Versículo destacado
Ezequiel 16:60 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Sin embargo, recordaré mi pacto contigo en los días de tu juventud y estableceré contigo un pacto eterno. "
Ezequiel 16:60
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
58 Has cargado con tu indecencia y tus abominaciones —dice el SEÑOR—.
59 Porque así dice el Señor DIOS: Yo te trataré tal como tú has actuado, pues despreciaste el juramento al quebrantar el pacto.
60 Sin embargo, recordaré mi pacto contigo en los días de tu juventud y estableceré contigo un pacto eterno.
61 Entonces recordarás tus caminos y te avergonzarás cuando recibas a tus hermanas, tanto a tu hermana mayor como a tu hermana menor. Yo te las daré por hijas, pero no mediante tu pacto.
62 Estableceré mi pacto contigo, y sabrás que yo soy el SEÑOR,
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Al final de este capítulo, después de una exposición vergonzosa del pecado y de una terrible advertencia de juicio, todavía se recuerda la misericordia para los que vendrían después. Esto se parece a la promesa que Dios hizo después de su enojo contra el pueblo que salió de Egipto, cuando dijo que sus hijos entrarían en la tierra. Algunos piensan que las palabras acerca de Sodoma y Samaria, junto con Jerusalén, también deben entenderse como una promesa. Si Sodoma se entiende, como lo hacen Grocio y algunos escritores judíos, como una referencia a los moabitas y amonitas —los descendientes de Lot que en otro tiempo vivieron en Sodoma—, entonces su cautiverio fue restaurado más adelante, al igual que el de muchos de las diez tribus y de Judá (Jeremías 48:47; Jeremías 49:6).
Sin duda, estos versículos finales contienen una promesa anunciada con anterioridad. Se cumplió parcialmente cuando los judíos arrepentidos y transformados regresaron de Babilonia. Pero su significado pleno se manifestaría en la era del evangelio, cuando el arrepentimiento y el perdón de los pecados serían proclamados con éxito a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Lo primero que debe observarse es de dónde comienza esta misericordia: de Dios mismo, quien recuerda su pacto con ellos (Ezequiel 16:60). Aunque lo habían provocado profundamente y de una manera que parecía descartar toda posibilidad de reconciliación, Dios declara que recordará el pacto que hizo con ellos en su juventud y que lo renovará. Aunque ellos habían quebrantado el pacto (Ezequiel 16:59), él todavía lo recordaría, y ese pacto volvería a florecer.
Esto es un gran consuelo para nosotros. Dios se complace en relacionarse con nosotros por medio de un pacto, una promesa vinculante de gracia; por eso, sus misericordias son misericordias firmes y duraderas (Isaías 55:3). Mientras la raíz permanezca en la tierra, hay esperanza para el árbol, aunque haya sido cortado. Si percibe el olor del agua, puede volver a brotar. No leemos que ellos le recordaran a Dios el pacto. Más bien, por su propio favor libre, él lo recuerda, tal como lo había prometido: «Entonces recordaré mi pacto» (Levítico 26:42). Aquel que nos manda tener siempre presente el pacto seguramente lo recordará él mismo, y su palabra permanece para siempre, por mil generaciones.
Lo siguiente que debe observarse es cómo serían preparados para recibir esta misericordia (Ezequiel 16:61): recordarían sus caminos, sus caminos perversos. Dios mismo los haría venir a la memoria y los pondría delante de ellos, para que sintieran vergüenza. La obra misericordiosa de Dios en nosotros comienza con su buena voluntad hacia nosotros y avanza junto con ella. Cuando él recuerda su pacto y no toma en cuenta nuestros pecados para condenarnos, nos lleva a recordar nuestros pecados. Si se nos hace recordar cuán torcidos y obstinados han sido nuestros caminos, y cómo hemos caminado en contra de Dios, no podemos evitar sentir vergüenza. Y cuando somos llevados a ese nivel de humillación, estamos mejor preparados para recibir el consuelo de un perdón pleno y de una paz firme.
La misericordia que Dios había reservado para ellos consiste en lo siguiente. Primero, volverá a recibirlos en pacto consigo mismo: establecerá con ellos un pacto eterno (Ezequiel 16:60). También declara: «Estableceré mi pacto contigo» (Ezequiel 16:62). Lo restablecerá y lo hará más firme que antes. Es un gran consuelo para todo verdadero penitente saber que el pacto de gracia está tan bien ordenado que cada pecado cometido dentro del pacto no nos expulsa de él. Este pacto no puede quebrantarse como se quiebran los acuerdos humanos.
Segundo, incorporará a los gentiles a la comunión con ellos en la iglesia (Ezequiel 16:61). Recibirán a sus hermanas, las naciones gentiles que los rodeaban, tanto mayores como menores, más grandes y más pequeñas. Dios se las dará como hijas. Serán establecidas, nutridas, enseñadas y formadas por el evangelio, la palabra del Señor que sale de Sion y de Jerusalén. De ese modo, las naciones alrededor llamarían madre a Jerusalén, mientras la iglesia permanecía allí, y reconocerían a la Jerusalén de arriba, que es libre y es la madre de todos nosotros (Gálatas 4:26). Serían hijas, pero no mediante el antiguo pacto de Israel, ni mediante el pacto que apartaba a Israel como nación, ni como prosélitas bajo la ley ceremonial. Serían hijas como convertidas a la fe cristiana.
Otra posibilidad es que las palabras «no por tu pacto» signifiquen que no vendrían bajo las condiciones que Israel escogiera para ellas, como si Israel fuera un conquistador que impusiera la ley a cautivos y súbditos. Algunos judíos de mentalidad carnal esperaban ejercer ese tipo de dominio sobre las naciones. Pero no sería así. Serían hijas de Israel por medio del pacto de Dios, el pacto de gracia hecho juntamente con judíos y gentiles, como si fuera un acuerdo entre tres partes. Dios sería un Padre común para ambos, y por eso llegarían a ser hermanas unas de otras. Y cuando Israel las recibiera, sentiría vergüenza de sus propios malos caminos, porque en otro tiempo había imitado a los gentiles. Le daría vergüenza encontrarse frente a una persona gentil al recordar cuánto peor que los gentiles había sido cuando se apartó de Dios.
El resultado de todo esto será el siguiente. Primero, Dios será glorificado (Ezequiel 16:62): «Entonces sabrás que yo soy el Señor». Se verá que el Dios de Israel es el Señor, un Dios poderoso y fiel a su pacto. Y ustedes, que habían vivido como si no lo conocieran ni creyeran en él, llegarán a conocerlo. En las advertencias anteriores, la frase «sabrás que yo soy el Señor» significaba que lo conocerían para su dolor. Aquí significa que lo conocerán para su consuelo. Esta es una de las preciosas promesas del nuevo pacto: todos lo conocerán, desde el más pequeño hasta el más grande.
Segundo, serán llevados a una vergüenza más profunda por causa del pecado (Ezequiel 16:63). Recordarán todo lo malo que hicieron y sentirán una vergüenza aún mayor. Se culparán a sí mismos y se considerarán necios, desobedientes, ingratos y distintos de lo que debieron ser. Ya no abrirán la boca para protestar contra Dios ni para quejarse de él, sino que permanecerán callados y sumisos a causa de su vergüenza. Quienes recuerdan verdaderamente sus pecados sienten verdadera vergüenza por ellos, y quienes se avergüenzan de verdad encuentran una razón firme para tener paciencia en medio de sus aflicciones y no hablar en contra de lo que Dios hace.
Lo que más destaca es que todo esto sucede cuando Dios dice que ha sido reconciliado con ellos (Ezequiel 16:63). Los verdaderos penitentes sienten aún más dolor y vergüenza cuando ven señales más claras de que Dios se ha reconciliado con ellos. Dios está reconciliado con nosotros por medio de Jesucristo. Él es nuestra paz, y por medio de su cruz somos reconciliados. En el evangelio, Dios está haciendo que el mundo vuelva a él. Esta verdad debe ablandar profundamente nuestro corazón y llevarnos a un dolor piadoso por el pecado.
Este es el arrepentimiento que surge porque el reino de los cielos se ha acercado. El hijo pródigo, después de recibir el beso que le aseguró que su padre estaba en paz con él, sintió vergüenza y se humilló. Dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti». Cuanto más crece nuestra vergüenza por el pecado al reconocer la misericordia perdonadora de Dios, más crecerá también nuestro consuelo en él.
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De este capítulo
Ezequiel 16:1
"De nuevo vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo:"
Ezequiel 16:2
"Hijo del Hombre, haz que Jerusalén conozca sus abominaciones."
Ezequiel 16:3
"Y di: Así dice el Señor DIOS a Jerusalén: Tu origen y tu nacimiento proceden de la tierra de Canaán; tu padre fue amorreo y tu madre hitita."
Ezequiel 16:4
"En cuanto a tu nacimiento, el día en que naciste no te cortaron el cordón umbilical, ni te lavaron con agua para limpiarte; no te frotaron con sal en absoluto ni te envolvieron en pañales en absoluto."
Ezequiel 16:5
"Ningún ojo tuvo compasión de ti para hacerte alguna de estas cosas, ni para apiadarse de ti; más bien, fuiste arrojada al campo abierto, porque tu persona era despreciada el día en que naciste."
Ezequiel 16:6
"Cuando pasé junto a ti y te vi contaminada en tu propia sangre, te dije mientras estabas en tu sangre: ‘¡Vive!’. Sí, te dije mientras estabas en tu sangre: ‘¡Vive!’."
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