Versículo destacado

Romanos 12:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Por lo tanto, hermanos míos, les ruego por la misericordia de Dios que se presenten ustedes mismos como una ofrenda viva, santa y agradable a Dios. Este es el verdadero culto que deben ofrecer. "

Romanos 12:1

menu_book El versículo en contexto

1 Por lo tanto, hermanos míos, les ruego por la misericordia de Dios que se presenten ustedes mismos como una ofrenda viva, santa y agradable a Dios. Este es el verdadero culto que deben ofrecer.

2 Ya no vivan según los criterios del tiempo presente; al contrario, cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir y lleguen a conocer la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le agrada y lo que es perfecto.

3 Por el encargo que Dios, en su bondad, me ha dado, les digo a todos ustedes que ninguno piense de sí mismo más de lo que debe pensar. Más bien, que cada uno piense de sí mismo con moderación, según los dones que Dios le haya dado junto con la fe.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos, como sugiere el bosquejo, el consejo del apóstol acerca de nuestro deber para con Dios. Esto muestra en qué consiste la verdadera piedad. Primero debemos entregarnos a Dios y poner así un buen fundamento. Debemos darnos primero al Señor (2 Corintios 8:5). Pablo presenta esto como la raíz de todo deber y obediencia en Romanos 12:1-2.

El ser humano está compuesto de cuerpo y alma (Génesis 2:7; Eclesiastés 12:7). Por eso, el cuerpo también debe ofrecerse a Dios (Romanos 12:1). El cuerpo es para el Señor, y el Señor es para el cuerpo (1 Corintios 6:13-14). Pablo presenta este llamado de una manera muy afectuosa: «les ruego, hermanos». Aunque era un gran apóstol, llama hermanos incluso a los creyentes más humildes, mostrando afecto y cuidado. Usa una petición en vez de una orden, que es la manera propia del evangelio: «como si Dios rogara por medio de nosotros» (2 Corintios 5:20). Podía hablar con autoridad, pero por amor prefiere suplicar (Filemón 1:8-9). El pobre recurre a la súplica (Proverbios 18:23). Pablo habla así para ganar el corazón con gentileza, porque muchas personas están más dispuestas a dejarse guiar que a ser forzadas.

El deber que recomienda es presentar nuestros cuerpos como un sacrificio vivo. Esto recuerda los sacrificios de la ley, que eran llevados y puestos delante de Dios sobre el altar, listos para ser ofrecidos a él. Dice «sus cuerpos», refiriéndose a la persona entera, pues bajo la ley se ofrecían en sacrificio los cuerpos de los animales (1 Corintios 6:20). Tanto el cuerpo como el espíritu están incluidos. El sacerdote ofrecía el sacrificio, pero el adorador lo presentaba, renunciando a todo derecho sobre él al poner la mano sobre su cabeza. Aquí «sacrificio» significa todo aquello que Dios mismo establece y aparta para su servicio (1 Pedro 2:5). En cierto sentido, somos templo, sacerdote y sacrificio, aunque Cristo ocupa un lugar único en el sacrificio.

Había sacrificios para hacer paz con Dios y sacrificios de agradecimiento. Cristo, quien fue ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos, es el único sacrificio que hace expiación por el pecado. Pero nuestra persona y nuestras obras, presentadas a Dios por medio de Cristo nuestro sacerdote, son sacrificios de agradecimiento y alabanza. «Presentarlos» significa realizar un acto voluntario, en el que la voluntad ejerce autoridad sobre el cuerpo y sus miembros. Debe ser una ofrenda libre. «Sus cuerpos» significa ustedes mismos, no animales. Aquellas ofrendas del antiguo pacto señalaban a Cristo y llegaron a su cumplimiento en él.

Dar el cuerpo a Dios significa más que evitar los pecados que se cometen con el cuerpo o contra él. Significa usarlo como siervo del alma en el servicio de Dios. Glorificamos a Dios con nuestro cuerpo (1 Corintios 6:20). Usamos nuestro cuerpo en la adoración, en el trabajo fiel y en el sufrimiento por Dios cuando él nos llama a ello. También entregamos los miembros de nuestro cuerpo como instrumentos de justicia (Romanos 6:13). El ejercicio físico sirve de poco por sí solo, pero, en su debido lugar, muestra que la persona entera ha sido entregada a Dios.

Pablo lo llama, en primer lugar, un sacrificio vivo, no uno muerto como los sacrificios de la ley. El cristiano entrega su cuerpo a Dios, pero no para que sea quemado. Un cuerpo sinceramente dedicado a Dios es un sacrificio vivo. Es «vivo» en contraste con los animales muertos que no podían comerse, mucho menos ofrecerse, si habían muerto por sí mismos (Deuteronomio 14:21). También es vivo en contraste con los sacrificios antiguos que eran degollados, mientras que los creyentes son consagrados a Dios y continúan viviendo. Los pueblos paganos incluso sacrificaban a sus hijos como ofrendas muertas, pero Dios desea misericordia y no ese tipo de sacrificio, aun cuando la vida misma le pertenece. Este sacrificio es vivo porque recibe su energía de la vida espiritual del alma. Es Cristo, viviendo en el alma por la fe, quien hace del cuerpo un sacrificio vivo (Gálatas 2:20). El amor santo enciende estas ofrendas y da vida al deber (Romanos 6:13). Está vivo para Dios (Romanos 6:11).

En segundo lugar, este sacrificio debe ser santo. Todo sacrificio posee cierto grado de santidad porque está dedicado a Dios. Pero también debe haber una santidad verdadera, es decir, una rectitud sincera en el corazón y en la vida, moldeada por la naturaleza y la voluntad de Dios. Ni siquiera nuestros cuerpos deben usarse como instrumentos del pecado y la impureza. Deben apartarse para Dios y emplearse en lo santo, así como los utensilios del tabernáculo eran santos porque estaban dedicados a su servicio. El alma es el lugar propio de la santidad, pero un alma santa comunica santidad al cuerpo que dirige y llena. Es santo aquello que corresponde a la voluntad de Dios. Cuando las acciones corporales son correctas, el cuerpo es santo. Nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19). Debemos vivir en santidad y honor con nuestro cuerpo (1 Tesalonicenses 4:4-5).

Pablo da tres razones para este deber. Primero, debemos pensar en las misericordias de Dios: «les ruego por las misericordias de Dios». Este es un llamado tierno, y debe movernos a entregarnos. Incluye la misericordia que hay en Dios y la misericordia que procede de Dios: tanto la fuente como sus corrientes. Se refiere especialmente a las misericordias del evangelio descritas en el capítulo anterior, entre ellas las bendiciones que pasaron de los judíos incrédulos a nosotros los gentiles (Efesios 3:4-6), y las misericordias firmes prometidas a David (Isaías 55:3). Puesto que Dios es misericordioso, debemos presentarle nuestro cuerpo. Él lo usará con bondad y sabe tratar con ternura nuestra debilidad, porque está lleno de compasión. Cada día recibimos los frutos de su misericordia, especialmente su misericordia para con nuestro cuerpo. Él lo creó, lo sostiene, lo compró y le ha concedido gran dignidad. Es por las misericordias del Señor que no somos destruidos y que nuestra alma todavía vive. La mayor misericordia es que Cristo ofreció no solo su cuerpo, sino también su alma por el pecado. Se entregó por nosotros y se entrega a nosotros. Por eso, debemos considerar qué podemos devolverle al Señor por todo esto. Entreguémonos de nuevo a él: todo lo que somos, todo lo que tenemos y todo lo que podemos hacer. Aun así, será una respuesta pequeña ante regalos tan grandes.

Segundo, esta ofrenda es agradable a Dios. Nuestro objetivo principal debe ser agradar al Señor (2 Corintios 5:9), procurando que él apruebe tanto nuestra persona como nuestras acciones. Estos sacrificios vivos son aceptables para Dios, mientras que los sacrificios de los malvados, aunque sean ricos y costosos, le resultan detestables. Es una gran muestra de bondad que Dios acepte algo de nosotros. Nada podría hacernos más felices que contar con su aprobación. Si entregarnos a él le agrada, entonces ciertamente no podemos poner nuestra vida en un uso mejor.

Tercero, este es nuestro servicio razonable. La razón tiene un papel en ello, porque el alma es la que presenta el cuerpo.

La devoción ciega, nacida de la ignorancia y alimentada por ella, solo es apropiada para ídolos sin vida, que tienen ojos, pero no pueden ver. A nuestro Dios debemos servirle con el espíritu y con entendimiento. Hay toda buena razón para hacerlo y ninguna razón válida en contra. «Vengan ahora, y razonemos juntos» (Isaías 1:18). Dios no nos pide nada difícil ni injusto, sino solamente lo que corresponde a la recta razón.

La frase también puede entenderse como «su servicio conforme a la Palabra». Es decir, la adoración debe estar de acuerdo con la Palabra escrita de Dios. La Escritura no excluye el cuerpo de la adoración santa, pero el servicio que Dios acepta debe realizarse conforme al evangelio. Debe ser una adoración espiritual. Un servicio razonable es uno que podemos entender y explicar, uno que estamos dispuestos y capacitados para ofrecer a Dios con plena conciencia. Dios trata con nosotros como seres racionales, y espera que nosotros también nos relacionemos con él de esa manera.

La mente también debe ser renovada para Dios. Pablo insiste en esto en Romanos 12:2: «sean transformados por medio de la renovación de su mente». Debemos buscar un cambio salvador en nuestro interior y seguir creciendo en él. La conversión y la santificación, que es el crecimiento en santidad, implican la renovación de la mente. No se trata de un cambio en la sustancia del alma, sino en sus cualidades.

Es lo mismo que tener un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Los deseos antiguos son reemplazados por otros nuevos, el entendimiento recibe luz, la conciencia se vuelve sensible, los pensamientos se ordenan, la voluntad se inclina hacia la voluntad de Dios y los afectos se vuelven espirituales y celestiales. Entonces la persona ya no es lo que era. Las cosas antiguas pasan y todo llega a ser nuevo. Actúa a partir de principios nuevos, conforme a reglas nuevas y con metas nuevas. La mente es la parte que gobierna nuestro ser; por eso, cuando la mente es renovada, toda la persona es renovada. «Porque de ella brotan los manantiales de la vida» (Proverbios 4:23).

El crecimiento de la santificación —morir cada vez más al pecado y vivir cada vez más para la justicia— continúa llevando adelante esta obra de renovación hasta que sea perfeccionada en la gloria. Pablo llama a esto una transformación, como ponerse una nueva forma. La palabra griega significa «ser metamorfoseado». Es la misma palabra usada para la transfiguración de Cristo, cuando resplandeció con gloria celestial (Mateo 17:2), y para nuestra transformación en esa misma imagen, de gloria en gloria (2 Corintios 3:18).

Esta transformación se nos ordena como un deber, aunque no podemos producirla con nuestras propias fuerzas. No podríamos crear un corazón nuevo más de lo que podríamos crear un mundo nuevo. Es obra de Dios (Ezequiel 11:19; 36:26-27). Sin embargo, se nos manda ser transformados, lo cual significa que debemos usar los medios que Dios ha establecido. Dios nos vuelve hacia él, y entonces nosotros nos volvemos hacia él; pero debemos encaminar nuestra vida hacia esa conversión (Oseas 5:4). Debemos ponernos bajo la obra transformadora del bendito Espíritu y buscar la gracia por medio de todos los medios de gracia. Dios crea el nuevo ser, pero nosotros debemos revestirnos de él (Efesios 4:24) y seguir avanzando hacia la perfección.

Aquí también vemos al gran enemigo de esta renovación, al que debemos evitar: conformarnos a este mundo. «No se conformen a este mundo». Todos los seguidores del Señor Jesús deben dejar de conformarse a este mundo. La expresión griega significa: «No se amolden al mundo». No debemos copiar las cosas del mundo, porque están cambiando y su apariencia pasa. No debemos entregarnos a los deseos de la carne ni a los deseos de los ojos. Tampoco debemos imitar a las personas del mundo que viven en maldad. No debemos andar conforme a la corriente de este mundo (Efesios 2:2), ni seguir a la mayoría para hacer el mal (Éxodo 23:2). Si los pecadores intentan arrastrarnos, no debemos estar de acuerdo con ellos, sino permanecer firmes en nuestro lugar y oponernos a ellos.

Incluso en las cosas que no son pecaminosas en sí mismas, no debemos permitir que las costumbres del mundo nos gobiernen ni hacer de la aprobación del mundo nuestro objetivo supremo. El verdadero cristianismo con frecuencia incluye una sobria conciencia de ser diferentes. Al mismo tiempo, debemos evitar el extremo opuesto: la rudeza ostentosa y la actitud áspera en la que algunos caen. En los asuntos civiles, la luz de la naturaleza y las costumbres de las naciones tienen el propósito de orientarnos, y el evangelio nos da dirección en esas áreas; no nos ordena oponernos a todo.

El gran resultado de esta renovación es que puedan comprobar y aprobar «cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta». Aquí, la voluntad de Dios se refiere a su voluntad revelada acerca de nuestro deber: lo que el Señor nuestro Dios exige de nosotros. En general, la voluntad de Dios es que seamos santificados y que esto se realice en nosotros como se realiza en los ángeles. En particular, es su voluntad tal como ha sido revelada en el Nuevo Testamento, donde nos ha hablado por medio de su Hijo en estos últimos días.

La voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta: tres hermosas características de una ley. Es buena porque está completamente de acuerdo con la razón eterna acerca del bien y del mal. Es buena en sí misma y es buena para nosotros. Algunos piensan que aquí se llama buena a la ley del evangelio en contraste con la ley ceremonial, que contenía mandatos que no eran buenos (Ezequiel 20:25). Es agradable, es decir, grata a Dios, porque solo lo que él manda le agrada. La única manera de obtener su favor como meta es seguir su voluntad como norma. Es perfecta, porque no le falta nada ni necesita que se le añada nada. La voluntad revelada de Dios es una norma suficientemente completa para la fe y la vida. Contiene todo lo necesario para que la persona de Dios sea completa y esté preparada para toda buena obra (2 Timoteo 3:16-17).

Los cristianos deben demostrar o comprobar cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. Esto significa conocerla con discernimiento y aprobación, y conocerla por experiencia. Aprendemos la excelencia de la voluntad de Dios al andar en ella. Significa «aprobar lo mejor» (Filipenses 1:10). Significa examinar lo que es diferente y, en los casos inciertos, reconocer rápidamente qué quiere Dios y escogerlo. Significa tener un entendimiento pronto para discernir en el temor del Señor (Isaías 11:3).

Quienes tienen mayor capacidad para discernir la voluntad de Dios son aquellos cuya mente ha sido renovada. Una obra viva de la gracia en el alma, en la medida en que gobierna, produce un juicio imparcial acerca de las cosas de Dios. Abre el alma para recibir la voluntad revelada de Dios. La promesa es: «Si alguien quiere hacer su voluntad, sabrá si la enseñanza proviene de Dios» (Juan 7:17). Una mente inteligente puede argumentar y analizar la voluntad de Dios, pero un corazón sincero y humilde, cuyos sentidos espirituales han sido entrenados por la práctica y formados por la palabra, ama la voluntad de Dios, la practica y experimenta su bondad. De esta manera, vivir piadosamente consiste en entregarnos por completo a Dios.

Cuando esto se ha hecho, debemos servirle mediante toda clase de obediencia al evangelio. Aquí vemos algunos indicios de ello: no ser perezosos en el trabajo, ser fervientes en espíritu, regocijarnos en la esperanza, ser pacientes en la tribulación y perseverar en la oración (Romanos 12:11-12). Nos presentamos ante Dios para servirle. Como dijo Pablo: «Yo pertenezco a Dios y le sirvo» (Hechos 27:23).

Ser religioso significa servir a Dios. Pero ¿cómo debemos hacerlo? Debemos convertirlo en nuestra tarea y no ser perezosos en ella. Existe el trabajo de la vida diaria, y no debemos descuidarlo (1 Tesalonicenses 4:11). Pero aquí Pablo parece referirse a la obra de servir al Señor, a los asuntos de nuestro Padre (Lucas 2:49). Todo el que quiera ser un cristiano verdadero debe hacer de la religión su tarea principal. Debe escogerla, aprenderla, entregarse a ella, amarla, dedicarse a ella y perseverar en ella. Y una vez que la hemos convertido en nuestra tarea, no debemos ser lentos en cumplirla. No debemos poner nuestro propio bienestar por encima del deber cuando ambos entren en conflicto. A los siervos perezosos se les considerará siervos malvados.

También debemos ser fervientes en espíritu mientras servimos al Señor. Dios debe ser servido con el espíritu (Romanos 1:9; Juan 4:24), bajo la obra del Espíritu Santo. Nada en la religión agrada a Dios si no se hace con corazones transformados por el Espíritu de Dios. También debe haber entusiasmo y celo santo en todo lo que hacemos, como personas que aman a Dios con todo su corazón y toda su alma. Este es el fuego santo que enciende el sacrificio y lo eleva al cielo como una ofrenda de aroma agradable.

Algunos manuscritos leen aquí «sirviendo al tiempo», es decir, aprovechando bien las oportunidades y usando de la mejor manera la época presente de la gracia. Pero el sentido principal sigue siendo claro: servir al Señor.

También se nos dice que nos regocijemos en la esperanza. Dios es honrado por nuestra confianza en él, especialmente cuando nos regocijamos en esa esperanza y encontramos deleite en ella. Eso demuestra tanto una firme confianza en la promesa como una elevada valoración de los bienes que esperamos. También debemos ser pacientes en la aflicción. Dios es servido no solo cuando nos llama a trabajar, sino también cuando nos llama a sufrir en silencio. La paciencia por amor a Dios, teniendo en cuenta su voluntad y su gloria, es verdadera piedad. Quienes se regocijan en la esperanza tienen más probabilidades de ser pacientes en la aflicción, porque el gozo que tienen delante les ayuda a soportar las cargas presentes.

También debemos perseverar firmemente en la oración. La oración sirve al Señor y ayuda tanto a la esperanza como a la paciencia. La palabra que usa Pablo transmite las ideas de fervor y perseverancia. No debemos ser fríos en la oración ni abandonarla rápidamente (Lucas 18:1; 1 Tesalonicenses 5:17; Efesios 6:18; Colosenses 4:2).

Aquí Pablo pasa al deber que tiene que ver con nosotros mismos, y ese deber es la sobriedad. Debemos tener una opinión sobria de nosotros mismos (Romanos 12:3). Introduce esto con una afirmación solemne: «por la gracia que me ha sido dada». Se refiere a la gracia de la sabiduría, por la cual comprendía cuán necesario y excelente es este deber, y a la gracia del apostolado, por la cual tenía autoridad para insistir en él y ordenarlo. Habla como alguien enviado por Dios para decirlo, y nadie debería resistirse a ello.

Este mandato es para cada uno de nosotros, sin excepción. El orgullo está profundamente arraigado en nuestra naturaleza, por lo que todos necesitamos advertencia y protección contra él. No debemos tener un concepto de nosotros mismos más alto del que debemos tener. Debemos cuidarnos de valorar demasiado nuestros propios juicios, capacidades, personas o trabajo. No debemos darnos demasiada importancia ni pensar demasiado en nuestra propia sabiduría y en nuestros otros dones. No debemos considerarnos grandes cosas (Gálatas 6:3). Hay una manera de tener un concepto elevado de nosotros mismos que sí debemos poseer: considerar que somos demasiado valiosos para ser esclavos del pecado y sirvientes agotados de este mundo. Pero, por otro lado, debemos pensar con sobriedad, es decir, tener una opinión humilde y moderada de nosotros mismos y de nuestras capacidades, dones y gracias, midiéndolos únicamente por lo que hemos recibido de Dios.

No debemos tener exceso de confianza en asuntos dudosos. No debemos ir más allá del lugar que nos corresponde. No debemos juzgar ni condenar a quienes difieren de nosotros. No debemos desear hacer una exhibición exterior de nuestra religiosidad. Estas son expresiones de una opinión sobria de nosotros mismos. Las palabras también pueden entenderse de otra manera apropiada: «que nadie se considere sabio más allá de lo que debe considerarse, sino que sea sabio para actuar con sobriedad». No debemos ocuparnos de cosas demasiado elevadas para nosotros (Salmo 131:1-2), ni entrometernos en asuntos que no hemos visto (Colosenses 2:18) o en los secretos que pertenecen solamente a Dios (Deuteronomio 29:29). No debemos anhelar ser más sabios de lo que permiten las Escrituras.

Hay un tipo de conocimiento que solo hace que las personas se llenen de orgullo, porque busca alcanzar el fruto prohibido. Debemos guardarnos de eso. Más bien, debemos buscar el conocimiento que conduce a la sensatez, que endereza el corazón y reforma la vida. Algunos entienden esto como una sensatez que nos mantiene en nuestro propio lugar y responsabilidad, sin entrometernos en los dones y deberes de los demás. Vemos esa modestia cuidadosa incluso en el uso de los dones espirituales más grandes (2 Corintios 10:13-15). Pablo repite la misma advertencia en Romanos 12:16: «No sean sabios en su propia opinión». Es bueno ser sabios, pero es malo creernos sabios. Hay más esperanza para un necio que para una persona sabia a sus propios ojos. Fue algo noble que el rostro de Moisés resplandeciera sin que él lo supiera.

Las razones para tener una visión sensata de nosotros mismos son claras. Primero, todo lo bueno que tenemos nos ha sido dado por Dios. Todo don bueno y perfecto viene de lo alto (Santiago 1:17). ¿Qué tenemos que no hayamos recibido? Y si lo recibimos, ¿por qué presumimos? (1 Corintios 4:7). La persona más valiosa y útil del mundo es solo lo que la gracia gratuita de Dios hace de ella cada día. Cuando pensemos en nosotros mismos, no debemos hacerlo como si nuestros propios esfuerzos o capacidades nos hubieran conseguido estos dones. Debemos recordar lo bueno que Dios ha sido con nosotros. Él es quien nos da poder para hacer cualquier cosa buena, y en él encontramos todo lo que necesitamos.

Segundo, Dios distribuye sus dones en cierta medida, «conforme a la medida de la fe». Pablo llama medida de la fe a la medida de los dones espirituales porque la fe es la gracia fundamental. Todo lo que tenemos y hacemos que sea bueno es correcto y agradable únicamente cuando se apoya en la fe y procede de ella. Dios da la fe, y junto con ella los demás dones espirituales, en diferentes medidas, conforme a su sabia decisión. A Cristo se le dio el Espíritu sin límite (Juan 3:34). Pero los creyentes lo reciben en cierta medida (Efesios 4:7). Cristo, que tenía dones sin medida, fue manso y humilde. Entonces, ¿deberíamos nosotros, que solo tenemos dones limitados, sentirnos orgullosos y darnos demasiada importancia?

Dios también ha dado dones a los demás, no solo a nosotros. Ha dado algo a cada persona en la iglesia. Si solo nosotros tuviéramos el Espíritu, o si solo nosotros poseyéramos todos los dones espirituales, quizá habría alguna excusa para el orgullo. Pero los demás también tienen su parte. Dios es el Padre común de todos los creyentes, y Cristo es la raíz común de la cual todos los santos reciben vida y fortaleza. Por eso está mal que nos exaltemos y menospreciemos a los demás, como si solo nosotros tuviéramos el favor del cielo y la sabiduría fuera a morir con nosotros.

Pablo explica esto usando la imagen del cuerpo humano, como también lo hace en (1 Corintios 12:12) y (Efesios 4:16). Todos los creyentes juntos forman un solo cuerpo en Cristo, y Cristo es la cabeza de ese cuerpo y el centro de su unidad. Los creyentes no están dispersos como un montón desordenado de personas. Están unidos de manera ordenada a una sola cabeza y animados por un solo Espíritu. Cada creyente es miembro de ese cuerpo, una parte del conjunto, y recibe vida y fortaleza de la cabeza.

Los miembros del cuerpo no tienen todos el mismo tamaño ni la misma función. Algunos son más grandes e importantes que otros, y cada uno recibe alimento conforme a su necesidad. Si un dedo pequeño recibiera tanto alimento como una pierna, el cuerpo estaría mal formado y sufriría daño. De la misma manera, debemos recordar que no somos todo el cuerpo. Si pensamos que lo somos, estamos pensando demasiado bien de nosotros mismos. Solo somos partes y miembros.

Tampoco todos los miembros tienen la misma tarea (Romanos 12:4). Cada uno tiene su propio lugar y trabajo. El ojo ve, la mano trabaja, y así sucesivamente. Lo mismo ocurre en el cuerpo de Cristo. Algunos están preparados y llamados para un tipo de trabajo, y otros para otro. En la comunidad cristiana, las autoridades civiles, los ministros y los creyentes en general tienen cada uno su propio deber. No deben ocupar el lugar de los demás ni crear conflictos al descuidar el trabajo que les corresponde.

Cada miembro tiene su propio lugar y tarea para el bien de todo el cuerpo y para el bien de los demás miembros. No solo somos miembros de Cristo, sino también miembros los unos de los otros (Romanos 12:5). Por eso estamos obligados a hacer todo el bien que podamos unos por otros y a trabajar juntos por el bien común. Esto se muestra con mayor amplitud en (1 Corintios 12:14) y lo que sigue. Por lo tanto, no debemos volvernos orgullosos por lo que hemos recibido. Cualesquiera que sean los dones que tengamos, los recibimos para el bien de los demás, no solo para nosotros mismos.

También debemos usar sabiamente los dones de Dios. No debemos sentirnos orgullosos, pero tampoco debemos esconder nuestros dones. Debemos cuidarnos de no volvernos perezosos en el servicio a los demás bajo una apariencia de humildad y negación propia. No debemos decir: «No soy nada, así que me quedaré quieto y no haré nada». Más bien, debemos decir: «No soy nada por mí mismo, así que trabajaré con toda la fuerza que me da la gracia de Cristo».

Pablo luego habla de los cargos de la iglesia establecidos en las congregaciones locales, donde cada persona debe cumplir con su deber para mantener el orden y ayudar a la iglesia a crecer. Tener dones significa, entonces, que debemos usar los dones que Dios nos ha dado. La autoridad y la capacidad para el ministerio son dones de Dios. Los distintos dones tienen propósitos inmediatos diferentes, aunque todos conducen al mismo bien final. La expresión «conforme a la gracia» significa que el favor gratuito de Dios es la fuente y el principio de todos estos dones. La gracia asigna el cargo, prepara a la persona para cumplirlo, inclina su corazón hacia él y produce tanto el deseo como la acción.

En la iglesia primitiva había dones especiales, como hablar en lenguas, discernir y sanar. Pero aquí Pablo está hablando de dones ordinarios. Compárese con (1 Corintios 12:4), (1 Timoteo 4:14) y (1 Pedro 4:10). En (Romanos 12:6-8) menciona siete dones específicos, que parecen referirse a distintos cargos utilizados en la organización sabia de muchas iglesias de los primeros tiempos, especialmente de las más grandes. Aquí hay dos cargos generales: profetizar y servir. Profetizar era el trabajo de los obispos, y servir era el trabajo de los diáconos, los únicos dos cargos permanentes que se mencionan en (Filipenses 1:1). Sin embargo, el trabajo correspondiente a cada cargo podía dividirse de común acuerdo para realizarlo con mayor eficacia, ya que el trabajo que pertenece a todos suele descuidarse. Una persona realiza mejor su tarea cuando tiene una responsabilidad clara. David hizo esto con los levitas en (1 Crónicas 23:4-5), y la sabiduría ayuda a guiar este tipo de orden.

Los dones que Pablo menciona después pueden reducirse a estos dos cargos principales. Profecía significa predicar la palabra, no tener el don especial de predecir el futuro. Así se usa la profecía en (1 Corintios 14:1-3), (1 Corintios 11:4) y (1 Tesalonicenses 5:20). Los profetas del Antiguo Testamento hacían más que anunciar acontecimientos futuros. También advertían a las personas acerca del pecado y el deber, y les recordaban cosas que ya sabían. Los predicadores del evangelio son profetas en ese mismo sentido y, en la medida en que la palabra de Dios revela el futuro, verdaderamente anuncian lo que está por venir. La predicación habla directamente de la condición eterna de los seres humanos y señala hacia un estado futuro.

Quienes predican la palabra deben hacerlo conforme a la proporción de la fe, es decir, conforme a la medida o norma correcta de la fe. Esto puede entenderse de dos maneras. Primero, en cuanto a la manera de predicar, debe hacerse conforme a la medida de la fe del propio predicador. Pablo acababa de hablar en (Romanos 12:3) de la medida de fe que Dios da a cada persona. Por eso, el predicador debe usar toda la fe que tiene para aplicar la verdad primero a su propio corazón. Las personas no pueden escuchar bien sin fe, y los ministros no pueden predicar bien sin fe. Primero hay que creer y después hablar (Salmo 116:10; 2 Corintios 4:13). También debemos recordar la proporción de la fe en otro sentido: los demás también tienen fe, no solo nosotros. Por eso debemos reconocer que otros pueden tener conocimiento y capacidad para enseñar, aunque difieran de nosotros en asuntos menores. Si tienes fe, guárdala para ti y no conviertas tu opinión personal en una norma para todos los demás, recordando que tu propia medida es solo tu medida.

Segundo, la profecía debe seguir la proporción de la doctrina de la fe, es decir, la enseñanza de la fe revelada en las Sagradas Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento. Los habitantes de Berea evaluaron la predicación de Pablo conforme a esta norma (Hechos 17:11). Véanse también (Hechos 26:22) y (Gálatas 1:9).

Hay verdades fundamentales, principios básicos, que la Escritura enseña de manera clara y constante. Estas son la norma para evaluar la predicación, y por medio de ellas debemos «examinarlo todo» y luego «retener lo bueno» (1 Tesalonicenses 5:20-21). Cuando algunas verdades son más difíciles de entender, debemos juzgarlas a la luz de las más claras y aceptarlas cuando concuerden con todo el conjunto de la fe, porque una verdad nunca puede oponerse realmente a otra.

Por eso, los predicadores deben tener cuidado de enseñar una doctrina sana, usando palabras saludables que correspondan a la verdad del evangelio (Tito 2:8; 2 Timoteo 1:13). Es menos importante que la predicación siga las reglas de la lógica y del estilo, y más importante que se mantenga conforme a la «proporción de la fe», porque predicamos la palabra de fe. Aquí hay dos deberes principales: enseñar y exhortar, y con frecuencia una misma persona puede hacer ambas cosas. Si quienes sirven en el ministerio acuerdan dividir el trabajo, ya sea de manera habitual o por turnos, de modo que uno enseñe y el otro exhorte, cada uno debe cumplir su tarea conforme a la medida de fe que Dios le haya dado.

Primero, «el que enseña», que se dedique a enseñar. Enseñar consiste en explicar y demostrar claramente la verdad del evangelio, sin aplicarla directamente a la práctica, como sucede cuando se expone la Escritura. Los pastores y los maestros pertenecen al mismo ministerio (Efesios 4:11), aunque sus tareas particulares pueden diferir en cierta medida. Por eso, si alguien tiene el don de enseñar y ha asumido esa labor, debe mantenerse en ella. Es un buen don, y debe usarlo plenamente. Que sea constante, diligente y se entregue por completo a esa tarea, como a su campo propio. Compárese esto con (1 Timoteo 4:15-16), donde se expresa la misma idea con las palabras «ocúpate en estas cosas» y «persiste en ellas».

Segundo, «el que exhorta», que se dedique a exhortar. Que se entregue a esa labor. Esta es la tarea del pastor, así como enseñar es la tarea del maestro. El pastor debe aplicar con mayor cercanía la verdad y las normas del evangelio al corazón y a la vida de las personas, especialmente en lo práctico. Algunas personas enseñan con mucha precisión, pero son débiles y frías al exhortar. Otras pueden ser lo contrario. Enseñar requiere una mente más clara; exhortar, un corazón más cálido. Cuando estos dones se distinguen claramente, la iglesia se beneficia si el trabajo se divide de acuerdo con ellos. Cualquiera que sea la labor que asumamos, entreguémonos plenamente a ella. «Dedicarse» a nuestro trabajo significa darle nuestro mejor tiempo y atención, aprovechar cada oportunidad para realizarlo y procurar no solo hacerlo, sino hacerlo bien.

Si alguien tiene un ministerio, es decir, el oficio de diácono o de ayudante del pastor y del maestro, que desempeñe bien ese ministerio. Esto podría incluir a un líder de la iglesia, a un anciano o a un supervisor de los pobres. En las primeras iglesias, estos cargos quizá tenían más importancia y exigían más responsabilidades de lo que ahora comprendemos. Esto incluye todo cargo relacionado con los asuntos externos de la iglesia, con las tareas prácticas de la casa de Dios, como «servir las mesas» (Hechos 6:2). Quien tenga este deber debe cumplirlo con fidelidad y cuidado.

En particular, «el que da», que lo haga con sencillez. Quienes administraban las ofrendas de la iglesia para los pobres recogían el dinero y lo distribuían según la necesidad. Debían hacerlo con transparencia y sin ningún propósito oculto, dando con libertad y fidelidad, sin quedarse con nada, sin mostrar favoritismo y sin buscar excusas para rechazar a quienes tenían necesidad. No debían tratar a los pobres con dureza ni mostrar falta de disposición para ayudarlos. Su único propósito debía ser honrar a Dios y hacer el bien.

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