Versículo destacado

Salmos 56:8 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Tú llevas la cuenta de mis huidas; tú recoges cada una de mis lágrimas. ¿Acaso no las tienes anotadas en tu libro? "

Salmos 56:8

menu_book El versículo en contexto

6 Andan escondiéndose aquí y allá, siguiendo mis pasos y esperando el momento de matarme.

7 ¿Acaso escaparán de su propia maldad? Oh, Dios, humilla a los pueblos con tu enojo.

8 Tú llevas la cuenta de mis huidas; tú recoges cada una de mis lágrimas. ¿Acaso no las tienes anotadas en tu libro?

9 Mis enemigos se retirarán cuando yo te pida ayuda. Sé muy bien que Dios está de mi parte.

10 Confío en Dios y alabo su palabra; confío en el Señor y alabo su palabra;

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Varias cosas ayudaron a David a encontrar consuelo en medio de su angustia y su temor.

En primer lugar, se consoló al saber que Dios prestaba mucha atención a todos sus problemas y tristezas (Salmos 56:8). Dios veía cada dificultad de su vida. David todavía era joven, menor de treinta años, pero ya se había mudado muchas veces: de la casa de su padre al palacio, luego al campamento militar, y ahora se veía obligado a ir de un lugar a otro, sin descanso. Lo perseguían como a una perdiz en los montes, y vivía con temor y agotamiento constantes. Aun así, esto lo consolaba: Dios llevaba un registro exacto de todos sus movimientos y contaba cada paso cansado que daba, de día y de noche.

Dios ve todos los sufrimientos de su pueblo. No aparta de su cuidado y amor a quienes otros han excluido de su compañía. También ve cada huella que esas dificultades dejan en el corazón. David había llorado muchas veces mientras andaba errante, así que le pidió a Dios que guardara sus lágrimas en su odre, protegidas y presentes en su memoria. Estaba seguro de que sus lágrimas ya estaban escritas en el libro de Dios.

Dios tiene un odre y un libro para las lágrimas de su pueblo, ya sean lágrimas causadas por el pecado o por el sufrimiento. Esto significa dos cosas. Primero, Dios las mira con compasión y tierno cuidado. Sufre con ellos y conoce su corazón en medio de la aflicción. Así como la sangre y la muerte de sus santos son preciosas para él, también lo son sus lágrimas. Ni una sola caerá al suelo sin que él la note. Dios le dijo a Ezequías: «He visto tus lágrimas» (2 Reyes 20:5). También escuchó a Efraín cuando lloraba por sí mismo (Jeremías 31:18).

Segundo, Dios recordará esas lágrimas y las revisará después, como cuando se vuelven a examinar cuentas escritas. Pablo recordaba las lágrimas de Timoteo (2 Timoteo 1:4), y Dios no olvidará las tristezas de su pueblo. Las lágrimas de quienes son perseguidos por causa de Dios están guardadas y selladas entre sus tesoros. Cuando se abran esos libros, esos registros se convertirán en copas de ira derramadas sobre quienes provocaron las lágrimas. Dios ciertamente los juzgará por cada lágrima que hicieron brotar de los ojos de su pueblo. Pero para quienes lloran delante de Dios, esas mismas lágrimas se convertirán en una fuente de consuelo. Su tristeza se transformará en alabanza. Dios consolará a su pueblo conforme al tiempo en que lo afligió, y quienes siembran con lágrimas cosecharán con alegría. Lo que fue sembrado como una lágrima brotará como una perla.

En segundo lugar, David confiaba en que sus oraciones ayudarían a derrotar y confundir a sus enemigos, además de fortalecerlo y animarlo (Salmos 56:9). Cuando clamaba a Dios, sabía que sus enemigos retrocederían. No necesitaba otras armas que sus oraciones y sus lágrimas. Lo sabía porque Dios estaba de su lado: defendería su causa, lo protegería y lo rescataría. Si Dios está de nuestra parte, ¿quién puede enfrentarnos y vencer?

Dios está de parte de sus santos, y ellos pueden saberlo. Cuando los enemigos los rodean, deben clamar a él. Si lo hacen con fe, verán el poder de Dios actuando a su favor. Sus enemigos serán rechazados. Esto se aplica especialmente a los enemigos espirituales, contra los cuales luchamos mejor de rodillas (Efesios 6:18).

En tercer lugar, la fe de David en Dios lo elevó por encima del temor a los demás (Salmos 56:10-11). Con profunda convicción, repite lo que ya había dicho: en Dios alabaría su palabra. Es decir, confiaría firmemente en la promesa de Dios por causa de aquel que la hizo, pues él es verdadero y fiel, y tiene la sabiduría, el poder y la bondad suficientes para cumplirla. Cuando confiamos en la promesa de una persona, honramos a quien la hizo. De la misma manera, cuando actuamos y sufrimos por Dios mientras dependemos de su promesa, sin dudar de ella, le damos gloria. Alabamos su palabra y, por medio de ella, lo alabamos a él.

Después de poner su confianza en Dios, David mira con santo desprecio las amenazas de los seres humanos: había puesto su confianza en Dios y no tendría miedo de lo que una persona pudiera hacerle (Salmos 56:11). Sabía muy bien lo que sus enemigos harían si tuvieran la oportunidad (Salmos 56:1-2), pero no les tendría miedo. Más adelante, el apóstol puso estas mismas palabras confiadas en boca de todo verdadero creyente, convirtiendo a cada uno en un héroe cristiano (Hebreos 13:6). Nosotros también podemos decir con valentía: «El Señor es mi ayudador». Entonces no necesitamos temer lo que una persona pueda hacernos, porque nadie tiene otro poder que el que Dios le permite desde lo alto.

En cuarto lugar, David sabía que estaba comprometido con Dios (Salmos 56:12). Sus votos estaban sobre él delante de Dios. No se refería a ellos como una carga pesada que lo aplastaba, sino como una insignia que llevaba con gusto, una señal de que pertenecía a Dios como su siervo. No eran como cadenas que lo atrapaban, tal como pueden serlo los votos supersticiosos. Más bien, eran como un freno que lo mantenía alejado de aquello que podía hacerle daño y lo guiaba por el camino del deber. Eran los votos que David había hecho a Dios, no solo en la presencia de Dios, sino con Dios mismo, quien le había ordenado y animado a hacerlos.

Es posible que se refiriera especialmente a los votos que hizo durante un tiempo de angustia y temor, votos que no olvidaría una vez que pasara el peligro. Para nosotros también debe ser motivo de reflexión y alegría saber que los votos hechos a Dios están sobre nosotros, incluidos nuestros votos bautismales, renovados en la mesa del Señor, y los demás votos que hemos hecho en momentos de convicción o corrección. Por medio de ellos quedamos comprometidos a vivir para Dios.

En quinto lugar, David sabía que todavía tendría más razones para alabar a Dios. Daría alabanzas a Dios. Esto era parte de cumplir sus votos, porque los votos de gratitud deben acompañar las oraciones pidiendo misericordia, y cuando llega la misericordia, esos votos deben cumplirse. Cuando pensamos en lo que debemos devolverle a Dios, lo menos que podemos decidir es darle alabanza. Es una respuesta pequeña para regalos tan grandes, pero sigue siendo la respuesta apropiada.

David alabaría a Dios por dos cosas. Primero, por lo que Dios ya había hecho por él (Salmos 56:13): había librado su alma de la muerte, es decir, de una muerte que estaba a punto de apoderarse de él. Si Dios nos ha librado del pecado, ya sea al impedir que lo cometamos mediante su gracia preventiva o al perdonarlo por medio de su misericordia, tenemos razones para decir que él libró nuestra alma de la muerte, porque la muerte es el pago del pecado. Si por naturaleza estábamos muertos en pecado y Dios nos dio vida juntamente con Cristo, también tenemos razones para decir que él libró nuestra alma de la muerte.

Segundo, David alaba a Dios por lo que esperaba que Dios hiciera. Dios había librado su alma de la muerte, y por eso le había dado nueva vida; junto con esa vida, le había dado la promesa de más misericordia: que protegería sus pies para que no cayeran. Dios ya había hecho lo más grande, así que ciertamente haría lo menor. Había comenzado una buena obra, por lo que la continuaría y la llevaría a término. Estas palabras pueden entenderse como una oración, en la que David apela a su experiencia pasada, o como una alabanza, en la que eleva sus expectativas. Quienes saben alabar con fe dan gracias a Dios tanto por las bendiciones prometidas y cercanas como por las que ya han recibido.

Aquí vemos lo que David esperaba: que Dios protegiera sus pies para que no cayeran, ya fuera en pecado, lo cual heriría su conciencia, o en una apariencia de pecado, lo cual daría a sus enemigos la oportunidad de dañar su buen nombre.

Quienes creen estar firmes deben tener cuidado de no caer, porque incluso la persona más fuerte solo puede mantenerse en pie mientras Dios la sostenga. Somos débiles. Nuestro camino es resbaladizo, está lleno de obstáculos, y nuestros enemigos espirituales trabajan con empeño para derribarnos. Por eso debemos confiar nuestra vida al cuidado de Dios por medio de la fe y la oración, pues él es quien sostiene los pies de su pueblo.

David basa esta esperanza en que Dios ya había librado su alma de la muerte. Al hacerlo, Dios había demostrado su poder y su bondad, y también había puesto al creyente en una posición para recibir de él más misericordia. Así razona el salmista, en efecto: «¿Acaso no protegerás y completarás ahora tu propia obra?». Dios nunca sacó a su pueblo de Egipto para luego destruirlo en el desierto. De la misma manera, aquel que salva el alma de una muerte tan grande como la del pecado en la conversión no dejará de guardarla hasta llevarla a su reino celestial.

Lo que David busca con estas esperanzas es poder caminar delante de Dios en la luz de los vivientes. Esto significa, primero, llegar al cielo, la única tierra de luz y vida, porque en este mundo reinan la oscuridad y la muerte. También significa cumplir con su deber mientras dure esta vida. Ese debe ser nuestro objetivo en todas nuestras oraciones para ser librados del pecado y de los problemas: servir mejor a Dios. Cuando él nos libera de nuestros enemigos, debemos usar esa libertad para servirle sin temor.

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