Versículo destacado
Salmos 35:17 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
Señor, ¿cuánto tiempo seguirás viendo esto? ¡Salva mi vida, mi única vida, de esos leones que andan rugiendo!
Salmos 35:17
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
16 Me atormentaron, se burlaron de mí y me lanzaron miradas cargadas de odio.
17 Señor, ¿cuánto tiempo seguirás viendo esto? ¡Salva mi vida, mi única vida, de esos leones que andan rugiendo!
18 Te daré gracias ante tu pueblo numeroso; ¡te alabaré ante la gran multitud!
19 Que no se alegren de mí mis enemigos; que no se guiñen el ojo los que me odian sin razón.
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En estos versículos, David vuelve a describir la gran injusticia, malicia y arrogancia de quienes lo atacaban. Presenta todo esto delante de Dios como razón para pedir protección y ayuda contra ellos. Eran profundamente injustos, porque eran sus enemigos sin motivo alguno. David no les había dado ninguna provocación; lo odiaban sin razón, incluso por las mismas cosas que debieron llevarlos a amarlo y honrarlo. Esto se cita y se aplica a Cristo en Juan 15:25: «Me odiaron sin causa».
También eran groseros y fríos con él. Ni siquiera podían mostrarle la cortesía común. «No hablan de paz» significa que, si se encontraban con él, no le ofrecían ni siquiera un saludo amistoso. Eran como los hermanos de José, que no podían hablarle pacíficamente (Génesis 37:4). Además, eran orgullosos y burlones: abrían la boca contra él, gritaban y se burlaban cuando lo veían caer. Se alegraban cuando lo obligaban a abandonar el tribunal, como si dijeran: «¡Ajá! Este es el día que queríamos ver».
También eran crueles y de bajos sentimientos. Lo pisoteaban cuando estaba caído, se alegraban de su aflicción y se jactaban de su desgracia (Salmo 35:26). Con frecuencia, la gente se pone del lado de quien parece estar ganando y rechaza a quien ha caído. Así ocurrió cuando los gobernantes atacaron a Jesús, el Hijo de David, y la multitud gritó: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!». También dirigieron sus ataques contra todas las personas serias y piadosas que permanecían junto a David (Salmo 35:20). Usaban mentiras y engaños para atrapar y destruir a quienes vivían tranquilamente en la tierra.
Ese es el carácter de las personas piadosas en cualquier lugar. Son personas pacíficas, que viven en sumisión respetuosa a las autoridades, hasta donde pueden hacerlo delante del Señor, y procuran vivir en paz con todos. Sin embargo, sus enemigos muchas veces han tenido la costumbre de inventar acusaciones falsas contra ellas. Usan toda clase de engaños y mentiras para hacer que parezcan odiosas o despreciables. Distorsionan sus palabras y sus acciones; incluso les atribuyen cosas que aborrecen. Se promulgan leyes para atraparlas (Daniel 6:4), y todo esto tiene el propósito de destruirlas y expulsarlas.
Entonces David apela a Dios, a quien pertenece la justicia. Apela al conocimiento de Dios: «Tú lo has visto» (Salmo 35:22). Otros lo habían acusado falsamente, pero Dios conocía la verdad. Dios sabía que David no los había acusado falsamente ni los había presentado como peores de lo que eran. Sus conspiraciones se habían llevado a cabo en secreto, pero David afirma: «Tus ojos estaban sobre ellos en sus reuniones secretas, y tú eres testigo de todo lo que han dicho y hecho contra mí y contra tu pueblo».
También apela a la justicia de Dios: «Despierta para hacerme justicia, para defender mi causa» (Salmo 35:23). En otras palabras, le pide que escuche su caso en su tribunal. «Júzgame, Señor mi Dios», dice, pidiendo que Dios dicte sentencia conforme a la rectitud de su propia naturaleza y gobierno (Salmo 35:24). Salomón explica esta idea en 1 Reyes 7:31-32. Cuando se apela a Dios, él escucha desde el cielo y juzga: condena a los malvados y demuestra que los justos tienen la razón.
Después, David ruega con fervor que Dios actúe a su favor y no permanezca inmóvil, como si solo estuviera observando (Salmo 35:17). «Señor, ¿hasta cuándo mirarás?», pregunta. «¿Hasta cuándo permitirás la maldad de los perversos?». Le pide a Dios que rescate su vida de la destrucción que están planeando y que libre su preciosa alma de los leones. Su alma representa su vida misma; por eso, sería una gran vergüenza que la descuidara y una gran pérdida que la perdiera. Puesto que su vida está en peligro, pide: «Señor, rescátala». Esa vida pertenece de manera especial al Padre de los espíritus; por eso le pide a Dios que reclame lo que es suyo y la salve. «Señor, no te quedes callado», dice, como si Dios estuviera aprobando lo que se hacía contra él. «No te alejes de mí» (Salmo 35:22), como si David fuera un extraño para Dios, alguien por quien Dios no se preocupara.
También ora para que sus enemigos no tengan motivo para alegrarse de su desgracia (Salmo 35:19). Repite esta petición en el Salmo 35:24. Su preocupación no era solamente que ser pisoteado le causara dolor, sino que eso deshonrara a Dios y avergonzara la confianza que había puesto en él. También endurecería a sus enemigos en su maldad y desanimaría a los judíos fieles que apoyaban su causa justa. David pide no ser llevado tan cerca del desastre que ellos puedan decir en su corazón: «¡Ajá, eso era lo que queríamos!» (Salmo 35:25), y mucho menos: «Lo hemos devorado». Si eso ocurriera, estarían insultando a Dios mismo.
En cambio, pide que ellos sean avergonzados y queden confundidos todos juntos (Salmo 35:26; véase también Salmo 35:4). Quiere que su inocencia quede tan clara que ellos se avergüencen de las mentiras que difundieron contra él. Quiere que su causa quede tan firmemente establecida que se avergüencen de sus planes y de sus esperanzas de verlo destruido. Esa vergüenza podría llevarlos al arrepentimiento, o podría convertirse en su juicio y sufrimiento permanente.
Por último, ora para que sus amigos tengan motivos para alegrarse y darle gloria a Dios (Salmo 35:27). Aunque otros se esforzaban por manchar el nombre de David, presentarlo como alguien despreciable y atemorizar a la gente para que no lo apoyara, algunos todavía respaldaban su causa justa. Sabían que estaba siendo tratado injustamente y lo amaban sinceramente. Por ellos pide dos cosas.
Primero, pide que se alegren con él en su alegría. Es un gran consuelo para las personas buenas ver que un hombre honesto y una causa justa triunfan. Quienes verdaderamente están del lado del pueblo de Dios y están dispuestos a compartir su suerte aun cuando es oprimido, con el tiempo gritarán de alegría y se regocijarán, porque la causa justa finalmente vencerá.
Segundo, pide que se unan a él para alabar a Dios: «Que digan continuamente: “¡El Señor sea engrandecido!”». Nosotros y los demás debemos alabar a Dios porque él se complace en el buen resultado de la obra de su siervo. El gran Dios se alegra del bienestar de las personas buenas, no solo de su familia en conjunto, la iglesia, sino también de cada siervo individual dentro de esa familia.
Dios se complace en el bienestar de su pueblo, tanto en su vida exterior como en su condición espiritual. No se deleita en su sufrimiento, porque no aflige de buena gana. Puesto que esto es verdad, nosotros también debemos alegrarnos por el bien de su pueblo y no envidiarlo.
Cuando Dios, en su providencia, muestra su buena voluntad hacia el bienestar de sus siervos y el placer que tiene en ese bienestar, debemos reconocerlo con gratitud y alabarlo por ello. Entonces debemos decir: «¡El Señor sea engrandecido!».
La misericordia que David esperaba recibir mediante la oración promete corresponderla con alabanza: «Te daré gracias porque me libraste» (Salmo 35:18). Su lengua hablará de la justicia de Dios, es decir, de la justicia de sus juicios y de la rectitud de todo lo que hace. Lo hará abiertamente, en la gran congregación y entre mucha gente, para que Dios sea honrado y muchos reciban ayuda. También lo hará constantemente: hablará de la alabanza de Dios cada día, o durante todo el día. Este es un tema que nunca se agotará, ni siquiera con las alabanzas interminables de los santos y los ángeles.
De este capítulo
Salmos 35:1
"Señor, oponte a los que se oponen a mí; ataca a los que me atacan."
Salmos 35:2
"Toma tu escudo y ven en mi ayuda;"
Salmos 35:3
"toma tu lanza y haz frente a los que me persiguen; ¡dime que eres tú mi salvador!"
Salmos 35:4
"Huyan avergonzados los que quieren matarme; huyan avergonzados los que quieren hacerme daño;"
Salmos 35:5
"¡sean como paja que se lleva el viento, arrojados por el ángel del Señor!"
Salmos 35:6
"¡Sea su camino oscuro y resbaladizo, mientras los persigue el ángel del Señor!"
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