Versículo destacado

Eclesiastés 10:4 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Si el espíritu del gobernante se levanta contra ti, no abandones tu lugar, porque ceder apacigua grandes ofensas. "

Eclesiastés 10:4

menu_book El versículo en contexto

2 El corazón del sabio está a su derecha, pero el corazón del necio está a su izquierda.

3 Aun cuando el necio va por el camino, le falta sabiduría y les dice a todos que es un necio.

4 Si el espíritu del gobernante se levanta contra ti, no abandones tu lugar, porque ceder apacigua grandes ofensas.

5 Hay un mal que he visto bajo el sol, como un error que procede del gobernante:

6 La necedad es puesta en gran dignidad, y los ricos se sientan en un lugar bajo.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Estos versículos buscan mantener a los súbditos leales y cumplidores con el gobierno. En los días de Salomón, el pueblo era próspero y vivía con comodidad, lo cual quizá los había vuelto orgullosos e impacientes. Cuando los impuestos eran altos, aunque pudieran pagarlos, muchos tal vez actuaban con atrevimiento contra el gobierno y amenazaban con rebelarse. Salomón presenta varias advertencias necesarias para detener ese espíritu.

En primer lugar, los súbditos no deben convertir una queja privada en una disputa con su gobernante. Si el enojo del gobernante se levanta contra alguien por causa de una información equivocada o por algún error cometido, esa persona no debe abandonar su puesto ni olvidar su deber. Tampoco debe renunciar, en un arrebato de enojo, a su lugar en el servicio del gobernante ni perder toda esperanza de recuperar su favor. Conviene esperar un poco; quizá el gobernante no permanezca para siempre enojado, porque una respuesta apacible puede calmar ofensas graves.

Salomón habla aquí por sí mismo y también en nombre de todo gobernante sabio y bueno. Él podía perdonar a quienes se humillaban, incluso después de haber provocado su enojo. Es más seguro y mejor ceder ante un gobernante airado que enfrentarse con él.

En segundo lugar, los súbditos no deben iniciar una disputa con su gobernante simplemente porque los asuntos públicos no se manejan exactamente como ellos quisieran. Salomón reconoce que hay un mal que se ve con frecuencia en este mundo: un error del gobernante que solo el gobernante puede corregir. Sucede cuando las personas no son promovidas según sus méritos, sino que se concede gran honor y poder a hombres insensatos, mientras los capaces y prósperos son mantenidos en posiciones inferiores. Esa es una mala señal para cualquier nación, especialmente cuando los malvados ascienden y las personas dignas son detenidas.

Salomón presenta otra imagen del mismo problema: ha visto a siervos montar a caballo como príncipes, mientras los príncipes se han visto obligados a caminar a pie como siervos. No está hablando principalmente del origen humilde de esas personas, sino de su carácter bajo y servil. A veces Dios usa esta situación para castigar a un pueblo pecador. Pero, en la medida en que proviene de las decisiones del gobernante, sigue siendo un error grave y una carga pesada para el pueblo. Con todo, es un error que ocurre bajo el sol, y será corregido por encima del sol, donde solo la sabiduría y la santidad reciben el honor verdadero.

Aun si un gobernante comete errores de esa clase, los súbditos no deben abandonar su lugar, levantarse contra el gobierno ni planear cambiarlo por la fuerza. Y los gobernantes no deben llevar las cosas tan lejos que pongan en el poder a personas tan indignas que pisoteen los antiguos límites de la constitución y amenacen con destruirla. Ninguna de las dos partes debe imponer cambios violentamente ni intentar quebrantar un orden nacional establecido, porque eso resulta peligroso para todos.

Salomón muestra esta verdad mediante cuatro comparaciones, todas destinadas a advertirnos que no nos hagamos daño por actuar precipitadamente. Si alguien cava un hoyo para otra persona, es muy probable que él mismo caiga en él. Si los príncipes se convierten en tiranos o los súbditos en rebeldes, la historia muestra lo que suele suceder después. Es mejor que ambos permanezcan dentro de los límites que les corresponden.

Si alguien rompe una cerca, especialmente una cerca antigua que ha servido durante mucho tiempo como límite, una serpiente escondida allí puede morderlo (Hechos 28:3). Dios ha establecido los derechos y las autoridades de los príncipes como una cerca. Él protege de manera especial a quienes ocupan esos cargos. Por eso, quienes planean traición contra su paz, su corona y su honor en realidad están preparando su propia ruina.

Si alguien quita piedras para derribar una pared o un edificio, las piedras pueden caer sobre él y herirlo. Quienes intentan cambiar un gobierno bien formado y establecido, con el argumento de que solo están corrigiendo sus defectos, pronto descubren lo difícil que es construir algo mejor. Es más fácil encontrar fallas que mejorar las cosas, y muchas veces terminan lastimándose en medio de la ruina que ellos mismos provocaron.

Si alguien corta madera, especialmente con herramientas deficientes, el trabajo mismo lo pone en peligro. Las astillas pueden volar hacia su rostro, o el hierro del hacha puede desprenderse y golpearlo. De la misma manera, cuando intentamos vencer problemas difíciles mediante la fuerza y la violencia, podemos descubrir que el intento mismo nos causa daño.

Por eso, tanto los gobernantes como el pueblo deben tratarse mutuamente con sabiduría, gentileza y dominio propio. La sabiduría ayuda al gobernante a tratar con un pueblo inquieto de tal manera que no lo vuelva peor, ya sea actuando con descuido y alentando su agitación, o siendo tan severo que lo provoque a rebelarse. La sabiduría también ayuda a los súbditos a tratar con un gobernante duro de una manera que no lo aleje todavía más, sino que procure ganarlo mediante súplicas humildes, sumisión paciente y medios pacíficos, no mediante exigencias orgullosas como las que se hicieron a Roboam (1 Reyes 12).

La misma regla se aplica a todas nuestras relaciones si queremos que la paz y el bienestar perduren. La sabiduría nos lleva a escoger métodos suaves y a evitar los violentos. También nos enseña a afilar la herramienta que debemos usar, en vez de dejarla desafilada y obligarnos a esforzarnos más de lo necesario.

Podemos ahorrarnos mucho trabajo y evitar muchos peligros si afilamos la herramienta antes de cortar. Es decir, debemos pensar de antemano y planear qué conviene decir y hacer en cada situación difícil, para adaptarnos a ella y realizar la tarea con fluidez y facilidad, tanto para los demás como para nosotros mismos. La sabiduría nos enseña a preparar y capacitar tanto a nosotros mismos como a quienes trabajan bajo nuestra dirección, no para actuar con engaño (Salmo 52:2), sino para trabajar con limpieza y habilidad. El segador no pierde tiempo cuando afila su hoz.

La sabiduría también nos enseña a tratar con una serpiente que debemos enfrentar, en vez de intentar superarla silbando más fuerte, como dice Eclesiastés 10:11. Una serpiente muerde a menos que sea encantada mediante cantos o música, y por eso se tapa los oídos (Salmo 58:4-5). De la misma manera, un hablador excesivo no es menos difícil para quienes tienen que tratar con él. Por eso, no debemos pensar que podemos vencerlo hablando más alto o durante más tiempo, sino tratándolo con sabiduría y cuidado.

Un gobernante que usa libremente su lengua, uno que puede decir lo que quiere, es tan peligroso como una serpiente que no ha sido encantada. Pero si se le responde con el encanto de una sumisión amable y humilde, es posible estar a salvo. En esto resulta útil la sabiduría, junto con la gentileza que procede de ella. La paciencia prolongada puede persuadir a un gobernante (Proverbios 25:15). Jacob ganó el favor de Esaú con un regalo, y Abigail ganó el favor de David. Cuando alguien tiene la libertad de decir todo lo que quiere, la sabiduría aconseja evitar cualquier palabra que pueda provocarlo.

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