Versículo destacado
Deuteronomio 4:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Ahora, pues, escucha, Israel, los estatutos y los juicios que les enseño para que los cumplan, a fin de que vivan, entren y posean la tierra que el Señor, Dios de sus padres, les da. "
Deuteronomio 4:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Ahora, pues, escucha, Israel, los estatutos y los juicios que les enseño para que los cumplan, a fin de que vivan, entren y posean la tierra que el Señor, Dios de sus padres, les da.
2 No añadirán nada a la palabra que yo les mando ni quitarán nada de ella, para que guarden los mandamientos del Señor su Dios que yo les mando.
3 Los ojos de ustedes han visto lo que el Señor hizo a causa de Baal Peor: el Señor tu Dios destruyó de entre ustedes a todos los hombres que siguieron a Baal Peor.
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Este discurso tan importante y conmovedor es tan completo, y repite sus enseñanzas con tanta frecuencia, que conviene considerarlo como un todo al explicarlo. No es fácil dividirlo en párrafos separados; por eso ayuda reunir sus enseñanzas en partes claras.
En general, Moisés está aplicando la historia que acabamos de considerar. Su discurso surge como una conclusión de todo lo que Dios había hecho: «Ahora, pues, escucha, Israel» (Deuteronomio 4:1). Nosotros también debemos responder de esa manera cuando recordamos la providencia de Dios, su gobierno sabio y su cuidado sobre nuestra vida. La historia de tiempos pasados también debe llevarnos a la obediencia.
El propósito principal del discurso de Moisés es exhortar a Israel a permanecer cerca de Dios y a servirle solo a él. Les advierte que no se aparten para seguir a ningún otro dios ni se alejen de su deber hacia el Señor. Habla con mucha fuerza y persuasión: les da instrucciones y, al mismo tiempo, les presenta razones para obedecer.
Primero, les ordena prestar cuidadosa atención a la palabra de Dios y a los estatutos y juicios que él les enseñó: «Escucha, Israel». No quiere decir solamente que debían escucharlo en ese momento. Quiere decir que, cada vez que se leyera la ley, debían escuchar con atención. Debían recibir los mandamientos de Dios como asuntos de suma importancia, tanto porque proceden de Dios como porque tienen que ver con su propia alma. En Horeb, otro nombre del monte Sinaí, Dios hizo que escucharan sus palabras de una manera extraordinaria (Deuteronomio 4:10). La atención que entonces se les exigió debía convertirse ahora en un hábito constante, porque las cosas que Dios habló son buenas y de gran peso. Lo que Dios habló una vez debemos escucharlo una y otra vez.
Segundo, Moisés les dice que conserven pura e íntegra la ley de Dios (Deuteronomio 4:2). No deben añadirle nada ni quitarle nada. Algunos entienden esto como una prohibición de quebrantar la ley en la práctica, haciendo lo que está prohibido o dejando de hacer lo que se manda. Otros lo entienden como una prohibición de añadir ideas humanas a la adoración de Dios, como si sus mandamientos estuvieran incompletos, o de quitar algo que él estableció, considerándolo innecesario. La obra de Dios es perfecta, y nadie puede añadirle ni quitarle nada sin empeorarla (Eclesiastés 3:14). Los judíos entendieron esta instrucción de manera muy estricta, aplicándola incluso a las palabras de la ley misma, hasta la letra más pequeña. Ese cuidado ayudó a preservar para nosotros el texto hebreo. Una advertencia semejante aparece al final del Nuevo Testamento (Apocalipsis 22:18-19).
Tercero, les ordena obedecer los mandamientos de Dios, no solo escucharlos (Deuteronomio 4:2, 5, 14; 6:13). Escuchar debe conducir a actuar, y el conocimiento debe llevarse a la práctica. Los mandamientos de Dios eran el camino por el que debían andar y la norma que debían seguir. Su ley moral debía guiar su conducta; sus ritos establecidos, su adoración; y sus leyes judiciales, la manera en que administrarían justicia. Moisés termina el capítulo con el mismo mandato: «Guardarán sus estatutos y sus mandamientos» (Deuteronomio 4:40). Las leyes se establecen para que se cumplan.
Cuarto, Moisés les dice que sean muy cuidadosos y vigilantes al obedecer la ley (Deuteronomio 4:9, 15, 23). Les dice: «Ten cuidado de ti mismo» y «guarda tu alma con diligencia». Quienes desean vivir piadosamente deben actuar con cautela y mantenerse alerta. Como enfrentamos muchas tentaciones y tenemos en el corazón muchas inclinaciones pecaminosas, necesitamos examinarnos de cerca y proteger nuestro corazón con cuidado. Nadie camina rectamente si vive sin cuidado.
Quinto, les advierte especialmente contra la idolatría, el pecado que enfrentarían con mayor intensidad entre las naciones que los rodeaban y al que sus propios corazones se inclinarían con más facilidad. Este pecado ofendería a Dios más que cualquier otro y les causaría el mayor daño. «Tengan mucho cuidado de no corromperse en este asunto» (Deuteronomio 4:15-16). Moisés advierte contra dos formas de idolatría.
Una consiste en adorar imágenes, aun cuando las personas afirmen que usan la imagen para adorar al Dios verdadero, como Israel lo había hecho con el becerro de oro. Eso cambia la verdad de Dios por una mentira y convierte su gloria en vergüenza. El segundo mandamiento se dirige directamente contra esta práctica, y Moisés lo desarrolla aquí (Deuteronomio 4:15-18). Esa adoración corrompe a las personas interiormente, porque forma en la mente ideas falsas acerca de Dios y abre la puerta a toda clase de maldad. También es una forma de infidelidad espiritual. Además, puede destruirlas. No debían hacer ninguna imagen de Dios en forma humana, masculina o femenina, ni en forma de ningún animal, ave, serpiente o pez. Las naciones paganas adoraban a sus dioses mediante imágenes como estas, aunque la verdad es evidente: lo que fabrica un artesano no puede ser Dios (Oseas 8:6). Representar al Espíritu infinito mediante una imagen, o al gran Creador mediante algo creado, es un grave insulto contra Dios y una mentira peligrosa para nosotros mismos.
Para impedir que hicieran tales imágenes, Moisés les recuerda que, cuando Dios se reveló en Horeb, lo hizo mediante una voz con palabras que llegaron a sus oídos. Así les enseñó que la fe viene por el oír y que Dios se encuentra con nosotros en su palabra. No recibieron ninguna imagen para sus ojos. Ver a Dios tal como él es pertenece al gozo de la vida venidera; verlo de manera equivocada solo nos hace daño en este mundo. No vieron ninguna semejanza, ninguna forma ni ninguna imagen visible (Deuteronomio 4:12, 15). Quizás esperaban ver algo, pues en otra ocasión habían querido abrirse paso hasta la presencia del Señor para contemplarlo (Éxodo 19:21). Pero lo que vieron fue solo fuego y resplandor, nada que pudieran convertir en un ídolo. Dios lo dispuso sabiamente de esa manera debido al peligro de la idolatría.
A Moisés mismo se le permitió ver la semejanza del Señor (Números 12:8), porque Dios sabía que no era probable que cayera en la idolatría. Pero el pueblo acababa de salir de Egipto, donde había contemplado con admiración los ídolos; por eso no debía ver ninguna semejanza de Dios. Si hubieran visto una, podrían haberla copiado y luego pensar que el segundo mandamiento solo prohibía las imágenes distintas de aquella. El obispo Patrick señala que podrían haber razonado así: «Esto solo prohíbe cualquier imagen excepto aquella mediante la cual Dios se nos mostró». Debemos tomar esto como una advertencia contra fabricar imágenes de Dios en nuestra mente cuando lo adoramos. Puede haber ídolos en el corazón aun cuando no haya ninguno en el santuario.
Otra forma de idolatría contra la que fueron advertidos consistía en adorar al sol, la luna y las estrellas (Deuteronomio 4:19). Esta era una de las formas más antiguas de idolatría y también una de las más atractivas. Estos cuerpos celestes están por encima de nosotros, brillan con gran belleza y sirven al mundo entero; por eso las personas se sentían impulsadas a honrarlos. Precisamente ese atractivo hacía peligrosa la tentación.
Moisés muestra cuán fuerte puede ser la tentación cuando las personas viven guiadas por lo que ven. Les advierte que no se dejen llevar por su propia imaginación ni por las costumbres de las naciones que los rodean. El corazón está muy dispuesto a seguir a los ojos. Al contemplar el sol, la luna y las estrellas, las personas pueden admirar tanto su altura, su brillo, su movimiento constante y su poder útil, que terminan dándoles la gloria que pertenece a Aquel que los creó. Se necesita verdadera firmeza para resistir esta tentación cuando la fe en un Dios invisible y en un mundo invisible es débil.
Sin embargo, Moisés también muestra cuán débil es esa tentación cuando las personas piensan correctamente. El sol, la luna y las estrellas no son dioses. Son regalos del Señor su Dios, dados a todas las naciones. Es absurdo adorarlos, porque solo son siervos creados para dar luz sobre la tierra. En hebreo, el sol se llama *shemesh*, una palabra que significa «siervo», porque sirve a todo el mundo visible. No debemos honrar como señor a aquello que fue creado para servirnos. Y como toda su utilidad proviene de Dios, es incorrecto darles la alabanza que pertenece únicamente a él.
Moisés también ordenó al pueblo que enseñara las leyes de Dios a sus hijos y a los hijos de sus hijos (Deuteronomio 4:9-10). De esta manera, el conocimiento y la adoración de Dios debían continuar de una generación a la siguiente. La vida de fe en Israel debía permanecer entre ellos, a menos que quebrantaran el pacto y perdieran ese privilegio. Por lo tanto, los padres debían esforzarse especialmente por enseñar a sus hijos a temer a Dios y por instruirlos para que obedecieran sus mandamientos.
También les advirtió que no olvidaran su deber: «Tengan cuidado de no olvidar el pacto del Señor su Dios» (Deuteronomio 4:23). Dios nunca olvida su pacto, pero nosotros lo olvidamos con facilidad. Esa es la raíz de muchas formas de apartarse de Dios. Por eso debemos protegernos de todo lo que pudiera sacar su pacto de nuestra mente. Tenemos que vigilar nuestro corazón, porque la fe puede desvanecerse con facilidad si vivimos descuidadamente. El cuidado, la cautela y la santa vigilancia son la mejor ayuda contra una memoria que falla.
Estos son los mandamientos que Moisés les dio. Ahora debemos fijarnos en las razones que presentó para respaldarlos. No los dejó sin argumentos sólidos; de hecho, habló plenamente en nombre de Dios. Algunas de sus razones eran particulares para Israel, pero muchas también se aplican a nosotros. Al final, queda claro que la fe tiene la razón de su lado, aunque las personas descuidadas se tapen los oídos para no escucharla.
Uno de los principales argumentos de Moisés es la grandeza, la gloria y la bondad de Dios. Si realmente reflexionáramos en quién es el Dios con el que tenemos que tratar, tomaríamos en serio nuestro deber hacia él y no nos atreveríamos a pecar contra él. Primero les recuerda que el Señor Jehová es el único Dios verdadero y viviente (Deuteronomio 4:39). Muchas cosas se conocen, pero no nos hacen ningún bien porque no pensamos en ellas ni las aplicamos a nuestra propia vida. Esta verdad es tan evidente que difícilmente puede negarse, y tan poderosa que, si las personas realmente la consideraran, cambiaría el mundo.
El Señor Jehová es Dios: un ser infinito y eterno, que existe por sí mismo y es completamente suficiente en sí mismo, la fuente de toda vida, poder y movimiento. Él es Dios en los cielos, revestido de toda gloria y gobernando a todas las huestes celestiales. También es Dios en la tierra, y aunque la tierra está muy lejos de su trono, nunca queda fuera de su mirada ni de su cuidado. No existe otro Dios verdadero y viviente aparte de él. Los dioses de las naciones eran solo imitaciones falsas y usurpadores. Los israelitas, que adoraban únicamente al Dios supremo, no tenían excusa si se apartaban de él o lo descuidaban.
También les recuerda que Dios es fuego consumidor y Dios celoso (Deuteronomio 4:24). Por eso debían tener cuidado de no ofenderlo. En primer lugar, él ve cualquier insulto contra su honor y no comparte su gloria con rivales. Exige amor y adoración completos. El celo de Dios por su pueblo es una buena razón para que vigilemos nuestra propia vida.
En segundo lugar, Dios tiene poder para castigar los insultos, especialmente cuando se trata de la adoración, porque es particularmente celoso en ese aspecto. Él es fuego consumidor. Su ira contra los pecadores es terrible y destructiva: un juicio ardiente que destruirá a sus enemigos (Hebreos 10:27). El fuego solo quema aquello que puede ser consumido, y la ira de Dios cae sobre quienes, por su propio pecado, se han preparado para la destrucción (1 Corintios 3:13; Isaías 27:4). El Nuevo Testamento presenta la misma advertencia y nos exhorta a servir a Dios con reverencia, porque él sigue siendo fuego consumidor, aunque también es nuestro Dios y el gozo de quienes le sirven fielmente (Hebreos 12:28-29).
En tercer lugar, Moisés les recuerda que Dios es misericordioso, como vemos en Deuteronomio 4:31. Menciona esto para animarlos a arrepentirse, pero también para respaldar la obediencia y ayudarlos a no apartarse. No tiene sentido abandonar a un Dios misericordioso, un Dios que no nos abandonará si permanecemos fieles a él. No encontraríamos ningún lugar mejor. Tampoco debemos olvidar el pacto de nuestro Dios, porque él no olvida el pacto que hizo con nuestros padres. Dejemos que el amor nos mantenga firmes en nuestro deber y que la misericordia de Dios nos mueva a permanecer cerca de él.
Moisés también les señala su relación con Dios, la autoridad que él tiene sobre ellos y el deber que le deben. «Los mandamientos que deben guardar y obedecer», dice Moisés, «no son míos. No son mis ideas ni mis órdenes, sino los mandamientos del Señor, formados por una sabiduría perfecta y respaldados por un poder supremo». Él es el Señor, el Dios de sus padres (Deuteronomio 4:1), por lo que le pertenecen por su linaje familiar. Sus padres eran de él, y ellos habían nacido en su casa. Él es el Señor su Dios (Deuteronomio 4:2), por lo que también le pertenecen por su propia decisión. Él es el Señor mi Dios (Deuteronomio 4:5), por lo que Moisés les hablaba como siervo y mensajero suyo. En el nombre de Dios, Moisés les dio todo lo que había recibido del Señor, y solamente lo que había recibido de él.
Moisés también los anima a reconocer cuán sabio es vivir conforme a la ley de Dios: «Esta es su sabiduría ante los ojos de las naciones» (Deuteronomio 4:6). Si guardaban los mandamientos de Dios, actuarían sabiamente para su propio bien. Eso no solo era correcto, sino que también contribuía a su verdadero bienestar. Esta es una de las verdades más antiguas de la Escritura: «El temor del Señor es la sabiduría» (Job 28:28).
También responderían a las expectativas de las naciones que los rodeaban. Cuando los demás pueblos escucharan o leyeran la ley dada a Israel, concluirían que aquel era, sin duda, un pueblo sabio e inteligente. Es razonable esperar grandes cosas de quienes tienen la revelación de Dios y a quienes se les han confiado sus palabras. Debían ser más sabios y mejores que los demás, y lo serían si vivían conforme a las normas que habían recibido. Si no lo hacían, por un tiempo la vergüenza podría caer sobre la religión que afirmaban seguir, pero al final recaería sobre ellos en el juicio. Quienes disfrutan de la luz y la ley de Dios deben vivir de una manera que mantenga honorable su nombre y dé gloria a Dios (véase Eclesiastés 10:1).
Moisés luego señala las bendiciones especiales que Israel disfrutaba por su buena relación con Dios (Deuteronomio 4:7, 4:8). Nuestra comunión con Dios, que es el mayor honor y gozo que podemos tener en este mundo, se mantiene viva por medio de su palabra y de la oración. En ambas cosas, Israel era más bendecido que cualquier otro pueblo de la tierra. Ningún pueblo había recibido un privilegio tan grande para acercarse a Dios (Deuteronomio 4:7). Él estaba cerca de ellos en todo aquello por lo que lo invocaban: dispuesto a responder sus preguntas por medio de su revelación y sus oraciones por medio de su providencia. Cuando clamaban por pan, agua o sanidad, descubrían que él estaba cerca para ayudarlos y rescatarlos, como una ayuda siempre presente en medio de ellos (Salmo 46:1, Salmo 46:5). Su oído estaba atento a sus oraciones.
Observemos tres cosas. Primero, el pueblo de Dios se caracteriza por invocarlo en toda necesidad. Le da a conocer cada petición y busca su dirección en todo. Segundo, quienes invocan a Dios ciertamente lo encontrarán cerca, dispuesto a responder con paz toda oración que nace de la fe. Así lo vemos en Isaías 58:9. Él es como un padre que responde al clamor de su hijo y le dice: «Aquí estoy. ¿Qué pasa, hijo mío?». Tercero, este privilegio hace verdaderamente grande y honorable al pueblo de Dios. No hay nada que pueda elevar más a una persona o a una nación que esta cercanía con Dios. Ningún nombre es más noble que el de Israel, un príncipe con Dios.
Otras naciones podían jactarse de tener una población más numerosa, territorios más extensos o una historia más antigua, pero ninguna podía presumir de tener una cercanía semejante con el cielo. Tenían sus dioses, pero esos dioses no estaban cerca de ellas como el Dios de Israel estaba cerca de su pueblo, ni podían ayudarlas en sus dificultades como él ayudaba a Israel (1 Reyes 18:27).
Ningún pueblo había recibido un privilegio tan grande para escuchar a Dios por medio de los estatutos y los juicios que él había puesto delante de ellos (Deuteronomio 4:8). Esto también hacía grande a Israel por encima de las demás naciones. Ningún otro pueblo tenía estatutos y juicios tan rectos. Todas las leyes de Dios son perfectamente justas y correctas, muy superiores a las leyes de cualquier nación. La ley de Dios es mucho mejor que la ley humana. Ninguna ley concuerda tan plenamente con la justicia natural, con la razón clara y con la armonía de todas sus partes. Ninguna ley contribuye tanto al bien de la humanidad como la ley de la Escritura (Salmo 119:128).
Tener estos estatutos y juicios delante de ellos es la verdadera grandeza de cualquier pueblo (Salmo 147:19, Salmo 147:20). Es un honor que la Biblia sea respetada y tenga un lugar entre nosotros. Esto demuestra que un pueblo goza de una posición elevada ante Dios y también lo ayuda a ocupar un lugar honorable entre las naciones. Quienes honran la ley serán honrados por ella.
Moisés luego les recuerda la gloriosa manifestación de Dios en el monte Sinaí, donde les dio esta ley. Lo enfatiza con fuerza: «Tengan cuidado y no olviden el día en que estuvieron delante del Señor su Dios en Horeb» (Deuteronomio 4:10). Algunos de ellos todavía vivían y podían recordarlo, aunque en aquel tiempo tenían menos de veinte años. De los demás podía decirse que habían estado allí en sus padres, quienes recibieron la ley y entraron en el pacto, no solo por ellos mismos, sino también por sus hijos. Dios tenía especialmente presentes a los hijos cuando dio la ley, para que ellos la enseñaran a sus propios hijos.
Debían recordar dos cosas, que en principio nunca podrían olvidar. Primero, debían recordar lo que vieron en el monte Sinaí (Deuteronomio 4:11). Vieron fuego y oscuridad juntos, una escena extraña y aterradora. Cada elemento hacía que el otro resultara aún más impresionante. La oscuridad hacía que el fuego pareciera más espantoso, y el fuego hacía que la oscuridad pareciera más profunda y terrible. Los fuegos nocturnos son los que más atemorizan, y aquel fuego en medio de la oscuridad hizo que toda la escena pareciera más solemne. La oscuridad era tan densa que aquel fuego no logró disiparla.
De esa manera, más adelante Dios habla de manifestarse a favor de su pueblo y contra sus enemigos por medio del fuego y la oscuridad juntos (Salmo 18:8, Salmo 18:9). En Deuteronomio 4:36, Moisés vuelve a mencionar lo que ellos vieron porque Dios quería que nunca lo olvidaran: «Les mostró su gran fuego».
Un solo relámpago, ese fuego del cielo, llena de asombro a las personas. Algunos han observado que muchas criaturas vuelven naturalmente el rostro hacia el relámpago, como si estuvieran listas para recibir su efecto. Si esto es así, ¡cuánto más aterrador debe ser un fuego constante que desciende del cielo! Era un anticipo del día del juicio, cuando el Señor Jesús aparecerá entre llamas de fuego.
Moisés les recuerda no solo lo que vieron, sino también lo que no vieron: no vieron ninguna forma ni semejanza de Dios. Por eso no tenían razón para hacerse una imagen de él en su mente ni en sus lugares elevados de adoración. Lo que vieron de Dios bastaba para demostrar que es infinitamente poderoso y perfecto, pero no daba motivo para imaginarlo con un cuerpo como el nuestro.
También les recuerda lo que oyeron en el monte Sinaí (Deuteronomio 4:12). El Señor les habló con una voz clara, en su propio idioma, y ellos la escucharon. Moisés desarrolla este tema hacia el final de su discurso (Deuteronomio 4:32, 33, 36). Primero, oyeron la voz de Dios hablando desde el cielo. Dios se manifiesta a todo el mundo en la creación, sin palabras ni lenguaje, y aun así su voz se escucha (Salmo 19:1-3). Pero a Israel se dio a conocer mediante palabras habladas, descendiendo así a la debilidad de la iglesia en su etapa inicial.
También lo oyeron desde en medio del fuego, lo cual mostraba que era Dios mismo quien hablaba. ¿Quién más podría habitar en medio de un fuego devorador? Dios le habló a Job desde el torbellino, algo aterrador. A Israel le habló desde el fuego, que era aún más temible. Debemos agradecerle a Dios que no nos hable de esa manera, sino por medio de personas como nosotros, cuyo temor no nos aleja (Job 33:6, 7).
Ellos oyeron y, sin embargo, vivieron (Deuteronomio 4:33). Fue una gran misericordia que el fuego no los destruyera y que no murieran de miedo, aun cuando el propio Moisés temblaba. Nunca antes ningún pueblo había oído algo semejante. Moisés les dice que pregunten acerca de tiempos pasados y tierras lejanas, y no encontrarán otro ejemplo de que Dios haya favorecido de esa manera a un pueblo (Deuteronomio 4:32). Un honor tan especial exigía una obediencia especial. Como Dios había hecho mucho más por ellos que por las demás naciones, era justo esperar más de ellos.
Moisés también los anima a recordar los actos bondadosos de Dios al sacarlos de Egipto, del horno de hierro donde los obligaban a trabajar duramente. Dios los formó como pueblo y luego los tomó como suyos: un pueblo apartado para ser su herencia (Deuteronomio 4:20). Moisés vuelve a mencionar esto en Deuteronomio 4:34, 37, 38. Dios nunca había hecho algo semejante por ninguna otra nación, y el surgimiento de Israel fue distinto del de todos los demás pueblos.
Fueron honrados y apartados, no porque lo merecieran ni porque fueran especialmente atractivos, sino porque Dios amó a sus antepasados. Él los escogió. Esto muestra la razón de la gracia gratuita: la bondad inmerecida de Dios. Somos amados no por nosotros mismos, sino por causa de aquel que sostiene y cumple el pacto.
Dios los sacó de Egipto mediante milagros y señales, mostrando misericordia hacia ellos y juicio contra los egipcios. Extendió su brazo contra Egipto, y la mano extendida de Moisés representó ese juicio al llamar sobre los egipcios las plagas. También estaban destinados a establecerse felizmente en Canaán (Deuteronomio 4:38). Otras naciones tuvieron que ser expulsadas para hacerles lugar, lo cual mostraba cuánto más preciosos eran para Dios. Egipto y Canaán tuvieron que ceder ante el honor y el bienestar de Israel. Quienes se interponen en el camino de Israel o intentan bloquearlo lo hacen bajo su propio riesgo.
Moisés también los anima a recordar cómo Dios había manifestado en ocasiones su justicia contra ellos a causa de sus pecados. Menciona en particular lo ocurrido en Peor (Deuteronomio 4:3, 4). Esto había sucedido muy poco tiempo antes. Con sus propios ojos habían visto la destrucción repentina de quienes se unieron a Baal-peor y la seguridad de quienes permanecieron fieles al Señor. Así podían comprender fácilmente el peligro de apartarse de Dios y la bendición de permanecer cerca de él.
También vuelve a mencionar la ira de Dios contra él mismo: «El Señor se enojó conmigo por causa de ustedes» (Deuteronomio 4:21, 22). Lo dice para comprobar si eran verdaderamente agradecidos y si lamentaban la pérdida que habían causado a su fiel amigo y líder. Debemos conmovernos más por lo que otros sufren a causa de nosotros que por nuestros propios sufrimientos.
Moisés insiste entonces en la recompensa segura de la obediencia. Comienza con esta idea: que vivan, entren y posean la tierra (Deuteronomio 4:1). Termina con la misma idea: que les vaya bien a ellos y a sus hijos después de ellos (Deuteronomio 4:40). Debían saber que Dios observaba su conducta y que su prosperidad dependía de su devoción a él. Si obedecían sus mandamientos, Dios ciertamente cumpliría sus promesas.
También les advierte de la ruina que seguiría si se apartaban de Dios. Desarrolla esta advertencia en Deuteronomio 4:25-31. Prevé que, con el paso del tiempo, después de haber vivido mucho en la tierra y de haberse establecido cómodamente, se corromperían y fabricarían una imagen tallada. Ese sería el pecado más probable que los atrapara (Deuteronomio 4:25).
Luego predice los juicios de Dios contra ellos. Serían destruidos (Deuteronomio 4:26) y esparcidos entre las naciones (Deuteronomio 4:27). Su pecado se convertiría en su castigo (Deuteronomio 4:28): allí servirían a dioses hechos por manos humanas, ya fuera porque serían obligados a hacerlo o por su propia insensatez, buscando ayuda donde no podía encontrarse ninguna ayuda verdadera. Quienes rechazan las responsabilidades de la fe en tiempos de tranquilidad no pueden esperar su consuelo en tiempos de angustia. Es justo que esas personas sean entregadas a los dioses que escogieron servir (Jueces 10:14).
Sin embargo, Moisés todavía les da esperanza: en los días futuros, Dios tendría misericordia de ellos, los llevaría por medio del juicio al arrepentimiento y los recibiría nuevamente en su pacto (Deuteronomio 4:29-31). No importa en qué lugar nos encontremos; desde allí podemos buscar al Señor nuestro Dios, aunque estemos lejos de nuestra tierra o de su templo santo. Ningún lugar en la tierra está separado del cielo.
Solo quienes buscan a Dios con todo su corazón lo encontrarán para su consuelo. Esto se refiere a quienes se entregan por completo a él, anhelan sinceramente su favor y lo buscan con diligencia. Las aflicciones son enviadas para despertarnos y guiarnos de regreso a Dios; y, por medio de su gracia que obra a través de ellas, muchas personas vuelven a la sensatez. En esencia, Moisés dice: «Cuando estas cosas les sucedan, comprenderán el resultado de haberse apartado de él» (véase Daniel 9:11, 12). La fidelidad de Dios a su pacto también da esperanza de que no nos rechazará, aun si el sufrimiento nos lleva de regreso a él. Si finalmente recordamos el pacto, descubriremos que él no lo ha olvidado.
Al reunir todas estas razones, queda claro que la fe tiene de su lado la verdadera razón. Nadie rechaza el gobierno de Dios sin haber abandonado antes la sensatez propia de un ser humano.
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De este capítulo
Deuteronomio 4:2
"No añadirán nada a la palabra que yo les mando ni quitarán nada de ella, para que guarden los mandamientos del Señor su Dios que yo les mando."
Deuteronomio 4:3
"Los ojos de ustedes han visto lo que el Señor hizo a causa de Baal Peor: el Señor tu Dios destruyó de entre ustedes a todos los hombres que siguieron a Baal Peor."
Deuteronomio 4:4
"Pero todos ustedes, los que permanecieron unidos al Señor su Dios, están vivos hoy."
Deuteronomio 4:5
"Miren, yo les he enseñado estatutos y juicios, tal como el Señor mi Dios me mandó, para que los cumplan en la tierra a la que entran para poseerla."
Deuteronomio 4:6
"Guárdenlos, pues, y cúmplanlos, porque esta es la sabiduría y el entendimiento de ustedes ante las naciones. Ellas oirán todos estos estatutos y dirán: «Ciertamente esta gran nación es un pueblo sabio y entendido»."
Deuteronomio 4:7
"Porque ¿qué nación grande tiene a Dios tan cerca de ella como está el Señor nuestro Dios cada vez que lo invocamos?"
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