Versículo destacado
Deuteronomio 3:21 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" En aquel tiempo ordené a Josué: Tus ojos han visto todo lo que el SEÑOR tu Dios hizo con estos dos reyes; así hará el SEÑOR con todos los reinos por donde pases. "
Deuteronomio 3:21
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
19 Pero sus esposas, sus pequeños y su ganado —porque sé que tienen mucho ganado— permanecerán en las ciudades que les he dado;
20 hasta que el SEÑOR dé descanso a sus hermanos como se lo ha dado a ustedes, y hasta que ellos también posean la tierra que el SEÑOR su Dios les ha dado al otro lado del Jordán. Entonces cada uno de ustedes regresará a la posesión que yo les he dado.
21 En aquel tiempo ordené a Josué: Tus ojos han visto todo lo que el SEÑOR tu Dios hizo con estos dos reyes; así hará el SEÑOR con todos los reinos por donde pases.
22 No les tengan miedo, porque el SEÑOR su Dios es quien peleará por ustedes.
23 En aquel tiempo supliqué al SEÑOR:
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El ánimo que Moisés le dio a Josué, quien asumiría el liderazgo, aparece en Deuteronomio 3:21-22. Moisés le dijo que no tuviera miedo. Los creyentes mayores, especialmente quienes tienen experiencia en el servicio de Dios, deben hacer todo lo posible por fortalecer a los más jóvenes cuando comienzan su vida de fe. Moisés le indicó a Josué que pensara en dos cosas para cobrar valor.
En primer lugar, Josué había visto lo que Dios ya había hecho. Había observado cómo Dios les había dado a los israelitas una victoria completa sobre aquellos dos reyes. A partir de eso, podía concluir con seguridad que el Señor haría lo mismo con los demás reinos contra los que estaban a punto de luchar. No solo debía creer que el Señor podía hacerlo, porque el poder de Dios no disminuye, sino también que lo haría, porque el propósito de Dios no cambia. El que comenzó la obra la terminará. La obra de Dios es perfecta. Josué había visto todo esto con sus propios ojos. Cuanto más vemos la sabiduría, el poder y la bondad de Dios, menos excusas tenemos para temer lo que simples seres humanos puedan hacernos.
En segundo lugar, Josué tenía la promesa de Dios: «El Señor tu Dios peleará por ti». Una causa no puede fracasar cuando el Señor de los ejércitos lucha por ella. Si Dios está a favor de nosotros, ¿quién puede enfrentarse a nosotros y vencer? Deshonramos a nuestro líder si lo seguimos con miedo y temblor.
Moisés también oró por sí mismo, y Dios respondió a esa oración. Su petición era que, si esa era la voluntad de Dios, pudiera cruzar el Jordán y entrar en Canaán antes que Israel. Precisamente cuando estaba animando a Josué a dirigir las batallas de Israel, Moisés sentía un fuerte deseo de cruzar él mismo. No se quejó con enojo ni habló con amargura sobre la sentencia que pesaba sobre él. En cambio, presentó su deseo delante de Dios en humilde oración. «Le rogué al Señor», dice.
Nunca debemos dejar en el corazón deseos que no podamos llevar sinceramente a Dios en oración. Todo deseo correcto debe presentarse delante de él. No tenemos porque no pedimos.
Moisés presenta dos razones para su petición. Primero, señala todo el bien que Dios ya le había mostrado mediante las victorias de Israel. «Solo has comenzado a mostrarle a tu siervo tu grandeza», dice. En efecto, le está pidiendo: «Señor, completa lo que has comenzado. Me has permitido ver tu gloria en la derrota de estos dos reyes, y eso me ha llenado de asombro y gratitud. Permíteme ver más de lo que hará mi Dios y Rey». Cuanto más vemos la gloria de Dios en sus obras, más deseamos contemplarla. Las obras del Señor son grandes, y quienes se deleitan en ellas siguen buscándolas.
Segundo, Moisés señala la profunda impresión que esas obras habían dejado en él. «¿Qué dios hay en el cielo o en la tierra que pueda hacer lo que tú haces?». Cuanto más nos conmueven la sabiduría, el poder y la bondad de Dios que hemos visto, más preparados estamos para recibir nueva luz. Quienes admiran a Dios por sus obras son los que verdaderamente llegarán a ver sus obras. Moisés había dicho lo mismo mucho tiempo antes, y todavía creía que nada se compara con las obras de Dios (Éxodo 15:11; Salmo 86:8).
Lo que pide es sencillo: «Permíteme cruzar». Dios había dicho que Moisés no cruzaría, pero aun así se lo pide, porque quizá esperaba que aquella advertencia fuera condicional, ya que no había sido confirmada con un juramento, a diferencia del juicio anunciado sobre el pueblo. De la misma manera, Ezequías oró por su vida, y David oró por su hijo después de que ambos recibieron una amenaza. Ezequías fue escuchado, aunque David no. Moisés recordaba que en una ocasión anterior había orado, y Dios había desistido del enojo que había declarado contra Israel (Éxodo 32:14). Entonces, ¿por qué no habría de esperar la misma misericordia para sí mismo?
Moisés no pide convertirse en príncipe o gobernante de la tierra. Está dispuesto a entregar el liderazgo a Josué. Solo quiere cruzar y ver la bondad de Dios hacia Israel, y contemplar con sus propios ojos la belleza de la tierra prometida. Habla de Canaán con mucho afecto, llamándola «esa buena tierra» y «ese hermoso monte». Quienes saben valorar los dones de Dios son los que pueden esperar recibirlos y disfrutarlos. El «buen monte» probablemente se refiere a toda la tierra de Canaán, con una atención especial al santuario, su mayor gloria.
La respuesta de Dios a Moisés contenía tanto misericordia como juicio, de modo que Moisés podía cantar a Dios por ambas cosas. Había juicio en la negativa, e incluso cierta expresión de enojo: «El Señor se enojó conmigo por causa de ustedes» (Deuteronomio 3:26). Dios sí ve el pecado de su pueblo y realmente se disgusta por él. Incluso quienes han sido salvados de la ira futura pueden experimentar el desagrado de Dios en esta vida, y quizá se les niegue alguna bendición especial que desean profundamente. Dios es un Padre bondadoso y amoroso, pero aun así corrige a sus hijos cuando hacen lo malo y les niega muchas cosas que le piden.
¿Cómo se enojó Dios con Moisés por causa de Israel? Puede significar, en primer lugar, que Moisés fue juzgado por el pecado que ellos provocaron que cometiera (Salmo 106:32-33). O puede significar que la destitución de Moisés en ese momento, cuando Israel lo necesitaba tanto, sirvió como una reprensión para todo el pueblo y como castigo por su pecado. También pudo haber ocurrido por el bien de ellos, como una advertencia para que aprendieran a no ofender a Dios con palabras llenas de enojo e incredulidad, siguiendo el ejemplo del propio pecado de Moisés. Si esto se hizo con un árbol verde, ¿qué sucederá con el seco?
Moisés reconoce que Dios no lo escucharía en este asunto. Dios lo había escuchado muchas veces cuando oraba por Israel, pero no le concedería esta petición personal. Cristo, el gran Intercesor, tiene el honor especial de ser siempre escuchado. Sin embargo, incluso de él dijeron sus enemigos: «A otros salvó; a sí mismo no puede salvarse». No se habrían burlado de Cristo de esa manera si hubieran recordado que Moisés, su gran profeta, había prevalecido en oración por otros, pero no había podido prevalecer por sí mismo. Moisés era uno de los descendientes de Jacob que luchaban con Dios, así que no oró en vano; aun así, no recibió exactamente lo que había pedido. Dios puede aceptar nuestras oraciones y, sin embargo, no concedernos aquello específico que buscamos.
Aun así, la misericordia se mezcla con este juicio de varias maneras. Primero, Dios aquietó el espíritu de Moisés frente al decreto con las palabras: «¡Basta ya!» (Deuteronomio 3:26). Sin duda, el poder de Dios acompañó esas palabras, dándole paz a Moisés y llevándolo a aceptar la voluntad divina. Si Dios no nos da lo que queremos mediante su providencia, pero por su gracia nos hace estar contentos sin ello, en cierto sentido el resultado es casi el mismo.
En efecto, Dios le dice a Moisés: «Confórmate con tener a Dios como tu Padre y el cielo como tu herencia, aunque no tengas en este mundo todo lo que deseas. Dios es suficiente».
Dios también honra la oración de Moisés al decirle que no insista más en esa petición. «No me hables más de este asunto» muestra que, cuando Dios considera que no es bueno concedernos algo, no debemos seguir insistiendo. Pero también muestra cuánto valora Dios las oraciones de los justos. Él no se complace en rechazarlas, aun cuando tenga razones sabias para hacerlo.
Luego Dios le promete a Moisés que vería Canaán desde la cima del Pisga (Deuteronomio 3:27). Moisés no entraría en la tierra, pero la vería. Esto no tenía el propósito de provocarlo, sino de darle una vista real y satisfactoria de la tierra prometida, que le permitiera imaginarla con claridad y alegría. Probablemente su vista fue fortalecida para ese propósito, porque, de otro modo, la promesa no habría sido para él una bondad especial.
Incluso los creyentes más fuertes solo contemplan el cielo desde lejos en esta vida. Esa es parte de la condición presente de la fe.
Dios también le dio a Moisés un sucesor, Josué, quien continuaría la gran obra que Moisés amaba tan profundamente: llevar a Israel a Canaán y establecerlo allí (Deuteronomio 3:28). A Moisés se le ordenó encargarle esta tarea a Josué y animarlo. Quienes son llamados por Dios a cumplir una responsabilidad pueden confiar en que Dios les dará la ayuda y el valor que necesitan.
Esto es un consuelo para los amigos de la iglesia cuando están muriendo y dejan atrás su labor. Dios no permite que su obra muera con un solo siervo. Él la mantiene avanzando por medio de otras manos, incluso después de que sus siervos han sido sepultados.
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De este capítulo
Deuteronomio 3:1
"Entonces nos volvimos y subimos por el camino de Basán; y Og, rey de Basán, salió contra nosotros con todo su pueblo para combatir en Edrei."
Deuteronomio 3:2
"Y el SEÑOR me dijo: No le tengas miedo, porque entregaré en tu mano a él, a todo su pueblo y su tierra; y harás con él como hiciste con Sehón, rey de los amorreos, que habitaba en Hesbón."
Deuteronomio 3:3
"Así el SEÑOR nuestro Dios entregó también en nuestras manos a Og, rey de Basán, y a todo su pueblo; y lo derrotamos hasta que no le quedó ningún sobreviviente."
Deuteronomio 3:4
"En aquel tiempo tomamos todas sus ciudades; no hubo ciudad que no les tomáramos: sesenta ciudades, toda la región de Argob, el reino de Og en Basán."
Deuteronomio 3:5
"Todas estas ciudades estaban fortificadas con altos muros, puertas y barras, además de muchísimas aldeas sin murallas."
Deuteronomio 3:6
"Y las destruimos por completo, como hicimos con Sehón, rey de Hesbón, destruyendo por completo a los hombres, las mujeres y los niños de cada ciudad."
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