Versículo destacado

Romanos 16:25 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Alabemos a Dios, quien puede hacerlos firmes conforme al evangelio que yo anuncio y a la enseñanza acerca de Jesucristo. Esto concuerda con lo que Dios ha revelado acerca de su designio secreto, el cual permaneció oculto desde antes que el mundo existiera, "

Romanos 16:25

menu_book El versículo en contexto

23 Los saluda Gayo. Estoy alojado en su casa, que él pone a disposición de toda la iglesia. También los saludan Erasto, tesorero de la ciudad, y el hermano Cuarto.

24 La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos ustedes. Amén.

25 Alabemos a Dios, quien puede hacerlos firmes conforme al evangelio que yo anuncio y a la enseñanza acerca de Jesucristo. Esto concuerda con lo que Dios ha revelado acerca de su designio secreto, el cual permaneció oculto desde antes que el mundo existiera,

26 pero ahora se ha dado a conocer mediante los escritos de los profetas, de acuerdo con el mandato del Dios eterno. Este secreto del plan de Dios se ha dado a conocer a todas las naciones para que crean y obedezcan.

27 ¡A Dios, el único y sabio, sea la gloria para siempre por medio de Jesucristo! Amén.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí el apóstol termina su carta con una solemne y hermosa alabanza al Dios bendito. Quiere que todo vuelva a Dios para su gloria, porque todas las cosas proceden de él y existen por medio de él. Es como si Pablo derramara su alma delante de los romanos en adoración, y escogiera hacer de la alabanza el cierre de su carta, tal como había sido el propósito de su vida.

Luego Pablo ofrece una descripción del evangelio, como una especie de digresión. Acaba de hablar de él como el medio por el cual Dios afirma a los creyentes y como la norma que guía ese fortalecimiento: «conforme a mi evangelio». Pablo lo llama «mi evangelio» porque lo predicó y se gozaba profundamente en él. Algunos piensan que se refiere solamente a la enseñanza que ha presentado en esta carta, pero es más probable que incluya toda la predicación y los escritos de los apóstoles, con Pablo como uno de sus principales colaboradores. Por medio de la palabra de ellos, la palabra que les fue encomendada (Juan 17:20), Dios da a conocer este evangelio.

El evangelio es la predicación de Jesucristo. Cristo mismo lo predicó, y fue el Señor quien comenzó a anunciarlo (Hebreos 2:3). Como se complacía tanto en su obra de salvarnos, quiso ser el primero en anunciarla. O, visto de otra manera, Cristo es el tema principal del evangelio. Todo el mensaje se centra en Jesucristo y en él crucificado. «No nos predicamos a nosotros mismos —dice Pablo—, sino a Cristo Jesús como Señor». La predicación clara de Jesucristo es lo que fortalece el alma.

El evangelio también es la revelación de un misterio que estuvo oculto desde el principio del mundo y que ahora se da a conocer por medio de los escritos de los profetas. El corazón del evangelio es un misterio. Nuestra liberación y salvación por medio de Jesucristo, en su plan, su manera de llevarse a cabo y sus resultados, es verdaderamente un gran misterio de la piedad (1 Timoteo 3:16). Esto demuestra la grandeza del evangelio. No es una idea común inventada por la sabiduría humana, sino la obra maravillosa de la sabiduría y el consejo eternos de Dios, con una profundidad y una altura que superan la comprensión humana. Hasta los ángeles desean contemplarlo, pero no pueden llegar a sondar toda su profundidad. Sin embargo, Dios ha hecho suficientemente claro este misterio para llevarnos al cielo, si no despreciamos con ligereza una salvación tan grande.

Este misterio estuvo oculto desde el principio del mundo. Estuvo escondido en silencio desde la eternidad, como algunos entienden la expresión, es decir, formaba parte del propósito eterno del amor de Dios. Antes de la creación del mundo, el misterio estaba escondido en Dios (Efesios 3:9). O, si se entiende como «desde el principio del mundo», estuvo oculto durante todo el tiempo del Antiguo Testamento en los tipos y sombras de la ley ceremonial y en las predicciones oscuras de los profetas. Esas profecías señalaban a Cristo, pero las personas no podían ver plenamente su cumplimiento (2 Corintios 3:13). También estuvo oculto de muchas maneras para los judíos, y mucho más para los gentiles, que vivían en oscuridad y no tenían un conocimiento verdadero de él. Incluso los propios discípulos de Cristo, antes de su resurrección y ascensión, entendían el misterio de la redención de manera confusa e incompleta.

Pero ahora ha sido aclarado. El velo se ha rasgado, las sombras del atardecer han desaparecido, y por medio del evangelio la vida y la inmortalidad han salido a la luz. El Sol de justicia se ha levantado sobre el mundo. Pablo no afirma que él haya descubierto esta verdad por sí solo. Quiere decir que ahora ha sido dada a conocer a muchos más. Se da a conocer por medio de las Escrituras de los profetas, porque el acontecimiento mismo ofrece la mejor explicación de sus palabras. Una vez que la promesa se ha cumplido, su significado se vuelve evidente. Lo que los profetas escribieron muchas veces era oscuro en su propia época, pero ahora sus escritos muestran con claridad su sentido, y por medio de ellos este misterio se da a conocer entre todas las naciones.

El Antiguo Testamento no solo recibe luz del Nuevo Testamento; también le devuelve luz. Si el Nuevo Testamento explica el Antiguo, el Antiguo también ayuda a explicar el Nuevo. De esa manera, los profetas vuelven a hablar ahora que sus profecías se han cumplido delante de muchos pueblos, naciones y lenguas (Apocalipsis 10:11). Cristo aparece ahora como el tesoro escondido en el campo del Antiguo Testamento. Todos los profetas dan testimonio de él (Lucas 24:27).

Este misterio se manifiesta conforme al mandato del Dios eterno. Esto significa que procede del propósito, el consejo y el decreto eternos de Dios, y también de la comisión dada primero a Cristo y luego a los apóstoles cuando llegó el momento indicado. Ellos recibieron del Padre el encargo de predicar el evangelio. Si alguien pregunta por qué este misterio permaneció oculto durante tanto tiempo y por qué ahora se da a conocer, la respuesta es la voluntad de Dios. Él es soberano y no nos debe una explicación de todos sus caminos. El mandato del Dios eterno era suficiente para sostener a los apóstoles y a todos los ministros del evangelio en su labor.

Pablo también llama a Dios, con toda fuerza, el Dios eterno. Dios existe desde la eternidad; por eso, aunque mantuvo este misterio oculto durante tanto tiempo y solo recientemente lo reveló, lo planeó y preparó desde la eternidad, antes de que el mundo fuera creado. Las promesas y los pactos escritos en las Escrituras son solo copias del pacto establecido entre el Padre y el Hijo desde la eternidad. Las palabras escritas son la copia; ese acuerdo eterno es el original. Dios también permanece para siempre, lo que significa que su verdad y su poder continúan eternamente. Nunca debemos esperar una nueva revelación, sino descansar en esta, porque ha sido dada conforme al mandato del Dios eterno. Cristo, tal como se presenta en el evangelio, es el mismo ayer, hoy y por los siglos.

El misterio se da a conocer a todas las naciones para que obedezcan por medio de la fe. Pablo señala con frecuencia cuán amplia es esta revelación. En otro tiempo, Dios era conocido solamente en Judá, pero ahora Cristo es salvación hasta los confines de la tierra y para todas las naciones. El propósito también es importante: es para la obediencia de la fe. Las personas deben creer y obedecer este mensaje, recibirlo y vivir conforme a él. El evangelio no se nos da simplemente para discutirlo o debatirlo, sino para someternos a él. La obediencia de la fe es la obediencia que procede de la palabra de fe (Hechos 6:7) y que es producida por la gracia de la fe.

Aquí vemos en qué consiste la verdadera fe: una fe que obra en obediencia. También vemos en qué consiste la verdadera obediencia: una obediencia que procede de la fe. Además, vemos cuál es el propósito del evangelio: llevarnos a ambas cosas. El evangelio está destinado a formar al mismo tiempo un corazón creyente y una vida obediente.

Luego aparece una doxología, una palabra de alabanza a Dios, quien es el dueño de este evangelio. Pablo le da gloria para siempre, reconociendo que es un Dios glorioso y adorándolo con profunda reverencia. Eso significa alabar a Dios: darle gloria para siempre. Debemos anhelar unirnos a los santos ángeles en esta obra, pues la realizaremos eternamente.

Observa el contenido de esta alabanza. En la acción de gracias nos enfocamos en los dones que Dios nos ha dado. En la alabanza y la adoración nos enfocamos en quién es Dios en sí mismo. Aquí se mencionan dos de sus principales atributos: su poder y su sabiduría.

Primero, su poder: él puede afirmarlos, es decir, hacerlos firmes y mantenerlos constantes en la fe. Para esto se necesita nada menos que el poder divino. Cuando pensamos en lo dispuestos que estamos a caer, en el esfuerzo constante de nuestros enemigos espirituales por derribarnos y en lo perturbadores que pueden ser los tiempos en que vivimos, entendemos que solo el poder todopoderoso puede mantenernos seguros. El poder de Dios, que obra para afirmar a su pueblo, es digno de nuestra alabanza, como dice Judas: «A aquel que es poderoso para guardarlos sin caída» (Judas 1:24).

Y cuando damos gloria a Dios por este poder, también debemos encontrar consuelo en él. Cualesquiera que sean nuestras dudas, luchas y temores, nuestro Dios, a quien servimos, puede afirmarnos. Considera también (1 Pedro 1:5) y (Juan 10:29).

Segundo, su sabiduría: «Al único y sabio Dios» (Romanos 16:27). El poder sin sabiduría para dirigirlo, o la sabiduría sin poder para llevar a cabo sus propósitos, serían igualmente inútiles. Pero Dios posee ambas cosas, y las posee sin límite; por eso es un ser perfecto. Él es el único Dios sabio, no el Padre solo, separado del Hijo y del Espíritu Santo, sino el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: tres personas y un solo Dios, sabio de una manera que ninguna criatura puede igualar. Comparado con él, hasta el ser humano más sabio es como un pollino de asno montés, y aun de los ángeles se dice que muestran insensatez en comparación con Dios.

Solo él es perfectamente sabio y nunca falla en su sabiduría. Solo él es sabio por sí mismo, porque es la fuente y el manantial de toda sabiduría creada, el dador de toda luz de entendimiento que posee cualquier criatura (Santiago 1:17). En él están la fuerza y la sabiduría, y tanto el engañado como el engañador están bajo su dominio.

La alabanza también se ofrece por medio de Jesucristo. Algunos entienden la frase de esta manera: «Al único y sabio Dios, por medio de Jesucristo». En Cristo, Dios se muestra al mundo como el único Dios sabio, porque Cristo es el poder y la sabiduría de Dios. O, según otra manera de entender el versículo, la gloria se da por medio de Jesucristo.

Toda la gloria que asciende de la humanidad caída hacia Dios, para que él la acepte, debe pasar por el Señor Jesús. Solo en él somos nosotros y nuestras acciones agradables a Dios. Por eso debemos hablar de su justicia, y de la justicia de nadie más. Así como él es el mediador de todas nuestras oraciones, también es —y creo que lo será para siempre— el mediador de toda nuestra alabanza.

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