Versículo destacado

Zacarías 13:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" En aquel día se abrirá un manantial para que los descendientes de David y los habitantes de Jerusalén puedan lavar en él sus pecados y su impureza. "

Zacarías 13:1

menu_book El versículo en contexto

1 En aquel día se abrirá un manantial para que los descendientes de David y los habitantes de Jerusalén puedan lavar en él sus pecados y su impureza.

2 Y en todo este país destruiré hasta los nombres de los ídolos, para que no sigan siendo invocados. También quitaré del país a los profetas y a todo espíritu impuro. Yo, el Señor, doy mi palabra.

3 Entonces, cuando alguien quiera profetizar, sus propios padres le dirán: “¡Tú has de morir, porque pretendes hacer pasar tus mentiras por mensajes del Señor!”. ¡Sus propios padres lo apuñalarán cuando se esté haciendo pasar por profeta!

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auto_stories Comentario de Bible Guided

He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, el pecado de la iglesia. Para eso fue revelado el Hijo de Dios: para quitar nuestro pecado (Juan 3:5). Él elimina la culpa del pecado por medio de la sangre de su cruz (Zacarías 13:1). «En aquel día», es decir, en la era del evangelio, «se abrirá una fuente». Dios ha provisto plenamente la limpieza de todos los que se arrepienten de verdad y sienten dolor por sus pecados.

Cuando se derrama el Espíritu de gracia y las personas son llevadas a lamentar sus pecados, no lo hacen como quienes no tienen esperanza. Han sido perdonadas y pueden sentir en su corazón el consuelo de ese perdón. Su conciencia queda limpia y tranquila por la sangre de Cristo, que purifica de todo pecado (Juan 1:7). Cristo ha sido exaltado para dar tanto arrepentimiento como perdón de pecados; y donde concede uno, ciertamente concede también el otro.

Esta fuente abierta es el costado traspasado de Jesucristo, mencionado justo antes (Zacarías 12:10). De ese costado salieron sangre y agua, ambas para la limpieza. Quienes miran a Cristo, traspasado por sus pecados, y lamentan que sus pecados lo traspasaron, también pueden volver a mirarlo y alegrarse en él. Al Señor le agradó herir aquella roca para que se convirtiera en una fuente de agua viva para nosotros.

Observa aquí cómo estamos contaminados. Todos lo estamos. Hemos pecado, y el pecado es impureza. Mancha la mente y la conciencia, nos hace desagradables ante Dios y nos deja intranquilos por dentro. También nos hace incapaces de servir a Dios y de disfrutar de una comunión cercana con él, así como las personas ceremonialmente impuras quedaban excluidas del santuario. La casa de David y los habitantes de Jerusalén están bajo el pecado, y el pecado es impureza. En realidad, todos somos como algo impuro y merecemos ocupar el lugar de los impuros.

Observa también cómo podemos ser limpiados. Se ha abierto para nosotros una fuente en la que podemos lavarnos, y de esa fuente fluyen corrientes hacia nosotros. Si no somos limpiados, la culpa es nuestra. La sangre de Cristo y la misericordia perdonadora de Dios manifestada por medio de esa sangre en el nuevo pacto son una fuente porque contienen una plenitud inagotable. En Dios hay misericordia suficiente, y en Cristo hay mérito suficiente para perdonar los pecados más grandes y a los pecadores más grandes que se acercan conforme a las condiciones del evangelio. «Y eso eran algunos de ustedes, pero ya han sido lavados» (1 Corintios 6:11). Bajo la ley había una pila de bronce y un mar de bronce para lavarse, pero solo eran recipientes. Nosotros tenemos una fuente propia, que rebosa y siempre está fluyendo.

También es una fuente abierta porque todo el que quiera puede acercarse y recibir sus beneficios. Está abierta no solo para la casa de David, sino también para los habitantes de Jerusalén; para los pobres tanto como para los ricos, y para los humildes tanto como para los honrados. O bien, está abierta para todos los creyentes, quienes, como hijos espirituales de Cristo, pertenecen a la casa de David y, como miembros vivos de la iglesia, son habitantes de Jerusalén. Por medio de Cristo, todos los que creen son justificados, es decir, considerados justos delante de Dios, y son lavados de sus pecados con su sangre, para llegar a ser «reyes y sacerdotes» para Dios (Apocalipsis 1:5-6).

Él también quita el poder del pecado mediante la fuerza de su gracia, incluso el poder de esos pecados que atesoramos. Esto siempre acompaña a la primera obra. Quienes son lavados en la fuente abierta no solo son justificados; también son santificados, es decir, hechos santos. Del costado traspasado de Cristo salieron tanto el agua como la sangre.

En aquel día, la idolatría será completamente eliminada, y el pueblo judío será sanado de manera eficaz de su inclinación hacia ella (Zacarías 13:2). Dios dice: «Eliminaré del país los nombres de los ídolos». El culto a los ídolos de sus antepasados será arrancado de tal manera que, en una o dos generaciones, apenas recordarán que alguna vez existieron entre ellos. O no se mencionarán en absoluto, o no se hará referencia a ellos con respeto. Esto cumple la promesa: «Haré que se olvide de su boca los nombres de los baales» (Oseas 2:17).

Esto se cumplió en el profundo rechazo que los judíos sintieron hacia los ídolos después del exilio, y que todavía sienten hasta el día de hoy. También se cumplió en la conversión pronta de muchos a Cristo, por medio de la cual dejaron de convertir en un ídolo la ley ceremonial, como lo hacían los judíos incrédulos. Todavía se sigue cumpliendo cada vez que las personas se apartan del mundo y de la carne, esos dos grandes ídolos, para aferrarse únicamente a Dios.

La falsa profecía también llegará a su fin. Dios dice: «Eliminaré del país a los profetas y al espíritu impuro». El diablo es un espíritu impuro. De él provienen el pecado y la impureza, y él tiene sus propios profetas, que sirven a sus propósitos y reciben de él sus mensajes. Si se quitara el espíritu impuro, los profetas ya no seguirían engañando a la gente como lo hacen. Si fueran eliminados los falsos profetas, que alegan una autoridad falsa, el espíritu impuro ya no podría causar el daño que causa.

Cuando Dios se propone silenciar a los falsos profetas, expulsa el espíritu impuro que actuaba en ellos y competía con él por gobernar el corazón. Cuando la iglesia judía estaba entregada a los ídolos, también admiraba mucho a los falsos profetas, quienes tranquilizaban a las personas en sus pecados con promesas de seguridad y paz. Pero aquí Dios promete un cambio bendito: se levantarían con firmeza contra los falsos profetas y procurarían limpiar de ellos el país. Así lo hicieron después del exilio, hasta que, en su celo ciego contra los falsos profetas, mataron a Cristo acusándolo de eso. Después surgieron muchos falsos cristos y falsos profetas, y engañaron a muchos (Mateo 24:11).

Aquí se anuncia que los falsos profetas, en vez de ser tolerados y favorecidos, serían llevados al castigo que merecían, incluso por sus propios familiares más cercanos. Esa sería una de las señales más claras de un fuerte celo contra los engañadores (Zacarías 13:3). Cuando alguien se levantara como profeta y hablara mentiras en el nombre del Señor, enseñando algo que apartara a la gente de Dios y la afirmara en el pecado, hasta sus propios padres serían los primeros y más dispuestos a llevarlo ante la justicia, conforme a la ley (Deuteronomio 13:6-11). Mostrarían su indignación y le impedirían seguir desviando a otros.

Debemos aprender a sentir un profundo rechazo y temor ante cualquier cosa que quiera sacarnos del camino del deber y llevarnos por sendas torcidas, como quienes no toleran el mal (Apocalipsis 2:2). El celo santo por Dios y por la piedad nos llevará a odiar el pecado y a temer la tentación especialmente allí donde, por naturaleza, más amamos y donde estamos más cerca del peligro. Muchas veces el peligro se encuentra precisamente allí, como ocurrió con Adán por medio de Eva y con Job por medio de su esposa. También es allí donde resulta más digno de reconocimiento mostrar celo, como lo hizo Leví, quien, por la causa de Dios, no perdonó ni siquiera sus vínculos familiares (Deuteronomio 33:9). De este modo, debemos rechazar y abandonar incluso a nuestros familiares más cercanos cuando se oponen a nuestro deber delante de Dios (Lucas 14:26). El afecto natural, aun el más fuerte, debe ser gobernado por el amor santo.

Los falsos profetas también serán convencidos de su pecado y de su necedad, y abandonarán sus pretensiones (Zacarías 13:4). «Los profetas se avergonzarán de todas las visiones que afirmaron tener. Ya no las repetirán ni las defenderán. Querrán que se olviden, y estarán dispuestos a admitir que fueron un fraude».

Esto sucederá porque Dios, en su gracia, despertará sus conciencias y les mostrará su error. O puede suceder porque los acontecimientos demuestren que sus palabras eran falsas y los dejen al descubierto como mentirosos. También puede ocurrir porque la gente ya no reciba sus profecías con agrado. En vez de eso, serán despreciados y rechazados. Cuando vean que otros se avergüenzan de ellos, comenzarán a avergonzarse de sí mismos. Por eso ya no usarán el manto áspero, o vestidura de pelo, que los verdaderos profetas solían llevar siguiendo el ejemplo de Elías, como señal de negación propia y seriedad.

Estos impostores se habían vestido como verdaderos profetas, pero, una vez expuesta su necedad, dejarán de usar esa vestimenta. Ya no intentarán engañar a las personas descuidadas mediante su apariencia exterior. Un atuendo sencillo y modesto es algo bueno cuando realmente muestra un corazón humilde y ayuda a enseñar a otros. Pero es algo malo cuando oculta un corazón orgulloso y ambicioso, y se usa para engañar. Que las personas sean tan buenas como parecen, pero que no se limiten a parecer mejores de lo que realmente son.

Este impostor, como un verdadero penitente, comenzará por reparar el daño que ha causado. Dirá: «No soy profeta, como afirmé. Nunca fui escogido para ese trabajo, nunca recibí preparación para él y nunca fui contado entre los hijos de los profetas». Luego dirá: «Soy agricultor, y ese era mi oficio. Dios nunca me enseñó a profetizar; fueron los hombres quienes me enseñaron a cuidar ganado» (Amós 7:14-15). Amós también era agricultor antes de que Dios lo llamara a ser profeta, pero este engañador nunca recibió un llamado semejante. Quienes de verdad lamentan haber engañado a otros se apresurarán a confesar su pecado y harán lo que puedan para corregir los errores que provocaron.

Ese hombre también volverá al trabajo que le corresponde legítimamente. El sentido podría expresarse así: «Seré agricultor; volveré a mi oficio y dejaré de entrometerme en asuntos que no me corresponden. Desde mi juventud aprendí a cuidar ganado, y volveré a cuidar ganado. Ya no volveré a presentarme como predicador». Cuando estamos convencidos de que hemos abandonado el camino del deber, debemos demostrar que nuestro arrepentimiento es verdadero regresando a él, aunque eso nos resulte muy humillante.

También reconocerá que quienes lo corrigieron con dureza eran sus amigos, porque lo ayudaron a volver a la verdad (Zacarías 13:6). Cuando un hombre que había afirmado con tanta seguridad ser profeta de repente diga: «No soy profeta», todos se sorprenderán. Algunos preguntarán: «¿Qué son esas heridas en tus manos? ¿Cómo te las hiciste? ¿Te examinaron a golpes? ¿Fue eso lo que te hizo entrar en razón?». El sufrimiento a menudo agudiza el entendimiento. «¿Te golpearon hasta que admitiste la verdad? ¿Fueron la vara y la corrección las que te enseñaron sabiduría?». Y él responderá: «Sí. Estas son las heridas que recibí en la casa de mis amigos, quienes me ataron y me trataron con rudeza, como si hubiera perdido la razón, y así me hicieron volver en mí».

Esto muestra que los padres que atravesaron al falso profeta (Zacarías 13:3) no lo hicieron sin antes intentar corregirlo. Él no quiso escuchar, así que no pudieron recuperarlo. Esto concuerda con la ley acerca del hijo rebelde, cuyos padres debían disciplinarlo sin éxito antes de llevarlo para que fuera apedreado (Deuteronomio 21:18-19). Aquí, otro hombre llegó al arrepentimiento por medio de los golpes y, por eso, escapó de la pena de muerte. Reconoció sinceramente que quienes lo habían herido eran sus verdaderos amigos, porque intentaban restaurarlo. «Fieles son las heridas del amigo» (Proverbios 27:6).

Algunos buenos intérpretes observan que estas palabras aparecen tan pronto después de mencionar que Cristo sería traspasado, y piensan que se refieren a ese gran Profeta, no al falso profeta mencionado antes. Cristo fue herido en las manos cuando fueron clavadas en la cruz, y después de su resurrección todavía conservaba las marcas de esas heridas. Desde esta perspectiva, él explica cómo las recibió. Las recibió al ser tratado como un falso profeta, porque los principales sacerdotes lo llamaron engañador y, basándose en esa acusación, quisieron que fuera crucificado. Sin embargo, él dice que las recibió en la casa de sus amigos, los judíos, quienes debieron haber sido sus amigos. Vino a los suyos y, aunque ellos fueron sus enemigos, todavía los llamó sus amigos, como hizo con Judas: «Amigo, ¿a qué has venido?», porque contribuyeron a provocar su sufrimiento. De la misma manera, llamó a Pedro «Satanás», es decir, un adversario, porque Pedro intentó apartarlo de ese sufrimiento.

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