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Salmos 88:10 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

¿Acaso harás milagros por los muertos? ¿Acaso podrán los muertos darte gracias?

Salmos 88:10

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En estos versículos, el salmista le habla a Dios acerca de la terrible condición en la que se encuentra. En efecto, pregunta si Dios hará un milagro por los muertos y los devolverá a la vida. Su punto es que los muertos no se levantan para alabar a Dios en este mundo, y que quienes han sido sepultados no pueden declarar desde la tumba, la tierra del olvido, el amor, la fidelidad, las maravillas ni la justicia de Dios. Las almas que han partido pueden conocer las obras de Dios y hablar de ellas, pero los cuerpos muertos no pueden recibir su consuelo ni volver a alabarlo.

No debemos interpretar estas preguntas como expresiones de desesperación, como si el salmista pensara que Dios no podía ayudarlo o que no quería hacerlo. Tampoco significan que dudara de la resurrección en el último día. Más bien, está suplicando ayuda urgente y diciendo que la bondad, la fidelidad y la justicia de Dios se manifestarán al rescatarlo, pero solo si ese rescate llega pronto. Si el alivio se demora demasiado, él morirá y quedará más allá del consuelo terrenal. Job hizo súplicas parecidas a Dios (Job 7:8; Job 10:21).

Después decide seguir orando, especialmente porque la ayuda se ha retrasado. Dice que muchas veces ha clamado a Dios y ha encontrado consuelo en la oración, así que continuará haciéndolo. Aunque sus oraciones no reciban respuesta de inmediato, no debe dejar de orar, porque la respuesta de Dios llega en el momento adecuado. Con frecuencia, las demoras tienen el propósito de probar nuestra paciencia y ayudarnos a perseverar en la oración.

También dice que orará temprano por la mañana, cuando su mente está despejada y antes de que las tareas del día ocupen sus pensamientos. Después de una noche llena de preocupación y tristeza, quiere presentar su oración ante Dios en la primera oportunidad. No quiere decir que pueda despertarse antes de que Dios tenga la capacidad de escucharlo, pues Dios nunca duerme. Quiere decir que se levantará más temprano de lo habitual para orar y que acudirá con fe y expectativa antes de que comience el día. Cuanto más pesada sea nuestra angustia, más fervientes deben ser nuestras oraciones. Dios suele salir al encuentro de nuestras oraciones y esperanzas con sus misericordias, y nosotros debemos llevar nuestras oraciones y esperanzas al encuentro de sus misericordias.

Luego explica lo que le dirá a Dios. Primero, le preguntará humildemente por qué parece haberlo rechazado y por qué lo trata como a alguien abandonado. Le sorprende que Dios deseche a un siervo antiguo, especialmente a uno que está decidido a no desecharlo a él. Las personas pueden rechazarlo, pero ¿por qué habría de hacerlo el Señor, si sus dones y su llamamiento son irrevocables, es decir, si Dios no cambia de parecer respecto a sus propósitos y a su llamado lleno de gracia? Nada hiere más a un hijo de Dios que sentir que Dios ha escondido su rostro, y nada teme más que pensar que Dios ha rechazado su alma.

También repetirá sus quejas hasta que Dios tenga misericordia de él. Una de sus aflicciones es que Dios se ha convertido en un terror para él. Vive con pensamientos aterradores acerca de la ira de Dios contra sus pecados y de las consecuencias de esa ira. La idea de presentarse ante Dios y recibir su juicio lo llena de miedo y temblor. Sin embargo, incluso quienes están destinados a recibir el favor de Dios pueden pasar por sus terrores durante un tiempo. El espíritu de adopción, el espíritu que nos convierte en hijos de Dios, puede sentirse primero como esclavitud que produce temor. Job habló de manera parecida acerca de los terrores de Dios (Job 6:4).

El salmista explica que, al hablar de los terrores de Dios, se refiere a su ira feroz. Estos terrores casi le han quitado la vida, de modo que está a punto de morir y exhalar su último aliento. También casi le han quitado la razón y lo han dejado confundido y perturbado. Muchas personas han experimentado este doloroso efecto durante una profunda angustia espiritual, y debemos responder a quienes lo sufren con compasión. El salmista dice que esto le ha ocurrido desde su juventud. Ha vivido bajo la tristeza desde sus primeros años, como si hubiera sido formado en la escuela de la aflicción. Si nuestros días comienzan con dificultades y nuestro lamento se prolonga por mucho tiempo, no debemos considerarlo algo extraño, sino permitir que el sufrimiento produzca paciencia.

También vale la pena notar que Hemán, el escritor de este salmo, llegó a ser muy sabio y bueno, aunque había sufrido de esa manera desde su juventud. Muchas personas han descubierto que fue bueno para ellas llevar el yugo desde temprano en la vida. En ocasiones, la tristeza ha hecho más por ellas de lo que habría hecho la risa. Haber estado afligidos con frecuencia y cerca de la muerte cuando eran jóvenes ha ayudado a algunos a desarrollar una actitud seria y un corazón menos apegado al mundo, algo que les ha servido durante toda la vida. A veces, Dios prepara a las personas para un servicio importante por medio de esta clase de disciplina.

Ahora su angustia se ha vuelto todavía peor que antes. Los terrores de Dios lo han rodeado por todos lados; lo atacan desde todas las direcciones y no encuentra ningún alivio que lo consuele.

Se precipitaron sobre él juntos, como una inundación. Esto sucedía día tras día, sin descanso ni pausa. No tenía un momento para respirar, ningún instante claro de alivio, ni siquiera una pequeña señal de esperanza. Esa era la triste condición de un hombre muy sabio y bueno. Estaba rodeado de terrores y no encontraba ningún lugar seguro donde esconderse o descansar.

El salmista también dice que ningún amigo en el mundo podía consolarlo (Salmos 88:18): «Has alejado de mí a mis seres queridos y a mis amigos». Algunos habían muerto, otros estaban lejos y muchos quizá se habían vuelto contra él. Después de los consuelos de la fe, los consuelos de la amistad y la comunión son muy valiosos. Por eso, no tener amigos es, en esta vida, casi lo mismo que no tener consuelo alguno. Para quienes alguna vez tuvieron amigos y luego los perdieron, la tristeza es aún más difícil de soportar.

Con estas palabras, el salmista termina su lamento, como si esta fuera la circunstancia que completaba su miseria y daba el golpe final a su dolor. Si la providencia de Dios, su gobierno sabio sobre los acontecimientos, ha esparcido lejos de nosotros a nuestros amigos, o si la muerte se los ha llevado a las tinieblas, todavía debemos sentir profundamente su pérdida. Pero también debemos reconocer la mano de Dios en ello y someternos a él.

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