Versículo destacado

Salmos 66:13 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Entraré en tu templo y te ofreceré holocaustos; así cumpliré mis promesas, "

Salmos 66:13

menu_book El versículo en contexto

11 Nos has hecho caer en la red; nos cargaste con un gran peso.

12 Dejaste que un cualquiera nos pisoteara; hemos pasado a través del agua y del fuego, pero al fin nos has dado respiro.

13 Entraré en tu templo y te ofreceré holocaustos; así cumpliré mis promesas,

14 las promesas que te hice cuando me encontraba en peligro.

15 Te presentaré holocaustos de animales engordados; te ofreceré toros y machos cabríos, y sacrificios de carneros.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El salmista ya había llamado a todos, y especialmente al pueblo de Dios, a bendecir al Señor. Ahora dirige ese llamado hacia sí mismo y decide alabar también a Dios. Lo hará, en primer lugar, llevando sacrificios costosos, como lo exigía la ley.

No todos podían ofrecer sacrificios semejantes, ni todos tenían el deseo de gastar con tanta generosidad en honor de Dios. Pero David, porque puede hacerlo y porque está dispuesto, dice: «Entraré en tu casa con holocaustos» (Salmos 66:13). Sus sacrificios serán públicos y se llevarán al lugar que Dios escogió para la adoración. Según el entendimiento cristiano, Cristo es el verdadero templo, y por medio de él llevamos a Dios nuestros dones espirituales, que llegan a ser aceptables.

Habla de holocaustos de animales engordados, lo mejor del rebaño. No llevará animales débiles ni baratos, sino los mejor alimentados y más valiosos. Dios, que es el bien supremo, debe ser servido con lo mejor que tenemos. Dios alimenta a su pueblo con abundancia, como en «un banquete de manjares suculentos» (Isaías 25:6), y nosotros debemos responderle con nuestros mejores dones.

También dice que ofrecerá toros junto con cabras, mostrando cuán generosamente alabará a Dios. No dará algo que no le cueste nada. Llevará regalos que le cuesten mucho, porque la misericordia de Dios lo merece. Añade «con el incienso de carneros», lo cual puede significar la grasa de los carneros que subía como incienso en el humo, o carneros ofrecidos junto con incienso. El incienso señala la intercesión de Cristo, sin la cual ni siquiera nuestras mejores ofrendas serían aceptadas.

También promete cumplir cuidadosamente sus votos. No alabamos verdaderamente a Dios por su liberación si olvidamos las promesas que hicimos durante la angustia. Dice: «Te pagaré mis votos, los que pronunciaron mis labios y prometió mi boca cuando estaba angustiado» (Salmos 66:13-14). Es común, y bueno, hacer votos en la aflicción o mientras buscamos misericordia, comprometiéndonos más firmemente a apartarnos del pecado y a cumplir con nuestro deber.

Pero esos votos no deben olvidarse cuando la aflicción termina. Deben cumplirse por completo. Es mejor no hacer un voto que hacerlo y no cumplirlo. Nuestra gratitud por la ayuda de Dios debe manifestarse en una obediencia fiel después de que el peligro ha pasado.

El salmista también se dirige a sus amigos. Reúne a otros fieles para que escuchen su relato agradecido de la bondad de Dios: «Vengan y escuchen, todos ustedes que temen a Dios» (Salmos 66:16). Sabe que ellos se unirán a él en la alabanza y lo ayudarán a dar gracias. Debemos tener el mismo deseo de contar con la ayuda de quienes temen a Dios cuando le damos gracias que cuando le pedimos algo.

También sabe que ellos serán fortalecidos por lo que les cuente. Los humildes escucharán y se alegrarán (Salmos 34:2). Quienes temen a Dios se regocijarán al ver su obra en la vida del salmista (Salmos 119:74). Por eso quiere hablar, no con personas indiferentes que se burlarían de las cosas santas, sino con quienes temen a Dios y pueden aprovechar bien ese testimonio. Les contará lo que Dios ha hecho por su alma, no para presumir, sino para honrar a Dios y ayudar a los demás.

El pueblo de Dios debe compartir sus experiencias unos con otros. Debemos aprovechar toda oportunidad para contarnos las cosas grandes y bondadosas que Dios ha hecho por nosotros, especialmente lo que ha hecho por nuestras almas. Estas bendiciones espirituales deberían afectarnos más profundamente y, por eso, también deberíamos desear que bendigan a otros.

Una de las cosas que Dios hizo por su alma fue despertar en él el deseo de orar y ensanchar su corazón para la oración. Dice: «Clamé a él con mi boca» (Salmos 66:17). Si Dios no nos hubiera dado el Espíritu de adopción, que nos enseña a clamar: «Abba, Padre», nunca oraríamos verdaderamente. Es una gran misericordia que Dios nos permita orar, nos mande orar, nos anime a orar y, sobre todo, nos dé un corazón dispuesto a orar.

Añade que, cuando clamó a Dios, también lo alabó con su lengua. Esto significa que pudo honrar a Dios por medio de la fe y la esperanza, aun mientras pedía misericordia. Alabó a Dios por su misericordia antes de haberla recibido plenamente. De ese modo, la oración misma da gloria a Dios. Dios considera que las oraciones humildes de los rectos lo honran, y eso es una gran misericordia. Dios ha unido nuestro bien con su gloria, de manera que, al buscar nuestro bienestar, también buscamos su alabanza.

También puede querer decir: «Su alabanza estaba bajo mi lengua»; es decir, ya estaba pensando en cómo engrandecer el nombre de Dios. Cuando las oraciones están en nuestra boca, la alabanza ya debería estar en nuestro corazón.

Otra cosa que Dios hizo por su alma fue enseñarle a temerle al pecado, porque el pecado es enemigo de la oración. Dice: «Si en mi corazón hubiera yo consentido la maldad, el Señor no me habría escuchado» (Salmos 66:18). Algunos escritores judíos distorsionaron estas palabras para decir que solo importan los pecados externos, pero eso es claramente falso. Jesús enseñó que Dios trata con el corazón tanto como con las acciones externas (Mateo 5).

El verdadero significado es sencillo. Si una persona ama el pecado, lo recibe con agrado, lo protege y lo mantiene cerca, Dios no escuchará favorablemente su oración. Aunque el pecado solo esté en el corazón, si allí se lo aprueba, echará a perder la oración. Esa persona no puede esperar recibir de Dios paz como respuesta a su oración.

El pecado que se atesora en el corazón destruye el consuelo y la eficacia de la oración. El sacrificio de los malvados es detestable para el Señor. Quienes mantienen una amistad con el pecado no tienen una verdadera participación en la promesa ni en el Mediador, es decir, Cristo, quien se interpone entre Dios y los pecadores. Por esa razón, no pueden esperar prosperar en la oración.

Dios, en su gracia, le había dado una respuesta de paz a sus oraciones. Podía decir: «Dios ciertamente me ha escuchado» (Salmos 66:19). Aunque sabía que todavía había mucho mal en él y temía que sus oraciones fueran rechazadas, encontró gran consuelo al ver que Dios se complacía en escucharlo. Dios hizo esto por su alma al responder su oración. Era una señal del favor de Dios y una prueba de que Dios había comenzado una buena obra en él.

Por eso termina diciendo: «Bendito sea Dios» (Salmos 66:20). Los dos versículos anteriores son como las partes principal y secundaria de un argumento lógico: «Si en mi corazón me aferro al pecado, Dios no me escuchará». Esa es la afirmación. «Pero Dios ciertamente me ha escuchado». Esa es la prueba. Entonces podría haber razonado: «Por lo tanto, no me aferro al pecado en mi corazón». Pero, en vez de quedarse con el consuelo, atribuye la alabanza a Dios: «Bendito sea Dios». Sean cuales sean las razones, la gloria de Dios siempre debe ser el resultado final. Dios me ha escuchado; por eso, bendito sea Dios.

Debemos recordar esto: lo que recibimos por medio de la oración, debemos devolverlo en alabanza. Cuando Dios responde la oración, esa misericordia nos llama especialmente a darle gracias. Añade: «No ha rechazado mi oración ni me ha negado su amor». Lo dice para evitar que alguien piense que la liberación ocurrió porque su oración tenía mérito por sí misma. No fue su oración la que obtuvo el rescate, sino la misericordia de Dios la que lo envió. Dios no rechaza nuestra oración porque no rechaza su propia misericordia. Su misericordia es la base de nuestra esperanza y la fuente de nuestro consuelo; por eso también debe ser el motivo de nuestra alabanza.

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