Versículo destacado

Hebreos 8:6 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Pero ahora él ha obtenido un ministerio más excelente, por cuanto también es mediador de un pacto mejor, establecido sobre mejores promesas. "

Hebreos 8:6

menu_book El versículo en contexto

4 Porque si estuviera en la tierra, no sería sacerdote, ya que hay sacerdotes que ofrecen ofrendas conforme a la ley;

5 los cuales sirven a la figura y sombra de las cosas celestiales, como Moisés fue advertido por Dios cuando estaba a punto de hacer el tabernáculo; pues él dice: «Mira que hagas todas las cosas conforme al modelo que se te mostró en el monte».

6 Pero ahora él ha obtenido un ministerio más excelente, por cuanto también es mediador de un pacto mejor, establecido sobre mejores promesas.

7 Porque si aquel primer pacto hubiera sido irreprochable, no se habría buscado lugar para el segundo.

8 Porque, al encontrar falta en ellos, dice: «Miren, vienen días, dice el Señor, cuando haré un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En esta parte del capítulo, el apóstol muestra y confirma la excelencia superior del sacerdocio de Cristo sobre el sacerdocio de Aarón, a partir de la excelencia del pacto, es decir, de la manera en que Dios lleva a cabo su pacto de gracia, del cual Cristo es el Mediador (Hebreos 8:6). El ministerio de Cristo es mayor porque él es el Mediador de un pacto mejor. Algunos han señalado que gran parte de la teología depende de distinguir correctamente entre dos pactos: el pacto de obras y el pacto de gracia; y también entre las dos formas del pacto de gracia: la forma del Antiguo Testamento y la forma del Nuevo Testamento.

Primero, observemos lo que se dice aquí acerca del pacto antiguo, o más bien, acerca de la manera antigua en que se llevó a cabo el pacto de gracia. Este pacto fue establecido con los padres de la nación judía en el monte Sinaí (Hebreos 8:9), y Moisés fue el mediador de ese pacto cuando Dios tomó a los israelitas de la mano para sacarlos de Egipto. Esto muestra la gran bondad, paciencia y tierna protección de Dios hacia ellos. Sin embargo, aquel pacto no era perfecto (Hebreos 8:7, Hebreos 8:8). Fue un tiempo de oscuridad y temor, que tendía hacia la esclavitud, y sirvió solamente como un tutor para llevarnos a Cristo. Era perfecto para su propósito, pero muy imperfecto en comparación con el evangelio.

Tampoco era firme ni permanente, porque los judíos no permanecieron en ese pacto, y el Señor dejó de tenerlos en cuenta (Hebreos 8:9). Actuaron con ingratitud hacia Dios y se hicieron daño a sí mismos, por lo que quedaron bajo su desagrado. Dios honrará a quienes permanecen en su pacto, pero rechazará a quienes se sacuden de encima su yugo. Finalmente, se dice que ese pacto estaba decayendo, envejeciendo y a punto de desaparecer (Hebreos 8:13). Había quedado anticuado, cancelado y ya no era útil en la época del evangelio, como las velas después de que sale el sol. Algunos consideran que el pacto especial con Israel no desapareció por completo sino hasta la destrucción de Jerusalén, aunque se perdió por completo con la muerte de Cristo y ya se había vuelto antiguo y estaba a punto de desaparecer, junto con el sacerdocio levítico, es decir, el sistema sacerdotal vinculado con la tribu de Leví.

Ahora observemos lo que se dice acerca de la forma neotestamentaria del pacto de Dios, para demostrar la excelencia superior del ministerio de Cristo. Se le llama un pacto mejor (Hebreos 8:6), una manifestación más clara y consoladora de la gracia de Dios hacia los pecadores, que trae luz santa y libertad al alma. No tiene defecto y está ordenado perfectamente en cada una de sus partes. No exige nada sin prometer también la gracia necesaria para cumplirlo. Acepta la devoción sincera del pueblo de Dios y la considera como la perfección propia del evangelio. Una sola falla no nos expulsa de inmediato del pacto, porque todo ha sido puesto en manos seguras.

También está establecido sobre mejores promesas: más claras, más directas, más espirituales y más firmes. En este pacto, las promesas de bendiciones espirituales y eternas se expresan de manera plena y explícita. Las promesas de bendiciones terrenales se dan con una condición sabia y amorosa: se cumplirán en la medida en que sirvan para la gloria de Dios y el bien de su pueblo. Este pacto incluye promesas de ayuda y aceptación en el deber, de crecimiento y perseverancia en la gracia y la santidad, y de gozo y gloria en el cielo. Antes, estas bendiciones solo se representaban de manera tenue mediante las promesas de la tierra de Canaán, que apuntaban hacia el cielo.

Este es un pacto nuevo, el mismo pacto que Dios había dicho desde mucho tiempo atrás que establecería con la casa de Israel, es decir, con el verdadero Israel, con todo el pueblo de Dios. Fue prometido en Jeremías 31:31 y Jeremías 31:32, y se cumplió en Cristo. Siempre seguirá siendo nuevo en el sentido de que todos los que verdaderamente se aferran a él son guardados por el poder de Dios. Es el pacto de Dios, formado por su misericordia, amor y gracia. Su sabiduría lo planeó, su Hijo lo compró, y su Espíritu introduce a las almas en él y las hace crecer dentro de él.

Los términos de este pacto son extraordinarios. Dios y su pueblo los sellan mediante el bautismo y la Cena del Señor; por medio de ellos, el pueblo se compromete a cumplir su parte, y Dios le asegura que cumplirá la suya. Y la parte de Dios es la principal y más importante, pues de ella depende que su pueblo reciba la gracia y la fuerza necesarias para cumplir su parte. Dios promete primero poner sus leyes en la mente de su pueblo y escribirlas en su corazón (Hebreos 8:10). Antes había escrito sus leyes para ellos en tablas, pero ahora las escribirá dentro de ellos. Esto significa que les dará entendimiento para conocer y creer en su ley, memoria para guardarla, corazones para amarla, conciencias que reconozcan su peso, valor para confesarla y poder para ponerla en práctica. Toda la estructura de su alma llegará a parecerse a una copia de la ley de Dios. Este es el fundamento del pacto y, una vez colocado, el deber se cumplirá con sabiduría, sinceridad, disposición, facilidad, firmeza, constancia y consuelo.

Dios también promete llevarlos a una relación cercana y honorable consigo mismo. Él dice: «Yo seré su Dios», lo cual significa que será para ellos todo lo que Dios puede ser y hará por ellos todo lo que Dios puede hacer. Ninguna explicación de muchos volúmenes podría decir más que esas pocas palabras. Y ellos serán su pueblo: lo amarán, lo honrarán, le obedecerán y lo seguirán en todo. Se ajustarán a sus advertencias, obedecerán sus mandamientos, se someterán a sus providencias, imitarán su ejemplo y se deleitarán en su favor. Quienes verdaderamente tienen a Dios como su Dios deben vivir así, y lo harán. Es su deber dentro del pacto, pero Dios también los capacita para cumplirlo; esto demuestra que él es su Dios y que ellos son su pueblo. Dios mismo establece primero la relación, luego la llena de una gracia adecuada y suficiente, y los ayuda, en la medida que les corresponde, a responder con amor y obediencia. Así, Dios provee para ambas partes del pacto.

Dios también promete que crecerán cada vez más en su conocimiento de él (Hebreos 8:11): «Todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor». Esta promesa es tan completa que habrá menos necesidad de que un vecino enseñe a otro a conocer al Señor. Aquí debemos notar dos cosas. Primero, cuando no haya una enseñanza mejor disponible, un vecino debe enseñar a otro a conocer al Señor, según sus capacidades y oportunidades. Segundo, este tipo de instrucción privada no será tan necesario bajo el Nuevo Testamento como lo fue bajo el Antiguo. La forma antigua era simbólica, oscura y llena de rituales externos, por lo que se entendía menos. Sus sacerdotes predicaban pocas veces y ante grupos pequeños, y el Espíritu de Dios se daba de manera más limitada.

Pero bajo la nueva forma del pacto habrá muchos más predicadores del evangelio capacitados, un ministerio constante en las reuniones solemnes y grandes multitudes que acudirán a escucharlos, como palomas a sus ventanas. También habrá un abundante derramamiento del Espíritu de Dios para hacer eficaz el evangelio. Todo esto producirá una gran difusión del conocimiento cristiano entre toda clase de personas, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos. Que esta promesa se cumpla en nuestros días, para que la mano de Dios esté con sus ministros y muchos crean y se vuelvan al Señor.

Dios también establece con ellos un pacto acerca del perdón de sus pecados, y este perdón siempre acompaña al verdadero conocimiento de Dios (Hebreos 8:12). Él dice: «Tendré misericordia de sus injusticias». Aquí debemos notar tres cosas.

Primero, este perdón es gratuito. No procede de algo bueno que haya en las personas, sino de la misericordia de Dios. Él perdona por causa de su propio nombre, por quién es él.

Segundo, este perdón es completo. Alcanza la injusticia, los pecados y las transgresiones: toda clase de pecado, incluso los pecados que se han agravado mucho por la culpa. Tercero, este perdón es firme y permanente. Dios dice que no se acordará más de sus pecados. No volverá a sacarlos a la luz ni a presentarlos otra vez. No solo los perdonará, sino que los tratará como si hubieran sido olvidados.

Esta misericordia perdonadora acompaña toda otra bendición espiritual. El pecado no perdonado bloquea la misericordia y trae juicio. Pero cuando el pecado es perdonado, el juicio se aparta y queda abierto el camino para todas las bendiciones espirituales. El perdón es el resultado de la misericordia establecida desde la eternidad y la garantía de la misericordia que continuará para siempre.

Esta es la gloria del nuevo pacto, y estas son sus promesas. Por lo tanto, no tenemos razón para quejarnos. Tenemos toda razón para alegrarnos de que el pacto anterior haya quedado anticuado y haya desaparecido.

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