Josué, hijo de Nun, fue un guerrero valiente que ayudó a Moisés en su oficio de profeta. Fue puesto para ser en su tiempo, como lo indica su nombre, una gran salvación para los elegidos de Dios, para castigar a los enemigos y entregar a Israel la tierra que era su herencia.
¡Qué majestuoso era al levantar el brazo y agitar su lanza contra una ciudad!
Nadie podía resistirlo cuando peleaba las batallas del Señor.
Por medio de él, el sol se detuvo y un solo día se convirtió en dos.
Invocó al Dios altísimo cuando los enemigos lo atacaban por todas partes, y Dios le respondió enviando una enorme cantidad de granizos como piedras,
que hizo caer sobre las tropas enemigas, y así destruyó a los adversarios en la cuesta de Bet-horón. De este modo, esas naciones condenadas a la destrucción supieron que el Señor protegía a su pueblo en las batallas.
Josué siguió fielmente a Dios y, en tiempos de Moisés, se mantuvo leal. Él y Caleb, hijo de Jefuné, resistieron la rebelión del pueblo, apartaron de la comunidad la ira de Dios e hicieron callar a los que murmuraban.
Por eso, entre los seiscientos mil israelitas, solo ellos dos se libraron para entrar y tomar posesión del país donde la leche y la miel corren como el agua.
El Señor dio a Caleb fuerzas que le duraron hasta la vejez, para que pudiera dominar las alturas del país. También sus descendientes recibieron su herencia,
para que todos los israelitas supieran lo bueno que es seguir fielmente al Señor.
También podría nombrar, uno por uno, a los jueces que no se dejaron engañar ni se alejaron de Dios. ¡Bendito sea su recuerdo!
¡Que sus huesos vuelvan a florecer en la tumba y sus nombres se renueven en sus descendientes!
Samuel, juez y sacerdote, amado por el pueblo y estimado por su Creador, escogido por Dios desde antes de nacer y consagrado al Señor en su oficio de profeta, instituyó la monarquía por encargo de Dios y consagró a quienes debían gobernar la nación.
Por orden del Señor, gobernó al pueblo y visitó los campamentos de Jacob.
Como era un profeta que decía la verdad, lo consultaban, y sus palabras demostraron que se podía confiar en él.
Él también invocó a Dios cuando sus enemigos lo atacaban por todas partes y le ofreció en holocausto un corderito.
Y el Señor hizo oír un trueno desde el cielo; su voz se oyó con gran estruendo;
sometió a los jefes enemigos y destruyó a los gobernantes filisteos.
Cuando ya estaba en cama, a punto de morir, declaró ante Dios y ante el rey escogido por Dios: «Nunca he aceptado soborno de nadie, ni siquiera un par de sandalias». Y nadie pudo desmentirlo. Hasta el final de su vida fue prudente a los ojos del Señor y de todos los hombres.
Aun después de morir fue consultado y anunció al rey lo que iba a sucederle; desde la tumba alzó su voz de profeta.