Versículo destacado

Éxodo 17:8 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces vino Amalec y peleó contra Israel en Refidim. "

Éxodo 17:8

menu_book El versículo en contexto

6 Mira, yo estaré allí delante de ti, sobre la roca en Horeb. Golpearás la roca, y de ella saldrá agua para que el pueblo beba. Moisés lo hizo así ante los ojos de los ancianos de Israel.

7 Y llamó a aquel lugar Masá y Meribá, por la discusión de los hijos de Israel y porque pusieron a prueba al SEÑOR, diciendo: «¿Está el SEÑOR entre nosotros o no?»

8 Entonces vino Amalec y peleó contra Israel en Refidim.

9 Moisés dijo a Josué: «Escoge hombres para nosotros y sal a pelear contra Amalec. Mañana estaré en la cima de la colina con la vara de Dios en mi mano».

10 Josué hizo como Moisés le había dicho y peleó contra Amalec; y Moisés, Aarón y Hur subieron a la cima de la colina.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí tenemos el relato de la guerra contra Amalec. Probablemente fue la primera batalla registrada en «el libro de las guerras del Señor» (Números 21:14). Amalec fue la primera nación contra la que Israel peleó (Números 24:20).

Primero, observemos el ataque de Amalec. «Entonces vino Amalec y peleó contra Israel» (Éxodo 17:8). Los amalecitas eran descendientes de Esaú, quien odiaba a Jacob por causa de la primogenitura y la bendición. Este ataque formaba parte de aquella hostilidad heredada, un odio persistente que se había transmitido de generación en generación. También es posible que se hubiera intensificado porque la promesa de Dios a Jacob avanzaba hacia su cumplimiento.

Este ataque fue un problema para Israel, pero también fue un pecado de Amalec. Israel había estado discutiendo con Moisés (Éxodo 17:2), y ahora Dios permitió que Amalec peleara contra ellos. Muchas veces, las guerras externas castigan los conflictos y la inquietud que existen por dentro. Amalec no enfrentó a Israel abiertamente, como lo haría un enemigo justo; sin ninguna provocación, atacó por la retaguardia, donde habían quedado los débiles y cansados, y atacó a quienes no podían defenderse ni escapar.

Al hacer esto, Amalec se burló del poder que acababa de destruir a Egipto. Pero fue insensato al atacar un campamento protegido y abastecido mediante milagros. No entendía lo que estaba haciendo.

Consideremos ahora la defensa de Israel contra Amalec. En este pasaje aparece Josué por primera vez, y se le encargó dirigir la batalla. Fue escogido para liderar a un grupo de hombres seleccionados, a fin de que recibiera preparación para la obra que realizaría después de la muerte de Moisés. Desde su juventud debía ser un guerrero. En otra ocasión, cuando los egipcios perseguían a Israel, el pueblo recibió la orden de quedarse quieto y observar lo que Dios haría. Ahora se le ordenó actuar. Dios debe ser nuestra confianza, pero también usa medios, incluido el esfuerzo humano.

Moisés ocupó su lugar en la colina con la vara de Dios en la mano (Éxodo 17:9). Dios concede distintas clases de servicio para el bien de su iglesia: Josué peleaba y Moisés oraba. Ambos servían a Israel. Probablemente Moisés se colocó donde el pueblo pudiera verlo, levantando la vara que había realizado señales en Egipto y había guiado a Israel fuera de la esclavitud. La levantó delante del pueblo para animarlo. Ellos podían mirar hacia arriba y recordar las grandes cosas que Dios ya había hecho por ellos.

También sostenía la vara hacia Dios, como si apelara a él: «¿Acaso no es del Señor la batalla?». La vara parecía decir: «Señor, manifiesta tu poder» (Isaías 51:9-10). Moisés no era solamente quien sostenía un estandarte; también era un intercesor que le pedía a Dios éxito y victoria. Cuando el pueblo de Dios sale a enfrentar al enemigo, debe elevarse una oración ferviente al Dios de los ejércitos, pidiendo su presencia. La fuerza que verdaderamente retumba es la fuerza de la oración. En el lugar donde se ora, se obtiene la victoria (Salmo 76:2-3).

Moisés se cansó. Sus manos se volvieron pesadas (Éxodo 17:12). Hasta el brazo más fuerte se cansa si permanece levantado durante mucho tiempo. Solo la mano de Dios permanece extendida sin desfallecer. No se dice que las manos de Josué se cansaran en la batalla, pero las manos de Moisés se cansaron mientras oraba. El trabajo espiritual suele agotarnos más que cualquier otra cosa. Orar con verdadera concentración y profundo sentimiento es un trabajo arduo. Aunque el espíritu está dispuesto, la carne es débil. Nuestro gran Intercesor celestial nunca se cansa, aunque siempre está dedicado a esta obra.

La mano levantada de Moisés afectaba el curso de la batalla (Éxodo 17:11). Cuando mantenía la mano en alto en oración, Israel prevalecía; cuando la bajaba, Amalec prevalecía. Esto mostró a Israel que la mano de Moisés, y no solo sus propias armas, contribuía a su seguridad. Su vara era más importante que la espada de ellos. Durante un tiempo, el resultado iba y venía de un lado al otro. Incluso la causa más justa puede sufrir reveses en el camino. Aunque la batalla le pertenece al Señor, Amalec puede parecer vencedor por un tiempo. Eso sucedía porque Moisés bajaba las manos. En general, la causa de la iglesia prospera más o menos según sus amigos sean más fuertes en la fe y más fervientes en la oración.

Moisés también recibió apoyo en su debilidad. Cuando ya no pudo permanecer de pie, se sentó sobre una piedra, no en un asiento de honor (Éxodo 17:12). Cuando no pudo mantener las manos levantadas, otros las sostuvieron por él. Aarón, el hermano de Moisés, y Hur, probablemente su cuñado y esposo de Miriam, lo ayudaron. No debemos negarnos a pedir ayuda ni a ofrecerla, porque pertenecemos unos a otros. Las manos de Moisés permanecieron levantadas hasta la puesta del sol. Aunque tuvo que esforzarse mucho para perseverar, Dios aceptó la disposición de su corazón. Debió animar al pueblo ver a Josué en el campo de batalla y a Moisés en la colina. Cristo es como ambos para nosotros: nuestro Josué, el capitán de nuestra salvación que pelea por nosotros, y nuestro Moisés, quien vive en lo alto e intercede continuamente para que nuestra fe no falle.

Finalmente, Amalec fue derrotado. La batalla había oscilado entre los dos campamentos, pero Israel ganó aquel día (Éxodo 17:13). Josué peleó en medio de muchas desventajas. Sus hombres no tenían entrenamiento, estaban mal armados, habían vivido mucho tiempo como esclavos y eran propensos a quejarse. Sin embargo, Dios les dio una gran victoria y castigó la arrogancia de Amalec. Las armas que se levantan contra el pueblo de Dios no pueden triunfar para siempre. Al final, la causa de Dios y su pueblo vencerán. Aunque Dios dio la victoria, el texto dice que Josué derrotó a Amalec, porque Josué era una figura de Cristo. En Cristo somos más que vencedores. Fue solamente el poder de Cristo el que despojó a los poderes y autoridades y quebrantó su fuerza.

Moisés también se aseguró de que Dios recibiera la gloria por la victoria.

En vez de levantar un arco triunfal para honrar a Josué, aunque eso habría sido apropiado, Moisés construyó un altar para honrar a Dios. Podemos suponer que allí también se ofreció un sacrificio, pero lo que se registra con mayor cuidado es el nombre del altar: Jehová-nisi, que significa «El Señor es mi estandarte». Esto probablemente apunta a la vara de Dios, levantada como un estandarte durante la batalla. La presencia y el poder del Señor eran el estandarte bajo el cual Israel peleaba; eran la fuerza que lo unía y lo mantenía firme. Por eso levantaron aquel estandarte el día de la victoria. En el nombre de nuestro Dios debemos siempre levantar nuestros estandartes (Salmo 20:5). Es justo que quien realiza la obra reciba toda la alabanza.

Dios también se aseguró de que las generaciones futuras se beneficiaran de lo ocurrido. Dijo: «Escribe esto como memorial», no en simples pedazos de papel, sino en un libro. Moisés debía escribirlo y luego repetirlo delante de Josué, confiándole a Josué este recuerdo para que pudiera transmitirse a las generaciones posteriores. Esta es la primera mención clara de la escritura en las Escrituras, y el mandato quizá se dio después de que la ley fuera escrita en las tablas de piedra. Debía escribirse para que el acontecimiento fuera recordado para siempre, porque lo escrito permanece.

Moisés debía escribir lo que ya había sucedido: lo que Amalec había hecho contra Israel. Debía registrar el odio amargo y el ataque cruel de Amalec, así como la ayuda salvadora de Dios para Israel. Las generaciones futuras debían saber que Dios pelea por su pueblo y que quien toca a su pueblo toca la niña de sus ojos.

También debía escribir lo que sucedería después. Con el tiempo, Amalec sería completamente arruinado y exterminado (Éxodo 17:14), de modo que solo sería recordado en la historia. Amalec había querido borrar el nombre de Israel para que dejara de ser recordado (Salmo 83:4, Salmo 83:7), pero Dios hizo que ese plan recayera sobre él y borró su propio nombre. Esto quedó escrito para animar a Israel cada vez que los amalecitas lo afligieran, para que supiera que finalmente triunfaría cuando Amalec cayera. Este juicio fue ejecutado en parte por Saúl (1 Samuel 15) y completamente por David (capítulo 30; 2 Samuel 1:1; 2 Samuel 8:12). Después de eso, ni siquiera volvemos a leer el nombre de Amalec.

Mientras tanto, Dios mantendría un conflicto permanente con Amalec. La razón dada es que Amalec puso su mano contra el trono del Señor; es decir, atacó el campamento de Israel, donde el Señor reinaba y estaba presente en medio de su pueblo. Ese campamento era el lugar del santuario de Dios, y las Escrituras lo llaman desde el principio un trono glorioso y exaltado (Jeremías 17:12). Por eso el Señor declaró que tendría guerra contra Amalec de generación en generación. Esto fue escrito para advertirle a Israel que nunca hiciera la paz con los amalecitas, sino que los tratara como enemigos destinados a la destrucción. La caída de Amalec anticipaba la destrucción de todos los enemigos de Cristo y de su reino. Todo el que haga guerra contra el Cordero será vencido por el Cordero.

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