Versículo destacado
Isaías 18:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" ¡Ay de la tierra que hace sombra con alas, la que está más allá de los ríos de Etiopía! "
Isaías 18:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 ¡Ay de la tierra que hace sombra con alas, la que está más allá de los ríos de Etiopía!
2 La que envía embajadores por el mar, en embarcaciones de juncos sobre las aguas, diciendo: «Vayan, mensajeros veloces, a una nación dispersa y desollada, a un pueblo temible desde su comienzo hasta ahora; una nación medida y pisoteada, cuya tierra han saqueado los ríos».
3 Todos ustedes, habitantes del mundo y moradores de la tierra, vean cuando levante un estandarte sobre las montañas; y cuando toque la trompeta, escuchen.
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Durante mucho tiempo, los intérpretes han estado en desacuerdo acerca de esta tierra que se encontraba más allá de los ríos de Cus. Algunos piensan que se refiere a Egipto, un país lleno de ríos que trató de hacer que Israel dependiera de él, pero que resultó ser como una caña quebrada. Otros piensan que se refiere a Etiopía o a la región cercana de Arabia, al este de Canaán, donde en ese tiempo reinaba Tirhacá. Él intentó ayudar a Judá haciendo que el rey de Asiria se alejara, cuando Asiria atacó tanto su propio país como Jerusalén (2 Reyes 19:9).
Sin embargo, el profeta considera esta ayuda como algo insignificante y declara que Dios no saldrá con él. Tirhacá puede seguir su propio plan, pero Dios tomará otro camino para proteger a Jerusalén. Dios permitirá que el ataque de Tirhacá fracase y que su ejército árabe sea destruido, mientras que el propio ejército asirio se convertirá en una ofrenda al Señor de los ejércitos y al lugar donde él ha puesto su nombre, por la mano de un ángel y no por la mano de Tirhacá (Isaías 18:7). Esta parece ser una explicación muy probable del capítulo.
Aun así, después de considerar la sugerencia del doctor Lightfoot en su *Armonía del Antiguo Testamento*, me inclino a entender este capítulo como una profecía contra Asiria. Si es así, continúa la profecía de los últimos tres versículos del capítulo anterior, y ambos pasajes deben leerse juntos. Aquella profecía estaba dirigida contra el ejército asirio que avanzaba sobre Judá. Esta está dirigida contra la misma Asiria, la tierra más allá de los ríos de Arabia; es decir, más allá del Éufrates y el Tigris, que limitaban con Arabia Desierta, el desierto árido.
Cuando el profeta la llama la tierra sombreada por alas, quizá está haciendo referencia a lo que había dicho antes acerca de Asiria: que el despliegue de sus alas llenaría toda la extensión de la tierra de Emanuel (Isaías 8:8). Es posible que haya usado estas expresiones oscuras porque no nombró directamente a Asiria, de manera semejante a como Pablo habló más tarde del Imperio romano con un lenguaje indirecto, al mencionar «el que ahora lo detiene» (2 Tesalonicenses 2:7). Aquí, entonces, encontramos el ataque de esa tierra contra un pueblo «esparcido y despojado», es decir, un pueblo desnudado y vulnerable (Isaías 18:2).
Se envían mensajeros veloces por agua para declararles la guerra, como si se tratara de un pueblo señalado por la providencia para ser pisoteado. Ya sea que el pasaje hable de los etíopes haciendo guerra contra Asiria, o de Asiria haciendo guerra contra Judá, enseña algo importante. Una nación que durante mucho tiempo ha sido temida y que alguna vez tuvo gran poder puede terminar esparcida y despojada, e incluso ser destruida por los mismos ríos que debían haberla sostenido. Las naciones que antes hacían temblar a todos los que las rodeaban pueden, por un giro de los acontecimientos, volverse débiles y convertirse en presa fácil para sus orgullosos vecinos.
También muestra cómo los gobernantes ambiciosos siempre encuentran alguna excusa para atacar al pueblo que quieren conquistar. Dicen: «Esta nación ha sido terrible, así que debemos vengarnos», o: «Ahora esta nación está esparcida y débil, así que será fácil apoderarnos de ella». Tal vez el pueblo no se encuentre tan abatido como sus enemigos afirman. Con frecuencia, al pueblo de Dios se le trata como si fuera una nación esparcida y despojada, pero quienes intentan devorarlo pueden descubrir que, bajo el cuidado de Dios, sigue teniendo tanta fuerza como antes. Puede ser derribado, pero no es abandonado ni destruido.
Luego Dios da la alarma a las naciones vecinas y las llama a observar lo que está a punto de hacer (Isaías 18:3). Los etíopes y los asirios tienen sus propios planes, cuidadosamente trazados y llenos de confianza. Envían embajadores y mensajeros de un lugar a otro para llevarlos a cabo. Pero, por encima de todo esto, está la palabra del Dios grande.
Él levanta una bandera en los montes y hace sonar una trompeta, declarando la guerra contra los enemigos de su iglesia y convocando a todos los que la aman para que se pongan de su lado (Isaías 18:3). Está anunciando que, como Señor de los ejércitos, está a punto de realizar una gran obra. Todo el mundo debe prestar atención. Todos los habitantes de la tierra deben ver la bandera, oír la trompeta, observar los movimientos de la providencia de Dios y obedecer las instrucciones de su voluntad. Que todos se alisten bajo la bandera de Dios, permanezcan de su lado y escuchen la trompeta de su palabra, que nunca da un sonido incierto.
Dios también da a su profeta una promesa para transmitirla al pueblo: aunque por un tiempo parezca estar sentado sin actuar, ciertamente intervendrá en el momento adecuado para consolar a su pueblo y avergonzar a sus enemigos (Isaías 18:4). «Así me dijo el Señor». Los seres humanos expresarán sus opiniones, pero Dios también tiene su propia palabra. Podemos estar seguros de que ella permanecerá, y con frecuencia Dios la da a conocer de antemano por medio de sus siervos los profetas.
Cuando Dios dice: «Me estaré quieto», no significa que esté cansado de gobernar el mundo ni que quiera retirarse de él. Significa que el Dios grande disfruta de una plenitud perfecta y apacible en sí mismo, aun cuando el mundo a su alrededor se sacude y cambia. El Señor todavía se sienta sobre las inundaciones, sin ser movido. Su mente siempre está en calma. Aunque a veces su pueblo pueda pensar que no está prestando atención, como si estuviera dormido o no se diera cuenta de lo que ocurre (Salmo 44:23; Jeremías 14:9), él siempre sabe exactamente lo que hacen las personas y exactamente lo que hará.
En primer lugar, cuidará de su pueblo y será su refugio. Vigilará su morada, y sus ojos y su corazón permanecerán sobre ella para bien. Sion es su reposo para siempre, el lugar donde habitará, y él cuidará de ella. Volverá su rostro hacia ella, determinará lo que debe hacerse y hará lo que sea mejor. Ajustará los consuelos que da a su pueblo según sus necesidades, para que lleguen en el momento apropiado y correspondan a las dificultades que enfrenta.
Esos consuelos son como el calor resplandeciente después de la lluvia, que reanima la tierra y ayuda a crecer a las plantas. También son como el rocío y una nube durante el calor de la cosecha, algo muy bien recibido: el rocío para la tierra y la nube para los trabajadores. Hay en Dios algo que da refugio y renovación a su pueblo en cada estación y que lo protege en medio de cada cambio. Si el clima es frío, su favor lo calienta. Si hace calor, su favor lo refresca. Los grandes pueden tener una casa de invierno y otra de verano (Amós 3:15), pero quienes viven con Dios tienen ambas cosas en él.
Dios arreglará cuentas con sus enemigos y con los enemigos de su pueblo, como dicen los versículos 5 y 6. El ejército asirio esperaba una cosecha abundante cuando atacó Jerusalén y saqueó aquella ciudad rica. Pero, justo cuando la cosecha está casi madura, antes de recogerla, Dios destruirá ese ejército. Lo hará con la misma facilidad con que un agricultor corta los brotes de una vid con sus podaderas o, si las uvas son agrias e inútiles, corta toda la rama.
Esto apunta a la destrucción del ejército asirio por medio de un ángel destructor. Sus cadáveres quedaron esparcidos como las ramas cortadas de una vid silvestre. Fueron dejados como alimento para las aves y los animales salvajes, tanto en invierno como en verano. Dios protege a su pueblo en toda estación, tanto en el frío como en el calor (Isaías 18:4), pero sus enemigos quedan expuestos en cada estación. Las aves y las bestias de presa se alimentarían de ellos en verano y en invierno, hasta que quedaran completamente arruinados.
En aquel tiempo, cuando esto se cumpla, se llevará un regalo al Señor de los ejércitos (Isaías 18:7). Algunos entienden este regalo como la conversión de los etíopes a la fe de Cristo en tiempos posteriores, anticipada en cierta manera cuando Felipe bautizó al eunuco etíope (Hechos 8:27 y siguientes). Los que eran un pueblo esparcido y despojado, medido y pisoteado (Isaías 18:2), serían llevados como regalo al Señor. Aunque parecían inútiles y sin valor, serían una ofrenda aceptable para él, porque Dios juzga a las personas por la sinceridad de su fe y su amor, no por sus riquezas ni por su honor exterior. Por eso el evangelio fue anunciado a los gentiles, para que la ofrenda de los gentiles fuera aceptable (Romanos 15:16). Se había profetizado que Etiopía pronto extendería sus manos hacia Dios (Salmo 68:31).
Otros entienden este regalo como el botín tomado del ejército de Senaquerib, del cual, como se hacía con frecuencia, se llevarían presentes al Señor de los ejércitos (Números 31:50). Era el regalo de un pueblo esparcido y despojado. Había sido tomado de los asirios, quienes ahora habían sido reducidos a la misma condición que, con desprecio, habían atribuido a Judá (Isaías 18:1). Los que injustamente pisotean a otros serán justamente pisoteados. Este regalo también fue ofrecido por el pueblo de Dios, al que otros habían llamado con desprecio un pueblo esparcido y despojado. Dios honrará a su pueblo, aun cuando otros lo desprecien.
Finalmente, debemos notar esto: el regalo llevado al Señor de los ejércitos debe ser llevado al lugar donde el Señor de los ejércitos ha puesto su nombre. Lo que se ofrece a Dios debe ofrecerse de la manera que él ha establecido. Debemos asegurarnos de acudir a él allí donde ha prometido encontrarse con nosotros.
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De este capítulo
Isaías 18:2
"La que envía embajadores por el mar, en embarcaciones de juncos sobre las aguas, diciendo: «Vayan, mensajeros veloces, a una nación dispersa y desollada, a un pueblo temible desde su comienzo hasta ahora; una nación medida y pisoteada, cuya tierra han saqueado los ríos»."
Isaías 18:3
"Todos ustedes, habitantes del mundo y moradores de la tierra, vean cuando levante un estandarte sobre las montañas; y cuando toque la trompeta, escuchen."
Isaías 18:4
"Porque así me dijo el SEÑOR: «Descansaré y observaré desde mi morada, como el calor claro sobre las hierbas y como una nube de rocío en el calor de la cosecha»."
Isaías 18:5
"Porque antes de la cosecha, cuando el brote esté completo y la uva agria esté madurando en la flor, cortará los retoños con podaderas, y quitará y cortará las ramas."
Isaías 18:6
"Quedarán todos juntos abandonados a las aves de las montañas y a las bestias de la tierra; las aves pasarán el verano sobre ellos, y todas las bestias de la tierra pasarán el invierno sobre ellos."
Isaías 18:7
"En aquel tiempo será llevado un presente al SEÑOR de los ejércitos, de parte de un pueblo disperso y desollado, y de un pueblo temible desde su comienzo hasta ahora; una nación medida y pisoteada, cuya tierra han saqueado los ríos, al lugar del nombre del SEÑOR de los ejércitos, el monte Sion."
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