Versículo destacado
Ezequiel 19:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Además, entona una lamentación por los príncipes de Israel, "
Ezequiel 19:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Además, entona una lamentación por los príncipes de Israel,
2 y di: ¿Qué es tu madre? Una leona. Se recostaba entre leones y criaba a sus cachorros entre leones jóvenes.
3 Crió a uno de sus cachorros; este se convirtió en un león joven, aprendió a atrapar la presa y devoró hombres.
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Estas palabras le dan al profeta la orden de lamentarse por la caída de la casa real, que durante mucho tiempo había ocupado una posición elevada debido al pacto que Dios hizo con David y su familia. Por eso, la decadencia y el fin de esa casa debían ser lamentados por todos los que valoraban el pacto de Dios. Después de presentar un extenso relato de ese pacto con David (Salmo 89:3, Salmo 89:20 y siguientes), el salmista también lamenta la ruina de la familia de David (Salmo 89:38-39): «Has rechazado y desechado; has anulado el pacto con tu siervo y has profanado su corona».
Aquí se llama príncipes de Israel a los reyes de Judá. Su honor había sido rebajado, y habían llegado a ser como príncipes comunes. También habían perdido su pureza moral, porque se habían corrompido y habían caído en la idolatría, igual que los reyes de Israel, cuyos caminos imitaron. El profeta debía entonar una lamentación por ellos; es decir, debía describir su triste caída como alguien que la siente profundamente y desea que sus oyentes y lectores también la sientan. ¿Cómo podemos esperar que otros se conmuevan por algo que no nos conmueve a nosotros?
Los ministros, aun cuando advierten con valentía sobre el juicio, deben lamentar profundamente la ruina de los pecadores, como personas que no encuentran ningún placer en el día de la angustia. A Ezequiel no se le dijo que siguiera aconsejando a los príncipes de Israel, pues ya lo había hecho muchas veces y sin resultado. La decisión estaba tomada; ahora debía lamentarse por ellos.
También se le indicó qué imagen debía usar. Tenía que comparar el reino de Judá con una leona, porque había caído de manera tan terrible desde la posición que antes ocupaba, cuando se alzaba como una reina entre las naciones (Ezequiel 19:2). La familia real era como una madre para el reino, una madre que debía cuidarlo y protegerlo. Pero aquí aparece como una leona, feroz, cruel y ávida de presas. Cuando abandonaron la verdadera fe en Dios, pronto perdieron también la decencia común. Cuando no temieron a Dios, tampoco les importó la gente. Se tendió entre los leones. Dios había dicho que su pueblo viviría separado de las naciones, pero ellos se mezclaron con ellas y aprendieron sus costumbres. Ella crió a sus cachorros entre leones jóvenes, enseñándoles a los príncipes jóvenes el camino de los tiranos. Los reyes de Oriente solían actuar como si tuvieran un poder absoluto, y ella llenó a sus hijos de esa misma idea, haciéndoles pensar que podían esclavizar a sus súbditos y disponer a su antojo de sus vidas y sus bienes.
También debía comparar a los reyes de Judá con cachorros de león (Ezequiel 19:3). Jacob había comparado a Judá, especialmente a la casa de David, con un cachorro de león, porque sería fuerte y temible para sus enemigos (Génesis 49:9). Si hubieran permanecido fieles a la ley y a la promesa de Dios, él habría conservado para ellos la fuerza, la majestad y el dominio de un león. Dios sí conserva eso en Cristo, el León de la tribu de Judá. Pero estos cachorros solo eran leones con sus propios súbditos. Eran crueles y opresores, y se apoderaban de los bienes y las libertades de la gente. Cuando los gobernantes se convierten en terror para el pueblo que deberían proteger, es justo que Dios permita que otros se conviertan en terror para ellos.
La primera lamentación es por Joacaz, uno de los cachorros de esta leona. Se convirtió en un león joven (Ezequiel 19:3). Fue hecho rey y pensó que eso significaba que podía hacer lo que quisiera, dando rienda suelta a su ambición, su codicia y su deseo de venganza. Pronto aprendió todas las artes de la tiranía. Aprendió a atrapar a sus presas y a devorar a la gente. Una vez que el poder estuvo en sus manos, todos los que alguna vez lo habían ofendido de alguna manera sintieron su ira y se convirtieron en víctimas de su furia.
Pero no prosperó mucho tiempo en su gobierno. Las naciones oyeron hablar de él: de la violencia con que actuó apenas llegó al trono, de cómo pisoteaba la justicia y lo sagrado, y de cómo rompía todas sus promesas. Por eso lo vieron como un vecino peligroso y actuaron contra él como pastores que se reúnen para enfrentarse a un león que ruge sobre su presa (Isaías 31:4). Fue atrapado en su fosa como un animal salvaje. Sus propios súbditos no se atrevieron a defender sus libertades, pero Dios levantó una potencia extranjera que pronto terminó con su tiranía y lo llevó encadenado a Egipto. Joacaz fue llevado allí como cautivo y nunca volvió a saberse de él.
Luego se describe el mismo tipo de pecado y caída en su sucesor, Joaquín. Durante un tiempo Judá esperó que Joacaz regresara de Egipto, pero finalmente perdió la esperanza y convirtió en león joven a otro de los cachorros del león (Ezequiel 19:5). En vez de aprender de la suerte de su hermano y gobernar con justicia y moderación para el bien del pueblo, siguió el mismo camino. Anduvo de un lado a otro entre los leones (Ezequiel 19:6). Se relacionó con hombres tan feroces y violentos como él, y recibió de ellos su orientación, igual que Roboam siguió el consejo imprudente de jóvenes impulsivos.
Pronto aprendió a atrapar a sus presas y a devorar a la gente (Ezequiel 19:6). Se apoderó de los bienes de sus súbditos, les impuso multas, los encarceló y llenó su tesoro mediante el robo y la injusticia, con confiscaciones, incautaciones forzosas y castigos. Devoraba todo lo que encontraba a su paso. Incluso aprendió a descubrir lo que la gente había escondido y los lugares donde guardaba sus riquezas. Conocía sus lugares desolados (Ezequiel 19:7), los sitios donde escondían su dinero y, algunas veces, donde se escondían ellos mismos. Sabía cómo encontrar ambas cosas. Mediante su opresión dejó en ruinas las ciudades y las vació, obligando a la gente a trasladar a sus familias a algún lugar más seguro. La tierra quedó desierta y las aldeas fueron abandonadas. Aunque la tierra tenía abundancia, la gente lo dejó todo porque temía su rugido.
Se enorgullecía de hacer que todos le tuvieran miedo, como un león hace temblar a las bestias del bosque (Amós 3:8). Con su rugido amenazador las paralizaba de tal manera que caían de miedo. Sin fuerzas para escapar, se convertían en presas fáciles, como se dice de los leones. Intimidaba, amenazaba y presumía hasta apoderarse de lo que pertenecía a otros. Pensó que así aseguraría su gobierno, pero solo aceleró su ruina (Ezequiel 19:8). Las naciones se levantaron contra él por todos lados para contener y derribar su poder desmedido, uniéndose por su seguridad común. Extendieron su red sobre él y le tendieron trampas. Dios hizo venir bandas de sirios, moabitas y amonitas, junto con los caldeos (2 Reyes 24:2). Fue atrapado en su fosa. Nabucodonosor lo ató con cadenas para llevarlo a Babilonia (2 Crónicas 36:6). Enjaularon a este león, lo encadenaron y lo llevaron ante el rey de Babilonia (2 Crónicas 36:9).
No sabemos qué fue de él. Pero su voz nunca volvió a oírse rugir por las montañas de Israel. Su crueldad había llegado a su fin. Fue enterrado con el entierro de un burro (Jeremías 22:19), aunque había vivido como un león y había sido el terror de los poderosos en la tierra de los vivientes.
Aquí debemos reconocer la justicia de Dios. Él derriba a quienes aterrorizan y esclavizan a otros, y vuelve contra ellos su propio poder. Se les dio autoridad para hacer el bien y edificar a los demás, pero abusaron de ella para destruir. Por eso Dios los trata como las bestias salvajes que eligieron ser, como leones rugientes y osos cazadores. Salomón dice que los gobernantes malvados son así con los pobres (Proverbios 28:15).
Lo mismo ocurre con personas como Ismael, contra quien al final se levantó la mano de todos. Desde hace mucho tiempo se ha observado que los tiranos sanguinarios rara vez mueren en paz. A menudo reciben, por así decirlo, sangre para beber, porque eso es lo que merecen.
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De este capítulo
Ezequiel 19:2
"y di: ¿Qué es tu madre? Una leona. Se recostaba entre leones y criaba a sus cachorros entre leones jóvenes."
Ezequiel 19:3
"Crió a uno de sus cachorros; este se convirtió en un león joven, aprendió a atrapar la presa y devoró hombres."
Ezequiel 19:4
"Las naciones también oyeron hablar de él; fue capturado en la fosa de ellas, y lo llevaron con cadenas a la tierra de Egipto."
Ezequiel 19:5
"Cuando ella vio que había esperado y que su esperanza se había perdido, tomó a otro de sus cachorros y lo convirtió en un león joven."
Ezequiel 19:6
"Él andaba entre los leones, se convirtió en un león joven, aprendió a atrapar la presa y devoró hombres."
Ezequiel 19:7
"Conoció sus palacios desolados y devastó sus ciudades; la tierra y todo lo que había en ella quedaron desolados por el estruendo de su rugido."
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