Versículo destacado
Tito 2:11 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Pues Dios ha mostrado su bondad al ofrecer la salvación a toda la humanidad. "
Tito 2:11
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
9 Aconseja a los siervos que obedezcan en todo a sus amos, que sean amables y no respondones.
10 Que no roben, sino que sean completamente honrados, para mostrar en todo lo hermosa que es la enseñanza de Dios nuestro Salvador.
11 Pues Dios ha mostrado su bondad al ofrecer la salvación a toda la humanidad.
12 Esa bondad de Dios nos enseña a renunciar a la maldad y a los deseos mundanos, y a vivir en el tiempo presente con sensatez, rectitud y piedad,
13 mientras llega el feliz cumplimiento de nuestra esperanza: el regreso glorioso de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.
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Aquí vemos las razones detrás de todas las instrucciones que se acaban de dar. Proceden de la naturaleza y el propósito del evangelio, así como del significado de la muerte de Cristo.
La primera razón es el evangelio mismo. Tanto jóvenes como mayores, hombres y mujeres, amos y siervos, y también Tito, deben cumplir debidamente con sus responsabilidades. Ese es precisamente el propósito del cristianismo: enseñar, ayudar y formar a personas de toda condición y en cada relación para que vivan correctamente. Por eso, los creyentes están bajo la gracia de Dios, como se llama al evangelio (Efesios 3:2). Es gracia porque procede del favor gratuito de Dios, no de algo bueno que haya en nosotros. Además, manifiesta claramente ese favor y lleva la gracia al corazón de los creyentes.
La gracia debe producir bondad. La Escritura dice: «No permitan que el pecado reine sobre ustedes, sino entréguense a Dios», porque no están bajo la ley, sino bajo la gracia (Romanos 6:12-14). El amor de Cristo nos impulsa a no vivir para nosotros mismos, sino para él (2 Corintios 5:14-15). Si la gracia no produce ese efecto, entonces se ha recibido en vano.
Esta gracia del evangelio trae salvación. Revela la salvación, se la ofrece a los pecadores y la asegura para los creyentes. Salva del pecado y de la ira de Dios, de la muerte y del infierno. Por eso el evangelio se llama la palabra de vida. Lleva a la fe y, por medio de la fe, a una vida santa ahora y a la felicidad eterna después. La ley produce muerte, pero el evangelio trae vida y paz. Por eso debemos recibirlo como salvación, obedecer sus mandamientos y seguir sus normas si queremos la salvación del alma.
Las personas son aún más culpables si ignoran esta gracia, porque ahora se ha manifestado con mayor claridad que nunca. En comparación, el antiguo pacto era tenue y estaba lleno de sombras. El evangelio es una luz clara y resplandeciente, y también brilla con mayor amplitud. Se ha manifestado a todos, no solamente a los judíos, como ocurrió con la gloria de Dios en el monte Sinaí. La gracia del evangelio está abierta para todos, y todos están invitados a participar de ella, tanto los gentiles como los judíos. Su mensaje se proclama libre y abiertamente: hacer discípulos de todas las naciones y predicar el evangelio a toda criatura. La barrera ha sido derribada. Lo que antes se mantenía en secreto ahora se ha dado a conocer por medio de las Escrituras, conforme al mandato de Dios, a todas las naciones para que obedezcan a la fe (Romanos 16:25-26).
Este mensaje de gracia y salvación es para personas de toda condición, incluidos los esclavos y siervos, así como los amos. Esto debe animar a todos a recibirlo, creerlo y vivir de una manera digna de él, honrándolo en cada aspecto de la vida.
Esta revelación del evangelio nos enseña. No se limita a darnos información, como lo haría un maestro. También da mandamientos, como un gobernante que establece leyes. Muestra qué debemos evitar y qué debemos seguir. El evangelio no existe principalmente para estudiarlo, sino para ponerlo en práctica y ordenar correctamente la vida.
Primero, nos enseña a apartarnos del pecado: a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos. Debemos rechazarlos y no tener nada más que ver con ellos. Debemos despojarnos del viejo ser, que está corrompido; es decir, de toda la vida de pecado. La impiedad incluye toda irreligiosidad, incredulidad y descuido de Dios; incluye no amarlo, temerlo, confiar en él ni obedecerlo como debemos, y tratar con ligereza su adoración, su nombre, su día y sus ordenanzas. Los deseos mundanos son los deseos corruptos que dominan a quienes viven conforme al mundo, incluidos los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida. Incluyen la sensualidad, la impureza, la avaricia, la ambición y el deseo de recibir la aprobación humana por encima de la de Dios.
Una manera de vivir terrenal y carnal no corresponde a un llamamiento celestial. Quienes pertenecen a Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Lo han hecho mediante su compromiso de pacto, y continúan haciéndolo día tras día, limpiándose cada vez más de toda contaminación del cuerpo y del espíritu.
Luego, el evangelio nos enseña a ocuparnos en hacer el bien. Debemos vivir con dominio propio, con justicia y en piedad. La religión no consiste solamente en evitar el mal. También debemos hacer el bien. La sinceridad se demuestra en ambas cosas, y así se honra el evangelio.
Debemos vivir con dominio propio en relación con nosotros mismos, gobernando nuestros deseos y sentimientos con moderación y autocontrol, y evitando los excesos. Debemos vivir con justicia hacia los demás, dando a cada persona lo que le corresponde, sin hacerle daño a nadie y, más bien, haciendo el bien a los demás según nuestras posibilidades y conforme a sus necesidades. Esto forma parte de la justicia, porque no fuimos creados para vivir solamente para nosotros mismos. Somos miembros unos de otros y debemos procurar el bien de los demás (1 Corintios 10:24; 1 Corintios 12:25). El bien común, que incluye los intereses de todos, debe importarnos a todos. El egoísmo es una forma de injusticia, porque les quita a los demás lo que deberían recibir de nosotros.
¡Qué hermosa es, entonces, una vida justa y recta! Protege y beneficia los intereses de todos, no solamente los privados, y contribuye así a la paz y la felicidad del mundo. Por eso debemos vivir con justicia, además de hacerlo con dominio propio.
También debemos vivir en piedad delante de Dios, cumpliendo con nuestros deberes de adoración y servicio. Nuestros pensamientos acerca de Dios deben moldear todo lo que hacemos. Ya sea que comamos o bebamos, o que hagamos cualquier otra cosa, debemos hacerlo todo para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31). Nuestros deberes personales y nuestras responsabilidades hacia los demás deben cumplirse en obediencia a sus mandamientos, con el propósito de agradarlo y honrarlo, por amor y con reverencia ante él.
También existe un deber directo que tenemos para con Dios: creer y reconocer su existencia y sus perfecciones; rendirle adoración interior y exterior; amarlo, temerlo, confiar en él, depender de él, entregarnos a él y cumplir todos los deberes y ordenanzas religiosas que ha establecido. Esto incluye orar, alabarlo y meditar en su palabra y en sus obras. Eso es la piedad.
Esto significa acercarnos a Dios de la manera en que ahora podemos hacerlo: no directamente por nosotros mismos, sino por medio de Cristo, en quien Dios se ha dado a conocer. El evangelio dirige y exige este camino. Acercarse a Dios por cualquier otra vía, como por medio de santos o ángeles, no corresponde al evangelio y contradice su autoridad. Todos los dones de Dios llegan a nosotros por medio de su Hijo, y también por medio de él deben pasar todas nuestras oraciones y respuestas.
Debemos mirar a Dios en Cristo como aquel en quien esperamos y a quien adoramos. Así cultivamos la piedad, sin la cual el evangelio no puede honrarse debidamente. Una vida moldeada por el evangelio debe ser una vida piadosa, que muestre nuestro amor, temor, reverencia, esperanza, confianza y seguridad en Dios tal como se ha revelado en su Hijo.
Nosotros somos la verdadera circuncisión, quienes poseemos aquello que esa señal anunciaba. Adoramos a Dios por el Espíritu, nos alegramos en Cristo Jesús y no ponemos nuestra confianza en la carne. Nuestro deber puede resumirse brevemente así: renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y vivir con dominio propio, con justicia y en piedad en este mundo presente. El evangelio no solamente nos enseña a creer y esperar correctamente, sino también a vivir bien, de acuerdo con esa fe y esa esperanza.
Este mundo presente es el lugar donde se pone a prueba nuestra vida. Sin embargo, no es nuestro hogar final, así que debemos mantener principalmente la mirada puesta en lo que viene. El evangelio también nos enseña a esperar la gloria del mundo venidero, donde una vida vivida con dominio propio, justicia y piedad nos prepara para lo que sigue. Debemos esperar «la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo».
Aquí la esperanza se refiere a aquello que esperamos: el cielo y todo su gozo. Se llama «esa esperanza» porque es la gran realidad que anhelamos, y «bienaventurada» porque, cuando la recibamos, seremos plenamente felices para siempre. La manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo apunta tanto al momento en que nuestra esperanza se cumplirá como a la certeza y grandeza de ese cumplimiento.
Esto sucederá en la segunda venida de Cristo, cuando aparezca en su propia gloria, en la gloria de su Padre y en la gloria de los santos ángeles (Lucas 9:26). Su propia gloria es la gloria que tenía antes de que existiera el mundo. La gloria de su Padre se ve en él, pues es la imagen exacta del ser de Dios; y, como Dios-hombre, Dios y hombre unidos en una sola persona, viene como gobernante y juez. Los santos ángeles también lo acompañarán como sus servidores y escoltas gloriosos. Su primera venida fue en humildad, para satisfacer la justicia y comprar nuestra salvación. La segunda será en majestad, para conceder plenamente esa salvación a su pueblo.
Cristo fue ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos, y aparecerá por segunda vez ante quienes lo esperan, sin relación con el pecado, para traer salvación (Hebreos 9:28). La expresión «el gran Dios y nuestro Salvador», o incluso «nuestro Salvador Jesucristo», se refiere a una sola persona, no a dos. Por lo tanto, Cristo es verdaderamente el gran Dios, no solamente en un sentido amplio u honorífico, sino plena y realmente Dios (1 Juan 5:20), el Dios fuerte (Isaías 9:6), quien, aunque existía en forma de Dios, no consideró que fuera una usurpación ser igual a Dios (Filipenses 2:6).
En su segunda venida, él recompensará a sus siervos y los llevará consigo a la gloria. Todos los verdaderos cristianos comparten una esperanza bienaventurada en el mundo venidero. Si su esperanza en Cristo fuera solamente para esta vida, serían los más dignos de lástima de todos (1 Corintios 15:19). Aquí, esperanza significa aquello que se espera: Cristo mismo, quien es llamado nuestra esperanza (1 Timoteo 1:1), y la bendición que se encuentra en él y por medio de él, incluso las “riquezas de gloria” (Efesios 1:18).
El propósito del evangelio es impulsar una vida santa por medio de esta esperanza bienaventurada. “Ciñan los lomos de su mente” significa estar preparados y vivir con disciplina, y “esperen por completo” significa seguir confiando hasta el fin en la gracia que nos será traída cuando Jesucristo se manifieste (1 Pedro 1:13). De la misma manera, debemos renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y vivir con dominio propio, justicia y piedad en este mundo presente, mientras esperamos la esperanza bienaventurada; no como jornaleros, sino como cristianos agradecidos y obedientes. “¡Qué clase de personas deben ser ustedes en santa conducta y piedad!”, mientras esperan y se apresuran hacia el día de Dios (2 Pedro 3:11-12). Esperar y apresurarse significa anticipar ese día y prepararse para él con cuidado.
Cuando Cristo aparezca en gloria, los cristianos recibirán la esperanza bienaventurada que han estado esperando. Su felicidad consistirá en estar donde él está y contemplar su gloria (Juan 17:24). Entonces la gloria del gran Dios y nuestro Salvador resplandecerá como el sol. Aunque aparecerá como el Hijo del Hombre cuando ejerza el juicio, también se manifestará claramente como el Hijo de Dios. La gloria divina que con frecuencia estuvo oculta en la tierra brillará entonces como el sol en todo su esplendor.
Por eso, la obra del evangelio es elevar el corazón para esperar la segunda venida de Cristo. Hemos nacido de nuevo a una esperanza viva de ese acontecimiento (1 Pedro 1:3), nos hemos vuelto para servir al Dios vivo y hemos aprendido a esperar desde el cielo a su Hijo (1 Tesalonicenses 1:9-10). Los cristianos se distinguen por esperar el regreso de su Señor (Lucas 12:36) y amar su manifestación (2 Timoteo 4:8). Por tanto, mantengamos la mirada puesta en esta esperanza, con la mente preparada y las lámparas encendidas, como siervos que esperan a su Señor. No sabemos el día ni la hora, pero el que viene vendrá y no tardará (Hebreos 10:37).
El consuelo y el gozo de los cristianos consisten en que su Salvador es el gran Dios y en que se manifestará en gloria en su segunda venida. Entonces el poder y el amor, la majestad y la misericordia aparecerán juntos en todo su esplendor. Eso significará terror y vergüenza para los malvados, pero triunfo y gozo perdurables para los piadosos. Si él no fuera verdaderamente el gran Dios, sino solo una criatura, no podría ser nuestro Salvador ni nuestra esperanza.
Estas verdades respaldan las instrucciones dadas a cada grupo de personas acerca de sus deberes, según la naturaleza y el propósito del evangelio. A continuación se presenta otra razón poderosa, basada en el propósito de la muerte de Cristo: “Él se dio a sí mismo por nosotros, para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo especial, celoso de buenas obras” (Tito 2:14). Cristo murió para conducirnos a la santidad y a la felicidad, tanto como para enseñarnos a vivir.
Aquí vemos, en primer lugar, quién compró la salvación: Jesucristo, el gran Dios y nuestro Salvador. Él salva no simplemente como Dios, ni simplemente como hombre, sino como Dios y hombre en una sola persona. Como hombre, podía obedecer, sufrir y morir por la humanidad, y actuar en nuestro favor y en nuestro lugar. Como Dios, podía sostener su naturaleza humana, dar valor y poder a su obra, honrar las exigencias y la dignidad de la naturaleza divina, y aun así traer el bien a sus criaturas para la gloria de Dios.
También vemos el precio de nuestra redención: “Él se dio a sí mismo”. El Padre lo entregó, pero él también se entregó a sí mismo. La grandeza de ese regalo, junto con su carácter voluntario y pleno de disposición, fue lo que lo hizo aceptable y lleno de mérito. “Por eso me ama el Padre: porque yo pongo mi vida para volver a tomarla”.
Nadie le quitó la vida a Cristo; él la entregó voluntariamente (Juan 10:17-18). De la misma manera, dijo: “Por ellos yo me santifico” (Juan 17:19), es decir, se apartó y se dedicó a esta obra para ser tanto sacerdote como sacrificio ofrecido a Dios por el pecado humano. Su naturaleza humana fue la ofrenda; su naturaleza divina le dio valor a esa ofrenda, y toda la obra perteneció a su única persona.
“Se dio a sí mismo en rescate por todos” (1 Timoteo 2:6). Se manifestó una sola vez, al final de los tiempos, para quitar el pecado mediante el sacrificio de sí mismo. Él fue a la vez el sacerdote y el sacrificio. Fuimos redimidos, no con plata ni oro, sino con la preciosa sangre de Cristo (1 Pedro 1:18-19), llamada la sangre de Dios, es decir, la sangre de aquel que es Dios (Hechos 20:28).
En tercer lugar, consideremos por quiénes se entregó. Fue por nosotros, pobres pecadores que nos dirigíamos a la ruina, que nos habíamos apartado de Dios y nos habíamos rebelado contra él. Él se dio por nosotros, no solo para nuestro beneficio, sino también en nuestro lugar. El Mesías fue quitado, no por sí mismo, sino por nosotros. Él sufrió, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios (1 Pedro 3:18). Fue hecho pecado por nosotros, es decir, una ofrenda por el pecado, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21). ¡Qué humildad y gracia tan extraordinarias! Él nos amó y se entregó por nosotros; por eso nosotros debemos amarlo y entregarnos a él.
Consideremos especialmente los propósitos por los que se entregó por nosotros. Primero, lo hizo para redimirnos de toda iniquidad. Esto corresponde a la primera enseñanza: renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos. Cristo se entregó para liberarnos de esas cosas, así que debemos abandonarlas. Amar el pecado y vivir en él es pisotear la sangre redentora, despreciar uno de sus mayores regalos y actuar en contra de su propósito.
Pero ¿cómo pudo el breve sufrimiento de Cristo redimirnos de todo pecado? Fue posible por el valor infinito de su persona. Aquel que era Dios sufrió, aunque no como Dios de la misma manera. Las acciones y cualidades de cualquiera de sus dos naturalezas pertenecen a la misma persona. Dios compró a su iglesia con su propia sangre (Hechos 20:28). Cuando el pago se hace por completo de una vez, no hace falta un sufrimiento interminable. Una simple criatura no podría haberlo hecho, porque su naturaleza es limitada; pero el Dios-hombre sí podía. El gran Dios y nuestro Salvador se entregó por nosotros, y eso lo explica. Por una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a quienes están siendo santificados (Hebreos 9:25-26; 10:14). No necesitó ofrecerse otra vez, y la muerte no pudo retenerlo después de que la atravesó. ¡Qué resultado tan bienaventurado de la muerte de Cristo: la redención de toda iniquidad!
Segundo, se entregó para purificar para sí un pueblo, su pueblo especial. Esto respalda la segunda enseñanza: vivir con dominio propio, rectitud y piedad en este mundo presente. Cristo murió para purificar además de perdonar; para dar gracia y sanar nuestra naturaleza, además de liberarnos de la culpa y la condenación. Se entregó por su iglesia para limpiarla. De esta manera, forma para sí un pueblo al purificarlo. Así, ese pueblo queda apartado del mundo que yace bajo el mal. Nace de Dios, es formado para reflejarlo, llevar su imagen y ser santo como es santo su Padre celestial.
Observemos que la redención del pecado y la limpieza de nuestra naturaleza van juntas, y que ambas cosas forman un pueblo perteneciente a Dios. Estas personas son libres de culpa y condenación, libres del poder de los deseos pecaminosos y limpiadas en el alma por el Espíritu. Son el pueblo escogido, el sacerdocio real, la nación santa y, por tanto, un pueblo especial.
Tercero, se entregó para que ese pueblo estuviera dispuesto a hacer buenas obras. Este pueblo especial debe demostrar lo que es haciendo el bien y mostrando celo por hacerlo. El evangelio no enseña una libertad moral sin límites, sino la santidad y una vida buena. Fuimos redimidos de nuestra manera de vivir vacía para servir a Dios en santidad y justicia todos nuestros días. Por eso, asegurémonos de hacer el bien y de hacerlo con entusiasmo, manteniendo ese entusiasmo guiado por el conocimiento, impulsado por el amor, dirigido a la gloria de Dios y siempre dedicado a algo bueno. Así, este es el motivo de los deberes ya señalados: el propósito de la muerte de Cristo.
De este capítulo
Tito 2:1
"Lo que digas debe estar siempre de acuerdo con la enseñanza sana."
Tito 2:2
"Los ancianos deben ser serios, respetables y sensatos; sanos en la fe, en el amor y en la fortaleza para soportar el sufrimiento."
Tito 2:3
"Del mismo modo, las ancianas deben comportarse con reverencia, sin ser chismosas ni emborracharse. Deben dar un buen ejemplo"
Tito 2:4
"y enseñar a las jóvenes a amar a sus esposos y a sus hijos,"
Tito 2:5
"a ser sensatas, puras, cuidadosas del hogar, bondadosas y sujetas a sus esposos, para que nadie pueda hablar mal del mensaje de Dios."
Tito 2:6
"Del mismo modo, anima a los jóvenes a ser sensatos"
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