la tierra fuera difícil de alcanzar para los enemigos. Los ríos profundos son algunas de las defensas más fuertes y más difíciles de cruzar. Al faraón se lo comparaba con un gran dragón tendido entre sus ríos, protegido por ellos y desafiando a todos los que lo rodeaban (Ezequiel 29:3). Sin embargo, esas aguas serían vaciadas y quedarían secas, no por un enemigo como Senaquerib, que secó ríos poderosos con la planta de su pie (Isaías 37:25), ni como Ciro, que conquistó Babilonia dividiendo el Éufrates en muchos canales, sino por la providencia de Dios, que puede convertir los manantiales en tierra seca (Salmo 107:33).

El secamiento de los ríos también destruiría los peces, que constituían una parte importante del alimento de Egipto. Eso era precisamente lo que los israelitas añoraban en el desierto cuando decían que recordaban los peces que comían gratis en Egipto (Números 11:5). Cuando los ríos se secan, los peces mueren (Salmo 105:29), y eso arruina a quienes se dedican a la pesca, ya sea con anzuelo o con redes (Isaías 19:8). Se lamentarán y se debilitarán, porque su oficio habrá desaparecido. Nada afecta más profundamente a las personas que viven para las cosas de este mundo que perder el dinero que ganaban. En verdad, las lágrimas derramadas por la pérdida del dinero son lágrimas reales.

También arruinaría a quienes mantenían peces listos para la venta. Algunos construían estanques y canales para los peces, pero estos dejarían de cumplir su propósito (Isaías 19:10). Sus negocios se desplomarían, ya fuera porque no tendrían agua para llenar los estanques o porque no tendrían peces para criarlos. Dios puede despojar a una nación incluso de aquello de lo que más depende. Los egipcios quizá recordarían los peces que antes comían gratis, pero ahora no podrían conseguirlos ni siquiera con dinero. La pérdida sería aún peor porque, en parte, ellos mismos habrían contribuido a causarla (Isaías 19:6). Desviarían los ríos desde muy lejos. Sus reyes y grandes hombres, para satisfacer sus propios gustos, sacarían agua del río principal y la llevarían hasta sus casas y tierras distantes. Pondrían la comodidad privada por encima del bien público y, poco a poco, debilitarían la fuerza del río.

Así es como muchas personas se perjudican a sí mismas más de lo que se dan cuenta. Algunas creen que son más sabias que la naturaleza y que pueden hacer algo mejor para sí mismas que el orden que Dios estableció. Otras se preocupan más por sus propios intereses que por el bien de todos. Es posible que esas personas se complazcan por un tiempo, pero nunca podrán estar verdaderamente en paz cuando contribuyen a provocar un desastre público que al final también las alcanzará. Heródoto dice que el faraón Necao, quien gobernó poco después de ese tiempo, intentó abrir un canal desde el Nilo hasta el mar Rojo. Usó una enorme cantidad de trabajadores para excavar el canal, pero en el intento debilitó el río, perdió a 120,000 personas y aun así no logró terminar la obra.

Egipto también era conocido por la producción de lino, pero ese comercio quedaría arruinado. Los comerciantes de Salomón compraban a Egipto hilo de lino (1 Reyes 10:28). La tierra producía lino de excelente calidad y contaba con trabajadores muy capacitados, pero quienes trabajaban el lino fino quedarían avergonzados y frustrados (Isaías 19:9), ya fuera porque no tendrían lino para trabajar, compradores para sus productos o manera de exportarlos. Cuando el comercio decae, debilita a una nación y poco a poco la lleva a la ruina.

El comercio de Egipto tendría que fracasar, porque no habría trabajo para el país (Isaías 19:15). Donde no hay nada que hacer, no hay nada que ganar. Los negocios se detendrían por completo. No habría trabajo ni para la cabeza ni para la cola, ni para la rama ni para el junco; no habría tarea para los grandes ni para los pequeños, para los débiles ni para los fuertes, ni habría salarios (Zacarías 8:10).

Observemos que la fortaleza de un reino depende en gran medida del trabajo arduo de su pueblo. Es probable que las cosas marchen bien cuando todos están trabajando y tanto los de mayor rango como los de menor rango están dispuestos a esforzarse. Pero cuando las profesiones que requieren preparación están inactivas, los principales comerciantes no tienen capital y los trabajadores de los distintos oficios no tienen nada que hacer, la pobreza llega a un pueblo como un viajero y como un hombre armado.

Entonces un pánico general se apoderaría de los egipcios, y estarían llenos de temor (Isaías 19:16). Ese temor mostraría la decadencia de la nación y también contribuiría a provocar su ruina. Dos cosas los llevarían a este estado de pánico.

En primer lugar, lo que escucharían acerca de la tierra de Judá aterrorizaría a Egipto (Isaías 19:17). Al oír de la destrucción que el ejército de Senaquerib había causado en Judá, pensarían que, debido a la cercanía y a que Egipto estaba unido a Judá por una alianza, ellos serían los siguientes. Cuando la casa del vecino está en llamas, es imposible no ver el peligro propio. Así, todo egipcio que hablara de Judá tendría miedo por sí mismo, esperando que pronto le tocara beber aquella amarga copa.

En segundo lugar, lo que verían en su propia tierra los llenaría de espanto. Tendrían miedo (Isaías 19:16) al ver que el Señor de los Ejércitos sacudía su mano, y (Isaías 19:17) al reconocer el propósito del Señor de los Ejércitos. A partir de eso concluirían que Dios había decidido actuar contra Egipto, así como contra Judá. Si el juicio comienza por la casa de Dios, ¿dónde terminará? Si esto se hace con el árbol verde, ¿qué se hará con el seco?

Aquí vemos con qué facilidad Dios puede hacer que las personas teman por sí mismas, incluso cuando se han sentido seguras y han hecho temer a otros. Solo tiene que sacudir su mano sobre ellas o golpear a algunos de sus vecinos, y hasta los corazones más valientes tiemblan de inmediato. También vemos cuán correcto es temer delante de Dios cuando apenas sacude su mano sobre nosotros, y humillarnos bajo su mano poderosa cuando solo nos advierte, especialmente cuando vemos que su propósito está firmemente establecido contra nosotros. Porque ¿quién puede cambiar su consejo?

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