Versículo destacado
Salmos 38:12 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
Los que quieren matarme me ponen trampas; los que quieren perjudicarme hablan de arruinarme y a todas horas hacen planes traicioneros.
Salmos 38:12
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
10 Mi corazón late deprisa, las fuerzas me abandonan; ¡hasta la vista se me nubla!
11 Mis mejores amigos, e incluso mis parientes, se mantienen a distancia, lejos de mis llagas.
12 Los que quieren matarme me ponen trampas; los que quieren perjudicarme hablan de arruinarme y a todas horas hacen planes traicioneros.
13 Pero yo me hago el sordo, como si no oyera; como si fuera mudo, no abro la boca.
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En estos versículos, David se queja del poder y la malicia de sus enemigos. Se aprovecharon de su cuerpo débil y de su mente angustiada, no solo para burlarse de él, sino también para hacerle daño. Presenta sus pecados como una razón para que Dios lo ayude, de manera parecida a cuando dice: «Mira a mis enemigos» (Salmos 25:19).
Dice que son crueles y están llenos de rencor: «Los que buscan mi vida me tienden trampas» (Salmos 38:12). La vida que era valiosa ante los ojos del Señor y de las personas buenas era tratada como si no tuviera ningún valor. Este es el profundo odio que siempre se ha manifestado en la descendencia de la serpiente contra la descendencia de la mujer: quieren herir la cabeza, aun cuando solo pueden alcanzar el talón.
También dice que son astutos y calculadores en su maldad. Tienden trampas, planean mentiras y se mantienen ocupados en eso todo el día. Incluso conversan entre ellos sobre sus planes dañinos, como si cada uno pudiera aportar algo más al ataque. El mal hecho mediante el engaño bien puede llamarse una trampa.
David añade que son atrevidos e insultantes. Cuando tropezaba, se metía en problemas o cometía algún error, se llenaban de orgullo al verlo. Daban por hecho que su caída lo arruinaría por completo. Se alegraban de verlo tropezar y actuaban como si un solo tropiezo tuviera que terminar en una destrucción total.
También eran ingratos e injustos. Lo odiaban sin motivo (Salmos 38:19). Él nunca les había hecho daño, ni siquiera les había deseado mal, y les había dado muchas razones para responderle con bondad. En cambio, le pagaban mal por bien (Salmos 38:20), como dice también: «Por mi amor se han puesto en mi contra» (Salmos 109:4). Las personas malvadas con frecuencia odian la bondad misma, aun cuando se benefician de ella. Odian la oración, incluso en quienes oran por ellas, y odian la paz, aun en quienes desean vivir en paz.
David dice que su odio también estaba dirigido contra Dios. Se oponían a él porque seguía lo bueno. Lo odiaban porque odiaban a Dios y a todos los que llevan la imagen de Dios. Si sufrimos por hacer el bien, no debemos sorprendernos. Así ha sido desde el principio, como cuando Caín mató a Abel porque las obras de Abel eran justas. Sin embargo, no siempre será así, porque Dios recompensará a los fieles.
También observa que sus enemigos eran numerosos y fuertes. Eran activos, poderosos y cada vez más numerosos (Salmos 38:19). David, en cambio, estaba débil, agotado y afligido, mientras que los malvados a su alrededor parecían prosperar. Nunca debemos juzgar el carácter de una persona solo por su condición externa. Nadie puede saber, únicamente por las apariencias, quién cuenta con el amor de Dios o quién está bajo su desaprobación.
Parece que las palabras de David también apuntan hacia Cristo, cuyos enemigos eran precisamente así. Habían perdido todo honor y virtud. Nadie odia verdaderamente el cristianismo sin haber rechazado primero la decencia humana básica y haber quebrantado sus vínculos más sagrados.
David pasa entonces a encontrar consuelo en su propia conducta frente a toda esta injusticia. El verdadero daño que causan los enemigos ocurre cuando nos empujan a pecar, como en el caso de Nehemías 6:13, cuando intentan sacudirnos interiormente y apartarnos de Dios y de nuestro deber. Si la gracia de Dios nos protege de eso, sus ataques no pueden hacernos un daño verdadero. Si nos mantenemos firmes en nuestra integridad y en nuestra paz, ¿quién puede realmente perjudicarnos?
David mantuvo la calma y no se dejó desestabilizar por sus insultos ni por sus ataques (Salmos 38:13-14). Dice: «Yo era como un sordo: no escuchaba». No prestó atención a sus abusos, no guardó resentimiento ni planeó vengarse. Mientras menos atención demos a los insultos y a las ofensas, más paz conservaremos en nuestro corazón.
Como era sordo a sus burlas, también permanecía en silencio, como alguien que no tiene palabras para defenderse. No decía nada, en parte para evitar enojarse y en parte para no hacer que sus enemigos empeoraran la situación. No les respondía ni se apresuraba siquiera a defenderse, para que su defensa no fuera tomada como una ofensa más. Aunque intentaban quitarle la vida y su silencio podía parecer una señal de culpabilidad, permanecía como un hombre mudo que no abre la boca. Cuando los enemigos hablan a gritos, muchas veces es prudente hablar poco para no empeorar las cosas.
David sabía que su mansedumbre no convencería a personas así, y que las respuestas amables no apartarían su enojo. Eran demasiado perversos para responder correctamente. Aun así, actuó con mansedumbre para no pecar y poder recordar su conducta con paz. En esto, David señaló a Cristo, quien permaneció en silencio frente a sus acusadores y no respondió a los insultos con más insultos. Ambos son ejemplos para nosotros de que no debemos responder a las ofensas con más ofensas.
También permaneció cerca de Dios por medio de la fe y la oración, y eso lo ayudó a soportar aquellas heridas y a mantener tranquilo su corazón: «En ti, Señor, espero» (Salmos 38:15). Dependía de Dios para que hablara por él, demostrara su inocencia y, de alguna manera, silenciara y avergonzara a sus enemigos. Sus amigos se habían alejado de él (Salmos 38:10), pero Dios no lo abandonaría.
«Yo era como un hombre que no escucha, porque tú escucharás». ¿Por qué tendría que prestar atención a cada acusación si Dios ya estaba escuchando? 1 Pedro 5:7 dice que Dios cuida de nosotros, así que no tenemos que seguir cargando aquello que él ya ha tomado en sus manos. Algunos entienden la frase como: «Tú responderás»; por eso David dice que guardará silencio. Esta es una buena razón para soportar las calumnias con paciencia: Dios ve cada injusticia y, a su debido tiempo, hablará a nuestro favor y contra quienes nos hacen mal. Por eso, quedémonos quietos, porque el silencio demuestra que confiamos en él. Si intentamos encargarnos de todo por nuestra cuenta, tomamos en nuestras manos la obra de Dios y perdemos el consuelo de que él nos defienda.
Nuestro Señor Jesús, cuando sufrió, no amenazó en respuesta, porque se encomendó al que juzga justamente (1 Pedro 2:23). Al final no perderemos nada por hacer lo mismo. Lo que David quiere decir es: «Señor, tú responderás por mí».
David también acudió a Dios. En Salmos 38:16 dice: «Te dije: Escúchame», algo que se entiende por el contexto. Ya lo había dicho antes, y esta seguía siendo su esperanza: «En ti espero, porque tú me escucharás, para que no se alegren de mí». Cuando temía que sus enemigos lo dominaran, se consolaba con este pensamiento. Es de gran ayuda cuando las personas son falsas y crueles, porque tenemos un Dios al que podemos acudir con libertad y que permanecerá fiel.
Después lamenta su propia necedad y debilidad. Sentía que el pecado todavía actuaba en él y veía que estaba en peligro de quejarse de la providencia de Dios —es decir, de su gobierno sabio sobre la vida— y de perder la calma por las injusticias que otros le cometían: «Estoy a punto de caer» (Salmos 38:17). Esto se parece a lo que dijo el salmista en otro momento difícil: «Casi resbalan mis pies cuando vi la prosperidad de los malvados» (Salmos 73:2). Aquí quiere decir: «Estaba a punto de decir: “En vano he mantenido puro mi corazón”». Su tristeza era constante: «Todo el día he sido afligido» (Salmos 73:13-14), y no dejaba de darle vueltas en la mente. Eso casi hizo que resbalara entre la fidelidad y la incredulidad. El temor de caer lo llevó de nuevo a Dios: «En ti espero, no solo para que me defiendas, sino también para que me guardes de pecar». Cuando las personas buenas fijan constantemente la mirada en sus problemas, pueden estar a punto de caer. Cuando mantienen a Dios delante de ellas, permanecen firmes.
También recordó sus pecados anteriores contra sí mismo, reconociendo que había atraído esos problemas sobre su propia vida y que, por causa de ellos, había perdido el derecho a reclamar la protección de Dios. Aunque podía justificarse delante de las personas, se juzgaría a sí mismo delante de Dios (Salmos 38:18): «Confesaré mi pecado y no lo ocultaré. Me arrepentiré de mi pecado y no lo tomaré a la ligera». Esto lo ayudó a permanecer en silencio bajo la disciplina de Dios y bajo los insultos de las personas. Si de verdad nos arrepentimos del pecado, eso nos ayuda a soportar el sufrimiento, especialmente cuando la acusación que recibimos es injusta.
El arrepentimiento, que consiste en apartarse del pecado y volver a Dios, incluye dos cosas. Primero, debe haber confesión del pecado. «Confesaré mi culpa» significa algo más que decir: «Soy pecador». Significa reconocer con claridad y de manera específica lo que hemos hecho mal. Debemos confesar nuestros pecados a Dios con libertad y sinceridad, junto con todo aquello que los hace más graves, para que Dios reciba la gloria y nosotros asumamos la vergüenza. Segundo, debe haber tristeza por el pecado: «Me arrepentiré de él». El pecado produce tristeza. Toda persona que se arrepiente de verdad se aflige por la deshonra causada a Dios y por el daño que se ha hecho a sí misma. Algunos entienden esta frase así: «Viviré con temor y preocupación por mi pecado», temiendo que me destruya si no es perdonado.
Concluye con una oración urgente por la presencia amorosa de Dios y su ayuda oportuna en medio de la angustia (Salmo 38:21; Salmo 38:11). «No me abandones, Señor, aunque mis amigos lo hagan, y aunque yo merezca que tú me abandones. No te alejes de mí, porque mi corazón incrédulo está a punto de temer que eso es lo que has hecho». Nada hiere más profundamente el corazón de una persona íntegra que sufre que el temor de que Dios la haya abandonado en su enojo. Por eso, nada brota de su corazón con más sinceridad que esta oración: «Señor, no te alejes de mí. Apresúrate a ayudarme, porque estoy en peligro de perecer si el alivio no llega pronto». Dios no solo nos permite clamar a él en la angustia; también nos permite pedirle que se apresure.
Da la razón: «Tú eres mi Dios, a quien sirvo y de quien dependo para que me sostengas; tú eres mi salvación, el único que puede salvarme, quien ha prometido salvarme y de quien espero la salvación». Si alguien está sufriendo, que ore así, suplique así y espere así mientras entona este salmo.
De este capítulo
Salmos 38:1
"Señor, no me reprendas en tu enojo ni me castigues en tu furor."
Salmos 38:2
"Pues tus flechas se han clavado en mí; ¡has descargado tu mano sobre mí!"
Salmos 38:3
"Por tu enojo debido a mis pecados, todo mi cuerpo está enfermo; ¡no tengo ni un solo hueso sano!"
Salmos 38:4
"Mis maldades me tienen abrumado; son una carga que no puedo soportar."
Salmos 38:5
"A causa de mi necedad, mis heridas se pudren y apestan."
Salmos 38:6
"Todo el día ando triste, cabizbajo y deprimido."
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