Versículo destacado

Ezequiel 39:8 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Mira, ha llegado y se ha cumplido, dice el Señor DIOS. Este es el día del que he hablado. "

Ezequiel 39:8

menu_book El versículo en contexto

6 Enviaré fuego sobre Magog y sobre los que habitan confiados en las islas; y sabrán que yo soy el SEÑOR.

7 Así daré a conocer mi santo nombre en medio de mi pueblo Israel, y no permitiré que profanen más mi santo nombre. Las naciones sabrán que yo soy el SEÑOR, el Santo en Israel.

8 Mira, ha llegado y se ha cumplido, dice el Señor DIOS. Este es el día del que he hablado.

9 Los habitantes de las ciudades de Israel saldrán, encenderán fuego y quemarán las armas: los escudos y los broqueles, los arcos y las flechas, los bastones y las lanzas. Las quemarán en el fuego durante siete años.

10 Así no recogerán leña del campo ni cortarán ninguna de los bosques, porque quemarán las armas en el fuego. Despojarán a quienes los despojaron y saquearán a quienes los saquearon, dice el Señor DIOS.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aunque esta profecía se cumpliría en los últimos días, aquí se expresa como si ya hubiera sucedido, porque es completamente segura (Ezequiel 39:8): «Mira, ha llegado y se ha cumplido». Lo que Dios ha prometido sucederá en el momento indicado con tanta certeza como si ya estuviera terminado. Este era el día del que había hablado desde hacía mucho tiempo; aunque se había demorado, finalmente había llegado. De la misma manera, a Juan se le dijo: «¡Todo está hecho!» (Apocalipsis 21:6).

Para mostrar cuán completa sería la derrota de Gog, se mencionan tres resultados. Dios mismo les daría la victoria, y no leemos que Israel tuviera que sacar la espada ni dar un solo golpe. Primero, quemarían las armas del enemigo: sus arcos y flechas, que habían caído de sus manos (Ezequiel 39:3), junto con escudos, escudos pequeños, jabalinas, lanzas, armas parecidas a bastones, garrotes y lanzas cortas; en resumen, todo lo que pudiera arder. No las guardarían en arsenales ni las conservarían para usarlas después, para no sentirse tentados a confiar en ellas. En vez de eso, las quemarían como combustible.

No harían una enorme hoguera para destruirlo todo de una vez. Más bien, usarían las armas como leña en sus casas, según la necesitaran, y así no tendrían que cortar madera en los campos ni en los bosques durante siete años (Ezequiel 39:10). Habría tantas armas abandonadas en el campo de batalla y a lo largo de los caminos por donde huyera el enemigo que tendrían combustible de sobra. Como las armas estarían secas, arderían mejor que la madera verde, y al usarlas conservarían los árboles de sus huertos y bosques. Aunque las montañas de Israel produjeran abundante fruto, el pueblo todavía tendría que ser prudente con lo que poseía y guardar todo lo que pudiera para quienes vendrían después, conforme Dios les diera la oportunidad.

Podemos suponer que, cuando los israelitas salieran a saquear a quienes los habían saqueado, encontrarían plata, oro y adornos. Sin embargo, lo único que se menciona como algo que pondrían en uso es la madera de las armas, y la usarían para una necesidad común de la vida: el combustible. Esto nos enseña a estar contentos si tenemos suficiente para nuestras verdaderas necesidades, aunque tengamos pocos de los lujos y placeres de la vida. Cada vez que pusieran madera en el fuego y se calentaran, recordarían la cantidad y el poder de sus enemigos, y lo cerca que habían estado de caer en sus manos. Eso despertaría en ellos un profundo agradecimiento al Dios que los había rescatado de manera tan maravillosa y oportuna. Mientras estuvieran sentados junto al fuego, con sus hijos alrededor, podrían contarles las grandes cosas que Dios había hecho.

Segundo, enterrarían a los muertos. Después de una batalla, por lo general el bando derrotado necesita tiempo para sepultar a los suyos. Pero aquí la matanza sería tan completa que no quedarían suficientes sobrevivientes del enemigo para hacerlo. Además, los muertos estarían esparcidos por las montañas de Israel, y reunirlos tomaría tiempo. Por eso, la casa de Israel recibiría esta tarea como parte de su triunfo sobre Gog.

Se apartaría un lugar para estos entierros: el Valle de los Viajeros, al oriente del mar, ya fuera el Mar Salado o el mar de Tiberias. Era un valle por el que pasaban muchos viajeros entre Egipto y Caldea. Habría tantos cadáveres expuestos a la descomposición que los viajeros que pasaran por allí tendrían que taparse la nariz debido al terrible olor. Esto nos recuerda cuán frágiles son nuestros cuerpos. Una vez que el alma los ha dejado por un breve tiempo, su olor se vuelve desagradable y repulsivo. El lugar donde hubiera caído la mayor cantidad de personas se convertiría en el lugar de sepultura. Allí donde cae el árbol, allí queda. Se llamaría el Valle de Hamón-gog, es decir, «la multitud de Gog», porque esa gran multitud sería lo que especialmente debía recordarse. Dios habría derrotado y destruido a tantos soldados enemigos para defender a su pueblo Israel.

Los entierros ocuparían bastante tiempo: siete meses (Ezequiel 39:12). Esto muestra que serían muchos los muertos del Señor en aquella batalla, y también muestra el cuidado que la casa de Israel tendría que poner para no dejar a ninguno sin sepultar. De esa manera limpiarían la tierra de la impureza ceremonial causada por tantos cadáveres tendidos en ella. Por la misma razón, quienes eran colgados de un árbol debían ser enterrados rápidamente (Deuteronomio 21:23). Esto también muestra que los tiempos de gran liberación deben ser tiempos de reforma. Cuanto más haga Dios para salvar a una tierra de la ruina, más deben hacer sus habitantes para limpiarla del pecado.

Muchas personas participarían en este trabajo. Todo el pueblo de la tierra ayudaría, y cada uno tendría que hacer lo que pudiera, desde el lugar que ocupaba, para limpiar la tierra de su contaminación y de todo lo que le trajera vergüenza. El pecado es un enemigo común, y todos deben levantarse contra él. En un tiempo de peligro público, cada persona se convierte en un soldado. Quien ayudara en esta tarea sería honrado por hacerlo. El trabajo de sepulturero o de encargado de limpiar el país podría parecer humilde, pero cuando sirviera para purificar la tierra de los cadáveres, se recordaría como algo digno de reconocimiento.

Los actos de bondad contribuyen mucho al honor del pueblo de Dios. La fe se ve bien cuando quienes la profesan están dispuestos a hacer toda clase de buenas obras. Enterrar a los muertos es una buena obra, aun cuando sean extranjeros y enemigos de la comunidad de Israel, porque ellos también resucitarán. Esto será una señal de honor para quienes lo hagan, en el día en que Dios sea glorificado. Cuando el pueblo de Dios hace cosas que embellecen su fe, Dios recibe gloria, y los demás ven sus buenas obras y glorifican al Padre (Mateo 5:16). Cuando Dios es honrado, él también da honor a su pueblo. Su gloria se convierte en el honor de ellos.

Algunas personas se dedicarían especialmente a buscar los cadáveres o cualquier parte de ellos que permaneciera sin enterrar. El pueblo de la tierra pronto se cansaría de sepultar la contaminación del país, así que designaría a ciertos hombres para realizar continuamente esa tarea. Ellos no harían ninguna otra cosa hasta que la tierra quedara completamente limpia, porque lo que pertenece a todos fácilmente puede terminar siendo responsabilidad de nadie si no se designa a alguien para hacerlo.

Quienes participan en una labor pública, especialmente en la limpieza y reforma de una tierra, deben perseverar con constancia. Deben continuar con lo que comenzaron y llevarlo hasta el final. Si las personas hacen el bien cada vez que tienen la oportunidad, descubrirán que siempre hay mucho por hacer.

Incluso los viajeros tendrían que ayudar informando a quienes estaban encargados de limpiar la tierra cuando vieran algún daño público. Tal vez no se detendrían a enterrar ellos mismos a los muertos, porque eso los volvería ceremonialmente impuros, es decir, no aptos para ciertas responsabilidades religiosas. Sin embargo, podrían señalar dónde había un cadáver o incluso un hueso. Podrían marcar el lugar para que los sepultureros fueran a recogerlo y para que los demás evitaran tocarlo. Por eso las tumbas judías se blanqueaban: para que la gente se mantuviera alejada de ellas.

Cuando hace falta realizar una buena obra, todos deben ayudar, incluso quienes solo van de paso. En una desgracia compartida o frente a un pecado común, nadie debe pensar que el asunto no le concierne. Quienes tienen la responsabilidad de limpiar la tierra no deben pasar por alto nada que la contamine. Aunque solo encuentren un hueso y no un cuerpo entero sin sepultar, deben animar a cualquiera que pueda avisar en privado, mediante alguna señal, para que sea retirado y enterrado fuera de la vista.

Después de siete meses, cuando hubieran retirado todo lo que se veía al principio, volverían a buscar cualquier cosa que hubiera quedado escondida. Seguirían buscando hasta que no quedara nada. En memoria de esto, darían a su ciudad un nuevo nombre: Hamona, que significa «la multitud». Ese nombre les recordaría a los muchos enemigos que habían sido enterrados allí. Así limpiarían la tierra con gran cuidado y mucho esfuerzo (Ezequiel 39:16).

Después de la victoria viene la limpieza. Moisés les ordenó a los israelitas que habían luchado contra los madianitas que se purificaran después de la batalla (Números 31:24). Puesto que hemos recibido un favor especial de parte de Dios, debemos limpiarnos de toda contaminación.

Mientras permanecieran sin sepultar, las aves y los animales salvajes se alimentarían de los cuerpos de los muertos, y nada podría impedirlo (Ezequiel 39:17 en adelante). Una escena parecida también aparece en Apocalipsis 19:17 en adelante. Aquí se hace una invitación general a toda ave y todo animal que se alimenta de cadáveres, desde el más grande hasta el más pequeño, desde el águila hasta el cuervo, desde el león hasta el perro. Todos debían reunirse por cada lado, porque habría alimento suficiente para todos. Era como si se les invitara al sacrificio de Dios, a su banquete.

Los juicios de Dios contra el pecado y los pecadores son a la vez un sacrificio y un banquete. Son un sacrificio ofrecido a su justicia y un banquete para la fe y la esperanza de su pueblo. Cuando Dios destruyó a Leviatán, entregó su cuerpo como alimento para Israel (Salmo 74:14). Los justos se alegrarán como en un banquete cuando vean la venganza, y encontrarán alivio en ella.

Este sacrificio tiene lugar en los montes de Israel. Esas alturas se habían usado como altares donde el pueblo deshonraba a Dios mediante la idolatría. Ahora Dios se honrará allí mismo al destruir a sus enemigos.

El banquete está preparado con abundancia. Las aves y las fieras comerán la carne de los poderosos y beberán la sangre de los príncipes de la tierra (Ezequiel 39:18-19). Se les dará carne y sangre humanas. A veces, esto ha sido una señal de que las criaturas inferiores se vuelven contra el ser humano, su señor, porque el ser humano se ha vuelto contra Dios, su Creador. También se trata de la carne y la sangre de grandes hombres, comparados aquí con carneros, toros y machos cabríos, todos animales robustos y bien alimentados de Basán. Beberán la sangre de los príncipes de la tierra.

¡Qué humillación para esos príncipes de linaje real! Dios puede hacer que la sangre de la realeza, que corre por sus venas, se convierta en alimento para las aves y las fieras. También se trata de la carne y la sangre de hombres malvados, enemigos de Dios, de su iglesia y de su pueblo, que aquí son invitados al banquete. Ellos habían tratado al pueblo de Dios como ovejas destinadas al matadero, y ahora recibirán el mismo trato. Habían hecho esto con los cuerpos muertos de los siervos de Dios (Salmos 79:2), o habrían querido hacerlo, y ahora aquello recaerá sobre ellos.

Todos quedarán completamente saciados, y el banquete será pleno (Ezequiel 39:19-20). Comerán grasa y beberán sangre, alimentos ricos y abundantes. «Se saciarán en mi mesa», dice Dios. Él también prepara una mesa para las criaturas inferiores. Da alimento a todo ser viviente. Todo ser vivo espera de él, y él lo satisface porque provee con generosidad. Si las aves y las fieras se sacian en la mesa de Dios, cuánto más sus hijos serán abundantemente satisfechos con la bondad de su casa, incluso de su santo templo.

Se saciarán de caballos y carros, es decir, de los jinetes y guerreros que los usaban. Esos hombres poderosos habían triunfado sobre las naciones, pero ahora los cuervos y las águilas jóvenes triunfarán sobre ellos (Proverbios 30:17). Esperaban convertir fácilmente a Israel, el pueblo de Dios, en su presa, pero ahora ellos mismos se convertirán en presa fácil para las aves y las fieras. Esto muestra cómo el mal sigue persiguiendo a los pecadores aun después de la muerte.

La exposición de sus cuerpos es solo una señal de algo mayor. Apunta a los terrores que, después de la muerte, atormentarán sus conciencias. La antigua imagen poética de un buitre que picotea sin cesar el corazón sugiere esa realidad. Y esta vergüenza es apenas un anticipo de la vergüenza y el desprecio eternos a los que resucitarán.

Esto hará avanzar grandemente tanto la gloria de Dios como el consuelo de su pueblo. Honrará a Dios porque las naciones reconocerán que él es el Señor (Ezequiel 39:21). Las naciones verán y observarán sus juicios, y su gloria se manifestará entre ellas. Quedará establecida entre ellas, más que antes, esta verdad: el Dios de Israel es un Dios grande y glorioso. Incluso quienes no tienen su palabra escrita lo conocerán por medio de los juicios que él ejecuta.

También será un gran consuelo para su pueblo, porque conocerán más plenamente que él es su Dios (Ezequiel 39:22). La casa de Israel sabrá, para su gran consuelo, que él es el Señor su Dios desde ese día en adelante. Sus misericordias presentes son promesas de misericordias futuras. Cuando Dios nos muestra que es nuestro Dios, también nos asegura que nunca nos abandonará.

Este Dios es nuestro Dios por siempre y para siempre (Salmos 48:14). Desde ese día, lo sabrán con un gozo y una certeza mucho mayores. En ocasiones, habían sido tentados a preguntarse si el Señor realmente estaba con ellos. Pero los acontecimientos de aquel día silenciarán esas dudas y, una vez que el asunto quede establecido con tanta claridad, no volverán a cuestionarlo.

Así, la confianza en uno mismo queda excluida para siempre, y la seguridad de gloriarse en Dios queda establecida para siempre.

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