Versículo destacado

Eclesiastés 2:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Dije en mi corazón: «Vamos ahora, te probaré con alegría; por tanto, disfruta del placer». Y he aquí, esto también es vanidad. "

Eclesiastés 2:1

menu_book El versículo en contexto

1 Dije en mi corazón: «Vamos ahora, te probaré con alegría; por tanto, disfruta del placer». Y he aquí, esto también es vanidad.

2 De la risa dije: «Está loca»; y de la alegría: «¿Qué hace?».

3 Busqué en mi corazón entregarme al vino, mientras guiaba mi corazón con sabiduría, y aferrarme a la necedad, hasta ver qué era bueno que hicieran los hijos de los hombres bajo el cielo durante todos los días de su vida.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Salomón, en su búsqueda del bien supremo y de la verdadera felicidad de la vida humana, dejó su estudio, su biblioteca, su taller y la sala del consejo. En cambio, se dirigió al parque y al teatro, a su jardín y a su casa de campo. Dejó la compañía de los filósofos y de los líderes serios, y se unió a la gente ingeniosa y elegante de la corte para ver si allí podía encontrarse una satisfacción verdadera.

Este fue un gran descenso: pasó de los nobles placeres de la mente a los placeres inferiores de los sentidos. Sin embargo, si quería hacer una prueba completa, también tenía que recorrer este camino, porque muchas personas creen haber encontrado allí la felicidad. Decidió poner a prueba lo que podían lograr la risa y el ingenio; quería saber si una persona podía ser verdaderamente feliz al entretenerse siempre a sí misma y a los demás con bromas, ocurrencias, burlas e historias graciosas. Quería comprobar si la diversión interminable podía traer contentamiento.

Descubrió que mucha sabiduría suele traer mucho dolor, y que las personas serias pueden inclinarse a la tristeza. Por eso se dijo: «Vamos ahora, te probaré con alegría». En otras palabras, vería si el deleite y la diversión podían satisfacer su corazón. Tenía todas las ventajas, tanto internas como externas, para hacerlo. Así que decidió darle una oportunidad justa al placer y desechar las preocupaciones, como si de ese modo pudiera asegurarse la felicidad.

Muchas personas pueden estar alegres sin tener las riquezas ni las comodidades de Salomón. Incluso los pobres pueden ser joviales, como muestra el dicho sobre los mendigos en un granero. La alegría es un placer de la imaginación y, aunque es inferior a los gozos sólidos de la razón, sigue siendo mejor que los placeres puramente carnales y vulgares. Algunos dicen que los seres humanos no solo somos animales racionales, sino también animales capaces de reír.

Entonces Salomón evaluó el resultado: «Esto también es vanidad». No le dio una satisfacción verdadera. Dijo que la risa era una locura y, acerca de la alegría y de todas las formas de entretenimiento, preguntó: «¿Qué logra?». La alegría inocente, practicada con moderación, en el momento adecuado y de manera apropiada, es algo bueno. Puede preparar a una persona para el trabajo y aliviar las dificultades de la vida. Pero cuando se vuelve excesiva, es necia y vacía.

No produce ningún beneficio real. ¿De qué sirve? No puede aquietar una conciencia culpable ni aliviar de verdad un espíritu afligido. Cantar canciones alegres a un corazón apesadumbrado resulta profundamente desagradable. La risa puede distraer por un momento, pero no satisface el alma. En el mejor de los casos, solo ofrece un alivio temporal de los problemas presentes. Una gran carcajada muchas veces termina en un suspiro.

También causa mucho daño. Salomón la llama locura porque a menudo hace que las personas actúen insensatamente y las conduce a comportamientos necios que avergüenzan tanto a la razón como a la fe. Quienes aman demasiado la diversión suelen olvidar cómo tomarse las cosas en serio. Mientras se entregan a la música y al placer, en la práctica le dicen a Dios: «Déjanos tranquilos» (Job 21:12, Job 21:14). Podemos examinarnos, como lo hizo Salomón, preguntándonos cómo respondemos a la alegría. ¿Podemos estar alegres y ser sabios? ¿Podemos usarla como una salsa, y no como nuestro alimento? Pero no necesitamos repetir el experimento de Salomón para conocer la respuesta. Podemos confiar en su juicio: es una locura y no logra nada.

Entonces Salomón descubrió que, si la risa no podía satisfacer, quizá los placeres del paladar sí podrían hacerlo. Como el conocimiento por sí solo no llenaba el corazón, decidió ver qué podían lograr el consumo libre de alimentos y el vino. Dice que buscó en su corazón entregarse al vino, es decir, a la buena comida y la bebida. Muchas personas corren tras estos placeres sin pensarlo, preocupadas únicamente por satisfacer su apetito. Pero Salomón abordó el asunto con reflexión, como quien realiza una prueba honesta.

No se permitió estos placeres hasta haberse agotado primero en el estudio serio. Solo después de que aumentó su dolor pensó en entregarse al vino. Cuando nos hemos cansado haciendo el bien, podemos renovarnos con los dones de Dios. Los placeres de los sentidos se usan correctamente cuando se emplean como una medicina, solo cuando son necesarios, así como Timoteo bebía un poco de vino por causa de su salud (1 Timoteo 5:23).

También consideraba toda esta búsqueda como una necedad, y se adentró en ella con cierta resistencia. No quería que la necedad lo dominara. Quería tomarla y medirla, para ver hasta dónde podía llegar en su intento de hacer felices a las personas. Sin embargo, descubrió que era más difícil de controlar de lo que esperaba. Al mismo tiempo, se aseguró de mantener la sabiduría a su lado. Quería administrar sus placeres con sabiduría, para que no le hicieran daño ni lo dejaran incapaz de juzgarlos con imparcialidad.

Así que, mientras daba gusto a su cuerpo con vino, guiaba su corazón con sabiduría. Continuó buscando conocimiento y no se volvió insensible ni quedó gobernado por el placer. Sus estudios y sus banquetes servían de contrapeso entre sí, y puso a prueba si unirlos podría darle la satisfacción que no había encontrado en ninguno de los dos por separado.

Salomón lo probó personalmente, pero descubrió que era vacío. Quienes creen que pueden entregarse al vino y conservar la sabiduría en el corazón se engañan a sí mismos, igual que quienes piensan que pueden servir a Dios y al dinero. El vino es un burlador y un gran engañador. Nadie puede decir con seguridad: «Llegaré hasta aquí y no más» cuando se trata del vino.

Su objetivo no era el placer por sí mismo, sino descubrir qué hace verdaderamente buena la vida de las personas. Quería poner a prueba esa afirmación junto con todo lo demás. Describe la felicidad humana como el bien que las personas deben hacer bajo el cielo todos los días de su vida. Lo que debemos buscar no es principalmente el bien que recibimos, pues eso podemos dejarlo en manos de Dios, sino el bien que hacemos. Esa debe ser nuestra preocupación. La pregunta se parece a la de los Evangelios: «Maestro bueno, ¿qué bien haré?». La felicidad no se encuentra en estar ociosos, sino en hacer lo correcto y mantenernos ocupados de una manera buena. Si hacemos lo bueno, sin duda encontraremos consuelo y aprobación en ello.

Es bueno hacer esto bajo el cielo, mientras todavía estamos aquí en este mundo, mientras es de día y dura nuestro tiempo de actuar. Esta vida es nuestro tiempo de trabajo y servicio. En el mundo venidero recibiremos lo que nuestras obras merezcan. Nuestros hechos nos seguirán hasta allí. Y este bien debe hacerse todos los días de nuestra vida. Debemos continuar haciéndolo hasta el final, durante todos los días que Dios nos conceda. Él ha contado nuestros días, y todos deben usarse como él lo disponga.

Pero que alguien se entregue al vino con la esperanza de encontrar en él la mejor manera de vivir es absurdo. Ahora Salomón mismo lo reconoce. Es imposible que eso sea el bien que las personas deben hacer. No; claramente es algo muy malo.

Al darse cuenta enseguida de que el vino era una necedad, probó después los placeres costosos y los entretenimientos de los príncipes y de los grandes. Tenía ingresos muy abundantes, y los gastó de maneras que complacían sus propios gustos y lo hacían parecer grande. Se dedicó mucho a construir, tanto en la ciudad como en el campo. Como al principio de su reinado ya había gastado tanto en construir una casa para Dios, era más comprensible que después decidiera construir para sí mismo. Había comenzado en el lugar correcto, buscando primero la casa y el reino de Dios (Mateo 6:33), a diferencia de quienes revisten sus propias casas mientras la casa de Dios permanece en ruinas (Hageo 1:4).

Al construir, también tuvo la satisfacción de emplear a los pobres y proporcionar algo duradero para las generaciones futuras. Las construcciones de Salomón, descritas en 1 Reyes 9:15-19, fueron grandes obras, apropiadas para su riqueza, su carácter y su alta posición. Sin embargo, aquí estuvo su error: preguntó qué buenas obras debía hacer y luego se dedicó a grandes proyectos. Las buenas obras son verdaderamente grandes, pero muchas cosas que las personas llaman grandes obras no son buenas en absoluto. Pueden parecer impresionantes, pero no son santas ni agradables a Dios (Mateo 7:22).

También amaba la jardinería, que puede cautivar a las personas tanto como la construcción. Plantó viñas, favorecido por el suelo y el clima de la tierra de Canaán. Se hizo jardines y huertos (Eclesiastés 2:5). El arte de la jardinería quizá no era menos desarrollado entonces que ahora. Tenía bosques de árboles maderables y también árboles de toda clase de fruto, todos plantados por su propia mano. Si alguna actividad terrenal podía hacer feliz a una persona, sin duda habría sido un trabajo como el de Adán en su estado de inocencia.

Gastó mucho en obras hidráulicas, estanques y canales, no para jugar, sino para utilizarlos en el riego del bosque donde crecían los árboles (Eclesiastés 2:6). Él plantaba y regaba, y después dejaba el crecimiento en manos de Dios. Los manantiales de agua son una gran bendición (Josué 15:19), pero cuando la naturaleza los proporciona, la habilidad humana debe dirigirlos para que sean útiles (Proverbios 21:1).

También aumentó su casa. Como planeaba grandes obras, necesitaba muchos trabajadores. Por eso adquirió siervos y siervas, comprados con su dinero, además de siervos nacidos en su propia casa (Eclesiastés 2:7). De esta manera creció su séquito y su corte se volvió más espléndida. Véase Esdras 2:58.

Tampoco descuidó los asuntos del campo. Disfrutaba de ellos y obtenía beneficios, y ni el estudio ni el placer le impedían atenderlos. Poseía grandes cantidades de ganado, rebaños y manadas, como su padre antes que él (1 Crónicas 27:29, 1 Crónicas 27:31). No olvidó que su padre David había sido pastor. Quienes trabajan con ganado no deben menospreciar su labor ni cansarse de ella. Salomón cuenta el ganado entre sus grandes obras y placeres.

También llegó a ser muy rico, y sus construcciones y jardines no lo dejaron en la pobreza, como les sucede a muchas personas, que después llaman a esas cosas vanidad y aflicción. Salomón repartía sus riquezas y, aun así, aumentaban. Llenó de plata y oro sus tesoros, pero estos no permanecían simplemente guardados. La riqueza circulaba por todo su reino, hasta el punto de que en Jerusalén la plata era tan común como las piedras (1 Reyes 10:27). También poseía los tesoros especiales de reyes y provincias: objetos valorados por su riqueza y rareza, más que por la plata y el oro. Los reyes cercanos y las provincias lejanas le enviaban regalos costosos para ganarse su favor y escuchar sus sabios consejos.

Tenía toda clase de cosas agradables y entretenidas, así como todo tipo de música, cantada e instrumental. Había cantores y cantoras, las mejores voces que podía encontrar, además de todos los instrumentos de viento y de cuerda que se usaban en aquel tiempo. Su padre tenía un don para la música, pero parece que él la empleaba más para la adoración que su hijo. Salomón la usaba más para disfrutar. Estas cosas se llaman los deleites de los seres humanos, porque la mayoría de las personas pone su corazón en los placeres de los sentidos. Los deleites de los hijos de Dios son de una clase muy diferente: puros, espirituales y celestiales, como los que corresponden a los ángeles.

Disfrutó, más que cualquier hombre anterior a él, de una combinación de reflexión y placer sensorial al mismo tiempo. En esto fue superior a todos los que lo habían precedido, porque conservó su sabiduría mientras estaba rodeado de mil deleites terrenales. Resultaba extraño y poco común que sus placeres no arruinaran su juicio ni su conciencia. En medio de todos esos entretenimientos, su sabiduría permaneció con él (Eclesiastés 2:9). Incluso entre placeres infantiles, mantuvo firme su espíritu, conservó el dominio de sí mismo y permitió que la razón gobernara sobre el deseo. Tenía una reserva tan grande de sabiduría que ese estilo de vida no la agotó ni la debilitó, como habría sucedido con cualquier otro hombre.

Nadie debe tomar esto como permiso para dar rienda suelta a sus deseos pecaminosos y pensar que aun así podrá conservar su sabiduría. La mayoría de las personas no posee la profundidad de sabiduría que tenía Salomón, y aun él se dejó desviar. No puede decirse que su sabiduría permaneciera intacta cuando se apartó tanto de la verdadera religión que construyó altares para dioses falsos con el fin de complacer a sus esposas extranjeras.

Sin embargo, su sabiduría permaneció con él en el sentido de que era dueño de sus placeres y no su esclavo. Todavía podía juzgarlos por lo que realmente eran. Entró en territorio enemigo, no como un desertor, sino como un espía, para ver cómo era en realidad.

Aun así, su juicio y su conciencia no restringieron sus placeres ni le impidieron buscar la experiencia más completa que los sentidos y las comodidades podían ofrecer, como dice Eclesiastés 2:10. Alguien podría sostener que, si la sabiduría permanecía con él, no habría podido darse la libertad necesaria para experimentar plenamente esas cosas. La respuesta de Salomón fue que se permitió tanta libertad como cualquier persona pudiera tener: no se negó nada de lo que sus ojos deseaban, siempre que pudiera obtenerlo por medios legítimos, aunque fuera difícil o costoso.

Tampoco negó a su corazón ningún motivo de alegría que deseara. No privó a su mente de ningún placer, sino que, usando plenamente su sabiduría, disfrutó de sus deleites tanto como cualquier persona entregada al placer. Nada en sus circunstancias ni en su interior hacía que esos placeres fueran amargos o insípidos. En resumen, encontró verdadero placer en su trabajo. «Mi corazón se alegró de todo mi trabajo»; así que su esfuerzo no arruinó su disfrute.

Tampoco obtuvo menos beneficio de su trabajo. No sufrió decepciones que lo perturbaran. «Esta fue mi parte de todo mi trabajo». No solo podía ver el resultado de sus esfuerzos, sino también disfrutarlo. Eso era todo lo que había esperado de su trabajo, y bastaba para hacerlo más agradable poder disfrutar de sus logros; también hacía más agradables sus placeres saber que provenían de su trabajo. En conjunto, era tan feliz como el mundo podía hacerlo.

Finalmente llegamos al juicio que hizo cuidadosamente sobre todo esto, en Eclesiastés 2:11. Cuando el Creador terminó sus grandes obras, las contempló y vio que todo era muy bueno. Todo le agradaba. Pero cuando Salomón examinó todo lo que habían hecho sus manos, junto con todo el esfuerzo y el cuidado que había invertido para hacerse cómodo y feliz, nada estuvo a la altura de sus expectativas. Descubrió que todo era vanidad y aflicción de espíritu. No obtuvo de ello satisfacción duradera ni verdadera ganancia. No había provecho debajo del sol, ni en el trabajo mismo ni en los placeres que producía.

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