Versículo destacado
Ezequiel 28:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" La palabra del SEÑOR vino de nuevo a mí, diciendo: "
Ezequiel 28:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 La palabra del SEÑOR vino de nuevo a mí, diciendo:
2 Hijo de hombre, di al príncipe de Tiro: Así dice el Señor DIOS: Por cuanto se enalteció tu corazón y dijiste: «Soy un dios; estoy sentado en el trono de Dios, en medio de los mares»; sin embargo, eres hombre y no Dios, aunque pusiste tu corazón como el corazón de Dios.
3 Mira, eres más sabio que Daniel; no hay secreto que puedan ocultarte.
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En el capítulo anterior terminamos con Tiro, pero ahora se señala de manera particular al príncipe de Tiro. Dios tiene un mensaje personal para él, y Ezequiel debe comunicárselo, lo escuche o no.
Primero, el profeta debe dejar al descubierto su orgullo. El pueblo del príncipe era orgulloso (Ezequiel 27:3), y él también lo era. Dios se opone a los orgullosos, y tanto él como su pueblo estaban a punto de aprender esa verdad. Su corazón se había enaltecido; es decir, tenía una opinión exagerada de sí mismo. Estaba lleno de confianza en sus propias capacidades y despreciaba a todos los que lo rodeaban.
De la abundancia de su corazón orgulloso dijo: «Yo soy un dios». No guardó ese pensamiento para sí; tuvo la osadía de expresarlo abiertamente. La Escritura llama «dioses» a los príncipes en un sentido limitado (Salmo 82:6), pero ellos jamás deben llamarse así. Esa afirmación insulta al único Dios verdadero, que no compartirá su gloria con nadie. El príncipe pensaba que Tiro dependía de él como el mundo depende de su Creador, y que él era independiente y no tenía que responder ante nadie.
También creía tener la misma sabiduría y fuerza que Dios, y el mismo derecho a gobernar. Actuaba como si su poder fuera absoluto y su palabra, ley. Incluso deseaba recibir honores divinos: esperaba que la gente lo alabara y admirara como a un dios, y probablemente quería que lo trataran como tal después de su muerte, como un gran héroe y benefactor. Con ese mismo espíritu, el rey de Babilonia dijo: «Seré semejante al Altísimo» (Isaías 14:14). Eso era pretender compartir la grandeza de Dios, no su santidad.
Pensaba que su trono era tan elevado y seguro como el trono de Dios. Imaginaba que sus guardias eran tan majestuosos y fuertes como las huestes angelicales que rodean el trono de Dios. Pero necesitaba que le recordaran cuál era su verdadero lugar. Solo era un ser humano, no Dios; una criatura dependiente, no el Todopoderoso (Isaías 31:3). Es necesario hacerles saber a las personas que solo son seres humanos (Salmo 9:20). Por mucha sabiduría, poder o santidad que tengan, siguen siendo seres humanos, no dioses. Solo Jesucristo es Dios y hombre a la vez.
Aunque el rey de Tiro tenía gran influencia y riqueza, aunque le llevaban regalos con un respeto casi religioso, y aunque los aduladores y poetas lo trataban como a un dios, seguía siendo solo un hombre. Lo sabía en sus mejores momentos, pero aun así había dispuesto su corazón como si fuera el corazón de Dios. Se había imaginado igual a Dios, con suficiente sabiduría para gobernar el mundo como Dios lo hace. Ese mismo deseo pecaminoso apareció en nuestros primeros padres y, por medio de ellos, en todos nosotros, cuando quisieron ser como Dios (Génesis 3:5). Esa misma naturaleza corrompida todavía impulsa a las personas a actuar como sus propios dueños, vivir para sí mismas y reclamar lo que pertenece únicamente a Dios. Es un orgullo peligroso, y no quedará sin castigo.
En segundo lugar, se señala la fuente de su orgullo. Se enorgullecía de su sabiduría y de sus riquezas. Probablemente era un hombre de gran capacidad natural, quizá incluso un filósofo o un político hábil, formado en los conocimientos y las artes de gobierno de su época. Se consideraba más sabio que Daniel (Ezequiel 28:3). Aunque Daniel todavía era joven, ya era conocido por su oración y por su sabiduría en los asuntos públicos, además de su profunda devoción a Dios. Sin embargo, Daniel era un cautivo, no un rey, y resultaba sorprendente que su sabiduría siguiera brillando con tanta claridad. El rey de Tiro, en su orgullo, pensaba que ningún secreto estaba oculto para él.
Probablemente desafiaba a otros con preguntas y acertijos, tal como pusieron a prueba a Salomón, y seguramente había resuelto todos los enigmas que le presentaban. Es posible que descubriera conspiraciones y comprendiera los planes de los gobernantes vecinos, y que esos éxitos lo llevaran a pensar que lo sabía todo. Por eso dijo: «Yo soy un dios». El conocimiento puede llenarnos de orgullo. Es difícil saber mucho y no volverse presumido por ello. El que se consideraba más sabio que Daniel también era más orgulloso que Lucifer, es decir, que el ángel resplandeciente que cayó por su orgullo. Quienes tienen mucho conocimiento deben esforzarse especialmente por mantenerse humildes.
Sus riquezas alimentaban el mismo orgullo. El texto no dice que usara su sabiduría para mejorar el gobierno, promulgar mejores leyes o ayudar al bien común. Más bien, su sabiduría y entendimiento lo ayudaron en el comercio. Al igual que algunos reyes de Judá que amaban la agricultura (2 Crónicas 26:10), el rey de Tiro amaba los negocios. Por medio del comercio obtuvo riquezas, aumentó sus bienes y llenó sus tesoros de oro y plata (Ezequiel 28:4-5).
Esto muestra la sabiduría del mundo. Con frecuencia se llama sabios a los hombres que saben cómo conseguir dinero y acumular bienes, lo hagan de manera honesta o deshonesta. Pero ese camino en realidad es necedad (Salmo 49:13). El rey de Tiro fue necio de tres maneras. Atribuyó sus riquezas a sí mismo en vez de reconocer la providencia de Dios, olvidándose del Señor, quien le daba el poder para obtenerlas (Deuteronomio 8:17-18). Pensó que ser rico lo hacía sabio, aunque un necio puede heredar riquezas o incluso adquirirlas (Eclesiastés 2:19; 9:11). Además, sus riquezas enorgullecieron su corazón, haciéndolo arrogante, confiado en sí mismo y cruel. Sus bienes hicieron que su corazón se comportara como si fuera el corazón de Dios. El hombre de pecado mostró ese mismo espíritu cuando el poder del mundo lo llevó a actuar como si fuera Dios (2 Tesalonicenses 2:4). Quienes son ricos en este mundo deben obedecer cuidadosamente la advertencia de Dios de no ser orgullosos ni creerse importantes (1 Timoteo 6:17).
Puesto que el orgullo viene antes de la destrucción y la arrogancia precede a la caída, ahora debía anunciarse la ruina que se acercaba. Su caída ya avanzaba hacia él como justo castigo por haberse colocado como rival de Dios.
Como has afirmado ser un dios (Ezequiel 28:6), no seguirás siendo un hombre por mucho tiempo (Ezequiel 28:7). Aquí vemos, en primer lugar, los instrumentos que Dios usará para derribarlo. Dios dice: «Haré venir contra ti a extranjeros»: los caldeos, que no aparecen entre las muchas naciones que comerciaban con Tiro en el capítulo 27. Si uno de los antiguos socios comerciales de Tiro la hubiera atacado, quizá habría sentido cierta compasión debido a los vínculos del pasado; pero estos extranjeros no mostrarán ninguna. Serán personas que hablan un idioma extranjero, que quizá ni siquiera el rey de Tiro, por sabio que se crea, pueda entender. Se les llama «los más terribles de las naciones»: un ejército formado por muchos pueblos que, en ese tiempo, era uno de los más fuertes y feroces del mundo. Dios tiene a esas naciones bajo su control y las enviará contra el rey de Tiro.
En segundo lugar, observemos cuán completa será la destrucción. Desenvainarán sus espadas contra «la hermosura de tu sabiduría» (Ezequiel 28:7), contra todo aquello de lo que te enorgulleces, considerándolo tu honor y el resultado de tu habilidad. Es justo que Dios permita que nuestros enemigos se lleven como botín las cosas en las que hemos puesto nuestro orgullo. El rey de Tiro se jactaba de su palacio, sus riquezas, su ciudad, su flota y su ejército. Consideraba que esas cosas eran su esplendor, aquello que lo hacía parecer brillante y grande, como un dios en la tierra. Pero el enemigo profanará, arruinará y le quitará todo eso. Él pensaba que esas cosas eran sagradas e intocables, pero los conquistadores las tratarán como bienes comunes y destruirán su gloria. Y aunque se lleven todo lo que posee, ¿acaso estará a salvo él? No. Lo harán descender al sepulcro, a la fosa, y morirá (Ezequiel 28:8).
Su muerte no será honorable, sino vergonzosa. Será tan deshonrado al morir que ya no podrá esperar recibir honores como un dios después de la muerte. Morirá como los que mueren en medio del mar, cuyos cuerpos son arrojados por la borda sin ceremonia ni honor especial, y quedan como alimento para los peces. Tiro será destruida en medio del mar (Ezequiel 27:32), y su príncipe no sufrirá un destino mejor que el de su pueblo. Su muerte también será desgraciada, no bendecida. Morirá como mueren los incircuncisos (Ezequiel 28:10), quienes están fuera del pacto de Dios y son ajenos a él, y por eso mueren bajo su ira y maldición. Es una muerte doble, tanto del cuerpo como del alma: una terrible segunda muerte. La sentencia de Dios contra el rey de Tiro es firme y definitiva: «Yo lo he dicho, declara el Señor DIOS». Lo que él ha dicho, lo hará. Nadie puede discutirlo, y no se retractará.
En tercer lugar, esto demostrará plenamente que son falsas todas sus afirmaciones de divinidad (Ezequiel 28:9). Cuando la espada del enemigo esté en tu garganta y no haya escapatoria, ya no podrás seguir diciendo: «Yo soy un dios». Tampoco seguirás viéndote como te ves ahora. Al ser vencido por la muerte y por el temor a la muerte, tendrás que reconocer que no eres un dios, sino un hombre débil, atemorizado, tembloroso y moribundo. En manos del que te quite la vida —es decir, en manos de Dios y de los agentes que él utiliza— serás un hombre y no Dios, incapaz de resistir o salvarte. Dios ha dicho: «Yo dije: “Ustedes son dioses; todos ustedes son hijos del Altísimo”. Sin embargo, morirán como simples hombres» (Salmo 82:6-7). Tarde o temprano, quienes se levantan como rivales de Dios se verán obligados a abandonar sus pretensiones. A más tardar, la muerte nos hará reconocer que solo somos seres humanos.
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De este capítulo
Ezequiel 28:2
"Hijo de hombre, di al príncipe de Tiro: Así dice el Señor DIOS: Por cuanto se enalteció tu corazón y dijiste: «Soy un dios; estoy sentado en el trono de Dios, en medio de los mares»; sin embargo, eres hombre y no Dios, aunque pusiste tu corazón como el corazón de Dios."
Ezequiel 28:3
"Mira, eres más sabio que Daniel; no hay secreto que puedan ocultarte."
Ezequiel 28:4
"Con tu sabiduría y tu entendimiento obtuviste riquezas para ti, y acumulaste oro y plata en tus tesoros."
Ezequiel 28:5
"Con tu gran sabiduría y tu comercio aumentaste tus riquezas, y tu corazón se enalteció a causa de tus riquezas."
Ezequiel 28:6
"Por tanto, así dice el Señor DIOS: Por cuanto pusiste tu corazón como el corazón de Dios,"
Ezequiel 28:7
"mira, por eso traeré contra ti extranjeros, los más terribles de las naciones. Ellos desenvainarán sus espadas contra la belleza de tu sabiduría y profanarán tu esplendor."
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