Versículo destacado
Ezequiel 44:17 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Cuando entren por las puertas del atrio interior, estarán vestidos con prendas de lino. No llevarán lana encima mientras sirvan en las puertas del atrio interior y adentro. "
Ezequiel 44:17
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
15 Pero los sacerdotes levitas, hijos de Sadoc, que cumplieron el deber de cuidar mi santuario cuando los hijos de Israel se extraviaron lejos de mí, se acercarán a mí para servirme y estarán delante de mí para ofrecerme la grasa y la sangre —declara el Señor DIOS—.
16 Ellos entrarán en mi santuario y se acercarán a mi mesa para servirme, y cumplirán el deber que les he encomendado.
17 Cuando entren por las puertas del atrio interior, estarán vestidos con prendas de lino. No llevarán lana encima mientras sirvan en las puertas del atrio interior y adentro.
18 Llevarán tocados de lino sobre la cabeza y calzones de lino sobre la cintura. No se ceñirán con nada que cause sudor.
19 Cuando salgan al atrio exterior, al atrio exterior donde está el pueblo, se quitarán las prendas con las que sirvieron y las dejarán en las cámaras santas; luego se pondrán otras prendas. No santificarán al pueblo con sus prendas.
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Los sacerdotes de Dios debían tomar su servicio con seriedad y no vivir como el mundo. Por eso Dios les dio reglas para guiar su conducta y los animó a cumplirlas. Primero habló de su vestimenta. Cuando entraban a ministrar en el atrio interior o en el santuario, tenían que usar prendas de lino, no de lana, porque la lana los haría sudar (Ezequiel 44:17-18). Debían vestirse de manera ligera y limpia, apropiada para el trabajo santo y para el servicio en los altares, donde el fuego ardía continuamente. Su ropa también señalaba la pureza interior que debe caracterizar a quienes adoran a Dios.
Cuando terminaban su servicio, debían cambiarse y ponerse su ropa común, y guardar las prendas sagradas de lino en las cámaras especiales (Ezequiel 44:19). No debían andar entre el pueblo usando esas prendas, para que nadie pensara que la santidad podía transmitirse por medio del contacto. O, como parece explicarse antes, debían ponerse ropa común cuando salieran a encontrarse con el pueblo.
En segundo lugar, Dios les dio instrucciones acerca del cabello. No debían raparse la cabeza, como lo hacían los sacerdotes paganos, ni dejarse crecer demasiado el cabello (Ezequiel 44:20). Debían ser sobrios y modestos, y llevar el cabello corto y arreglado. El cabello largo no era apropiado para un hombre, especialmente para un ministro (1 Corintios 11:14).
En tercer lugar, Dios estableció normas sobre su manera de beber. No debían beber vino cuando entraran a ministrar, para no beber en exceso y olvidar la ley (Ezequiel 44:21). Los sacerdotes debían actuar con cuidado y mantener la mente clara. Si los reyes no debían beber más de lo que les hacía bien, los sacerdotes tenían que ser aún más cuidadosos (Levítico 10:9; Proverbios 31:4-5).
En cuarto lugar, sus matrimonios debían corresponder al honor de su cargo (Ezequiel 44:22). No debían casarse con una mujer divorciada, porque eso podía levantar dudas acerca de su carácter. Tampoco debían casarse con una viuda, a menos que fuera la viuda de un sacerdote y ya estuviera acostumbrada a la vida sacerdotal. Otras personas pueden hacer cosas que los ministros deben evitar por causa de su llamado.
En quinto lugar, Dios habló de su enseñanza y de su trabajo en los juicios. Parte de su deber era enseñar al pueblo la diferencia entre lo santo y lo común, entre el bien y el mal, y entre lo permitido y lo prohibido (Ezequiel 44:23). Tenían que ayudar a las personas a entender claramente lo correcto y lo incorrecto, para que no confundieran la verdad con el error ni trataran las cosas limpias y las impuras como si fueran iguales.
También debían juzgar los casos que se les presentaran y mantenerse firmes en lo correcto (Deuteronomio 17:8-9; Ezequiel 44:24). Sus decisiones no debían basarse en preferencias personales, ganancias egoístas ni prejuicios humanos, sino en los juicios de Dios. Los ministros deben resolver las disputas por medio de la palabra de Dios, conforme a la ley y al testimonio. Debían supervisar las reuniones del pueblo de Dios y guardar sus estatutos en todas sus asambleas. También tenían que mantener santos los días de descanso de Dios, realizar con reverencia el trabajo público de ese día y asegurarse de que el pueblo no lo profanara.
En sexto lugar, Dios dio reglas acerca del duelo por los familiares fallecidos. Esto concordaba con la ley de Moisés (Levítico 21:1, 11). El sacerdote no debía acercarse a un cadáver, porque debía mantenerse apartado de las obras muertas, excepto cuando se tratara de sus familiares más cercanos (Ezequiel 44:25). Aun así, el dolor apropiado por la muerte de un familiar cercano no es malo para un ministro. Sin embargo, al tocar un cadáver quedaba ceremonialmente impuro y tenía que ser purificado con una ofrenda por el pecado antes de volver a servir (Ezequiel 44:26-27). El duelo por los muertos es correcto, pero aun en medio del dolor las personas pueden caer en pecado, ya sea por excederse o por aparentar sentimientos que en realidad no tienen.
En séptimo lugar, Dios habló de su sustento. Debían vivir de lo que recibían del altar donde servían y contar con lo necesario para vivir cómodamente (Ezequiel 44:28). No recibieron propiedades en Israel, ni tierras ni grandes extensiones, para no enredarse en los asuntos de la vida común. Dios dijo: «Yo soy su herencia», lo que significaba que él mismo sería su porción permanente. Más adelante se les permitió recibir algo de tierra (Ezequiel 48:10), pero su principal sustento provenía de su servicio.
Lo que Dios apartaba para sí les permitía recibirlo para su propio uso. Vivían de las cosas santas, y así Dios mismo era su porción y su herencia. Quienes tienen a Dios como herencia pueden estar contentos con poco y no deberían desear grandes posesiones terrenales. Si tenemos a Dios, tenemos todo lo que realmente necesitamos.
Los sacerdotes debían recibir su sustento del pueblo de varias maneras. Recibirían la carne de muchas ofrendas, incluidas la ofrenda por el pecado y la ofrenda por la culpa, que les proporcionarían carne a ellos y a sus familias, así como las ofrendas de cereal, que les proporcionarían pan. Lo que se entrega a Dios no se pierde, porque vuelve para bendecir a quienes le sirven. También recibirían todo lo consagrado en Israel, que en muchos casos debía convertirse en dinero y entregarse al sacerdote.
Esto se explica en Ezequiel 44:20. Toda ofrenda, ya fuera un regalo habitual o una ofrenda voluntaria, y toda clase de ofrenda, pertenecía a los sacerdotes. La ley acerca de estas ofrendas se encuentra en Levítico 27. En tiempos de avivamiento y devoción, probablemente esos regalos serían numerosos y abundantes. Como Dios ocupa el primer lugar, lo primero le pertenece a él; y si le pertenece a él, también debe servir para sostener a sus sacerdotes.
Podemos disfrutar lo que tenemos con más tranquilidad cuando primero apartamos una parte para la adoración y para ayudar a los demás. Pablo estableció una norma semejante cuando les dijo a los creyentes que apartaran algo al comienzo de la semana para un uso santo (1 Corintios 16:2). Los sacerdotes recibían suficiente sustento, así que no tenían excusa si comían algo despedazado por animales salvajes o que hubiera muerto de manera natural, pues la ley lo prohibía (Ezequiel 44:31). Quienes tienen poca comida pueden sentirse tentados a pasar por alto mandatos como este, pero los sacerdotes no tenían ese pretexto.
Aquí también hay una enseñanza acerca de lo que el pueblo podía esperar del sacerdote a cambio. Quienes muestran bondad a un profeta o a un sacerdote recibirán la recompensa de un profeta o de un sacerdote: «Él puede hacer que la bendición permanezca en tu casa» (Ezequiel 44:30). Dios es quien da la bendición, y el sacerdote pide por ella en oración. Parte del trabajo del sacerdote era bendecir al pueblo en el nombre del Señor, no solo durante la adoración pública, sino también en sus hogares.
Es un gran consuelo para cualquier hogar que la bendición de Dios repose sobre él y permanezca allí para la siguiente generación. La manera de hacer que esa bendición permanezca en nuestros bienes es honrar a Dios con ellos y darle a él, a sus ministros y a los pobres la parte que les corresponde. Dios ciertamente bendice el hogar de quienes viven rectamente (Proverbios 3:33). Los ministros también cumplen su parte cuando enseñan y oran por las familias que los tratan con bondad: «Paz sea a esta casa».
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De este capítulo
Ezequiel 44:1
"Luego me hizo volver por el camino de la puerta exterior del santuario, la que mira hacia el este, y estaba cerrada."
Ezequiel 44:2
"Entonces el SEÑOR me dijo: Esta puerta permanecerá cerrada; no se abrirá, ni entrará nadie por ella, porque el SEÑOR, el Dios de Israel, entró por ella. Por eso permanecerá cerrada."
Ezequiel 44:3
"Será para el príncipe. El príncipe se sentará en ella para comer pan delante del SEÑOR; entrará por el camino del pórtico de esa puerta y saldrá por el mismo camino."
Ezequiel 44:4
"Luego me llevó por el camino de la puerta del norte hasta delante de la casa. Miré, y vi que la gloria del SEÑOR llenaba la casa del SEÑOR; entonces caí rostro en tierra."
Ezequiel 44:5
"Y el SEÑOR me dijo: Hijo de hombre, presta mucha atención, mira con tus ojos y oye con tus oídos todo lo que te digo acerca de todas las ordenanzas de la casa del SEÑOR y todas sus leyes. Presta mucha atención a la entrada de la casa y a cada salida del santuario."
Ezequiel 44:6
"Y dirás a los rebeldes, a la casa de Israel: Así dice el Señor DIOS: ¡Casa de Israel, ya basta de todas sus abominaciones!"
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