Versículo destacado

Romanos 1:16 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para que todos los que creen alcancen la salvación: los judíos en primer lugar, pero también los que no lo son. "

Romanos 1:16

menu_book El versículo en contexto

14 Me siento en deuda con todos, sean cultos o incultos, sabios o ignorantes;

15 por eso estoy tan ansioso por anunciarles el evangelio también a ustedes que viven en Roma.

16 No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para que todos los que creen alcancen la salvación: los judíos en primer lugar, pero también los que no lo son.

17 Pues el evangelio nos muestra de qué manera Dios nos hace justos: es por fe, de principio a fin. Así lo dicen las Escrituras: «El justo por la fe vivirá».

18 Pues Dios muestra su ira castigando desde el cielo a toda la gente mala e injusta, que con su injusticia mantiene prisionera la verdad.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Pablo comienza ahora una exposición completa de la justificación, es decir, de cómo los pecadores son declarados justos delante de Dios. En la última parte de este capítulo presenta su idea principal y luego la demuestra al describir la triste condición del mundo gentil. Su manera de introducir el tema es fluida y hábil, como la de un orador bien preparado.

Estaba dispuesto a predicar el evangelio en Roma, aunque allí muchos se burlaban de él y se enorgullecían de su propia inteligencia. Aun así, declara: «No me avergüenzo del evangelio» (Romanos 1:16). Había mucho en el evangelio que podría haber hecho que alguien como Pablo se avergonzara. Su Salvador era un hombre colgado de un madero; su mensaje era sencillo, no llamativo; sus seguidores eran pobres y despreciados, y en todas partes la gente hablaba en su contra. Sin embargo, Pablo no se avergonzaba de identificarse con él. Podemos considerar verdaderamente cristiana a una persona que no se avergüenza del evangelio ni le causa vergüenza con su conducta.

Su declaración audaz se basa en la naturaleza y el valor del evangelio mismo. Eso da paso a su argumento. El evangelio es excelente porque revela, en primer lugar, la salvación de los creyentes como su propósito. Es «poder de Dios para salvación». Pablo no se avergüenza de algo que a los ojos naturales puede parecer débil o insignificante, porque el poder de Dios obra por medio de ello para salvar a todo el que cree. El evangelio nos muestra el camino de la salvación (Hechos 16:17) y es el gran regalo por medio del cual se nos ofrece la salvación.

Pero este poder proviene de Dios. Sin el poder de Dios, el evangelio sería solamente una letra muerta. La entrega del evangelio es la revelación del brazo de Dios, de su poder activo para salvar (Isaías 53:1). Así como la palabra de Cristo iba acompañada de poder para sanar enfermedades, el poder de Dios acompaña al evangelio. Esta salvación es para quienes creen, y solamente para ellos. Creer nos hace partícipes del beneficio salvador del evangelio; para los demás, permanece oculto. Un medicamento preparado no sanará al enfermo si no lo toma.

El evangelio fue ofrecido «al judío primeramente». A las ovejas perdidas de la casa de Israel se les dio la primera oportunidad, tanto por medio de Cristo como por medio de sus apóstoles. «A ustedes primero» (Hechos 3:26), pero cuando lo rechazaron, los apóstoles se volvieron a los gentiles (Hechos 13:46). Ahora judíos y gentiles están en el mismo nivel. Ambos están igualmente perdidos sin un Salvador y ambos son igualmente bienvenidos a él (Colosenses 3:11). Esto sorprendía a los judíos, que durante mucho tiempo habían sido considerados el pueblo especial de Dios y habían despreciado al mundo gentil. Pero el Mesías esperado demuestra ser luz para los gentiles, así como gloria de Israel.

El evangelio también revela la justicia de Dios como el camino de la salvación (Romanos 1:17). Nuestra miseria y ruina surgieron de nuestro pecado, de modo que el mensaje que nos muestra la salvación también debe mostrarnos cómo podemos ser justificados, es decir, declarados justos delante de Dios. El evangelio hace esto. Da a conocer una justicia, una posición correcta delante de Dios. Puesto que Dios es santo y justo, y nosotros somos pecadores culpables, necesitamos una justicia con la cual podamos presentarnos ante él. Bendito sea Dios: el Mesías, el Príncipe, ha establecido esa justicia (Daniel 9:24), y esta se revela en el evangelio como un camino lleno de gracia hacia la reconciliación y la aceptación, a pesar de la culpa de nuestros pecados.

Esta justicia del evangelio se llama justicia de Dios. Es el camino de Dios, la aprobación de Dios y la aceptación de Dios. Se la llama así para excluir cualquier afirmación de que nuestras propias obras la merecen. Es la justicia de Cristo, quien es Dios, y proviene de una satisfacción de valor infinito. Algunos explican la expresión «de fe en fe» como la fidelidad de Dios que revela la salvación a la fe de la persona que la recibe. Otros entienden que significa pasar de depender de nosotros mismos antes de la caída a depender de un Mediador, alguien que se coloca entre Dios y nosotros. Otros todavía la entienden como el paso de la fe inicial que nos coloca en un estado de justificación a la fe continua por la cual vivimos y permanecemos en ese estado.

En cualquier caso, el significado es claro: el justo vivirá por la fe. La fe nos justifica y también nos sostiene. Por eso hay una justicia que es «de fe en fe». La fe ocupa el centro tanto al comienzo de la vida cristiana como a lo largo de ella. No es de la fe a las obras, como si la fe nos pusiera en marcha y las obras nos mantuvieran avanzando. Siempre es de fe en fe, como en 2 Corintios 3:18, de gloria en gloria. La fe crece, continúa, persevera y sigue avanzando contra la incredulidad.

Para mostrar que esta no es una idea nueva, Pablo cita el conocido versículo del Antiguo Testamento en Habacuc 2:4: «El justo vivirá por la fe». Quien ha sido justificado por la fe vivirá por ella, tanto en la vida presente de la gracia como en la vida futura de gloria. En el contexto de Habacuc, el profeta había tomado su puesto en la torre de vigilancia, esperando alguna revelación especial (Habacuc 2:1). Lo que recibió fue la seguridad de que el Mesías prometido aparecería en el tiempo señalado por Dios, a pesar de lo que parecía una demora. Esa revelación se llama «la visión», así como en otros lugares se llama la promesa. Mientras ese tiempo aún estaba por llegar, y aun después de que llegó, el justo viviría por la fe. Así que la justicia del evangelio es de fe en fe: de la fe del Antiguo Testamento en un Cristo que todavía habría de venir, a la fe del Nuevo Testamento en Cristo, que ya ha venido.

Luego Pablo pasa a demostrar esta afirmación: tanto los judíos como los gentiles necesitan una justicia con la cual puedan presentarse delante de Dios, y ninguno de los dos grupos posee una justicia propia. La justificación debe ser por la fe o por las obras. No puede ser por las obras, como lo demostrará al describir los pecados de judíos y gentiles. Por eso concluye que debe ser por la fe (Romanos 3:20, Romanos 3:28). Como un médico hábil, examina la herida antes de aplicar el remedio. Primero busca convencer a las personas de su culpa y de la necesidad del juicio, y después les muestra el camino de la salvación. Eso hace que el evangelio sea aún más bien recibido.

En general, Pablo dice que la ira de Dios se revela (Romanos 1:18). Tanto la luz de la naturaleza como la luz de la ley revelan el enojo de Dios contra el pecado. Es una gran misericordia que el evangelio revele la justicia de Dios que justifica, de fe en fe. El contraste es sorprendente. Aquí Pablo describe la pecaminosidad humana bajo dos conceptos: impiedad e injusticia. La impiedad quebranta los deberes de la primera tabla de la ley, los que se relacionan con nuestro deber hacia Dios. La injusticia quebranta los deberes de la segunda tabla, los que se relacionan con nuestro deber hacia los demás. También señala la causa de esta pecaminosidad: reprimir la verdad con injusticia.

Algunas de las cosas que sabían acerca de Dios y acerca de la diferencia entre el bien y el mal eran claras para ellos. Pero reprimían esa verdad con injusticia; es decir, la conocían e incluso la admitían, mientras continuaban viviendo en pecado. Mantenían la verdad como si fuera una cautiva o prisionera, para que no moldeara sus vidas como debía hacerlo. Un corazón pecaminoso es como un calabozo donde muchas verdades buenas permanecen encerradas y enterradas.

Aferrarse al modelo de las palabras sanas con fe y amor es la raíz de la verdadera religión (2 Timoteo 1:13). Pero aferrarse a la verdad mientras se vive injustamente es la raíz de todo pecado.

El desagrado de Dios ante esto también se muestra con claridad. La ira de Dios se revela desde el cielo, no solamente en la Palabra escrita, dada por inspiración de Dios y que los gentiles no tenían, sino también en la manera en que Dios trata con las personas. Sus juicios sobre los pecadores no surgen del suelo ni ocurren por accidente, y no deben atribuirse a causas secundarias. Son una revelación que viene del cielo.

Esta es una ira que viene del cielo. No es el enojo de alguien como nosotros, sino la ira de Dios desde lo alto; por eso es mucho más aterradora y resulta imposible escapar de ella.

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