Versículo destacado
Éxodo 20:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Y Dios habló todas estas palabras, diciendo: "
Éxodo 20:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Y Dios habló todas estas palabras, diciendo:
2 Yo soy el SEÑOR tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud.
3 No tendrás otros dioses delante de mí.
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Aquí tenemos, primero, el prefacio de Moisés, el legislador: «Y Dios habló todas estas palabras» (Éxodo 20:1). La ley de los Diez Mandamientos fue dada por Dios mismo. Proviene de la Majestad infinita y eterna del cielo y de la tierra; y cuando sale la palabra del Rey de reyes, ciertamente hay poder.
También es una ley que Dios pronunció con su propia voz. Dios habla a las personas de muchas maneras (Job 33:14): habla por medio de su Espíritu, de la conciencia, de los acontecimientos de la vida y de su palabra pronunciada. Debemos prestar cuidadosa atención a todo esto, pero nunca habló en ninguna ocasión como habló al dar los Diez Mandamientos. Por eso debemos escucharlos con una seriedad especial.
No solo fueron pronunciados en voz alta, como cuando honró al Redentor, Jesucristo, con una voz del cielo (Mateo 3:17), sino que fueron dados con gran y temible majestad. Dios ya había dado esta ley a las personas de otra manera, escrita por naturaleza en el corazón; pero el pecado había dañado tanto esa escritura que fue necesario renovarla y hacerla clara nuevamente de esta forma.
En segundo lugar, tenemos el prefacio del Legislador: «Yo soy el Señor tu Dios» (Éxodo 20:2). Con estas palabras, Dios establece primero su autoridad general para dar esta ley: «Yo soy el Señor que ordena todo lo que sigue». Luego se presenta como el único que debe ser adorado en los primeros cuatro mandamientos.
Estos mandamientos los comprometen a obedecer mediante un triple vínculo, que parecería difícil de romper. Primero, él es el Señor, Jehová, el Dios que existe por sí mismo, independiente y eterno, la fuente de todo ser y de todo poder. Por eso tiene un derecho incuestionable a darnos mandamientos. Aquel que nos da el ser también puede darnos su ley. Él tiene poder para sostenernos en la obediencia, recompensarla y castigar la desobediencia.
Segundo, él era su Dios, un Dios en pacto con ellos, su Dios por su propio consentimiento. Si ellos no guardaban sus mandamientos, ¿quién lo haría? Él se había comprometido con ellos por medio de una promesa y, por lo tanto, podía ponerles sus mandamientos con todo derecho. Ese pacto especial con Israel ya no existe en la misma forma, pero ahora hay otro pacto. Por medio del bautismo, todos los que son bautizados entran en una relación con él como su Dios; por eso son injustos, infieles y profundamente ingratos si no lo obedecen.
Tercero, él los había sacado de Egipto, de modo que la gratitud también los obligaba a obedecer. Los había liberado de una dura esclavitud y llevado a una libertad gloriosa. Habían visto con sus propios ojos las grandes cosas que Dios hizo para rescatarlos, y cada parte de esa liberación aumentaba su obligación. Ya disfrutaban las bendiciones de la liberación y esperaban establecerse pronto en Canaán. ¿Podían considerar demasiado grande cualquier servicio para aquel que había hecho tanto por ellos?
Además, al redimirlos, Dios adquirió un derecho adicional para gobernarlos. Le debían servicio a aquel a quien le debían su libertad, y le pertenecían porque él los había comprado. De la misma manera, Cristo, después de rescatarnos de la esclavitud del pecado, tiene derecho al mejor servicio que podamos ofrecerle (Lucas 1:74). Al romper nuestras cadenas, nos comprometió a obedecerlo (Salmo 116:16).
En tercer lugar, aquí está la ley misma. Los primeros cuatro de los Diez Mandamientos, que se refieren a nuestro deber para con Dios, aparecen en estos versículos. Correctamente ocupan el primer lugar, porque el ser humano tenía que amar a su Creador antes de amar a su prójimo. La justicia y el amor hacia los demás agradan a Dios solo cuando proceden de un corazón verdaderamente devoto. No se puede confiar en que una persona sea fiel a su hermano si es falsa con su Dios.
Nuestro deber para con Dios puede resumirse en una sola palabra: adoración. Esto significa darle la gloria debida a su nombre, adorarlo interiormente con nuestros afectos y adorarlo exteriormente mediante actos solemnes de oración y asistencia al culto. Esto se presenta como el corazón del evangelio eterno: «Adoren a Dios» (Apocalipsis 14:7).
El primer mandamiento se refiere al objeto de nuestra adoración, Jehová, y a él solamente: «No tendrás otros dioses delante de mí» (Éxodo 20:3). Los egipcios y las demás naciones vecinas tenían muchos dioses, en su mayoría inventados por su propia imaginación: dioses extraños y dioses nuevos. Esta ley fue dada a Israel debido a ese pecado. Puesto que Jehová era el Dios de Israel, ellos debían permanecer completamente unidos a él y no volverse a ningún otro dios, ya fuera uno que hubieran inventado o uno tomado de sus vecinos.
Este era el pecado que más los amenazaba, porque el mundo estaba lleno de idolatría. Sin embargo, la idolatría no podía ser eliminada por completo sino mediante el evangelio de Cristo. El pecado contra este mandamiento que todavía más nos amenaza consiste en dar a cualquier criatura la gloria y el honor que pertenecen solo a Dios. El orgullo hace un dios del yo. La avaricia hace un dios del dinero. La vida sensual hace un dios del apetito. Todo aquello que se valora, ama, teme, sirve, disfruta o en lo que se confía más que en Dios se convierte, en efecto, en un dios.
Este mandamiento prohíbe la idolatría, pero también incluye un deber positivo que es el fundamento de toda la ley: debemos tomar al Señor como nuestro Dios, reconocer que él es Dios, recibirlo como nuestro propio Dios, admirarlo con humilde reverencia y poner completamente en él nuestro corazón. Las palabras «delante de mí» también sugieren dos cosas. Primero, no podemos tener otro dios sin que él lo sepa. No existe ningún dios aparte de él que no esté delante de él. Los idólatras desean mantenerlo en secreto, pero ¿acaso Dios no lo descubrirá? Segundo, este pecado lo provoca profundamente. Es un pecado cometido abiertamente contra su presencia, y él no lo pasará por alto ni lo excusará (Salmo 44:20-21).
El segundo mandamiento se refiere a las reglas de la adoración, es decir, a la manera en que Dios debe ser adorado, algo que es apropiado que él mismo determine. Esta es la prohibición: se nos prohíbe adorar al Dios verdadero por medio de imágenes (Éxodo 20:4-5). Los judíos, al menos después del exilio, entendían que este mandamiento prohibía hacer cualquier imagen o representación. Por eso consideraban abominables las imágenes que llevaban los estandartes militares romanos (Mateo 24:15), especialmente cuando eran colocadas en el lugar santo.
Es indudable que este mandamiento prohíbe hacer cualquier imagen de Dios, pues ¿quién puede compararlo con algo? (Isaías 40:18, 15). También prohíbe hacer imágenes de cualquier criatura para uso religioso. Pablo llama a esto convertir la verdad de Dios en una mentira (Romanos 1:25), porque una imagen enseña una mentira. Da a entender que Dios tiene un cuerpo, cuando en realidad es un espíritu infinito (Habacuc 2:18).
También se nos prohíbe formar imágenes de Dios en la mente, como si fuera un ser humano semejante a nosotros. Nuestra adoración debe ser guiada por la fe, no por la imaginación. Tampoco debían hacer las imágenes o representaciones que usaban los paganos en su adoración, para no sentirse tentados a adorarlas. Quienes desean evitar el pecado también deben evitar las ocasiones que conducen a él.
No debían inclinarse ante ellas ni siquiera de manera casual; es decir, no debían mostrarles ninguna señal de respeto u honor, mucho menos servirlas continuamente mediante sacrificios, incienso o cualquier otro acto de adoración religiosa.
Cuando adoraban al Dios verdadero, no debían tener ninguna imagen delante de ellos para guiarlos, estimular su devoción o ayudarlos en ella. Aunque su adoración tuviera la intención de elevarse a Dios, él no se agradaría si llegaba a él por medio de una imagen. Incluso los mejores y más antiguos legisladores paganos prohibieron las imágenes en sus templos. Numa, un gobernante pagano de Roma, prohibió esta práctica; sin embargo, más tarde el papa, un obispo cristiano, la ordenó en Roma, haciendo que esa práctica fuera anticristiana.
El uso de imágenes en la Iglesia de Roma contradice tan claramente las palabras de este mandamiento y es tan imposible de armonizar con ellas, que sus catecismos y libros de devoción omiten este mandamiento. Unen su razón con el primer mandamiento, luego llaman segundo al tercer mandamiento, tercero al cuarto, y así sucesivamente. Para conservar el número diez, dividen el décimo mandamiento en dos. De esta manera han cometido dos grandes pecados y todavía se niegan a corregirse: quitan algo de la palabra de Dios y añaden algo a su adoración.
Las razones de este mandamiento aparecen en Éxodo 20:5-6. Primero, Dios es celoso en lo que se refiere a la adoración: «Yo, el Señor Jehová, tu Dios, soy un Dios celoso, especialmente en asuntos como este». Esto muestra el cuidado que tiene por las formas de adoración que él ha establecido, su odio a la idolatría y a toda adoración falsa, y su enojo contra los idólatras. También muestra que le ofende cualquier cosa en la adoración que parezca idolatría o conduzca a ella. Los celos perciben rápidamente. Puesto que en las Escrituras la idolatría suele representarse como adulterio espiritual, es correcto llamar celos a la ira de Dios contra ella.
Si Dios es celoso de la adoración, nosotros también debemos serlo. Debemos temer ofrecerle adoración de cualquier manera que no sea la que él ha ordenado en su Palabra. En segundo lugar, Dios advierte acerca del castigo de los idólatras. Los considera personas que lo aborrecen, aunque afirmen amarlo. Castigará su pecado con mucha severidad, no solo porque quebranta su ley, sino porque insulta su majestad, rompe el pacto y ataca el corazón mismo de toda religión.
Dice que hará recaer la iniquidad de ellos sobre sus hijos. Esto puede significar que una iglesia pierda su posición y sea desechada, y que los hijos sean excluidos del pacto y de la comunión junto con sus padres, así como fueron incluidos originalmente con ellos. También puede significar que Dios traiga juicios sobre un pueblo que destruyan por completo a sus familias. Si los idólatras viven lo suficiente para ver a sus hijos hasta la tercera o cuarta generación, les partirá el corazón verlos caer a espada, ir al cautiverio o vivir como esclavos.
No es injusto que Dios haga esto si los padres murieron en su pecado y sus hijos los siguieron, manteniendo una adoración falsa porque la recibieron de sus antepasados. Cuando llegue el momento del juicio de Dios, él puede incluir justamente las idolatrías de los padres en la cuenta total. Puede soportar durante mucho tiempo a un pueblo idólatra, pero no lo hará para siempre. A más tardar en la cuarta generación, comenzará a pedirles cuentas. Puesto que los hijos son tan queridos por sus padres, esta advertencia muestra cuánto aborrece Dios la idolatría. También muestra que, después de la muerte de los padres, sobre los hijos pueden caer no solo la vergüenza, sino también el juicio.
En tercer lugar, Dios muestra su favor a quienes lo adoran fielmente: guarda misericordia para miles, para miles de generaciones de quienes lo aman y guardan sus mandamientos. Esto también muestra que el segundo mandamiento, aunque prohíbe claramente la adoración falsa, incluye el deber de adorar a Dios de las maneras que él ha establecido. El primer mandamiento exige una adoración interior, como el amor, el deseo, el gozo, la esperanza y el asombro. El segundo exige una adoración exterior, como la oración, la alabanza y la asistencia constante a la Palabra de Dios.
Quienes verdaderamente aman a Dios se esforzarán por guardar sus mandamientos, especialmente los que se relacionan con su adoración. Quienes aman a Dios y guardan estos mandamientos también recibirán gracia para guardar los demás. La adoración conforme al evangelio ayudará a moldear toda la obediencia conforme al evangelio. Dios tiene misericordia preparada para tales personas. Todavía necesitan misericordia y no pueden atribuirse ningún mérito, pero encontrarán misericordia delante de Dios, protección misericordiosa mientras obedecen y una recompensa misericordiosa por su obediencia. Esta misericordia alcanza a miles, mucho más allá de la ira anunciada contra quienes lo aborrecen, que llega solamente hasta la tercera o cuarta generación. El fluir de la misericordia sigue siendo tan abundante, gratuito y fresco como siempre.
El tercer mandamiento se refiere a la manera en que adoramos: debemos hacerlo con toda la reverencia y seriedad posibles, como dice Éxodo 20:7. Este es el mandamiento estricto: «No tomarás el nombre del SEÑOR tu Dios en vano». Se da por sentado que, al haber aceptado al SEÑOR como su Dios, hablarían de su nombre, pues cada pueblo anda en el nombre de su dios. Este mandamiento da la advertencia necesaria de no usar su nombre a la ligera, y esa advertencia sigue siendo necesaria hoy.
Tomamos el nombre de Dios en vano de varias maneras. Primero, mediante la hipocresía, cuando profesamos llevar el nombre de Dios, pero no vivimos de acuerdo con él. Quienes se llaman cristianos, pero no se apartan del pecado como ese nombre exige, lo usan en vano. Su adoración es vacía (Mateo 15:7-9), sus ofrendas son vacías (Isaías 1:11, Isaías 1:13) y su religión es vacía (Santiago 1:26). Segundo, al incumplir nuestras promesas. Si hacemos votos a Dios y nos comprometemos a hacer lo bueno, pero después no los cumplimos, tomamos su nombre en vano (Mateo 5:33). Eso es insensato, y Dios no se complace en los insensatos (Eclesiastés 5:4), ni puede ser burlado (Gálatas 6:7).
En tercer lugar, tomamos su nombre en vano mediante juramentos imprudentes, usando el nombre de Dios o alguno de sus atributos en un juramento sin una buena razón ni la debida reflexión. Así se convierte en una expresión casual, usada sin propósito o sin un propósito bueno. En cuarto lugar, lo hacemos al jurar falsamente, que algunos consideran el sentido principal del mandamiento. Así lo explicaban las personas de tiempos antiguos: «No jurarás falsamente» (Mateo 5:33). A los judíos se les enseñaba a honrar a Dios jurando por su nombre (Deuteronomio 10:20), pero, en vez de honrarlo, lo deshonraban cuando lo llamaban como testigo de una mentira.
En quinto lugar, tomamos el nombre de Dios en vano cuando lo usamos sin cuidado y sin respeto por su significado santo. Esto incluye abusar de las formas de devoción, así como de las formas de juramento. También incluye abusar de cualquier medio por el cual Dios se da a conocer, de su Palabra o de cualquiera de las prácticas que él ha establecido. Cuando estas cosas se convierten en amuletos o encantamientos, o se usan como motivo de bromas y diversión, el nombre de Dios se toma en vano.
El SEÑOR no considerará inocente a quien tome su nombre en vano. Es posible que los jueces civiles no consideren que esta ofensa les corresponda, puesto que no perjudica directamente la propiedad privada ni el orden público. Pero Dios es celoso de su honor y no pasará esto por alto. El pecador puede excusarse y pensar que no hace ningún daño, y que Dios nunca le pedirá cuentas. Para responder a ese falso consuelo, la advertencia se expresa claramente: Dios no lo tendrá por inocente, como espera. También se quiere decir que Dios mismo castigará a quienes usen mal su nombre, y ellos descubrirán que es terrible caer en las manos del Dios viviente.
El cuarto mandamiento se refiere al tiempo de la adoración. Dios debe ser servido y honrado todos los días, pero uno de cada siete debe apartarse para honrarlo de manera especial y dedicarse a su servicio. El mandamiento dice: «Acuérdate del día de reposo y santifícalo» (Éxodo 20:8), y «no hagas en él ningún trabajo» (Éxodo 20:10). Esto supone que el día de reposo ya era conocido, puesto que desde el principio Dios bendijo y santificó un séptimo día (Génesis 2:3). Por lo tanto, no era una ley nueva, sino la renovación de una ley anterior.
Primero se les dice qué día debían guardar: el séptimo día después de seis días de trabajo. No está claro si se trataba del séptimo día contado desde el primer día de reposo, desde el momento en que salieron de Egipto o desde ambos momentos. El día exacto ya se les había indicado (Éxodo 16:23), y desde entonces debían guardar el séptimo día. También aprendieron cómo debían guardarlo: primero, como un día de descanso, sin trabajar en sus oficios ni en sus actividades cotidianas; y después, como un día santo, apartado para el Dios santo y lleno de deberes santos. Dios lo había hecho santo al bendecirlo, y ellos debían conservarlo santo al honrarlo, no usarlo para ningún otro propósito.
El mandamiento se aplicaba a todo el hogar: «tú, tu hijo y tu hija». La esposa no se menciona porque se da por sentado que es una con su esposo y está presente con él. Si él aparta el día de reposo, se espera que ella se una a él. Pero el resto de la familia sí se menciona claramente. Los hijos y los siervos debían guardar el día de reposo de acuerdo con su edad y capacidad. En esto, como en otros aspectos de la religión, se espera que los jefes de familia no solo sirvan al SEÑOR ellos mismos, sino que también se aseguren de que sus hogares le sirvan, o al menos que no fallen por negligencia de ellos (Josué 24:15). Incluso el extranjero que vivía entre ellos debía distinguir este día de los demás. Por el momento, ese mandamiento los restringía, pero también señalaba de antemano el propósito bondadoso de Dios de incorporar a los gentiles a la iglesia y permitirles participar de la bendición del día de reposo. Compárese con Isaías 56:6-7. Dios observa lo que hacemos, especialmente lo que hacemos en los días de reposo, aun cuando estemos en un lugar donde somos extranjeros.
La palabra «acuérdate» es un recordatorio especial. Sugiere que el día de reposo ya se había conocido antes, pero que en Egipto lo habían olvidado, sus amos los habían impedido guardarlo o se habían vuelto descuidados e indiferentes en su vida religiosa. Por esa razón necesitaban que se les recordara. Los deberes descuidados siguen siendo deberes, aun cuando los hayamos ignorado. También nos recuerda que somos muy propensos a olvidar este deber y, por eso, debemos hacer un esfuerzo intencional por recordarlo. Algunos entienden que significa que debemos prepararnos de antemano para el día de reposo, pensando en él antes de que llegue para poder santificarlo cuando llegue.
Se dan varias razones para este mandamiento. Tenemos seis días para hacer nuestro trabajo y el séptimo debemos servir a Dios. También tenemos seis días para agotarnos, de modo que el séptimo es una bondad para nosotros porque nos exige descansar. Este es el día del SEÑOR, el día de reposo del SEÑOR tu Dios; no solo fue establecido por él, sino que fue apartado para él. Tratarlo como un día común es una especie de robo, porque santificarlo es algo que le debemos.
El día de reposo también sirve como memorial de la creación, por lo que debe guardarse para la gloria del Creador. Nos llama a servirle y nos anima a confiar en él, porque él hizo los cielos y la tierra. Al guardar el día de reposo, los judíos demostraban que adoraban al Dios que creó el mundo. Eso los distinguía de las demás naciones, que adoraban dioses hechos por ellas mismas. Dios también nos ha dado un ejemplo de descanso después de seis días de trabajo. Él descansó el séptimo día, se deleitó en sí mismo y se regocijó en la obra de sus manos, para enseñarnos a deleitarnos en él ese día y darle gloria por sus obras (Salmo 92:4). El día de reposo comenzó cuando terminó la creación, y el día de reposo eterno comenzará cuando hayan terminado la providencia y la redención. Guardamos el día de reposo semanal con la esperanza de ese descanso futuro y en memoria del primero, formando nuestra vida conforme al Dios que adoramos.
Por último, Dios mismo bendijo y santificó el día de reposo. Lo honró al apartarlo para su propio uso, por lo que es santo y honorable delante de él. También puso bendiciones en ese día y nos anima a esperar recibirlas cuando lo guardamos fielmente. Es el día que el Señor hizo, y no debemos hacer nada que lo desvirtúe. Puesto que él lo bendijo, lo honró y lo santificó, no debemos profanarlo, deshonrarlo ni reducirlo a un tiempo común.
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De este capítulo
Éxodo 20:2
"Yo soy el SEÑOR tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud."
Éxodo 20:3
"No tendrás otros dioses delante de mí."
Éxodo 20:4
"No te harás ninguna imagen tallada ni semejanza alguna de lo que está arriba en el cielo, abajo en la tierra o en las aguas debajo de la tierra."
Éxodo 20:5
"No te inclinarás ante ellas ni las servirás, porque yo, el SEÑOR tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y la cuarta generación de los que me odian,"
Éxodo 20:6
"y muestro misericordia a millares de los que me aman y guardan mis mandamientos."
Éxodo 20:7
"No tomarás en vano el nombre del SEÑOR tu Dios, porque el SEÑOR no tendrá por inocente al que tome su nombre en vano."
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