Versículo destacado

Eclesiastés 3:16 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Además, vi bajo el sol que en el lugar del juicio estaba la maldad, y que en el lugar de la justicia estaba la iniquidad. "

Eclesiastés 3:16

menu_book El versículo en contexto

14 Sé que todo lo que Dios hace permanecerá para siempre; nada se le puede añadir ni nada se le puede quitar. Y Dios lo hace para que los hombres teman ante él.

15 Lo que ha sido existe ahora; y lo que ha de ser ya ha sido; y Dios reclama lo pasado.

16 Además, vi bajo el sol que en el lugar del juicio estaba la maldad, y que en el lugar de la justicia estaba la iniquidad.

17 Dije en mi corazón: Dios juzgará al justo y al malvado, porque allí hay un tiempo para cada propósito y para cada obra.

18 Dije en mi corazón, acerca de la condición de los hijos de los hombres, que Dios los manifestara y que ellos vieran que ellos mismos son bestias.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Salomón sigue mostrando que todo en este mundo es vacío sin la piedad y el temor de Dios. Si se quita la fe, nada tiene verdadero valor entre los seres humanos; nada que una persona sabia consideraría digno de vivir. En estos versículos muestra que el poder, que las personas desean más que casi cualquier otra cosa, y la vida misma, a la que se aferran con tanta fuerza, no significan nada sin el temor de Dios.

Primero muestra el vacío del poder humano, aun cuando alcanza su nivel más alto. Se refiere a un gobernante, un juez, alguien cuya autoridad es respetada y cuyas decisiones son confiables; si se guía por la fe, actúa como representante de Dios en la tierra. En las Escrituras, incluso se le llama dios a una persona así; sin embargo, sin el temor de Dios, todo esto es vanidad.

Si un juez no juzga con rectitud, no usa bien el poder, sino que abusa de él. En vez de hacer el bien, causa daño, y entonces su cargo se convierte en algo más que vanidad: se convierte en una mentira y en un engaño para él mismo y para todos los que lo rodean (Eclesiastés 3:16). Salomón sabía, por los escritos antiguos, por los informes de otras tierras y por los jueces corruptos que había visto —incluso en Israel, a pesar de sus esfuerzos por nombrar hombres buenos—, que con frecuencia la maldad ocupaba el lugar del juicio. Pero no sucede así por encima del sol. Dios no hace nada malo ni tuerce la justicia.

Sin embargo, bajo el sol, el mismo lugar que debería proteger al inocente puede convertirse en una prisión para él. Cuando se honra a las personas, pero estas no entienden lo que deben hacer, se vuelven como las bestias que perecen, incluso como animales salvajes que se alimentan de otros (Salmo 49:20). No solo quienes se sientan a juzgar, sino también los tribunales donde debería administrarse la justicia, pueden llenarse de maldad. A veces las personas encuentran su mayor injusticia precisamente en el lugar al que acudieron en busca de ayuda.

Esto es vanidad y aflicción. Para el pueblo habría sido mejor no tener jueces que tener jueces así. Para los jueces habría sido mejor no tener poder que tenerlo y usarlo tan mal. Un día ellos mismos reconocerán esto.

El juez también será juzgado por no juzgar con rectitud. Cuando Salomón vio que la justicia era pervertida entre los seres humanos, levantó la mirada hacia Dios, el verdadero Juez, y miró hacia el día de su juicio (Eclesiastés 3:17). En efecto, está diciendo que este juicio injusto no es la última palabra, porque habrá otra revisión. Dios juzgará entre el justo y el malvado. Defenderá al justo, aunque ahora sea oprimido, y juzgará a los malvados por sus leyes injustas y sus órdenes crueles (Isaías 10:1).

Por la fe podemos ver no solo el fin del orgullo y la crueldad de los opresores, sino también su castigo (Salmo 92:7). Para quienes sufren, es un gran consuelo saber que su caso volverá a ser escuchado. Por eso deben esperar con paciencia, porque otro Juez ya está a la puerta. Aunque el sufrimiento dure mucho tiempo, todavía hay un tiempo señalado para cada asunto y para cada obra que se hace bajo el sol. Las personas pueden tener su día ahora, pero el día de Dios viene (Salmo 37:13). Con Dios hay un tiempo para que los casos vuelvan a ser escuchados, los males sean corregidos y las decisiones injustas sean revocadas, aunque todavía no lo veamos aquí (Job 24:1).

Luego Salomón habla de manera más general sobre la vida y la muerte humanas. Muestra que la razón humana, sin la fe y el temor de Dios, eleva a las personas solo un poco por encima de las bestias. Con este relato quiere lograr dos cosas. Primero, quiere que Dios sea honrado y reconocido como justo, para que las personas dejen de culparlo. Si la vida humana está llena de vacío y aflicción, deben culparse a sí mismas, no a Dios. Dios no hizo el mundo como una prisión para el ser humano ni la vida como su castigo. Hizo a la humanidad con honra y consuelo, un poco menor que los ángeles. Si las personas son bajas y miserables, es por culpa de ellas mismas.

Segundo, quiere que las personas sean humilladas. Quiere que vean que son como las bestias cuando viven sin Dios. Es difícil convencer a los orgullosos de que solo son seres humanos (Salmo 9:20). Más difícil aún es convencer a los pecadores de que son como las bestias, porque sin la fe se parecen a las bestias que perecen, como los caballos y las mulas, que no tienen entendimiento. Los opresores orgullosos son como animales salvajes, como leones que rugen y osos que andan errantes. En realidad, toda persona que solo se preocupa por el cuerpo y no por el alma se rebaja al nivel de un animal, y al menos debería desear morir como uno.

Salomón demuestra esto señalando que la persona mundana, dominada por la carne y atada a la tierra, no tiene ventaja sobre una bestia, porque todo aquello en lo que pone su corazón, en lo que confía y de lo que espera obtener felicidad es vanidad (Eclesiastés 3:19). Algunos consideran estas palabras la voz de un ateo que excusa su pecado al negar un juicio futuro (Eclesiastés 3:16-17) y afirma que no hay vida después de esta. Pero otros, con mayor probabilidad, piensan que Salomón está expresando su propio pensamiento y enseñando el mismo punto que su padre: que las personas son como ovejas destinadas al sepulcro (Salmo 49:14). Está mostrando el vacío de la riqueza y la honra de este mundo al comparar la condición exterior de los seres humanos con la de las bestias.

Con frecuencia, los acontecimientos que les suceden a ambos parecen ser los mismos (Eclesiastés 3:19). Lo que ocurre con el cuerpo humano se parece mucho a lo que ocurre con el cuerpo de los animales. Gran parte del conocimiento sobre el cuerpo humano se ha aprendido mediante el estudio de los animales. Cuando el diluvio arrasó el mundo antiguo, las bestias murieron junto con la humanidad. En la guerra, los caballos y las personas mueren por las mismas armas.

A simple vista, el final de ambos también parece ser el mismo. Todos tienen un solo aliento y respiran el mismo aire. Las Escrituras describen a ambos diciendo que el aliento de vida está en sus narices (Génesis 7:22). Así como muere uno, muere el otro. En la muerte no se ve ninguna diferencia. La muerte produce en una bestia un cambio muy parecido al que produce en un ser humano. En cuanto a sus cuerpos, el cambio es exactamente el mismo, aparte del respeto diferente que los sobrevivientes les muestran.

Si una persona recibe el vergonzoso entierro de un burro (Jeremías 22:19), no tiene ninguna ventaja sobre un animal. Bajo la ley de Moisés, tocar un cuerpo humano muerto producía una impureza ceremonial mayor que tocar el cadáver de una bestia o un ave inmunda. Salomón también señala aquí que todos van al mismo lugar. Los cuerpos de las personas y de los animales se descomponen de la misma manera, y ambos provienen del polvo, porque todos volvemos al polvo al morir.

Por eso no tenemos razón para enorgullecernos de nuestro cuerpo ni de nuestras capacidades físicas. Pronto volverán a la tierra, y lo harán de la misma manera que los cuerpos de las bestias. Nuestro polvo se mezclará con el de ellas. Esto debería humillarnos e impedir que demos demasiado valor a las cosas externas.

Sin embargo, sí existe una diferencia real entre sus espíritus, aunque nuestros ojos no puedan verla, como dice Eclesiastés 3:21. El espíritu humano asciende al morir. Va al Padre de los espíritus, quien lo creó, y al mundo espiritual al que pertenece. No muere con el cuerpo, sino que es rescatado del poder del sepulcro (Salmo 49:15). Asciende para ser juzgado y entrar en un estado inmutable.

En cambio, el espíritu de una bestia desciende a la tierra. Muere con el cuerpo, y ese es su fin. Al morir, el alma de una bestia es como una vela cuya llama se apaga al soplarla: ya no queda luz. El alma de una persona al morir es como una vela que se saca de una linterna oscura: la linterna queda inútil, pero la vela misma brilla con mayor claridad.

Esta es una gran diferencia entre los seres humanos y los animales, y nos da una razón poderosa para poner el corazón en las cosas de arriba. Debemos elevar el alma hacia las realidades celestiales y no permitir que se aferre a esta tierra como el alma de las criaturas irracionales. Sin embargo, pocas personas perciben realmente esta diferencia. No podemos ver con nuestros ojos físicos cómo asciende el espíritu de una persona y desciende el de un animal. Por eso, quienes viven únicamente según lo que pueden ver, los carnales y sensuales, no tienen una perspectiva mejor que la de las bestias según su propia manera de pensar (Isaías 53:1).

Muy pocas personas reflexionan seriamente sobre esto. Si lo hicieran, el mundo sería mucho mejor. La mayoría vive como si fuera a permanecer aquí para siempre o como si la muerte acabara con todo. No sorprende que las personas vivan como bestias cuando piensan que morirán como bestias. En ese caso, las nobles facultades de la razón se desperdician.

De aquí surge una enseñanza práctica (Eclesiastés 3:22): en lo que se refiere a este mundo, no hay nada mejor que alegrarse en el propio trabajo. Esto significa, en primer lugar, mantener una conciencia limpia y no permitir nunca que la maldad ocupe el lugar donde debe estar la justicia. Que cada persona examine su propia obra y sea aprobada por Dios en ella, para que pueda alegrarse en sí misma delante de Dios (Gálatas 6:4). No debe obtener ni conservar nada que no pueda disfrutar con una buena conciencia (2 Corintios 1:12).

En segundo lugar, debe vivir con alegría. Si Dios ha prosperado el trabajo de nuestras manos, debemos disfrutarlo y hallar consuelo en ello. No debemos convertirlo en una carga para nosotros y dejar que otros disfruten de sus beneficios. Esa es nuestra porción en esta vida, no la porción de nuestra alma. Quienes tienen su porción únicamente en esta vida son desdichados (Salmo 17:14), y los necios son quienes eligen eso y se conforman con ello (Lucas 12:19). Aun así, es solo la porción del cuerpo; debemos recibir lo que podamos tener aquí y aprovecharlo de la mejor manera.

La razón es sencilla: nadie puede mostrarnos qué sucederá después de que nos hayamos ido, quién recibirá nuestras posesiones ni cómo las usará. Cuando muramos, probablemente no veremos lo que sucederá después de nosotros. No se conoce una conexión entre este mundo y el venidero (Job 14:21). Quienes estén en el mundo venidero estarán tan completamente ocupados allí que no les preocupará lo que suceda aquí. Y mientras estamos vivos, tampoco podemos saber qué vendrá después de nosotros, ya sea en nuestras familias o en la vida pública.

No nos corresponde conocer los tiempos y las circunstancias que vendrán después de nosotros. Eso debería hacernos estar menos ansiosos por este mundo y tomar más en serio el mundo venidero. Puesto que la muerte es una despedida definitiva de esta vida, debemos mirar hacia la vida que viene después de ella.

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