Versículo destacado

Eclesiastés 12:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Acuérdate ahora de tu Creador en los días de tu juventud, antes de que lleguen los días malos y se acerquen los años en que digas: «No encuentro placer en ellos»; "

Eclesiastés 12:1

menu_book El versículo en contexto

1 Acuérdate ahora de tu Creador en los días de tu juventud, antes de que lleguen los días malos y se acerquen los años en que digas: «No encuentro placer en ellos»;

2 antes de que se oscurezcan el sol, la luz, la luna y las estrellas, y regresen las nubes después de la lluvia;

3 el día en que tiemblen los guardianes de la casa, se encorven los hombres fuertes, dejen de moler los que muelen porque son pocos y se oscurezcan los que miran por las ventanas;

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí encontramos un llamado a los jóvenes para que piensen en Dios y cumplan con su deber hacia él mientras son jóvenes: «Acuérdate ahora de tu Creador en los días de tu juventud». Esta es la propia enseñanza del Predicador después de todo lo que ha dicho acerca de la vaciedad del mundo y de todo lo que hay en él. Los jóvenes pueden esperar grandes cosas del mundo, pero quienes ya lo han probado saben que no es así. El mundo no ofrece satisfacción duradera al alma. Por eso, para no dejarse engañar por su vacío y para sufrir menos por causa de él, hay que recordar al Creador y protegerse del daño que produce confiar en las cosas creadas.

Este también es el remedio del médico para las tentaciones particulares de la juventud, especialmente el amor por la diversión y la búsqueda excesiva de los placeres del cuerpo. La juventud tiende naturalmente a dejarse llevar por lo vano, así que la cura es recordar al Creador. Esta es una gran responsabilidad. Debemos recordar a Dios como nuestro Creador, no solo reconociendo que él nos hizo y que nosotros no nos hicimos a nosotros mismos, sino también dándole el honor y la obediencia que le debemos como nuestro Hacedor. Aquí se usa el plural «Creadores», como en Job 35:10: «¿Dónde está Dios, mis Hacedores?», porque Dios dijo: «Hagamos al ser humano», refiriéndose al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. El momento apropiado para cumplir con este deber son los días de la juventud: los días de elección, los mejores días. Hay que comenzar desde el principio. Debemos tenerlo presente desde jóvenes, mantenerlo en el pensamiento durante toda la juventud y nunca olvidarlo. Así se resisten las tentaciones propias de esa etapa y se aprovechan bien sus fuerzas.

También hay una razón para este mandato: debemos hacerlo antes de que lleguen los días malos y antes de que vengan los años en que digamos: «No encuentro placer en ellos». Hay que hacerlo pronto, antes de que lleguen la enfermedad y la muerte. Hay que hacerlo mientras estamos vivos, porque después de la muerte será demasiado tarde: la muerte nos habrá sacado del tiempo de prueba y nos habrá llevado al lugar de la recompensa y del juicio. Los días de enfermedad y de muerte son días malos, terribles para la naturaleza humana y verdaderamente malos para quienes han olvidado a su Creador. Tarde o temprano llegarán. Si todavía no han llegado, es porque Dios tiene paciencia con nosotros y nos da oportunidad de arrepentirnos. Que la vida continúe solo significa que la muerte se ha retrasado; mientras dure ese retraso, debemos prepararnos. Debemos buscar un cambio en la manera en que la muerte nos encuentre, para poder morir en paz.

También debemos hacerlo antes de que llegue la vejez, si la muerte no llega primero. La vejez trae años en los que una persona dice: «No encuentro placer en ellos». Entonces los placeres de los sentidos pierden su atractivo, como le ocurrió a Barzilai, el anciano que apoyó a David, en 2 Samuel 19:35. Después llega la debilidad física, y una persona puede ser anciana y ciega, o anciana y coja. La capacidad de ser útil disminuye, y las fuerzas se convierten solamente en cansancio y tristeza. Luego mueren los seres queridos, o uno tiene que ver cómo ellos se cansan de nosotros. Entonces la vida parece una muerte gradual. Esos años se acercan, cuando todo lo que queda parece vacío. Los meses restantes son meses de vanidad, y el único placer está en recordar una vida bien vivida y esperar una vida mejor en el cielo.

Los versículos siguientes ampliarán estas dos razones, aunque lo harán en orden inverso. Mostrarán cuántos problemas trae la vejez y qué poco placer suelen ofrecer esos años. Esta es una razón poderosa para volver a Dios y reconciliarnos con él mientras somos jóvenes, sin esperar hasta la vejez. No es ningún mérito abandonar los pecados cuando los pecados ya nos han abandonado, ni regresar a Dios solamente cuando nos vemos obligados a hacerlo. Es una gran vergüenza y una gran necedad entregar al diablo la mejor y más dulce parte de nuestros días, y darle a Dios únicamente las sobras, los restos y lo que desechamos. Eso sería como ofrecer en sacrificio animales desgarrados, cojos y enfermos. También es necio dejar una tarea necesaria para la vejez, cuando exige nuestras mejores fuerzas y nuestras capacidades ya han disminuido. Peor aún, muchos años de pecado hacen más difícil esa tarea, porque la culpa se acumula en la conciencia y añade peso a las cargas de la edad.

Si la vejez trae los problemas que aquí se describen, entonces necesitaremos apoyo y consuelo cuando lleguemos a ella. Nada ayudará más que una conciencia limpia que pueda decir que comenzamos temprano a recordar a nuestro Creador y nunca dejamos de hacerlo. ¿Cómo podemos esperar que Dios nos ayude en la vejez si no queremos servirle en la juventud? Véase Salmo 71:17-18.

Aquí se describen las debilidades y dificultades de la vejez mediante imágenes muy vívidas. Algunas pueden resultarnos difíciles porque ya no usamos las mismas expresiones e imágenes que se usaban en los tiempos de Salomón. Sin embargo, el punto principal es claro: por lo general, la vejez es incómoda. Primero, «el sol y la luz, la luna y las estrellas se oscurecen». Para las personas mayores, las cosas parecen oscurecerse porque la vista se debilita. El rostro pierde su brillo y su belleza. También se debilitan las facultades mentales, pues fallan la comprensión y la memoria, y la agilidad de pensamiento y la imaginación ya no son como antes. Los días de alegría han quedado atrás, porque la luz suele representar la felicidad y la prosperidad. Ya no disfrutan plenamente ni de la actividad del día ni del descanso de la noche, pues tanto el sol como la luna parecen oscurecerse para ellos.

Después, «las nubes vuelven después de la lluvia». Cuando el clima está lluvioso, una nube sigue a otra y un aguacero es seguido por el siguiente. Lo mismo ocurre con las personas mayores. Cuando pasa un dolor o una enfermedad, pronto llega otro. Sus problemas son como un goteo constante en un día de lluvia intensa. En este mundo, el fin de una dificultad muchas veces es solamente el comienzo de otra. Las personas mayores suelen sufrir enfermedades persistentes, como una lluvia que empapa, mientras siguen regresando más nubes. Sus cuerpos, por así decirlo, se van desgastando poco a poco.

Luego, «tiemblan los guardianes de la casa». La cabeza, que es como una torre de vigilancia, tiembla. Los brazos y las manos, que deberían proteger el cuerpo, también tiemblan y se debilitan cuando se acerca algún peligro. La fuerza de las capacidades del cuerpo, que antes funcionaban con firmeza para defenderse, desaparece. Las personas mayores se desaniman con facilidad y pierden pronto el valor.

En cuarto lugar, «se encorvan los hombres fuertes». Las piernas y los muslos, que antes sostenían el cuerpo y cargaban con su peso, se debilitan y se doblan con la edad. Las personas mayores que antes eran fuertes se encorvan y ya no pueden desplazarse como antes; además, se cansan rápidamente, como se ve en Zacarías 8:4. Dios no se complace en la fuerza de las piernas humanas, Salmo 147:10, porque esa fuerza pronto desaparece. Pero el Señor Jehová tiene fuerza eterna, y sus brazos nunca se debilitan.

En quinto lugar, «dejan de trabajar los molineros, porque son pocos». Los dientes, que muelen la comida y la preparan para la digestión, dejan de cumplir su función porque quedan muy pocos. Están desgastados y rotos, y a veces han tenido que extraerse porque causaban dolor. Algunas personas mayores pierden todos los dientes y otras conservan solo unos cuantos. Esto es algo serio, porque los alimentos que no se mastican bien tampoco se digieren bien, y eso afecta muchas otras debilidades propias de la vejez.

En sexto lugar, «se oscurece la vista de los que miran por las ventanas». Los ojos se debilitan, como los de Isaac en Génesis 27:1 y los de Ahías en 1 Reyes 14:4. Moisés fue una excepción, porque a los 120 años todavía tenía buena vista; pero en la mayoría de las personas mayores la vista falla muy temprano. Es una bondad que los lentes ayuden a la naturaleza. Debemos usar bien nuestra vista mientras todavía la tenemos, porque la luz de los ojos puede apagarse antes de que termine la vida.

En séptimo lugar, «se cierran las puertas que dan a la calle». Las personas mayores permanecen dentro de casa y sienten menos interés por salir a lugares públicos. Los labios, que son las puertas de la boca, se cierran al comer, porque ya no hay dientes y el sonido de la molienda es débil. Ya no tienen el mismo control sobre los alimentos dentro de la boca que antes, y no pueden masticar ni digerir como lo hacían. Por eso, llega poco grano al molino.

En octavo lugar, «se levantan al canto de un ave». Ya no duermen profundamente como los jóvenes; cualquier ruido pequeño los despierta, incluso el canto de un ave. Pueden toser durante la noche y levantarse al canto del gallo, tan pronto como alguien comienza a moverse. También pueden estar ansiosos y desconfiados, llenos de preocupaciones, y eso les impide dormir. Algunos incluso pueden ser supersticiosos y asustarse ante los llamados de ciertas aves, como los cuervos o las lechuzas, que los adivinos consideran señales de mal agüero.

En noveno lugar, «se debilitan todas las hijas del canto». Ya no tienen ni voz ni oído. Ya no pueden cantar ni disfrutar de la música como Salomón en su juventud, cuando tenía cantores, cantoras e instrumentos musicales, Eclesiastés 2:8. Las personas mayores suelen quedarse sordas y tienen menos capacidad para distinguir un sonido de otro.

En décimo lugar, «tienen miedo de las alturas». Les da miedo subir a lugares altos, ya sea porque les falta el aire, porque se marean o porque les fallan las piernas. Incluso pueden temer que algo elevado caiga sobre ellos. Hay peligros en el camino. Ya no pueden montar ni caminar con la seguridad de antes, sino que temen casi todo lo que encuentran a su paso, por miedo a caerse.

En undécimo lugar, florece el almendro. El cabello de la persona mayor se vuelve blanco, de modo que su cabeza parece un almendro en flor. El almendro florece antes que cualquier otro árbol, y por eso representa adecuadamente la rapidez con que la vejez llega a las personas. Llega antes de lo que esperan y más rápido de lo que imaginaban. Las canas aparecen aquí y allá, y apenas se dan cuenta de ellas.

En duodécimo lugar, la langosta se vuelve una carga y el deseo desaparece. Las personas mayores pueden soportar muy poco. Hasta lo más liviano les parece pesado, tanto en el cuerpo como en la mente, y un asunto pequeño puede abatirlas y quebrantarlas. Tal vez la langosta era considerada un alimento fácil de digerir, como las que comía Juan el Bautista, pero aun eso cae pesadamente en el estómago de un anciano. Así, el deseo se desvanece: ya no tiene apetito ni interés en el deseo sexual, como se menciona en Daniel 11:37. Las personas mayores se vuelven lentas y cansadas, y los placeres de los sentidos pierden su sabor.

Es probable que Salomón haya escrito esto cuando él mismo era anciano y podía hablar por experiencia acerca de las dificultades de la vejez. Tal vez esas dificultades le llegaron más pronto porque se había entregado a los placeres sensuales. Algunas personas soportan la vejez mejor que otras, pero, en mayor o menor medida, los días de la vejez son días difíciles y con poco placer. Por eso debemos tener mucho cuidado de honrar a las personas mayores, ofrecerles algo que les ayude a sobrellevar estas cargas y evitar añadirles más peso.

Todo esto nos da una razón poderosa para acordarnos de nuestro Creador en nuestra juventud, para que él nos recuerde con favor cuando lleguen esos días difíciles. Entonces sus consuelos podrán alegrar nuestra alma cuando los placeres de los sentidos se hayan desvanecido en gran medida. También se nos muestra cuánto cambia la muerte y que la muerte impedirá o pondrá fin a las dificultades de la vejez. Nada más puede mantenerlas alejadas, y nada más puede curarlas. Por eso, acuérdate de tu Creador en tu juventud, porque la muerte ciertamente está delante de ti y quizá esté muy cerca. Morir es algo serio, y esto debería impulsarte a prepararte con mucho cuidado y urgencia.

La muerte nos dejará en una condición que ya no podrá cambiarse. Entonces la persona irá a su hogar eterno, y todas las enfermedades y pérdidas de la vejez serán solo señales de que se acerca ese traslado final. Al morir, deja este mundo y todo su trabajo y sus placeres. Se va para siempre, en lo que se refiere a su vida presente. Va a su hogar, porque aquí solo fue extranjera y peregrina. Tanto el alma como el cuerpo regresan al lugar de donde vinieron (Eclesiastés 12:7). Va a descansar, al lugar donde permanecerá. Va a su hogar, a la casa que verdaderamente corresponde a su mundo, porque este mundo no es suyo. Va a su hogar eterno, porque los días en la tumba serán muchos. Va a su casa de la eternidad: no solo una casa de la que nunca volverá a este mundo, sino la casa donde tendrá que permanecer para siempre. Esto debería hacernos estar dispuestos a morir, porque al morir vamos a casa. ¿Por qué no anhelaríamos la casa de nuestro Padre? También debería impulsarnos a prepararnos, porque entonces iremos a nuestro hogar eterno, a una morada perdurable.

La muerte también traerá tristeza a los amigos que nos amaron. Cuando una persona va a su hogar eterno, los que lloran recorren las calles: tanto los que realmente están de luto como los contratados para cumplir con la ceremonia, vestidos para mostrar públicamente el dolor y despertar un pesar verdadero en los demás. Cuando morimos, no solo nos trasladamos a un lugar triste que está delante de nosotros; también dejamos tristeza atrás. A los muertos se les deben lágrimas, y esta es otra razón por la que la muerte es algo serio.

Pero es inútil ir a la casa del duelo y observar a los que lloran en las calles si eso no nos hace tomar la vida en serio ni nos conduce a una devoción personal y sincera delante de Dios, aun en secreto.

La muerte desarmará toda la estructura de nuestra vida terrenal y derribará esta «casa terrenal» del cuerpo, que Eclesiastés 12:6 describe tan bien. Entonces se soltará el «cordón de plata» que unía de manera admirable el alma y el cuerpo; ese vínculo santo se romperá y esos antiguos compañeros se verán obligados a separarse. Entonces se quebrará el «tazón de oro» que contenía para nosotros las aguas de la vida. También se romperá junto al manantial el cántaro que usábamos para sacar agua, sostener continuamente la vida y reparar su desgaste, de modo que ya no podrá traer más. Y se romperá la rueda, es decir, todos los órganos que reúnen y transmiten el alimento, incapaces ya de cumplir su función.

El cuerpo será como un reloj cuyo resorte se ha roto: todos sus engranajes se detienen y toda la máquina queda inmóvil. Se desarma. El corazón ya no late y la sangre deja de circular. Algunos aplican esta imagen a los adornos y utensilios de la vida. Las personas ricas tendrán que dejar atrás sus prendas y muebles de plata y oro cuando mueran, y las personas pobres tendrán que dejar atrás sus cántaros de barro. Incluso quienes sacan agua encontrarán su rueda rota.

La muerte también nos devolverá a nuestros elementos originales, como dice Eclesiastés 12:7. La persona es una criatura extraña: un rayo del cielo unido a un terrón de tierra. Al morir, estas dos partes se separan y cada una vuelve al lugar de donde vino. Primero, el cuerpo, ese terrón de barro, vuelve a la tierra que le corresponde. Fue formado de la tierra, y el cuerpo de Adán también fue hecho de esa manera. Estamos formados del mismo material. Es una casa de barro. Al morir, se coloca en la tierra y, al poco tiempo, vuelve a convertirse en tierra, sin diferencia de la suciedad común, tal como Dios dijo: «Polvo eres, y al polvo volverás» (Génesis 3:19).

Por eso no debemos alimentar los deseos del cuerpo ni consentirlo demasiado. Pronto será alimento para los gusanos. No debemos permitir que el pecado gobierne en nuestro cuerpo mortal, porque es mortal (Romanos 6:12). Segundo, el alma, ese rayo de luz, vuelve a Dios, quien la formó. Cuando Dios hizo al ser humano del polvo de la tierra, sopló en él aliento de vida para convertirlo en un ser viviente (Génesis 2:7), y él forma el espíritu de cada persona dentro de ella.

Cuando el fuego quema la madera, la llama se eleva y las cenizas vuelven a la tierra de donde provenía la madera. El alma no muere con el cuerpo. Es rescatada del poder de la tumba (Salmos 49:15). Puede existir sin el cuerpo y continuará en ese estado separado. Como una vela que al sacarla de un farol oscuro arde con mayor brillo, el alma va al mundo de los espíritus, al que pertenece.

Va ante Dios como Juez, para responder por sí misma y ser colocada ya sea con los espíritus encarcelados (1 Pedro 3:19) o con los espíritus del paraíso (Lucas 23:43), según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo. Esto hace que la muerte sea aterradora para los malvados, porque sus almas van ante Dios como aquel que vengará el pecado. Pero trae consuelo a los piadosos, cuyas almas van ante Dios como ante un Padre. Por medio de un Mediador, es decir, alguien que lleva a los pecadores ante Dios, ellos entregan con alegría sus almas en sus manos. Sin ese Mediador, los pecadores tienen toda razón para temer presentarse ante Dios.

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