Versículo destacado

Éxodo 11:4 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Y Moisés dijo: Así dice el SEÑOR: Hacia la medianoche saldré en medio de Egipto. "

Éxodo 11:4

menu_book El versículo en contexto

2 Habla ahora a oídos del pueblo, y que cada hombre pida prestadas a su vecino, y cada mujer a su vecina, joyas de plata y joyas de oro.

3 Y el SEÑOR hizo que el pueblo hallara favor ante los egipcios. Además, el hombre Moisés era muy importante en la tierra de Egipto, ante los siervos del faraón y ante el pueblo.

4 Y Moisés dijo: Así dice el SEÑOR: Hacia la medianoche saldré en medio de Egipto.

5 Y morirá todo primogénito en la tierra de Egipto, desde el primogénito del faraón que se sienta en su trono hasta el primogénito de la sierva que está detrás del molino, y todos los primogénitos de los animales.

6 Y habrá un gran clamor por toda la tierra de Egipto, como nunca lo ha habido ni volverá a haberlo.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Ahora se le da al faraón una advertencia acerca de la última y decisiva plaga que caería sobre Egipto. Sería la muerte repentina de todos los primogénitos de Egipto, un juicio anunciado por primera vez en Éxodo 4:23, cuando Dios dijo: «Mataré a tu hijo, a tu primogénito», pero reservado hasta el final. Ya se habían enviado juicios menores, y si estos hubieran llevado al faraón al arrepentimiento, se habría evitado este golpe final. Aquí vemos cuán lento es Dios para la ira, cuán dispuesto está a apartarse del juicio y cuán preciosa es para él la vida humana. Si la muerte del ganado los hubiera humillado, sus hijos se habrían salvado. Pero cuando las personas no aprenden de las advertencias graduales de Dios, solo ellas tienen la culpa cuando al final llega lo peor.

La plaga se describe con detalle en Éxodo 11:4-6. El momento estaba señalado: alrededor de la medianoche, precisamente la medianoche siguiente, en lo más profundo de la noche. Mientras todos durmieran, todos sus primogénitos caerían en el sueño de la muerte. No sucedería de manera tan silenciosa que nadie lo notara hasta la mañana; sería lo bastante repentino como para despertar a las familias a medianoche y permitirles presenciar la muerte en acción. Su alcance sería total: desde el heredero del trono, que no estaría demasiado alto para ser alcanzado, hasta el esclavo que trabajaba en el molino, que no sería demasiado insignificante para ser tomado en cuenta. A Moisés y Aarón no se les dijo que provocaran esta plaga. El Señor mismo dijo: «Yo saldré» (Éxodo 11:4). Terrible cosa es caer en las manos del Dios viviente. En cierto sentido, ¿qué es el infierno sino esto?

Al mismo tiempo, Dios prometió una protección especial para los hijos de Israel y establecería una clara diferencia entre ellos y los egipcios. Mientras los ángeles desenvainaban sus espadas contra Egipto, ni siquiera un perro ladraría contra ninguno de los hijos de Israel (Éxodo 11:7). Esto era solo una pequeña señal de la diferencia mucho mayor que Dios establecerá en el día final entre su pueblo y sus enemigos. Si las personas supieran qué diferencia hace Dios, y seguirá haciendo para siempre, entre quienes le sirven y quienes no, no tratarían la fe como algo sin importancia. No vivirían con tanta indiferencia en este asunto.

También había una lección en la manera en que responderían los propios siervos del faraón. Bajarían y se inclinarían ante Moisés, rogándole que se fuera (Éxodo 11:8). Al final, los orgullosos enemigos de Dios y de su pueblo serán humillados (Apocalipsis 3:9), y quedarán en evidencia como mentirosos ante aquellos a quienes antes se oponían (Deuteronomio 33:29). Después de comunicar este mensaje, Moisés salió de la presencia del faraón muy enojado, aunque era el hombre más humilde de todos. Probablemente esperaba que esta amenaza contra los primogénitos finalmente conmoviera al faraón, sobre todo porque ya había cedido hasta ese punto y había visto cumplirse cada advertencia anterior. Pero el corazón orgulloso del faraón no se doblegaría, ni siquiera para salvar a todos los primogénitos de su reino.

No es de sorprender que las personas no abandonen sus caminos pecaminosos ante las advertencias de la miseria eterna en el mundo venidero, cuando ni siquiera el peligro cercano de perder todo lo que aman en esta vida las atemoriza. Moisés fue movido por una ira santa y, como más adelante lo estaría nuestro Señor, se entristeció ante la dureza de corazón que tenía delante (Marcos 3:5). Para los ministros fieles es una carga profunda ver que las personas no escuchan advertencias justas y siguen corriendo hacia la ruina, a pesar de todos los esfuerzos bondadosos por detenerlas. Ezequiel sintió la misma amargura en su espíritu porque Dios le había dicho que Israel no lo escucharía (Ezequiel 3:14). Enojarse únicamente contra el pecado es la manera de evitar pecar al enojarnos.

Entonces Moisés recuerda la advertencia que Dios ya le había dado sobre este rechazo. El Señor le había dicho: «El faraón no te escuchará» (Éxodo 11:9). Las Escrituras también habían anunciado la incredulidad de quienes escucharían el evangelio, para que su incredulidad no nos sorprendiera ni nos hiciera tropezar (Juan 12:37-38; Romanos 10:16). Nunca debemos pensar menos del evangelio de Cristo porque la mayoría de las personas lo trate con indiferencia, pues se nos advirtió de antemano que recibiría una respuesta fría.

Moisés también repite lo que ya se había mostrado: que había realizado todas esas maravillas en presencia del faraón y que el faraón mismo las había visto (Éxodo 11:10). Aun así, no pudo ser conmovido. Esto demostraba claramente que Dios mismo, en su justo juicio, había endurecido el corazón del faraón. De la misma manera, el rechazo del evangelio de Cristo por parte de los judíos fue un acto tan grave y necio que solo podía señalar que Dios les había dado un espíritu de estupor, como dice Romanos 11:8.

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