Versículo destacado

Salmos 9:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Oh Señor, quiero alabarte con todo mi corazón y contar tus muchas maravillas. "

Salmos 9:1

menu_book El versículo en contexto

1 Oh Señor, quiero alabarte con todo mi corazón y contar tus muchas maravillas.

2 Oh Altísimo, por ti quiero gritar lleno de alegría; ¡quiero cantar himnos a tu nombre!

3 Mis enemigos huyen delante de ti; caen y mueren.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El título de este salmo solo da una pista incierta sobre cuándo fue escrito. Dice «Muth-labén», una expresión que algunos creen que se refiere a la muerte de Goliat; otros piensan que alude a Nabal, y otros, a Absalón. Pero me parece más probable que nombre una melodía o un instrumento musical para cantar este salmo. En ese caso, los enemigos sobre los que David celebra la victoria serían los filisteos y las naciones vecinas que lucharon contra su ascenso al trono. David los derrotó y aseguró su reino al comienzo de su reinado (2 Samuel 5:8).

En estos versículos, David se anima a sí mismo a alabar a Dios por su misericordia y por las grandes cosas que Dios había hecho recientemente por él y por su gobierno (Salmos 9:1-2). Dios espera una alabanza apropiada de quienes han recibido de él cosas maravillosas. Si queremos alabar correctamente a Dios, debemos hacerlo con sinceridad, con todo el corazón, no solo con los labios, y con verdadero entusiasmo. Cuando damos gracias a Dios por una muestra de su misericordia, debemos aprovechar la ocasión para recordar también sus misericordias anteriores y así proclamar todas sus obras maravillosas.

La alegría santa es la vida de la alabanza agradecida, y la alabanza agradecida es la voz de la alegría santa: «Me alegraré y me regocijaré en ti». Sea lo que sea que nos produzca alegría, nuestro gozo debe pasar por ello y terminar únicamente en Dios. Debemos alegrarnos más en quien da el regalo que en el regalo mismo. El canto de los salmos también expresa apropiadamente la alegría y la alabanza. Y cuando Dios se muestra superior a los enemigos orgullosos de la iglesia, debemos darle gloria como el Altísimo. Las victorias del Redentor, el que salva, deben ser las victorias de los redimidos, los que han sido salvados (Apocalipsis 12:10; Apocalipsis 19:5; Apocalipsis 15:3-4).

David también reconoce el poder todopoderoso de Dios, que ni siquiera los enemigos más fuertes podían resistir o enfrentar (Salmos 9:3). Ellos se ven obligados a retroceder porque sus planes y su valor les fallan. Ya no pueden seguir adelante con sus malvados proyectos, sino que huyen presa del pánico. Y una vez que retroceden, caen y perecen. Para ellos, incluso la retirada se convierte en ruina, y huir no los salva más que luchar. Si Amán empieza a caer delante de Mardoqueo, es un hombre perdido y no recuperará su posición (Ester 6:13).

La presencia del Señor, acompañada por la gloria de su poder, basta para destruir a sus enemigos y a los enemigos de su pueblo. Una persona puede lograr mucho con solo estar presente, y la presencia de Dios basta para confundir a sus adversarios. Esto quedó demostrado cuando nuestro Señor Jesús, con solo decir «Yo soy», hizo que sus enemigos retrocedieran y cayeran al suelo (Juan 18:6). En ese mismo momento, él podría haberlos hecho perecer. Cuando los enemigos de la iglesia de Dios quedan avergonzados, no debemos atribuirlo a instrumentos humanos, sino a la presencia de Dios, y darle a él toda la gloria.

David también le da la gloria a Dios por su justicia al ponerse de parte de David (Salmos 9:4). «Has defendido mi derecho y mi causa», dice David, refiriéndose a su causa justa; «te has sentado en el trono para juzgar con justicia». Dios se sienta en el trono del juicio. A él le corresponde resolver las disputas, escuchar las apelaciones, defender al agraviado y castigar a quienes hacen el mal, porque ha dicho: «Mía es la venganza».

Podemos tener la certeza de que el juicio de Dios siempre es verdadero y que no hay injusticia en él. Dios nunca tuerce la justicia. Si a veces su providencia nos parece desigual, eso no debe hacer que dudemos de su justicia. Al contrario, puede fortalecer nuestra fe en el juicio final, que pondrá todo en su lugar. Aunque alguien abandone una causa justa y perjudicada, podemos estar seguros de que el Dios justo la sostendrá y la defenderá con cuidado. Nunca permitirá que sea aplastada.

Luego David registra con alegría los triunfos del Dios del cielo sobre todos los poderes del infierno y lo alaba por ellos (Salmos 9:5). El poder y la justicia de Dios habían actuado contra las naciones y las personas malvadas que eran enemigas del rey que él había establecido en Sion, su monte santo. Primero, Dios las había reprendido, dándoles señales claras de su desagrado. Lo hizo antes de destruirlas, para que tomaran la advertencia de su providencia y evitaran su propia ruina. Después había destruido a los malvados. Los malvados están destinados a la destrucción, y algunos se convierten en ejemplos de la justa ira y del poder destructor de Dios en este mundo. Finalmente, los había sepultado en una vergüenza y un olvido permanentes, borrando para siempre su nombre para que no fueran recordados con honor.

David también se alegra por el enemigo que Dios ha juzgado (Salmos 9:6). «Has destruido ciudades». Esto puede significar que el enemigo había planeado destruir las ciudades de Israel, o que Dios había destruido las ciudades del enemigo al devastar su territorio. De cualquier manera, David quiere que el enemigo entienda dos cosas. Su destrucción es justa, porque Dios simplemente está ajustando cuentas por todo el daño que hicieron y planearon contra su pueblo. Su ruina también es completa y definitiva: una destrucción que acaba con ellos para siempre, de modo que incluso el recuerdo de sus ciudades desaparece junto con ellos.

Los enemigos vecinos de Israel, como los filisteos, los moabitas, los amonitas, los edomitas y los sirios, habían atacado con frecuencia a Israel cuando no había un rey que luchara por el pueblo. Habían destruido ciudades y habían hecho todo lo posible por borrar la memoria de Israel. Pero ahora les había llegado el turno. Su devastación de Israel había llegado a su fin. Ya no saquearían a otros, sino que ellos mismos serían saqueados (Isaías 33:1). Este es el tipo de devastación que el paso del tiempo puede producir, y aún más, la que los justos juicios de Dios pueden traer sobre los pecadores. Grandes ciudades llenas de gente han quedado reducidas a ruinas tan completas que su memoria desapareció, y quienes las buscaban no pudieron encontrar el lugar donde alguna vez estuvieron. Pero nosotros esperamos una ciudad con fundamentos más firmes.

Después, David se consuela en Dios, consuela a otros y se deleita en pensar en él. Primero reflexiona en la eternidad de Dios. En esta tierra nada permanece. Incluso las ciudades fuertes quedan sepultadas bajo los escombros y son olvidadas, pero el Señor permanecerá para siempre (Salmos 9:7). Su ser nunca cambia. Su felicidad, su poder y su naturaleza perfecta están fuera del alcance de todas las fuerzas combinadas del infierno y de la tierra. Esas fuerzas pueden acabar con nuestras libertades, nuestros privilegios e incluso nuestra vida, pero nuestro Dios permanece igual y sigue sentado por encima de las inundaciones, inconmovible y sin perturbarse (Salmos 29:10; Salmos 93:2).

David también piensa en el gobierno de Dios, tanto en su manera de gobernar como de juzgar: él ha preparado su trono, lo ha establecido mediante su sabiduría infinita y lo ha afirmado por medio de su plan inmutable.

Es un gran apoyo y consuelo para el pueblo de Dios, cuando los enemigos de la iglesia parecen fuertes y la situación se ve oscura y confusa, recordar que Dios todavía gobierna el mundo y pronto lo juzgará.

Ahora y en el día final, Dios hace y hará todo de acuerdo con las reglas eternas e inmutables de la justicia (Salmos 9:8). Juzgará al mundo entero, a todas las personas y cada disputa. Determinará el lugar de cada persona, en esta vida y en la venidera, con justicia y rectitud, de modo que nadie pueda presentar una objeción válida contra su juicio.

También debemos pensar en el favor especial que Dios tiene hacia su propio pueblo y en la protección que le brinda. El Señor, que vive para siempre, es la fuerza y el refugio permanente de su pueblo. Se asegurará de juzgar a favor de ellos cuando sufran daño o estén en problemas (Salmos 9:9). Será un refugio para los oprimidos, un lugar fuerte y seguro para ellos en tiempos de angustia.

El pueblo de Dios suele ser oprimido en este mundo, y los tiempos difíciles forman parte de su camino. Es posible que Dios no se manifieste de inmediato como su libertador y defensor, pero aun en medio de la angustia pueden acudir a él por fe como su refugio. Pueden confiar en su poder y en su promesa, y ningún daño verdadero les sobrevendrá.

También debemos pensar en la profunda paz y tranquilidad mental que pertenecen a quienes hacen de Dios su refugio (Salmos 9:10). «Los que conocen tu nombre confiarán en ti, como yo lo he hecho», y descubrirán, como yo lo he descubierto, que tú no abandonas a quienes te buscan. El favor de Dios hacia todos sus santos es el mismo.

Mientras más conocemos a Dios, más confiamos en él. Quienes lo conocen como infinitamente sabio confiarán en él aun cuando no puedan ver el camino que tienen por delante (Job 35:14). Quienes lo conocen como todopoderoso confiarán en él cuando todo apoyo humano falle y no tengan nada más en qué apoyarse (2 Crónicas 20:12). Quienes lo conocen como lleno de gracia y bondad confiarán en él aun si permite que sufran, como lo hizo Job (Job 13:15).

Quienes conocen a Dios como verdadero y fiel se alegrarán en sus promesas y descansarán en ellas, aun cuando la promesa parezca tardar y las circunstancias a su alrededor parezcan contradecirla. Quienes lo conocen como el Padre de los espíritus y Padre eterno confiarán en él con respecto a su alma, su preocupación más importante, y seguirán confiando en él hasta el final.

Cuanto más confiamos en Dios, más lo buscaremos. Si confiamos en él, acudiremos a él en oración con fe y sinceridad, y también procuraremos vivir de una manera que le agrade en todo lo que hacemos. Dios nunca ha rechazado ni abandonado a quienes de verdad lo buscan y confían en él. Puede corregirlos, pero no los dejará sin consuelo. Puede parecer que se oculta por un tiempo, pero volverá a reunirlos con su misericordia perdurable.

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