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Salmos 55:9 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

Destrúyelos, Señor; confunde su lenguaje, pues solo veo violencia y discordia,

Salmos 55:9

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí David se queja de sus enemigos. Sus planes perversos lo habían llevado, si no al límite de su fe, sí al límite de sus fuerzas y de su razón, y ora contra ellos bajo el impulso del espíritu de profecía. Primero debemos observar qué clase de enemigos describe. Eran de la peor clase, y sus palabras encajan muy bien con Absalón, el hijo rebelde de David, y con sus seguidores.

Se queja de Jerusalén, la ciudad que, de manera extraña, se puso del lado de Absalón y le dio la espalda a David. Por eso, allí David no tenía a nadie en quien confiar, excepto sus propios guardias y servidores. Era como si la ciudad fiel se hubiera vuelto infiel. David no se enteró de esto solamente por lo que otros le contaron; él mismo lo vio, y eso le causó un profundo dolor. No vio otra cosa en la ciudad sino violencia y conflicto (Salmos 55:9). Cuando la gente se volvió desleal a David, también se volvió cruel entre sí.

Si David caminaba por las murallas de la ciudad, veía violencia y conflicto rodeándola día y noche, como si estuvieran protegiéndola (Salmos 55:10). Los mismos planes con los que intentaban fortalecer la ciudad estaban construidos sobre la violencia y el conflicto. Ya no quedaban entre ellos verdadera honestidad ni amor. Si miraba al interior de la ciudad, encontraba daño y abuso: personas que se perjudicaban y se afligían unas a otras. Allí había maldad de toda clase. El engaño y la mentira no se apartaban de sus calles (Salmos 55:11). Esto también puede referirse al trato cruel que daban a los amigos de David y a todos los que, según sabían, permanecían leales a él. Los perjudicaban con engaños o por la fuerza siempre que podían.

¡Qué triste retrato de Jerusalén, la ciudad real y, más aún, la ciudad santa! Había pasado tan poco tiempo desde que allí se habían establecido el trono del juicio y el testimonio de Israel. ¿Es esta la ciudad a la que llaman «la perfección de la belleza»? (Lamentaciones 2:15). ¿Está tan mal enseñada Jerusalén, el hogar de los sacerdotes de Dios? ¿Puede la ciudad que David construyó volverse tan ingrata con él mismo que llegue a ser un lugar demasiado peligroso para que él viva allí? No debemos sorprendernos de la corrupción y el desorden que existen en la iglesia de Cristo en la tierra. Más bien, debemos anhelar la Nueva Jerusalén, donde no habrá violencia ni conflicto, ni daño ni culpa, y donde jamás entrará nada impuro.

David también se queja de uno de los principales líderes de la conspiración, un hombre que trabajaba arduamente para sembrar sospechas, tergiversar a David y su gobierno, y poner a la ciudad en su contra. Este hombre acusaba a David de abusar de su poder o de no ejercerlo correctamente. Esa era la cruel acusación de Absalón: «No hay nadie que el rey haya designado para escuchar sus problemas» (2 Samuel 15:3). Tales acusaciones se difundían ampliamente entre el pueblo. David parece preguntar: ¿quién estaba dirigiendo esta campaña? «No era un enemigo declarado, como Simei, uno de mis más amargos adversarios. Si hubiera sido él, lo habría soportado, porque no habría esperado nada mejor de su parte». Más adelante, David mostró paciencia ante las maldiciones de Simei. «Tampoco era alguien que dijera abiertamente que me odiaba. En ese caso, me habría protegido y habría ocultado mis planes para que no pudiera traicionarme. Pero eras tú, un hombre igual a mí» (Salmos 55:13).

La paráfrasis caldea dice que se trataba de Ahitofel, y nada de aquella rebelión parece haber herido más a David que enterarse de que Ahitofel se había unido a Absalón (2 Samuel 15:31). Ahitofel había sido consejero del rey (1 Crónicas 27:33). En esencia, David dice: «Tú eras mi igual, alguien a quien valoraba como a mí mismo, un amigo tan cercano como mi propia alma. Compartía mis secretos contigo, y conocías mis pensamientos tan bien como yo. Eras mi guía, el hombre a quien consultaba y cuyas recomendaciones seguía en mis asuntos. Te nombré jefe del consejo, un funcionario principal del reino, mi compañero cercano y amigo íntimo. Y ahora este es el hombre que me maltrata. Yo fui bondadoso contigo, pero demostraste ser profundamente ingrato. Confié en ti, pero actuaste con una traición despreciable. No habrías podido hacerme ni la mitad de este daño si yo no te hubiera honrado tanto».

Esto habría sido doloroso para cualquier corazón sincero, pero no era todo. Este traidor aparentaba ser un santo; de otro modo, nunca habría sido amigo cercano de David (Salmos 55:14). Habían deliberado juntos y pasado muchas horas conversando sobre asuntos religiosos. El doctor Hammond entiende el pasaje de esta manera: se reunían en la asamblea de adoración, David le daba la mano derecha de comunión en el culto santo, y luego caminaban juntos hacia la casa de Dios para participar en el servicio público.

Esto nos enseña tres cosas. Primero, siempre ha habido, y siempre habrá, una mezcla de creyentes verdaderos y falsos en la iglesia visible. Durante mucho tiempo quizá no veamos ninguna diferencia entre ellos, pero Dios, que conoce el corazón, sí la ve. David iba a la casa de Dios con sinceridad, mientras que Ahitofel iba con hipocresía. El fariseo y el cobrador de impuestos fueron juntos al templo a orar, pero con el tiempo la diferencia entre lo genuino y lo falso quedará clara.

Segundo, la sabiduría del mundo puede llevar a una persona muy lejos en una profesión pública de fe, mientras la religión le resulte útil y popular. En la corte de David, nadie parecía más devoto que Ahitofel; sin embargo, su corazón no estaba bien delante de Dios. Tercero, no debemos sorprendernos si somos profundamente engañados por personas que hacen grandes afirmaciones sobre la religión y la amistad. El mismo David, aunque era muy sabio, fue engañado de esa manera, y eso debería ayudarnos a sobrellevar mejor nuestras propias decepciones.

Después David ora contra ellos, y debemos respetar estas palabras y hallar consuelo en ellas como profecías. Pero no debemos repetirlas en nuestras propias oraciones contra enemigos personales. Primero pide que Dios los disperse, como dispersó a los constructores de Babel (Salmos 55:9). «Destruye, Señor, y divide sus lenguas», dice. Es decir, que frustre sus planes haciendo que discrepen y choquen entre sí. Que envíe entre ellos un espíritu de discordia, de modo que no se entiendan, sino que crezcan sus celos y sospechas. Dios respondió esta oración cuando convirtió en necedad el consejo de Ahitofel al oponerle el consejo de Husai. Con frecuencia, Dios destruye a los enemigos de la iglesia al dividirlos. Nadie está más cerca de caer que quien está dividido contra sí mismo. Un reino o una causa dividida en partes no puede mantenerse en pie por mucho tiempo.

También pide que Dios los destruya, como destruyó a Datán, Abiram y sus compañeros, quienes se rebelaron contra Moisés. Sus gargantas eran como sepulcros abiertos, y la tierra abrió su boca y se los tragó. En aquel momento, ese fue un nuevo acto de juicio de parte de Dios (Números 16:30).

Pero David ora para que esto vuelva a suceder, o para que ocurra algo semejante (Salmo 55:15): «Que la muerte se apodere de ellos por mandato de Dios, y que bajen rápidamente al sepulcro. Que mueran, sean sepultados y queden completamente destruidos en un instante, porque la maldad está donde ellos están y se encuentra en medio de ellos». Las almas de los pecadores que no se arrepienten descienden vivas al infierno, porque sienten plenamente su sufrimiento. Siguen viviendo para continuar siendo miserables.

Esta oración también apunta hacia la ruina completa, final y eterna de todos los que, en secreto o abiertamente, se oponen al Mesías del Señor y se rebelan contra él.

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