Eclesiástico 23:1
¡Señor, Padre y dueño de mi vida, no dejes que mi lengua me domine ni que por culpa de ella caiga!
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38 versículos | Biblia BibleGuided — Español
¡Señor, Padre y dueño de mi vida, no dejes que mi lengua me domine ni que por culpa de ella caiga!
¡Ojalá la sabiduría castigara mi mente y corrigiera mi entendimiento, sin perdonar mis faltas ni disimular mis pecados!
Para que mis errores no se multipliquen ni aumenten mis pecados, para que no quede humillado ante mis enemigos ni ellos se rían de mí.
Señor, Padre y Dios de mi vida, no permitas que yo sea altanero
y aparta de mí los malos deseos.
¡Que no me dominen la gula ni la pasión sexual! ¡No me entregues a deseos vergonzosos!
Hijos, escuchen la instrucción para aprender a hablar; el que la siga no pecará.
Por su boca queda atrapado el pecador, y el insolente y altanero caerá por ella.
No te acostumbres a jurar ni a pronunciar para todo el nombre del Dios santo.
Si a un esclavo se le examina constantemente, no saldrá sin azotes; así también, el que jura y nombra a Dios continuamente no quedará libre de pecado.
El que jura con frecuencia se llenará de culpa, y el castigo no se alejará de su casa. Si jura por descuido, es responsable de su falta; si lo hace por ligereza, peca doblemente; y si jura en falso, resultará culpable. Sobre su casa lloverán desgracias.
Hay palabras que equivalen a la muerte; ¡que nunca se pronuncien en el pueblo de Jacob! Los piadosos evitan todo esto y no se revuelcan en el pecado.
No te acostumbres a hablar de manera grosera y vulgar, porque así cometerás pecado.
Acuérdate de tu padre y de tu madre cuando te sientes entre gente de importancia, no sea que, cuando estés con ellos, te descuides y te comportes como un tonto; entonces querrás no haber nacido y maldecirás el día en que naciste.
El que se acostumbra a insultar no aprenderá en toda su vida.
Dos y tres clases de personas pecan mucho y atraen sobre sí el castigo de Dios:
El que se entrega a la pasión sexual, que arde como fuego y no se apagará hasta que se consuma. El hombre mujeriego no quedará satisfecho hasta que el fuego lo devore. Al hombre mujeriego le parece bueno cualquier pan, y no se detendrá hasta que muera.
El hombre que es infiel al matrimonio dice en su interior: «¿Quién va a verme? Todo está oscuro, las paredes me esconden, nadie me ve. ¿A qué podré tenerle miedo? El Altísimo no se fijará en mis pecados».
Lo único que teme es que los hombres lo vean, y no se da cuenta de que los ojos del Señor son mil veces más brillantes que el sol, ven todo lo que los hombres hacen y penetran hasta lo más escondido.
Antes de crear todas las cosas, Dios ya las conocía, y también después de haberlas terminado.
El adúltero será atrapado cuando menos lo espere y recibirá públicamente su castigo.
Lo mismo le sucederá a la mujer infiel a su marido, que le da un heredero tenido de un extraño.
En primer lugar, desobedece la ley del Altísimo; en segundo lugar, peca contra su marido; y en tercer lugar, se mancha con el adulterio al tener hijos de un extraño.
Esa mujer será llevada ante la asamblea, y las consecuencias de su falta caerán sobre sus hijos.
Sus hijos no podrán prosperar; no producirán nada de provecho.
Sobre su recuerdo pesará una maldición, y su deshonra no será borrada.
Y los demás reconocerán que no hay nada mejor que respetar al Señor ni nada más dulce que cumplir sus mandamientos.
La oración inicial pide que Dios corrija la mente, la lengua y los deseos desordenados para evitar el pecado y la vergüenza.
El capítulo advierte contra los juramentos repetidos, el uso irreverente del nombre de Dios, los insultos y el lenguaje vulgar.
La infidelidad matrimonial se presenta como una transgresión grave que hiere la alianza, desprecia la ley de Dios y produce consecuencias para la familia y la comunidad.
Aunque una persona intente esconder sus actos, nada queda fuera del conocimiento de Dios, quien conoce todas las cosas desde antes de su creación.
El cierre resume la enseñanza del capítulo: no hay bien comparable con honrar al Señor ni dulzura mayor que vivir conforme a sus mandamientos.
Versículos clave: 27
Eclesiástico, también llamado Sirácida, pertenece a la literatura sapiencial judía y fue compuesto en un contexto de enseñanza moral y religiosa. El capítulo refleja la preocupación por formar personas capaces de gobernar sus palabras, apetitos y relaciones dentro de la alianza con Dios. Sus referencias a la asamblea, al honor familiar y a la descendencia corresponden a una sociedad antigua en la que la reputación y la responsabilidad comunitaria tenían un peso especial. La condena del adulterio y de la falsa religiosidad debe leerse dentro de ese marco histórico, sin convertir las consecuencias descritas en una justificación para humillar o maltratar a personas en el presente.
El capítulo comienza como una oración personal dirigida al Señor, Padre y dueño de la vida (1-6). Luego cambia a un tono de instrucción dirigido a los hijos y desarrolla advertencias sobre los juramentos, el lenguaje ofensivo y la falta de respeto (7-15). La segunda parte examina la pasión sexual y el adulterio, subrayando que Dios ve lo escondido y que la infidelidad afecta a más personas que quienes la cometen (16-26). Finalmente, el capítulo concluye con una afirmación sapiencial sobre la bondad de respetar al Señor y obedecer sus mandamientos (27).
El capítulo presenta la santidad como una realidad que abarca la mente, la lengua, los deseos, la sexualidad y las relaciones familiares. La oración inicial reconoce que el dominio propio necesita la ayuda y la corrección de Dios. La enseñanza sobre los juramentos recuerda que el nombre divino no debe usarse con ligereza. La afirmación de que Dios ve lo oculto expresa su conocimiento y justicia, pero no elimina la necesidad de leer el texto junto con el conjunto de la revelación bíblica sobre misericordia, arrepentimiento, restauración y dignidad humana. En su conclusión, Eclesiástico 23 vincula la verdadera felicidad con reverencia a Dios y obediencia a sus caminos.
El capítulo puede resonar con experiencias de culpa, vergüenza, impulsividad, conflictos familiares o preocupación por la fidelidad en una relación. Su oración inicial modela una forma honesta de reconocer límites personales y pedir ayuda para ordenar pensamientos, palabras y deseos. Sin embargo, el texto no debe usarse para etiquetar a una persona como irremediablemente impura ni para justificar control, humillación o violencia. En situaciones de infidelidad, compulsión sexual o lenguaje dañino, puede ser útil distinguir entre responsabilidad, arrepentimiento, reparación y la necesidad de apoyo pastoral o profesional. La fe y la salud emocional pueden acompañarse, pero este capítulo no sustituye la atención de un profesional de salud mental.
El capítulo trata sobre el dominio propio y la responsabilidad moral, especialmente en el uso de la lengua, los juramentos, los deseos sexuales y la fidelidad matrimonial.
Enseña a pedirle a Dios corrección, sabiduría y protección frente al orgullo, la gula, la pasión desordenada y las palabras que pueden conducir al pecado.
Porque considera que usar repetidamente el nombre de Dios de manera descuidada o falsa no es un asunto trivial. Las palabras deben expresar verdad, reverencia y responsabilidad.
Significa que el conocimiento de Dios alcanza las acciones y las intenciones que otras personas no pueden ver. La afirmación subraya su justicia y también llama a vivir con integridad.
Debe leerse como una condena de la infidelidad y del daño que causa a las relaciones, pero nunca como justificación para la violencia, la humillación o el rechazo de los hijos y de otras personas afectadas.
No. El capítulo habla seriamente de la responsabilidad y de las consecuencias del pecado, pero la lectura cristiana de la Escritura también reconoce la posibilidad de arrepentimiento, perdón, reparación y transformación.
Eclesiástico 23 reconoce que algunas luchas dejan cansancio, culpa y temor, especialmente cuando las palabras o los deseos han herido una relación. La oración inicial no oculta la fragilidad humana: la presenta delante de Dios y pide ayuda para cambiar. El tono severo del capítulo no debe convertirse en desprecio hacia quien está luchando; la verdad puede ir acompañada de compasión, seguridad y esperanza.
La composición avanza desde una oración personal hacia instrucciones comunitarias y termina con una síntesis sapiencial. El texto relaciona el habla, el deseo y la conducta con la vida de la alianza, y presenta el conocimiento divino de lo oculto como fundamento de la responsabilidad moral. Sus referencias a la asamblea, la descendencia y la deshonra pertenecen a un contexto social antiguo y requieren una lectura histórica cuidadosa, especialmente al aplicar sus advertencias hoy.
La sabiduría práctica del capítulo se concentra en detener los patrones dañinos antes de que crezcan: palabras impulsivas, promesas poco responsables, insultos y secretos que destruyen la confianza. Cuando una relación ha sido herida por infidelidad o lenguaje abusivo, la respuesta responsable incluye verdad, límites, protección de las personas vulnerables, reparación y apoyo adecuado. La obediencia se muestra en hábitos concretos, no solo en declaraciones religiosas.
El capítulo contempla una vida entera delante de Dios: la lengua que habla, el deseo que arde, el secreto que parece oculto y la conciencia que busca corrección. Su enseñanza invita a una integridad profunda, en la que lo interior y lo exterior dejan de vivir separados. La conclusión no presenta la obediencia como una carga vacía, sino como un camino de dulzura y reverencia ante el Dios que conoce y sostiene la vida.
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