Versículo destacado

Deuteronomio 21:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Si se encuentra a alguien asesinado, tendido en el campo, en la tierra que el SEÑOR tu Dios te da para que la poseas, y no se sabe quién lo mató, "

Deuteronomio 21:1

menu_book El versículo en contexto

1 Si se encuentra a alguien asesinado, tendido en el campo, en la tierra que el SEÑOR tu Dios te da para que la poseas, y no se sabe quién lo mató,

2 entonces saldrán tus ancianos y tus jueces, y medirán la distancia hasta las ciudades que están alrededor del asesinado.

3 Y los ancianos de la ciudad más cercana al asesinado tomarán una novilla que no haya sido puesta a trabajar ni haya tirado del yugo.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Dios ya había dado leyes para perseguir con firmeza y eficacia al homicida intencional, de modo que darle muerte quitara de la tierra la culpa por el derramamiento de sangre (Deuteronomio 19:11). Pero si no se podía encontrar al homicida, el pueblo no debía pensar que la tierra estaba a salvo de la contaminación solo porque el crimen no era responsabilidad directa de ellos. Por eso Dios estableció una ceremonia pública y solemne para quitar la culpa, como señal de cuánto temían y aborrecían ese pecado.

El caso que se presenta aquí es el de un cuerpo encontrado sin que nadie supiera quién lo había matado (Deuteronomio 21:1). En ocasiones, la providencia de Dios ha sacado a la luz crímenes ocultos, y la culpa ha alcanzado al culpable de maneras sorprendentes, dando lugar al dicho: «El asesinato siempre termina saliendo a la luz». Sin embargo, eso no ocurre siempre. A veces, la promesa del diablo de mantener el secreto y ofrecer seguridad en esta vida parece cumplirse por un tiempo, pero solo por un tiempo. Llegará el día en que los asesinatos secretos quedarán expuestos, porque «la tierra dará a conocer la sangre derramada sobre ella» (Isaías 26:21), y también habrá un juicio futuro en el que quienes escaparon del castigo humano comparecerán ante el tribunal justo de Dios. El hecho de que tantos asesinatos y otros pecados queden sin castigo ahora demuestra por qué debe llegar el día en que Dios pedirá cuentas de todo (Eclesiastés 3:15).

Dios dio instrucciones claras sobre lo que debía hacerse en ese caso. Primero, se suponía que ya se había realizado una búsqueda cuidadosa del homicida. Se interrogaba a los testigos y se examinaban detenidamente los detalles para encontrar al culpable, si era posible. Si después de todo eso no se podía acusar a nadie, los ancianos de la ciudad más cercana debían asumir la responsabilidad del asunto. Si había dudas sobre cuál ciudad estaba más cerca, el gran Sanedrín, la máxima autoridad judicial judía, debía enviar funcionarios para medirlo con exactitud (Deuteronomio 21:2, 3). Los dirigentes públicos deben preocuparse por el bien común. Quienes tienen poder y buena reputación en las ciudades deben usar su influencia para corregir los males y reformar lo que está mal en las poblaciones y los campos de los alrededores.

Los sacerdotes y los levitas, que servían como líderes religiosos y maestros de la ley, debían ayudar a supervisar este acto solemne (Deuteronomio 21:5). Debían asegurarse de que todo se hiciera conforme a la ley de Dios y, especialmente, debían hablar en nombre del pueblo en la oración ofrecida en aquella triste ocasión (Deuteronomio 21:8). Como Dios era el Rey de Israel, sus ministros también ejercían funciones judiciales en nombre del pueblo. En los asuntos legales y en las disputas, debían guiar a la nación por medio de la palabra de Dios. Esto era un gran privilegio para Israel, y se esperaba que recurrieran a esos líderes en todos los asuntos, especialmente en los sagrados como este.

Después debían llevar una novilla a un valle áspero y sin cultivar, y matarla allí (Deuteronomio 21:3, 4). Esto no era un sacrificio, porque la novilla no se llevaba al altar. Era un acto solemne que mostraba que, si el homicida hubiera estado en sus manos, le habrían dado muerte. La novilla debía ser un animal que nunca hubiera llevado yugo; algunos entienden esto como una señal de que el homicida era un hombre inútil y rebelde a la ley. Debía llevarse a un valle áspero para mostrar el horror del crimen y que la culpa por el derramamiento de sangre vuelve estéril la tierra. Los judíos decían que, si después de esto el homicida todavía no era encontrado, el valle donde se había matado la novilla nunca debía volver a ararse ni sembrarse.

Los ancianos debían lavarse las manos sobre la novilla muerta y declarar que ellos no habían derramado aquella sangre inocente y que no sabían quién lo había hecho (Deuteronomio 21:6, 7). También debían afirmar que no habían ocultado al homicida, ayudado a que escapara ni lo habían apoyado de ninguna manera. David alude a esta costumbre cuando dice: «Lavaré mis manos en inocencia» (Salmo 26:6). Es posible que Pilato haya tenido presente esta costumbre cuando se lavó las manos, pero la tergiversó vergonzosamente. Él sabía que Cristo era inocente, pero aun así lo condenó y trató de librarse de la culpa por la sangre inocente. Una protesta no significa nada cuando los hechos demuestran lo contrario.

Entonces los sacerdotes debían orar por la tierra y por la nación, pidiendo a Dios que tuviera misericordia y no enviara sobre ellos los juicios que merecía la tolerancia del asesinato. Probablemente el homicida era de su ciudad o, al menos, había encontrado refugio allí; por eso tenían motivos para pedir que no sufrieran por su presencia entre ellos, como ocurrió con la comunidad de Coré (Números 16:22). Debían orar: «Ten misericordia, SEÑOR, de tu pueblo Israel» (Deuteronomio 21:8). Cuando nos enteramos de la maldad de los malvados, debemos clamar a Dios por misericordia sobre nuestra tierra, porque gime y tiembla bajo el peso de ese pecado. Debemos ayudar a disminuir la culpa acumulada por medio de nuestras oraciones, mientras otros la aumentan con sus pecados.

Este acto solemne tenía varios propósitos. Daba a la gente una razón para hablar públicamente del asesinato, lo cual podía ayudar a descubrir la verdad. También hacía que temieran la culpa por el derramamiento de sangre, una culpa que mancha no solo la conciencia de quien derrama la sangre, sino también la tierra donde se derrama. La sangre clama al magistrado pidiendo justicia y, si la justicia es negada, clama al cielo pidiendo juicio. Si se necesitaba tanto cuidado para proteger la tierra de la culpa cuando el homicida era desconocido, mucho peor habría sido que el homicida fuera conocido y aun así se lo protegiera. Esta ceremonia enseñaba a todos a hacer lo posible para prevenir, descubrir y castigar el asesinato. Incluso los marineros paganos temieron la culpa por el derramamiento de sangre (Jonás 1:14).

Esto también nos enseña a no participar en los pecados de otros ni involucrarnos después de los hechos aprobando el pecado o protegiendo al pecador sin hablar en su contra. Tenemos comunión con las obras malas si no las reprendemos y, en vez de dar testimonio contra ellas, guardamos silencio cuando deberíamos hablar. El arrepentimiento de la iglesia en Corinto por el pecado de uno de sus miembros produjo diligencia, un deseo de demostrar su inocencia, indignación, temor y anhelo de que se hiciera justicia (2 Corintios 7:11). Ese mismo espíritu aparece representado en la solemne ceremonia establecida aquí.

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