Versículo destacado
Salmos 48:8 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" En la ciudad de nuestro Dios, el Señor todopoderoso, hemos visto con nuestros ojos lo mismo que nos habían contado: ¡Dios afirmará para siempre a Jerusalén! "
Salmos 48:8
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
6 El miedo se adueñó de ellos: se retorcían de dolor como una mujer de parto;
7 como el viento del este, que destroza los barcos de Tarsis.
8 En la ciudad de nuestro Dios, el Señor todopoderoso, hemos visto con nuestros ojos lo mismo que nos habían contado: ¡Dios afirmará para siempre a Jerusalén!
9 Oh Dios, en medio de tu templo pensamos en tu gran amor.
10 Oh Dios, por toda la tierra eres alabado como corresponde a tu nombre. Con tu poder haces plena justicia.
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Aquí se nos enseña cómo debe usar el pueblo de Dios la ayuda reciente y bondadosa que él le ha dado contra sus enemigos, de modo que esa ayuda obre para su bien. Primero, nuestra fe en la palabra de Dios debe fortalecerse. Si comparamos lo que Dios ha hecho con lo que ha prometido, encontramos que, tal como lo hemos oído, así lo hemos visto (Salmos 48:8). Lo que hemos visto debe llevarnos a creer lo que hemos oído.
«Tal como hemos oído que Dios actuó en intervenciones anteriores de su providencia, en tiempos pasados, así lo hemos visto actuar en nuestros propios días». La ayuda posterior de Dios para su pueblo, contra sus enemigos y los enemigos de su pueblo, concuerda con su ayuda anterior. Debe traer a nuestra memoria aquellas obras pasadas. «Tal como lo hemos oído en la promesa y la profecía, así lo hemos visto en su cumplimiento». Hemos oído que Dios es el SEÑOR de los ejércitos y que Jerusalén es la ciudad de nuestro Dios, amada por él y bajo su cuidado especial. Ahora lo hemos visto.
Hemos visto el poder de nuestro Dios, su bondad y su cuidado por nosotros. Hemos visto que él es como un muro de fuego alrededor de Jerusalén y la gloria en medio de ella. En las grandes cosas que Dios ha hecho y sigue haciendo por su iglesia, es bueno observar cómo se cumple la Escritura. Eso nos ayuda a comprender tanto el acontecimiento mismo como la Escritura que se está cumpliendo.
Segundo, nuestra esperanza en la estabilidad y la permanencia de la iglesia debe recibir ánimo. A partir de lo que hemos visto, comparado con lo que hemos oído acerca de la ciudad de nuestro Dios, podemos concluir que Dios la establecerá para siempre. Esto no se cumplió plenamente en Jerusalén, porque aquella ciudad fue destruida hace mucho tiempo y su gloria quedó reducida a polvo. Pero sí se cumple en la iglesia del evangelio, que será establecida para siempre. Está edificada sobre una roca, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mateo 16:18). Dios mismo se ha hecho responsable de establecerla. El SEÑOR es quien fundó a Sion (Isaías 14:32). Lo que hemos visto, comparado con lo que hemos oído, debe animarnos a confiar en esa promesa.
Tercero, estas obras deben llenar nuestra mente de pensamientos buenos acerca de Dios. A partir de lo que hemos oído, visto y esperado, debemos pensar con frecuencia en la misericordia de Dios cuando nos reunimos en su templo (Salmos 48:9). Todos los ríos de misericordia que llegan hasta nosotros deben remontarse a la fuente de la misericordia de Dios. No provienen de ningún mérito nuestro, sino únicamente de su misericordia y de su favor especial hacia su pueblo. Por eso debemos pensar en ella con deleite, con frecuencia y con atención constante.
¿Qué podría ser más noble, más agradable o más útil para ocupar nuestros pensamientos? Siempre debemos mantener delante de nuestros ojos la misericordia de Dios (Salmos 26:3), especialmente cuando lo adoramos en su templo. Cuando disfrutamos del culto público en paz y nos reunimos en su templo sin que nadie nos perturbe, debemos aprovechar ese tiempo para pensar en su misericordia.
Cuarto, debemos darle a Dios la gloria por las grandes cosas que ha hecho por nosotros y hablar de ellas para honrarlo (Salmos 48:10). «Tal como es tu nombre, oh Dios, así llega también tu alabanza», no solo en Jerusalén, sino hasta los confines de la tierra. Mediante el rescate reciente de Jerusalén, Dios se había hecho un nombre. Es decir, había mostrado claramente su sabiduría, su poder y su bondad, de modo que las naciones vecinas no podían ignorarlo. De la misma manera, su alabanza se extendería ampliamente, porque en todas partes habría personas que le darían gloria.
Hasta donde llegue su nombre, debe llegar también su alabanza; y finalmente llegará allí, cuando todos los confines del mundo lo alaben (Salmos 22:27; Apocalipsis 11:15). Algunos entienden que aquí su nombre se refiere especialmente al glorioso nombre «el SEÑOR de los ejércitos». De acuerdo con ese nombre, su alabanza se extiende a toda la creación, hasta los confines de la tierra, porque todo está bajo su autoridad. De manera especial, su pueblo también debe reconocer su justicia en todo lo que hace por él. «La justicia llena tu mano derecha» significa que cada acto de su poder concuerda con las normas eternas de la rectitud.
Quinto, cada miembro de la iglesia debe hallar consuelo en lo que Dios hace por su iglesia como un todo (Salmos 48:11). «Alégrese el monte Sion», es decir, los sacerdotes y levitas que sirven en el santuario, «y que se alegren las hijas de Judá», es decir, las ciudades cercanas y sus habitantes. Que las mujeres, como era costumbre en los días públicos de celebración, festejen con cantos y danzas la gran salvación que Dios ha realizado por ellos.
Después de haber dado a Dios la alabanza, podemos disfrutar de las liberaciones especiales que él concede a la iglesia y alegrarnos por sus juicios, es decir, por las obras de su providencia. Estas obras se realizan con sabiduría; por eso se llaman juicios, y obran para el bien de la iglesia.
Sexto, debemos observar cuidadosamente la belleza, la fuerza y la seguridad de la iglesia, y transmitir fielmente lo que vemos a quienes vendrán después de nosotros (Salmos 48:12-13). «Caminen alrededor de Sion». Algunos piensan que esto se refiere a una celebración de victoria, en la que los participantes de la procesión caminaban alrededor de las murallas, como en Nehemías 12:31, mientras cantaban y alababan a Dios. Al hacerlo, debían contar sus torres y examinar bien sus fortificaciones.
Debían hacerlo, primero, para engrandecer la gran liberación que Dios acababa de realizar por ellos. Debían observar con asombro que las torres y las fortificaciones seguían firmes, sin daños, y que los palacios aún conservaban su belleza, sin señales de destrucción. Los reyes que se habían reunido contra la ciudad (Salmos 48:4) no le habían causado ningún daño. Esto debía contarse a la generación siguiente como un ejemplo maravilloso del cuidado de Dios por su ciudad santa, pues los enemigos no solo habían fracasado en arruinarla o destruirla, sino que ni siquiera habían podido dañarla o desfigurarla.
Debían hacerlo, en segundo lugar, para fortalecerse contra el temor cuando volviera a presentarse una amenaza semejante. En el sentido literal, esto puede entenderse acerca de Jerusalén y de la fortaleza de Sion. Que las hijas de Judá vieran las torres y las fortificaciones de Sion con una alegría tan grande como el terror que sus enemigos habían sentido al contemplarlas (Salmos 48:5). Por lo general, se consideraba que Jerusalén era inconquistable, como muestra Lamentaciones 4:12. Nadie habría creído que un enemigo pudiera entrar por sus puertas, y no habría podido hacerlo si el pueblo no hubiera perdido su defensa a causa del pecado.
«Pongan su corazón en sus fortificaciones» significa que las defensas principales de Sion no eran las cosas visibles, sino las recibidas por la fe. Podían contemplar las defensas naturales y humanas de la ciudad, y estas eran suficientemente fuertes. Sin embargo, sus defensas más grandes eran la presencia especial de Dios allí, la belleza de la santidad que él había puesto en ella y las promesas que le había hecho.
Consideren la fuerza de Jerusalén y cuéntenla a las generaciones futuras, para que no hagan nada que la debilite. Si alguna vez llega el peligro, no deben entregarla vergonzosamente al enemigo, como si no pudiera ser defendida. Calvino observa que la instrucción de transmitir un relato cuidadoso de las torres, fortificaciones y palacios de Jerusalén insinuaba que algún día esas cosas serían destruidas y ya no podrían verse. De lo contrario, no habría sido necesario conservar su descripción y su historia.
Cuando los discípulos admiraron los edificios del templo, su Maestro les dijo que en poco tiempo no quedaría allí piedra sobre piedra (Mateo 24:1-2). Por eso, esto también debe dirigirnos a la iglesia del evangelio, el monte Sion en el sentido del nuevo pacto (Hebreos 12:22). Debemos considerar sus torres, sus fortificaciones y sus palacios, para sentirnos atraídos a unirnos a ella y entregarnos a su causa. Debemos verla fundada sobre Cristo, la roca; fortalecida por el poder de Dios, y protegida por aquel que nunca duerme.
Debemos ver las riquezas que le pertenecen, como si fueran sus palacios, y las promesas preciosas que permanecen como sus murallas. Esto debe transmitirse a la generación siguiente, para que abrace voluntariamente sus intereses y permanezca firme en ella. También debemos alegrarnos en Dios y en la seguridad de su amor permanente (Salmos 48:14). Esta verdad debe transmitirse como un encargo sagrado a los hijos y a los hijos de nuestros hijos: este Dios, que ha hecho cosas tan grandes por nosotros, es nuestro Dios para siempre y por toda la eternidad. Él no cambia en su amor ni en su cuidado por nosotros.
Si Dios es nuestro Dios, lo es para siempre, no solo durante todos los años de esta vida, sino también por toda la eternidad. El gozo permanente de los creyentes glorificados es que Dios mismo estará con ellos y será su Dios (Apocalipsis 21:3). Si él es nuestro Dios, también será nuestro guía, firme y fiel, y nos mostrará el camino mientras nos conduce por él. Nos guiará incluso hasta la muerte, que marca el final de nuestro viaje terrenal y nos lleva al descanso.
Algunos entienden esto como una promesa de que él nos guiará por encima de la muerte, de modo que la muerte no pueda hacernos verdadero daño. Otros lo entienden como una promesa de que nos guiará más allá de la muerte, llevándonos a salvo hacia el gozo que se encuentra al otro lado de ella, donde ya no habrá muerte. Si tomamos al SEÑOR como nuestro Dios, él nos conducirá con seguridad hasta la muerte, a través de la muerte y más allá de la muerte; nos llevará hacia abajo, a la muerte, y luego hacia arriba, a la gloria.
De este capítulo
Salmos 48:1
"¡El Señor es grande! ¡Nuestro Dios es digno de alabanza en su ciudad y en su santo monte!"
Salmos 48:2
"¡Qué hermosa es la altura del monte Sión, allá, en el extremo norte! ¡Es la alegría de toda la tierra! ¡Es la ciudad del gran Rey!"
Salmos 48:3
"Dios está en los palacios de Jerusalén; Dios se ha dado a conocer como un refugio seguro."
Salmos 48:4
"Pues los reyes se reunieron y juntos avanzaron contra ella;"
Salmos 48:5
"pero, al ver la ciudad, se sorprendieron, se inquietaron y huyeron."
Salmos 48:6
"El miedo se adueñó de ellos: se retorcían de dolor como una mujer de parto;"
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