Versículo destacado

Ester 4:5 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces Ester llamó a Hatac, uno de los eunucos del rey, a quien él había designado para atenderla, y le dio una orden respecto a Mardoqueo, para saber qué era aquello y por qué. "

Ester 4:5

menu_book El versículo en contexto

3 En cada provincia adonde llegaban el mandato del rey y su decreto, había gran duelo entre los judíos, con ayuno, llanto y lamento; y muchos se acostaban sobre tela áspera y ceniza.

4 Entonces las doncellas de Ester y sus eunucos vinieron y se lo contaron. La reina se afligió muchísimo y envió ropa para vestir a Mardoqueo y quitarle la tela áspera, pero él no la aceptó.

5 Entonces Ester llamó a Hatac, uno de los eunucos del rey, a quien él había designado para atenderla, y le dio una orden respecto a Mardoqueo, para saber qué era aquello y por qué.

6 Así que Hatac salió hacia Mardoqueo, a la plaza de la ciudad que estaba delante de la puerta del rey.

7 Mardoqueo le contó todo lo que le había sucedido y la suma de dinero que Amán había prometido pagar a los tesoros del rey por los judíos, para destruirlos.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Las leyes persas mantenían a las esposas, especialmente a las esposas del rey, bajo restricciones muy severas. Por eso, Mardoqueo no podía simplemente encontrarse con Ester y hablar con ella sobre aquel asunto tan grave. En cambio, los mensajes pasaban entre ellos por medio de Hatac, el funcionario del rey, quien parece haber sido alguien en quien Ester confiaba.

Ester primero le envió un mensaje a Mardoqueo para preguntarle qué problema lo había hecho llorar con tanta amargura y por qué todavía llevaba ropa de saco. Es apropiado que todos los que aman a Sion, el pueblo de Dios, pregunten por la causa del dolor y de la alegría de los demás, para poder orar y responder con sabiduría. Si vamos a llorar con los que lloran, necesitamos saber por qué lloran.

Entonces Mardoqueo le envió un informe completo de lo sucedido, junto con el encargo de suplicar ante el rey. Le contó todo lo que le había pasado, incluyendo la ira de Amán porque Mardoqueo no se inclinaba ante él y la manera en que Amán había logrado que se aprobara aquel decreto. También le envió una copia exacta del edicto, para que Ester pudiera ver el peligro que amenazaba a ella y a su pueblo. La instó a que, si sentía algún amor por él o por el pueblo judío, se presentara ante el rey en su favor y corrigiera los informes falsos que lo habían engañado.

Ester le respondió a Mardoqueo exponiendo su propia situación. Le dijo que no podía acercarse al rey sin poner su vida en peligro y que él le estaba imponiendo una carga muy pesada al insistir en que lo hiciera. Ella estaba dispuesta a ayudar a los judíos, pero si hacerlo significaba arriesgar la vida, tenía razones para pedir que la excusaran y buscar a otra persona que hablara por ellos.

La ley era clara y todos la conocían: cualquiera que se acercara al rey sin haber sido llamado debía morir, a menos que el rey extendiera hacia esa persona su cetro de oro. No había ninguna seguridad de que Ester encontraría al rey dispuesto a recibirla con bondad (Ester 4:11). Aquella ley no se había creado tanto por verdadera sabiduría o seguridad como por orgullo, para que el rey pudiera ser visto rara vez y solo con gran dificultad, como si fuera un pequeño dios. Era una ley insensata.

También hacía infelices a los propios reyes, porque los mantenía encerrados por temor a ser vistos. El palacio real llegó a ser poco mejor que una prisión, y es probable que los mismos reyes se volvieran amargados e incluso sombríos; se convertían en una carga para sí mismos y en motivo de temor para los demás. Muchas personas hacen miserable su propia vida por causa del orgullo y del mal carácter.

La ley también perjudicaba al pueblo. ¿De qué sirve un rey si nadie puede acudir libremente a él para pedir justicia o apelar ante él por encima de los jueces inferiores? Muy diferente es la situación con el Rey de reyes. En cualquier momento podemos acercarnos con confianza al estrado de su trono de gracia, seguros de recibir una respuesta de paz cuando oramos con fe. No solo somos bienvenidos al patio interior, sino incluso al lugar santísimo, por medio de la sangre de Jesús.

La ley era especialmente dura con las esposas, porque no hacía ninguna excepción para ellas, aunque eran hueso de los huesos del rey y carne de su carne. Tal vez incluso se había creado en su contra, para que los reyes pudieran disfrutar con mayor libertad de sus concubinas, y Ester lo sabía. Un reino es miserable cuando sus gobernantes hacen leyes para satisfacer sus deseos sexuales.

Además, su situación en ese momento era desalentadora. La providencia había dispuesto las cosas de tal manera que, precisamente entonces, Ester había perdido el favor del rey y el afecto de él se había enfriado hacia ella. Hacía treinta días que no la llamaba a su presencia, y eso pondría a prueba su fe y su valor. Al mismo tiempo, la bondad de Dios resplandecería con mayor claridad cuando Ester encontrara favor ante el rey a pesar de aquel revés. Es probable que Amán hubiera utilizado a las mujeres, además del vino, para impedir que el rey pensara con claridad acerca de lo que había hecho, y que Ester hubiera sido descuidada porque Amán quería volver al rey contra ella, sabiendo que se oponía a él.

Aun así, Mardoqueo insistió en que Ester fuera ante el rey, sin importar el peligro que pudiera enfrentar (Ester 4:13-14). Ninguna excusa sería suficiente. Ella tenía que actuar como defensora en aquella causa. Primero le recordó que también era su propia causa, porque el decreto de destruir a todos los judíos no la excluía. No debía pensar que el palacio la protegería ni que la corona salvaría su vida. Ella era judía, y si los demás eran destruidos, ella también lo sería. Sin duda, era más sabio enfrentar una posible muerte a manos de su esposo que una muerte segura a manos de su enemigo.

Mardoqueo también le hizo ver que aquella causa triunfaría de una manera u otra, así que podía actuar con confianza. Si ella se negaba, la liberación de los judíos vendría de algún otro lugar. Estas eran palabras de una fe firme, una fe que no vacila cuando el peligro es mayor, sino que cree aun cuando humanamente no hay esperanza. Los ayudadores humanos pueden fallar, pero el pacto de Dios no fallará.

Mardoqueo le advirtió que, si abandonaba a su pueblo por miedo y falta de fe, quizá vería caer el juicio sobre ella y sobre la familia de su padre. Ella y su familia podrían ser destruidas mientras las demás familias judías fueran preservadas. Todo el que intenta salvar su vida por medios pecaminosos y se niega a confiarla a Dios mientras lo obedece, terminará perdiéndola a causa del pecado.

También le dijo que la providencia de Dios tenía un propósito al llevarla al trono. Ester debía considerar que quizá había llegado al reino precisamente para una ocasión como aquella. Por eso tenía la obligación de servir a Dios y a su iglesia; de lo contrario, no respondería al propósito de su elevación. Tampoco debía temer el fracaso. Si Dios la había puesto allí para realizar esa obra, la sostendría y le daría éxito.

Al final quedó claro que Ester había llegado a ser reina precisamente para ayudar a librar a los judíos, de modo que la suposición de Mardoqueo era acertada. Como el Señor amaba a su pueblo, hizo reina a Ester. El sabio plan de Dios está obrando en todas sus providencias, aunque muchas veces no lo vemos hasta que se ha cumplido. Al final se demostrará que todas ellas tenían como propósito el bien de la iglesia.

Eso era razón suficiente para que Ester actuara de inmediato y hiciera todo lo que estuviera a su alcance por su pueblo. Todos deberíamos pensar en la razón por la que Dios nos ha colocado donde estamos y procurar cumplir ese propósito. Cuando se presenta una oportunidad de servir a Dios y a nuestra generación, no debemos dejarla pasar, porque se nos confió para que la usáramos bien. Mardoqueo instó a Ester a considerar todas estas cosas.

Aquí Ester mostró tanto fe como valor. Decidió que, sin importar el costo, iría ante el rey, pero solo después de que ella y su pueblo acudieran primero a Dios. Debían ayunar y orar pidiendo el favor de Dios, y entonces ella esperaría hallar favor ante el rey (Ester 4:15-16).

Habló con la devoción propia de una israelita. Miró a Dios, quien tiene en su mano el corazón de los reyes, y dependió de él para inclinar el corazón del rey hacia ella. Estaba arriesgando la vida, pero solo se sentiría segura después de haberla puesto bajo el cuidado de Dios. Creía que el favor de Dios se busca por medio de la oración y que su pueblo debe acercarse a él de esa manera, porque él escucha la oración.

También sabía que, en tiempos difíciles, el pueblo de Dios solía unir el ayuno con la oración. Por eso le pidió a Mardoqueo que les dijera a los judíos de Susa, la capital persa, que apartaran un tiempo de ayuno y convocaran una reunión solemne. Debían reunirse en sus sinagogas locales, orar por ella y ayunar durante tres días, dejando de comer como de costumbre y absteniéndose de alimentos agradables, como señal de tristeza por el pecado y de su necesidad de misericordia. Quienes valoran verdaderamente los dones de Dios no deberían considerar demasiado difícil esta clase de renuncia personal cuando buscan recibirlos.

Ester también prometió que ella y las mujeres que la atendían ayunarían en sus habitaciones del palacio, ya que no podía unirse a la reunión pública. Sus sirvientas eran judías o se habían identificado lo suficiente con el pueblo judío como para unirse a ella en el ayuno y la oración. Esto ofrece un buen ejemplo de una mujer principal orando con sus sirvientas, y es un ejemplo digno de imitar. Incluso quienes se encuentran apartados en privado pueden unir sus oraciones a las del pueblo de Dios reunido. Quienes piden a otros que oren por ellos también deben orar por sí mismos.

Sus palabras también muestran el valor propio de una reina. Después de buscar a Dios en aquel asunto, iría ante el rey y suplicaría por su pueblo. Sabía que eso iba en contra de la ley del rey, pero estaba de acuerdo con la ley de Dios. Por tanto, pasara lo que pasara, arriesgaría la vida y no la consideraría preciosa si podía servir a Dios y a su pueblo. Si moría, moriría cumpliendo con su deber. Era mejor obedecer y morir por su pueblo que retroceder por miedo y morir junto con ellos.

Su razonamiento se parecía al de los leprosos de 2 Reyes 7:4. Si se quedaba quieta, moriría. Si avanzaba, quizá viviría y hasta salvaría a su pueblo. En el peor de los casos, solo moriría. Ese es el espíritu de la fe: cumplir con el deber y dejar el resultado en las manos de Dios, aceptando con gusto su santa voluntad. Las secciones apócrifas de este libro, en los capítulos 13 y 14, incluyen la oración de Mardoqueo y la oración de Ester en aquella ocasión, y ambas corresponden muy bien a la situación. En el resto de la historia vemos que Dios no permitió que la descendencia de Jacob lo buscara en vano.

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