Versículo destacado
Salmos 36:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
La maldad habla al malvado en lo profundo de su corazón. Él jamás tiene presente que hay que temer a Dios.
Salmos 36:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 La maldad habla al malvado en lo profundo de su corazón. Él jamás tiene presente que hay que temer a Dios.
2 Se considera tan digno de alabanza que no encuentra odiosa su maldad.
3 Es malhablado y mentiroso, perdió el buen juicio, dejó de hacer el bien.
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David es llamado, en el título de este salmo, el siervo del Señor. No se nos dice por qué recibe aquí ese título especial y no en otros salmos, excepto en el Salmo 18. Pero David verdaderamente fue siervo del Señor, no solo en el sentido en que lo es toda persona buena, sino también como rey y profeta que sirvió al reino de Dios entre los seres humanos de una manera más directa y plena que la mayoría de sus contemporáneos. Él mismo consideraba un honor llevar ese nombre (Salmo 116:16). No es una vergüenza, sino un gran honor, que aun la persona más importante sea sierva del Dios grande. Es la posición más elevada que una persona puede alcanzar en este mundo.
En estos versículos, David describe la maldad de los malvados. No es seguro si se refiere específicamente a sus perseguidores o, en general, a todos los pecadores abiertamente malvados. Aquí vemos el pecado en sus causas y en sus resultados, en su raíz y en sus ramas. La raíz de toda esta amargura es, en primer lugar, el desprecio por Dios y la falta de respeto genuino hacia él (Salmo 36:1). La transgresión del malvado, tal como se describe después en los versículos 3 y 4, convence a David en su corazón de que no hay temor de Dios ante sus ojos. Si realmente temieran a Dios, no hablarían ni actuarían de manera tan desenfrenada. No se atreverían a quebrantar las leyes de Dios ni a violar su pacto con él si tuvieran algún sentido de su grandeza o temor de su ira. Por eso nuestras leyes dicen correctamente, al presentar cargos penales, que una persona actuó sin temor de Dios ante sus ojos. Es posible que los malvados no nieguen abiertamente el temor de Dios, pero sus pecados lo demuestran en silencio. David concluyó que quienes vivían sin cuidado estaban viviendo sin Dios en el mundo.
En segundo lugar, la raíz del pecado es la autosuficiencia y el falso consuelo que las personas se dan a sí mismas (Salmo 36:2). El malvado se halaga a sí mismo. Esto significa que, mientras continúa pecando, cree que está actuando en su propio beneficio. No ve, o se niega a admitir, la maldad y el peligro de su conducta. Llama bueno a lo malo y malo a lo bueno. Disfraza su vida desenfrenada de libertad, su engaño de sabiduría y habilidad, y su persecución del pueblo de Dios de justicia necesaria. Si su conciencia le advierte, se dice a sí mismo que Dios no le pedirá cuentas y que seguirá teniendo paz si continúa por ese camino. Los pecadores se destruyen al halagarse a sí mismos. Satanás no podría engañarlos si ellos no se engañaran primero.
Pero este engaño no durará para siempre. Llegará el día en que el pecador quedará expuesto y verá que su pecado es detestable. El pecado es algo aborrecible. Es esa cosa terrible que el Señor odia, y sus ojos puros y celosos no pueden soportar contemplarla. También es dañino para el pecador mismo, y por eso debería serle detestable. Sin embargo, lo trata como un bocado dulce por el dinero o el placer que le produce. Lo que al principio parece agradable terminará siendo amargo, como veneno dentro del cuerpo (Job 20:13-14).
Cuando la conciencia despierte y el pecado muestre su verdadero rostro, haciendo que las personas se asusten de sí mismas; cuando pongan en sus manos la copa del temblor y tengan que beber hasta sus sedimentos, entonces verán cuán detestable es su pecado. También verán que su autoengaño fue una gran insensatez y una razón aún más grave para su condenación.
De esta amarga raíz brotan ramas malditas. El pecador desafía a Dios y, en la práctica, se convierte en su propio dios. ¿Qué puede esperarse de eso sino ruina? Estas son las primeras aberturas por las que entró el pecado. Las personas no temen a Dios, por eso se halagan a sí mismas. Luego avanzan a los pasos siguientes.
En primer lugar, dejan de preocuparse por lo que dicen, ya sea verdadero o falso, correcto o incorrecto (Salmo 36:3). Las palabras de su boca son pecado y engaño; están destinadas a hacer el mal mientras lo esconden bajo excusas aceptables y convincentes. No sorprende que quienes se mienten a sí mismos también planeen engañar a los demás. Si una persona es falsa con su propia alma, ¿con quién será sincera?
En segundo lugar, desaparece todo el bien que alguna vez quedaba en ellos. Se apagan las chispas de virtud, se silencian las convicciones y los buenos comienzos quedan en nada. Dejan de ser sabios y de hacer el bien. Tal vez antes parecían vivir guiados por la sabiduría y la religión, pero han roto esas ataduras. Se han despojado tanto de la religión como de la sabiduría que la acompañaba. Quienes dejan de hacer el bien también dejan de ser sabios.
En tercer lugar, después de abandonar el bien, comienzan a planear daño y dificultades contra las personas buenas que los rodean y que hacen el bien (Salmo 36:4). Planea el mal en su cama. Cuando las personas dejan de hacer el bien, de orar y de prestar atención a los mandamientos y a la adoración de Dios, se convierten en instrumentos fáciles para el diablo. Él los usa para atraer a otros al pecado y, con quienes no se dejan atraer de esa manera, para causarles dificultades. Los que abandonan el bien comienzan a hacer el mal. El diablo, después de caer de la inocencia, rápidamente se convirtió en el tentador de Eva y en el perseguidor del justo Abel.
Hacer daño es malo, pero planearlo es peor. Idear el mal significa hacerlo a propósito, con determinación y con cuidado. Significa poner la mente a trabajar para llevarlo a cabo de la manera más eficaz posible, con la astucia y la malicia de la serpiente antigua. Planearlo en la cama, donde deberíamos estar pensando en Dios y en su palabra (Miqueas 2:1), muestra un corazón completamente inclinado al mal.
En cuarto lugar, una vez que han entrado en el camino del pecado, el camino que no es bueno, en el que no hay nada bueno ni en él ni al final de él, continúan avanzando y deciden permanecer allí. Se disponen a llevar a cabo el daño que han planeado, y nada los detendrá de hacer lo que han decidido, aunque vaya en contra tanto de su deber como de sus verdaderos intereses. Si los pecadores no endurecieran su corazón ni se volvieran descarados en su vergüenza, no podrían seguir caminando tan decididamente en contra de lo justo y lo bueno.
En quinto lugar, quienes hacen el mal no sienten rechazo por el mal que ven en los demás. No aborrecen el mal; se complacen en él y se alegran de ver que otros son tan malos como ellos. Esto también puede significar que no se arrepienten de su pecado. Cuando Dios concede arrepentimiento, las personas llegan a aborrecer el mal que han hecho, e incluso a aborrecerse a sí mismas por causa de él. El pecado es amargo al recordarlo, aunque haya sido dulce al cometerlo. Pero los pecadores endurecidos tienen la conciencia tan apagada y cauterizada que nunca recuerdan sus pecados con pesar. Se mantienen firmes en lo que hicieron, como si pudieran defenderlo delante de Dios mismo.
Algunos piensan que David se refiere especialmente a Saúl, quien había perdido el temor de Dios y abandonado toda conducta buena. Saúl había tratado con bondad a David cuando le dio a su hija como esposa, pero al mismo tiempo estaba planeando hacerle daño. Aun así, no tenemos que limitar el salmo únicamente a Saúl. Muchas personas encajan en esta descripción, y eso es profundamente triste.
De este capítulo
Salmos 36:2
"Se considera tan digno de alabanza que no encuentra odiosa su maldad."
Salmos 36:3
"Es malhablado y mentiroso, perdió el buen juicio, dejó de hacer el bien."
Salmos 36:4
"Acostado en su cama, planea hacer el mal; está tan aferrado a su mal camino que no quiere renunciar a la maldad."
Salmos 36:5
"Pero tu amor, Señor, llega hasta el cielo; tu fidelidad alcanza el cielo azul."
Salmos 36:6
"Tu justicia es como las grandes montañas; tus decretos son como el mar, grande y profundo. Tú, Señor, cuidas de los hombres y los animales."
Salmos 36:7
"¡Qué maravilloso es tu amor, oh Dios! ¡Bajo tus alas buscan protección los hombres!"
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