Versículo destacado
Daniel 3:19 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Entonces Nabucodonosor se llenó de furia, y la expresión de su rostro cambió contra Sadrac, Mesac y Abed-nego. Por tanto, habló y ordenó que calentaran el horno siete veces más de lo que se acostumbraba calentarlo. "
Daniel 3:19
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
17 Si es así, nuestro Dios, a quien servimos, puede librarnos del horno de fuego ardiente, y él nos librará de tu mano, oh rey.
18 Pero si no, que sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses ni adoraremos la estatua de oro que tú has levantado.
19 Entonces Nabucodonosor se llenó de furia, y la expresión de su rostro cambió contra Sadrac, Mesac y Abed-nego. Por tanto, habló y ordenó que calentaran el horno siete veces más de lo que se acostumbraba calentarlo.
20 Y ordenó a los hombres más fuertes de su ejército que ataran a Sadrac, Mesac y Abed-nego y los arrojaran al horno de fuego ardiente.
21 Entonces estos hombres fueron atados con sus túnicas, sus pantalones, sus sombreros y sus otras prendas, y fueron arrojados en medio del horno de fuego ardiente.
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En estos versículos vemos la primera parte de la historia: los tres siervos fieles de Dios son arrojados al horno de fuego. Nabucodonosor ya había aprendido algo acerca del Dios verdadero e incluso había reconocido la sabiduría de estos jóvenes, quienes anteriormente habían demostrado ser más sabios que todos sus propios sabios. Uno pensaría que sus palabras lo habrían hecho reflexionar, o al menos lo habrían llevado a perdonarlos; pero ocurrió lo contrario.
En vez de convencerse, se enfureció aún más. Daniel dice que se llenó de furia y que la expresión de su rostro cambió contra ellos (Daniel 3:19). Las pasiones de la ira se fortalecen cuando las alimentamos continuamente, y pueden incluso deformar el rostro de una persona de una manera vergonzosa. En su furia, Nabucodonosor actuó menos como un rey en su trono o un juez en su tribunal, y más como un toro salvaje atrapado en una red. Si las personas pudieran ver su propio rostro en un espejo cuando están enojadas, quizá se avergonzarían de su insensatez y volverían su ira contra sí mismas.
No redujo el castigo por el rango ni por la posición honorable de aquellos hombres. Al contrario, ordenó que el horno se calentara siete veces más de lo acostumbrado, es decir, que le agregaran mucho más combustible. Esto no haría que la muerte fuera más dolorosa, pero demostraría que él consideraba su ofensa mucho peor que otros delitos y haría que su muerte fuera aún más vergonzosa. Sin embargo, Dios convirtió aquel arrebato insensato de ira en una ocasión para su propia gloria, porque el horno más caliente haría que su rescate fuera todavía más extraordinario.
El rey también ordenó que los ataran con toda su ropa y los arrojaran al centro del horno encendido, y así se hizo (Daniel 3:20, Daniel 3:21). Los ataron para que no pudieran luchar ni resistirse, y los dejaron vestidos, quizá para actuar con rapidez o para que sus cuerpos ardieran más lentamente. Dios usó esto para realizar el milagro, porque ni siquiera sus ropas se quemaron. Fueron atados con sus abrigos, pantalones y sombreros o turbantes, como si su ropa también tuviera que compartir el castigo por el supuesto crimen que habían cometido.
Qué muerte tan terrible: ser arrojado atado al corazón de un horno encendido (Daniel 3:23). Tan solo imaginarlo hace estremecer. Es impactante que aquel tirano pudiera ser tan insensible, y resulta igualmente admirable que estos confesores de la fe fueran tan firmes que prefirieran soportar aquello antes que pecar contra Dios. Sin embargo, aun esto es pequeño en comparación con la segunda muerte, el juicio final. Allí los malvados serán arrojados al horno donde se quema la cizaña, al lago que arde para siempre con fuego y azufre. El fuego de Nabucodonosor podía apagarse en unos cuantos minutos, pero el fuego del infierno no mata: solo atormenta. El dolor allí es más intenso, y el humo de ese tormento sube por los siglos de los siglos. Los que adoraron a la bestia y a su imagen no tienen descanso ni de día ni de noche (Apocalipsis 14:10, Apocalipsis 14:11). Su dolor habría terminado pronto si hubieran sido arrojados a este horno por negarse a adorar a la bestia babilónica y a su imagen.
También fue un acto notable de la providencia que los hombres fuertes que ataron a los tres hebreos y los arrojaron al horno murieran o quedaran asfixiados por las llamas (Daniel 3:22). La orden del rey era urgente, y ellos estaban decididos a cumplirla de manera rápida y completa. Por eso se acercaron directamente a la abertura del horno, pero estaban tan apresurados que no se tomaron el tiempo para protegerse. El material adicional de Daniel dice que la llama se elevó mucho, pero lo más probable es que Dios hiciera que el viento llevara el fuego directamente hacia ellos con tanta fuerza que los sofocara. Así, Dios defendió de inmediato a sus siervos heridos y castigó a sus perseguidores en el mismo acto de su pecado.
Estos hombres no eran más que instrumentos de crueldad. El rey que dio la orden era más culpable, aunque ellos también sufrieron justamente por obedecer una orden injusta. Es probable que lo hicieran de buena gana, pues estaban dispuestos a servir de esa manera cruel. Nabucodonosor mismo quedó reservado para un juicio más completo. Llegará el día en que los tiranos orgullosos serán juzgados no solo por su propia crueldad, sino también por utilizar a otros para llevarla a cabo y exponerlos al juicio de Dios.
La segunda parte de la historia es el rescate de estos tres siervos fieles del horno. Una vez que fueron arrojados atados a aquel fuego ardiente, lo normal habría sido esperar que nunca volviéramos a saber de ellos. Parecía inevitable que sus huesos se quemaran hasta convertirse en cenizas. Pero, para nuestra sorpresa, Sadrac, Mesac y Abed-nego seguían con vida.
Nabucodonosor los vio caminando en medio del fuego y quedó atónito. Se levantó rápidamente y fue hacia el horno para ver qué había sucedido (Daniel 3:24). Quizá lo que más lo sorprendió fue la muerte de los hombres que habían cumplido su orden, porque tenía razones para temer que él mismo pudiera ser el siguiente. O quizá Dios produjo en su interior una conmoción que lo impulsó a comprobarlo por sí mismo. Dios puede llenar de asombro incluso a los corazones más endurecidos. El que creó el alma puede hacer que su juicio llegue hasta ella, aun en el caso del tirano más grande.
En medio de su sorpresa, el rey llamó a sus consejeros y les preguntó si no habían arrojado al fuego a tres hombres atados. Parece que esta ejecución se llevó a cabo no solo por orden del rey, sino también del consejo. Difícilmente podían negarlo, pues él los había obligado a participar en el crimen y a compartir su vergüenza. Ellos respondieron: «Es verdad, oh rey», reconociendo que efectivamente habían ordenado aquella ejecución y la habían visto realizarse. Entonces el rey dijo que veía a cuatro hombres sueltos, caminando en medio del fuego (Daniel 3:25).
Habían sido liberados de sus ataduras. El fuego, que ni siquiera había chamuscado sus ropas, quemó las cuerdas que los sujetaban y así los dejó libres. De la misma manera, Dios a menudo ensancha el corazón de su pueblo por medio de las mismas dificultades con las que sus enemigos pretendían atraparlo. Además, no habían sufrido ningún daño. No se quejaban ni sentían dolor. La llama no los quemaba, y el humo no los asfixiaba. Estaban vivos y sanos en medio del fuego. Vemos así cómo el Dios de la naturaleza puede, cuando quiere, controlar el poder de la naturaleza y hacer que cumpla sus propósitos.
La promesa misericordiosa de Dios se cumplió en cada detalle, tal como dijo Isaías: «Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti» (Isaías 43:2). Por la fe, apagaron el poder del fuego, así como los creyentes pueden apagar los dardos encendidos del maligno. Caminaban en medio del fuego. El horno era lo suficientemente grande como para que pudieran caminar dentro de él. Estaban ilesos, por lo que podían caminar; y tenían la mente tranquila, de modo que se movían como si estuvieran en un jardín agradable.
Aunque caminar sobre brasas normalmente quemaría los pies, ellos lo hicieron con la misma facilidad con que el rey de Tiro, gobernante mencionado en la profecía de Ezequiel, caminaba entre sus piedras de fuego resplandecientes, sus piedras preciosas que brillaban como llamas (Ezequiel 28:14). No intentaron salir en cuanto se dieron cuenta de que estaban a salvo. Confiaban en que el Dios que los había protegido en el fuego también los sacaría en el momento adecuado, y por eso caminaron dentro de él sin temor.
Un escrito apócrifo cuenta una larga historia acerca de la oración que Azarías, uno de los tres hombres, supuestamente hizo en el fuego. También incluye el cántico de alabanza que los tres habrían entonado entre las llamas. Esas oraciones contienen muchas expresiones conmovedoras de devoción, pero hay buenas razones para pensar, como sostuvo Grocio, que fueron escritas posteriormente por un judío. Pueden mostrar lo que se habría podido orar allí, pero no forman parte de lo que realmente pertenece a la Escritura. Por esa razón, correctamente las rechazamos como algo que no pertenece a las Sagradas Escrituras.
Se vio a una cuarta persona con ellos en el fuego, y Nabucodonosor dijo que su apariencia era como la del Hijo de Dios. Parecía un ser divino, un mensajero del cielo; no un siervo, sino un hijo. Algunos piensan que era semejante a un ángel, y a los ángeles se les llama hijos de Dios (Job 38:7). En la versión apócrifa de esta historia se dice que el ángel del Señor descendió al horno. Más adelante, Nabucodonosor también dice que Dios envió a su ángel y los libró (Daniel 3:28), y fue un ángel quien cerró la boca de los leones cuando Daniel estaba en el foso (Daniel 6:22).
Pero algunos piensan que este era el Hijo eterno de Dios, el ángel del pacto, y no un ángel creado. A menudo se apareció en forma humana antes de asumir la naturaleza humana en su encarnación. Nunca se manifestó de una manera más apropiada ni dio una señal más clara de su gran obra en el mundo que aquí, cuando vino a librar del fuego a su pueblo escogido y caminó con ellos en medio de las llamas. Quienes sufren por Cristo cuentan con su presencia cercana en medio del sufrimiento, incluso en el horno de fuego y en el valle de sombra de muerte; por eso no tienen que temer ningún mal. De esta manera, Cristo mostró que lo que se hace contra su pueblo se considera hecho contra él mismo. Quien los arroja al horno, en efecto, también lo arroja a él. «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (Isaías 63:9).
Entonces Nabucodonosor los llama para que salgan del horno (Daniel 3:26). Se acercó a la entrada del horno ardiente y les dijo que salieran y se acercaran. Algunos entienden sus palabras como: «Salgan, vengan». Habla con mucha ternura y preocupación, y está dispuesto a ayudarlos a salir personalmente. Ahora reconoce que se equivocó al arrojarlos al horno, así que no los deja marcharse en silencio. No; quiere ir él mismo a sacarlos, tal como más tarde los magistrados de Filipos no quisieron liberar a Pablo y a Silas en secreto (Hechos 16:37).
Observa el título respetuoso que les da. Cuando estaba enfurecido contra ellos, probablemente los llamó rebeldes, traidores y con cualquier otro insulto que se le ocurriera. Pero ahora reconoce que son siervos del Dios Altísimo, el Dios que demostró tener poder para salvarlos de la mano del rey. Tarde o temprano, Dios convencerá aun a las personas más orgullosas de que él es el Dios Altísimo, superior a ellas y más fuerte que ellas, incluso en los asuntos en que actúan con audacia y arrogancia (Éxodo 18:11). También dejará claro quiénes son sus siervos, que le pertenecen y que él estará de su lado. Elías oró: «Que se sepa que tú eres Dios y que yo soy tu siervo» (1 Reyes 18:36).
Ahora Nabucodonosor recibe con agrado a los hombres a quienes antes había abandonado y se apresura a honrarlos, porque ve que cuentan con el favor del cielo. Cuando Dios abre los ojos de los perseguidores, estos deben deshacer, hasta donde puedan, lo que hicieron contra los siervos de Dios. No se nos dice cómo se fue el cuarto personaje, cuya apariencia era como la del Hijo de Dios: si desapareció o si ascendió visiblemente. Pero sí se nos dice lo que ocurrió con los tres hombres. Salieron del fuego, tal como Abraham, su antepasado, salió de Ur, es decir, del fuego de los caldeos, según una tradición judía que afirma que fue librado después de negarse a adorar ídolos.
Cuando fueron puestos en libertad, no pusieron a Dios a prueba quedándose más tiempo del necesario. Salieron como tizones arrancados del fuego. Y quedó claro para todos los espectadores, que estaban atónitos, que el fuego no les había hecho ningún daño (Daniel 3:27). Todos los funcionarios principales se reunieron para examinarlos y descubrieron que ni siquiera uno de los cabellos de su cabeza estaba chamuscado. Aquí se cumplió literalmente lo que Jesús dijo en sentido figurado para animar a su pueblo sufriente: que ningún daño verdadero les sobrevendría: «Ni un cabello de su cabeza perecerá» (Lucas 21:18). Sus ropas ni siquiera habían cambiado de color ni olían a humo; mucho menos sus cuerpos estaban quemados o llenos de ampollas. El fuego no tenía poder sobre ellos.
Los caldeos adoraban el fuego como una especie de representación del sol. Por eso, al contener el fuego, Dios avergonzó no solo a su rey, sino también a su dios. Demostró que su voz puede dar órdenes tanto a las llamas como a las aguas (Salmo 29:7), cuando decide abrirles un camino a través de ellas a sus hijos. Solo nuestro Dios es fuego consumidor (Hebreos 12:29). Si él tan solo pronuncia una palabra, ningún otro fuego consumirá.
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De este capítulo
Daniel 3:1
"El rey Nabucodonosor hizo una estatua de oro cuya altura era de sesenta codos y cuya anchura era de seis codos. La levantó en la llanura de Dura, en la provincia de Babilonia."
Daniel 3:2
"Entonces el rey Nabucodonosor mandó reunir a los príncipes, los gobernadores, los capitanes, los jueces, los tesoreros, los consejeros, los alguaciles y todos los gobernantes de las provincias, para que acudieran a la dedicación de la estatua que el rey Nabucodonosor había levantado."
Daniel 3:3
"Entonces los príncipes, los gobernadores, los capitanes, los jueces, los tesoreros, los consejeros, los alguaciles y todos los gobernantes de las provincias se reunieron para la dedicación de la estatua que el rey Nabucodonosor había levantado, y se pusieron de pie ante la estatua que Nabucodonosor había levantado."
Daniel 3:4
"Entonces un heraldo proclamó en voz alta: A ustedes se les ordena, pueblos, naciones y lenguas,"
Daniel 3:5
"que, cuando oigan el sonido del cuerno, la flauta, el arpa, el sacabuche, el salterio, el dulcémele y toda clase de música, se postren y adoren la estatua de oro que el rey Nabucodonosor ha levantado."
Daniel 3:6
"Y cualquiera que no se postre ni adore será arrojado en ese mismo momento en medio de un horno de fuego ardiente."
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