Versículo destacado
Romanos 5:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Puesto que Dios ya nos ha hecho justos gracias a la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. "
Romanos 5:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Puesto que Dios ya nos ha hecho justos gracias a la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.
2 Pues por Cristo hemos podido acercarnos a Dios por medio de la fe para disfrutar de su favor; permanecemos firmes y nos gloriamos con la esperanza de participar en la gloria de Dios.
3 Y no solo esto, sino que también nos gloriamos de los sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento nos da firmeza para soportar,
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Los preciosos beneficios y privilegios que provienen de la justificación deben impulsarnos a buscar la certeza de que hemos sido justificados, a disfrutar el consuelo que trae y a cumplir los deberes que exige. Los frutos de este árbol de vida son muy valiosos. Primero, tenemos paz con Dios, como dice Romanos 5:1. El pecado es lo que inicia el conflicto entre nosotros y Dios. No solo crea distancia; también produce enemistad, y el Dios santo y justo no puede estar en paz con el pecador mientras la culpa permanezca.
La justificación elimina esa culpa y, por eso, abre el camino a la paz. Dios es tan bondadoso y bueno con las personas que, en cuanto desaparece esa barrera, se establece la paz. Por medio de la fe nos aferramos a la fuerza de Dios y así tenemos paz (Isaías 27:4-5). Esta paz es más que el simple fin de la enemistad. Incluye amistad y bondad, porque Dios es nuestro peor enemigo o nuestro mejor amigo. Abraham, al ser justificado por la fe, fue llamado amigo de Dios (Santiago 2:23), y eso fue un gran honor. Pero no fue su único honor, porque Cristo llama amigos a sus discípulos (Juan 15:13-15). Una persona no necesita nada más para ser verdaderamente feliz que tener a Dios como amigo.
Todo esto viene por medio de nuestro Señor Jesucristo, quien es el gran pacificador, el Mediador, aquel que se coloca entre Dios y la humanidad. Él es ese bendito árbitro que ha puesto su mano sobre ambas partes. Antes de pecar, Adán tenía paz directa con Dios y no necesitaba un mediador. Pero para los pecadores culpables, es terrible pensar en Dios separado de Cristo. Él es nuestra paz (Efesios 2:14), no solo quien hace la paz, sino quien la establece y la mantiene firme (Colosenses 1:20).
Segundo, tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, como dice Romanos 5:2. Este es otro privilegio: no solo la paz, sino también la gracia, es decir, el favor de Dios. La condición bienaventurada de los creyentes es una condición de gracia, en la que se encuentran el amor de Dios hacia nosotros y nuestra semejanza a él. Todo aquel que tiene el amor de Dios y la semejanza de Dios está en un estado de gracia.
A esta gracia tenemos acceso; la palabra significa «introducción» o «entrada». Esto nos indica que no nacimos en esta condición. Por naturaleza somos hijos de ira, y la mente pecaminosa es enemiga de Dios. Pero somos llevados a ella. No podríamos haber entrado por nosotros mismos ni haber superado los obstáculos del camino. Somos conducidos de la mano, como personas ciegas, cojas o débiles. Somos presentados como ofensores perdonados, o como extraños llevados ante un rey para ser recibidos. Pablo tuvo esta entrada en su conversión, cuando fue acercado a Dios. Bernabé lo presentó a los apóstoles (Hechos 9:27), y otras personas lo llevaron de la mano a Damasco (Hechos 9:8); pero Cristo mismo fue quien lo presentó y lo condujo a esta gracia.
Tenemos esta entrada por medio de la fe. Cristo es la fuente y el principal agente de ella, y la fe es el medio por el cual entramos. No es por algún mérito que haya en nosotros, sino porque confiamos en él y dependemos de él.
Tercero, estamos firmes en esta gracia. Esto significa más que simplemente estar dentro de ella. Muestra que hemos sido liberados de la culpa. Permanecemos en el juicio (Salmo 1:5), no derribados como criminales condenados. Nuestro honor está seguro y no somos arrojados al suelo como personas sin posición. Esta expresión también muestra progreso. Mientras permanecemos firmes, seguimos avanzando. No debemos actuar como si ya hubiéramos llegado, sino permanecer firmes como quienes siguen adelante, como siervos que esperan a su amo, Cristo. También muestra perseverancia. Estamos firmes de manera segura y constante, sostenidos por el poder de Dios. Permanecemos como soldados que conservan su posición y no son vencidos por el enemigo.
Esto significa no solo que hemos sido admitidos al favor de Dios, sino también que hemos sido confirmados en él. No es como los tribunales terrenales, donde las posiciones elevadas son inestables. Aquí permanecemos firmes con una confianza humilde, porque el que comenzó en nosotros la buena obra la llevará a cabo (Filipenses 1:6).
Cuarto, nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Además de las bendiciones presentes, hay una bendición futura que esperamos: la gloria que Dios dará a sus santos en el cielo. Esa gloria se verá en la plena contemplación y el gozo de Dios mismo. Solo quienes ahora tienen acceso por la fe a la gracia de Dios pueden esperar esa gloria después. No existe una esperanza firme de gloria si no está fundada en la gracia. La gracia es la gloria ya iniciada, y es la promesa y garantía de la gloria. Dios dará tanto la gracia como la gloria (Salmo 84:11). Quienes esperan la gloria de Dios tienen ahora suficiente motivo para alegrarse. Es deber de quienes esperan el cielo regocijarse en esa esperanza.
Quinto, también nos gloriamos en las tribulaciones. No lo hacemos solamente a pesar de nuestras dificultades, como si ellas no pudieran impedirnos regocijarnos en la esperanza de la gloria de Dios. Lo hacemos incluso en medio de nuestras dificultades, porque estas producen para nosotros un peso eterno de gloria (2 Corintios 4:17). Esto muestra cómo crece y aumenta la felicidad de los creyentes. Alguien podría pensar que tanta paz, tanta gracia, tanta gloria y tanto gozo en la esperanza ya sería más de lo que personas pobres e indignas como nosotros podríamos esperar. Sin embargo, no se trata solo de eso. Hay más señales de nuestra felicidad, porque también nos gloriamos en las tribulaciones, especialmente en los sufrimientos por causa de la justicia. Eso alguna vez pareció la objeción más fuerte contra la felicidad de los santos, pero, en realidad, su felicidad no solo es compatible con esos sufrimientos, sino que comienza en ellos. Ellos se alegraron porque fueron considerados dignos de sufrir (Hechos 5:41).
Puesto que esta es la parte más difícil de entender, el escritor explica por qué podemos gloriarnos en las tribulaciones. La tribulación produce paciencia, no por sí misma, sino porque la poderosa gracia de Dios obra en ella y por medio de ella. Pone a prueba la paciencia y, al probarla, la fortalece, de la misma manera que las capacidades crecen con el uso. La tribulación no es la causa de la paciencia, pero brinda la ocasión para que esta se manifieste, así como el acero se endurece con el fuego. Dios produce el bien a partir de los problemas y dulzura a partir de lo fuerte y áspero. Todo lo que produce paciencia es motivo de alegría, porque la paciencia nos hace más bien del que la tribulación puede hacernos daño. En sí misma, la tribulación produce impaciencia; pero cuando Dios la santifica para su pueblo, produce paciencia.
Después, la paciencia produce experiencia, como dice Romanos 5:4. Nos da una experiencia de Dios y de los cánticos que él nos da en la noche. Quienes sufren con paciencia suelen conocer más profundamente el consuelo que Dios da, y ese consuelo crece a medida que aumenta la aflicción. También nos da una experiencia de nosotros mismos. Por medio de la tribulación ponemos a prueba nuestra sinceridad; por eso esas dificultades reciben el nombre de pruebas. Produce dokimé, una palabra que significa aprobación, como la de una persona que ha pasado la prueba y ha demostrado ser genuina.
El sufrimiento de Job produjo paciencia, y esa paciencia lo llevó a una aprobación firme, porque él todavía se aferraba a su integridad (Job 2:3). De la misma manera, cuando un creyente es probado y sale como el oro, esa experiencia fortalece la esperanza. Esta experiencia, o carácter aprobado, no es tanto la base de nuestra esperanza como la evidencia de ella y una gran ayuda para sostenerla. Lo que Dios ha hecho antes respalda nuestra esperanza en lo que hará de nuevo, y lo que aprendemos sobre nosotros mismos ayuda a mostrar que nuestra fe es real.
Esta esperanza no nos avergüenza; es decir, no nos fallará ni nos engañará. Pocas cosas son tan dolorosas como la decepción. Los malvados enfrentarán una vergüenza duradera cuando sus esperanzas se derrumben, pero la esperanza de los justos terminará en alegría (Proverbios 10:28). Véanse también (Salmo 22:5; Salmo 71:1). O bien, esta esperanza no hace que nos avergoncemos de nuestros sufrimientos. Aunque otros nos consideren lo más bajo de lo bajo y nos traten como basura en la calle, no nos avergonzamos cuando sufrimos por esta esperanza de gloria. La causa es buena, el Maestro es bueno y la esperanza es buena; por eso no hay vergüenza en ello. Nunca sentiremos que hemos sido deshonrados por sufrimientos que seguramente terminarán de una manera tan gloriosa.
Esta esperanza no nos decepcionará, porque el Espíritu Santo la confirma como el Espíritu que da amor. Es obra bondadosa del Espíritu bendito derramar el amor de Dios en el corazón de todos los creyentes. Esto puede referirse al amor que Dios tiene por nosotros, el cual despierta en nosotros un amor recíproco hacia él, o a los abundantes efectos de ese amor: la gracia especial y la dulce experiencia de ella. Ese amor se derrama como un aceite fragante que llena el alma de dulzura, o como la lluvia que riega la tierra y la hace fértil. La raíz de todo nuestro consuelo, santidad y perseverancia constante en ambas cosas es este derramamiento del amor de Dios en nuestro corazón. Es este amor el que nos impulsa (2 Corintios 5:14). De esta manera, somos atraídos y sostenidos por los lazos del amor. Una verdadera conciencia del amor de Dios nos impedirá avergonzarnos, ya sea de nuestra esperanza en él o de nuestro sufrimiento por él.
De este capítulo
Romanos 5:2
"Pues por Cristo hemos podido acercarnos a Dios por medio de la fe para disfrutar de su favor; permanecemos firmes y nos gloriamos con la esperanza de participar en la gloria de Dios."
Romanos 5:3
"Y no solo esto, sino que también nos gloriamos de los sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento nos da firmeza para soportar,"
Romanos 5:4
"y esta firmeza nos permite salir aprobados, y el salir aprobados nos llena de esperanza."
Romanos 5:5
"Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha llenado nuestro corazón con su amor por medio del Espíritu Santo que nos ha dado."
Romanos 5:6
"Pues cuando nosotros éramos incapaces de salvarnos, Cristo, a su debido tiempo, murió por los pecadores."
Romanos 5:7
"No es fácil que alguien se deje matar en lugar de otra persona, ni siquiera en lugar de una persona justa; aunque quizás alguien estaría dispuesto a morir por la persona que le haya hecho un gran bien."
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