Versículo destacado
Eclesiastés 6:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Hay un mal que he visto bajo el sol, y es común entre los hombres: "
Eclesiastés 6:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Hay un mal que he visto bajo el sol, y es común entre los hombres:
2 un hombre a quien Dios ha dado riquezas, bienes y honor, de modo que a su alma no le falta nada de todo lo que desea; pero Dios no le da poder para comer de ello, sino que un extraño se lo come. Esto es vanidad y una mala enfermedad.
3 Si un hombre engendra cien hijos y vive muchos años, de modo que los días de sus años sean muchos, pero su alma no se llena de bienes y además no recibe sepultura, digo que un nacimiento prematuro es mejor que él.
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Al final del capítulo anterior, Salomón acababa de mostrar lo bueno que es disfrutar con sabiduría y gratitud los regalos de Dios. Aquí muestra el mal de hacer lo contrario: tener riquezas y no usarlas, guardándolas para problemas desconocidos mientras se dejan de atender las necesidades presentes. Este es el mal que Salomón vio «bajo el sol», y hay mucho mal en este mundo. Existe un mundo por encima del sol donde no hay maldad, pero Dios deja que su sol brille sobre malos y buenos, lo cual hace aún más grave la maldad.
Dios les ha dado luz a sus siervos para que trabajen con ella, pero algunos entierran su talento, como siervos perezosos e inútiles. Desperdician lo que tienen y demuestran que no son dignos de ello. Como rey, Salomón observaba la conducta de su pueblo y veía esto como un daño para la vida pública. Una nación sufre no solo por el gasto desperdiciado, sino también por la tacañería extrema.
Así como la sangre debe circular por el cuerpo, las riquezas deben moverse dentro de la sociedad. Si se quedan estancadas y no fluyen, hacen daño. Como predicador, Salomón observaba estos males para reprenderlos y advertir a la gente contra ellos. En sus días, este pecado era común, aunque había mucha plata y oro. Podríamos pensar que tal abundancia haría que las personas estuvieran menos inclinadas a acumular, y además eran tiempos de paz, sin una amenaza clara de dificultades. Sin embargo, la prosperidad por sí sola no cura un corazón codicioso. Solo la gracia de Dios puede hacerlo. De hecho, cuando aumentan las riquezas, las personas suelen sentirse más tentadas a poner el corazón en ellas.
Pensemos ahora en este avaro. Tiene abundantes razones para servir a Dios con alegría y gozo por todo lo que Dios ha hecho por él. Dios le ha dado riquezas, bienes y honra (Eclesiastés 6:2). Con frecuencia, las riquezas hacen que otras personas honren a quien las posee. Aunque la honra sea solo una especie de imagen, si está hecha de oro, la gente se inclina ante ella. Las riquezas, los bienes y la honra son regalos de la providencia de Dios. Él no se los da a todos por igual, sino como le parece bien. Sin embargo, se los da a muchos que no los usan correctamente, porque no les concede junto con ellos sabiduría y gracia. Las bendiciones comunes pueden causar más daño que bien si no están acompañadas de una gracia especial, es decir, de la ayuda salvadora de Dios en el corazón.
Este hombre tampoco carece de nada de lo que desea su alma, al menos en el sentido de los deseos terrenales. La providencia ha sido tan generosa con él que tiene todo cuanto podría desear, y aún más (Salmo 73:7). No anhela la gracia para su alma, que es lo más importante de él. Solo quiere lo suficiente para satisfacer su apetito, y eso lo tiene. Su vientre está lleno de los tesoros escondidos de este mundo (Salmo 17:14).
También se da a entender que tiene una familia numerosa, como si tuviera cien hijos. Ellos son el apoyo y la fuerza de su casa, como una aljaba llena de flechas que trae honra y prestigio a una familia. Tendría la esperanza de mantener vivo su nombre por medio de ellos, con toda la clase de recuerdo duradero que este mundo puede ofrecer. Está lleno de hijos (Salmo 17:14), mientras que muchos del pueblo de Dios no tienen hijos y han sido privados de ese consuelo.
Para completar el retrato de su felicidad, se imagina que vive muchos años o, mejor dicho, muchos días, porque la vida se cuenta con más exactitud por días que por años. Los días de sus años son numerosos, y permanece saludable por tanto tiempo que parece probable que aún le queden muchos más. De hecho, se imagina que vive mil años, e incluso dos veces mil años, algo que nadie conocido por nosotros ha logrado. Sin embargo, aun una vida tan larga debería bastar para enseñar, por experiencia, la insensatez de quienes esperan recibir todo bien de las riquezas terrenales, y también la insensatez de quienes esperan encontrar en ellas algún bien excepto el que resulta de usarlas correctamente.
La gran falta de este hombre es que tiene poco interés en usar lo que Dios le da para el propósito para el cual Dios se lo dio. No corresponde a Dios conforme al beneficio que ha recibido. No sirve con alegría y gozo de corazón al Señor, su benefactor, en medio de la abundancia de todas las cosas. En el día de la prosperidad no se alegra. «¿Eres feliz, pero sigues triste?». Ese es su estado insensato.
Mira su necedad. No logra disfrutar lo que tiene. Hay comida delante de él y suficiente para sostenerse a sí mismo y a su familia con comodidad, pero no tiene la capacidad de comerla. Su carácter avaro no le permite gastar, ni siquiera en sí mismo, ni siquiera en lo más necesario para él. No puede razonar para salir de esta manera absurda de pensar ni vencer sus hábitos codiciosos. Es verdaderamente débil si no tiene la capacidad de usar lo que Dios le da. Pero Dios no le concede esa capacidad, sino que se la retiene como juicio por haber usado mal sus riquezas. Como no quiere emplear sus riquezas para servir a Dios, Dios le niega la capacidad de emplearlas incluso para sí mismo.
También permite que otros le quiten lo que tiene, personas a las que no está obligado a mantener. Un extraño se lo come. Ese es el desenlace común de los avaros. Tal vez no confían en sus propios hijos, pero los dependientes y aprovechados que hablan con suavidad logran ganarse su confianza y aprenden a sacarles lo que tienen, o consiguen que se lo dejen en un testamento. Dios ordena que un extraño se lo coma. Los extraños consumen su fuerza (Oseas 7:9; Proverbios 5:10). Esto bien puede llamarse vanidad y una enfermedad dolorosa. Lo que poseemos no nos sirve si nunca lo usamos, y la mente que nos impide usarlo es una enfermedad miserable. Nuestras peores enfermedades surgen de la corrupción de nuestro propio corazón.
También se priva del bien que podría haber recibido de sus posesiones. No se limita a dejar de obtenerlo: se roba ese bien a sí mismo y lo desecha. Su alma no está llena de bienes (Eclesiastés 6:3). Sigue insatisfecho e intranquilo. Sus manos pueden estar llenas de riquezas, sus graneros llenos y sus bolsas llenas, pero su alma no está llena de cosas buenas. Sigue pidiendo más. De hecho, ni siquiera ha visto el bien (Eclesiastés 6:6). No puede disfrutar siquiera de contemplar lo que tiene, porque sus ojos siguen mirando más lejos y con envidia a quienes tienen más. Ni siquiera obtiene el bien sencillo y palpable que podría ofrecerle una buena posición económica. Aunque no mira más allá de lo visible, tampoco puede contemplarlo con verdadero placer.
No tiene un entierro digno de su posición ni una sepultura decente, sino el entierro de un asno.
Por la vileza de su carácter, no se permite un entierro honorable. Tal vez él mismo lo rechaza, o los extraños que han consumido sus riquezas lo dejan tan pobre que no tiene con qué pagarlo. O quizá quienes heredan lo que deja se preocupan tan poco por su memoria y desean tanto recibir lo que les corresponde que no quieren gastar dinero en enterrarlo debidamente, aunque sus propios hijos no le habrían negado ese honor.
Luego el Predicador dice que un nacimiento prematuro es mejor que él. Un niño llevado del vientre a la tumba es mejor que un hombre rico y mundano. Es como el fruto que cae del árbol antes de madurar, que es mejor que el fruto que se deja allí hasta que se pudre. En medio de su angustia, Job pensó que el destino de un nacimiento prematuro era mejor que su propio estado de sufrimiento (Job 3:16). Pero aquí Salomón dice que es mejor que la condición de un hombre mundano en la cima de su éxito, cuando el mundo parece sonreírle.
Salomón reconoce que un nacimiento prematuro es triste en muchos sentidos (Eclesiastés 6:4-5). Viene al mundo en vanidad porque, en lo que se refiere a esta vida, alguien que nace solo para morir de inmediato nació para nada. Se va en oscuridad. Se le presta poca o ninguna atención. Como nacimiento prematuro, no tiene nombre o, si lo tuvo, pronto se olvida y queda sepultado en el olvido. Está cubierto de oscuridad, así como el cuerpo queda cubierto por la tierra.
Además, no ha visto el sol, sino que de la oscuridad del vientre pasa directamente a la oscuridad de la tumba. Peor aún, no ha conocido nada y, por tanto, se ha perdido el gran privilegio y honor de ser humano. Quienes viven en una ignorancia voluntaria y no conocen nada de verdadera importancia son poco mejores que un nacimiento prematuro que no ha visto el sol ni ha conocido nada.
Aun así, Salomón dice que esto es mejor que la vida de un avaro codicioso. El nacimiento prematuro tiene más descanso, porque al menos tiene algo de descanso, mientras que el avaro no tiene ninguno. El nacimiento prematuro no tiene problemas ni inquietud, pero la otra persona siempre está agitada y solo se causa problemas a sí misma. Mientras más corta es la vida, más largo es el descanso. Cuantos menos días tenemos y menos tratamos con este mundo problemático, menos dificultades conocemos.
La razón es que todos van a un mismo lugar para descansar, y el nacimiento prematuro llega allí más pronto (Eclesiastés 6:6). El que vive mil años va al mismo lugar que el niño que vive menos de una hora (Eclesiastés 3:20). La tumba es el lugar donde todos nos encontramos. Sean cuales sean las diferencias entre las personas en este mundo, todas mueren. Todas están bajo la misma sentencia y, exteriormente, sus muertes se parecen.
La tumba es, tanto para ricos como para pobres, nobles y humildes, instruidos y sin educación, una tierra de silencio, oscuridad, separación de los vivos y sueño. Es el lugar de encuentro común para todos. Allí se encuentran quienes vivieron poco y quienes vivieron muchos años. Uno llega rápidamente y el otro más lentamente, pero ambos terminan en el mismo polvo, y sus restos yacen mezclados, sin distinción.
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De este capítulo
Eclesiastés 6:2
"un hombre a quien Dios ha dado riquezas, bienes y honor, de modo que a su alma no le falta nada de todo lo que desea; pero Dios no le da poder para comer de ello, sino que un extraño se lo come. Esto es vanidad y una mala enfermedad."
Eclesiastés 6:3
"Si un hombre engendra cien hijos y vive muchos años, de modo que los días de sus años sean muchos, pero su alma no se llena de bienes y además no recibe sepultura, digo que un nacimiento prematuro es mejor que él."
Eclesiastés 6:4
"Porque viene con vanidad y se va en la oscuridad, y su nombre será cubierto por la oscuridad."
Eclesiastés 6:5
"Además, no ha visto el sol ni ha conocido nada; este tiene más descanso que el otro."
Eclesiastés 6:6
"Aunque viva dos veces mil años, no ha visto ningún bien. ¿No van todos a un mismo lugar?"
Eclesiastés 6:7
"Todo el trabajo del hombre es para su boca, y aun así su apetito no queda satisfecho."
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