Versículo destacado

Salmos 33:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Aclamen al Señor, hombres buenos; en labios de los buenos, la alabanza es hermosa. "

Salmos 33:1

menu_book El versículo en contexto

1 Aclamen al Señor, hombres buenos; en labios de los buenos, la alabanza es hermosa.

2 Den gracias al Señor al son del arpa, cántenle himnos con música de salterio,

3 cántenle un nuevo canto, ¡toquen con arte al aclamarlo!

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El salmista muestra cuatro cosas en estos versículos.

Primero, desea profundamente que Dios sea alabado. No cree alabar a Dios como debería, por eso quiere que otros se unan a esta obra. Cuantas más voces haya en este cántico santo, más se parecerá al cielo. El gozo santo es el corazón y el alma de la alabanza, y por eso anima a todos los buenos a alegrarse en el Señor (Salmos 33:1). El salmo anterior terminó de esta manera, y este comienza igual, porque toda nuestra adoración debe empezar y terminar con un gozo santo en Dios, quien es el mejor de todos los seres y el mejor de los amigos.

La alabanza agradecida es la expresión visible de ese gozo santo, y el salmista también la pide: «Alaben al Señor». Hablen bien de él y denle el honor que su nombre merece (Salmos 33:2). Los cánticos religiosos son una manera apropiada de expresar la alabanza agradecida, por eso también dice: «Cántenle un cántico nuevo» (Salmos 33:3). Esto significa ofrecer el mejor cántico que tengan; no uno gastado por el uso constante, sino uno lo suficientemente fresco como para conmover el corazón. Es un cántico nuevo por las nuevas misericordias de Dios, por sus compasiones que se renuevan cada mañana. David también estableció acompañamiento musical para los cánticos del templo, a fin de que se cantaran de una manera más apropiada, y aquí también se anima a practicarlo.

Hay una buena regla para cumplir con este deber: hacerlo con habilidad y con un sonido fuerte. Hay que poner en ello tanto reflexión como sentimiento, una mente clara y un corazón ferviente. También hay una buena razón para hacerlo: la alabanza es apropiada para los rectos. A Dios le agrada, y es un hermoso adorno para nuestra confesión de fe. Puesto que Dios ha honrado a su pueblo, es correcto que su pueblo lo honre a él. Los rectos alaban a Dios de una manera apropiada porque lo alaban de corazón, y esa es su verdadera gloria. Las alabanzas de los hipócritas son torpes y están fuera de lugar, como un proverbio en la boca de un necio (Proverbios 26:7).

Segundo, el salmista tiene pensamientos grandiosos acerca de Dios y de sus cualidades perfectas (Salmos 33:4, 33:5). Dios se da a conocer por medio de su palabra, que aquí representa toda la revelación divina: todo lo que Dios ha hablado en diferentes tiempos y de distintas maneras a las personas. Esa palabra es completamente recta; no hay nada torcido en ella. Sus mandamientos corresponden a lo que es verdaderamente justo, y sus promesas son sabias, buenas y totalmente confiables. Incluso sus advertencias son justas, porque tienen el propósito de apartarnos del mal. La palabra de Dios es recta; por eso, cuando estamos de acuerdo con ella, somos rectos, y cuando nos apartamos de ella, estamos equivocados.

Dios también se da a conocer por medio de sus obras, y todas ellas se realizan con fidelidad, conforme a sus sabios propósitos, llamados las Escrituras de verdad (Daniel 10:21). Lo que Dios hace corresponde exactamente a su plan eterno. Nunca se desvía ni siquiera un poco de lo que se propuso. Sus obras muestran que él es un Dios de justicia inquebrantable, porque ama la rectitud y la justicia. En sus juicios no hay nada que no sea recto, y la manera en que los ejecuta está llena de justicia. Nunca le hace mal a ninguna criatura, y siempre está dispuesto a hacer justicia a quienes han sido tratados injustamente. También muestra que es un Dios de bondad abundante, porque la tierra está llena de su bondad. Esto significa que está llena de señales y ejemplos de su bondad. Las lluvias que dan vida al mundo, los frutos que produce, el alimento que provee para las personas y los animales, y las bendiciones comunes que disfrutan todas las naciones lo demuestran claramente.

Tercero, el salmista está convencido del poder todopoderoso de Dios, manifestado en la creación del mundo. Creemos en Dios, el Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, y este pasaje nos enseña a alabarlo de esa manera. Dios hizo el mundo por medio de su palabra y del aliento de su boca (Salmos 33:6, 33:9). Cristo es la Palabra, y el Espíritu es el aliento; por eso, el Padre hizo el mundo y también lo gobierna y lo redime por medio de su Hijo y de su Espíritu. Él habló, y todo fue hecho. Para Dios, hablar y hacer no son cosas separadas como lo son para nosotros.

El mismo poder hizo el mundo, creó al ser humano y edifica la iglesia. Por medio de la Palabra y del Espíritu, Dios hizo aquel primer mundo; después hizo al ser humano como un pequeño mundo; y ahora hace la iglesia, el mundo nuevo, y obra la gracia en el alma, la nueva persona y la nueva creación. Qué puede hacer ese poder, si pudo crear un mundo con solo una palabra. Y lo que Dios hace, lo hace por completo. Lo hace, y permanece firme. Todo lo que Dios hace durará para siempre (Eclesiastés 3:14). Las cosas continúan existiendo hasta hoy porque él ordenó que permanecieran firmes (Salmos 119:91).

Cuarto, el salmista muestra lo que Dios hizo. Él hizo todas las cosas, pero se menciona de manera especial a los cielos y a sus ejércitos, es decir, los cielos visibles, el sol, la luna y las estrellas (Salmos 33:6). También se mencionan las aguas y sus depósitos (Salmos 33:7). Al principio, la tierra estaba cubierta de agua, y el agua, por ser más pesada, naturalmente se hundiría debajo de la tierra. Pero Dios reunió las aguas para que apareciera la tierra seca, mostrando desde el principio que el Dios de la naturaleza no está limitado por el orden habitual de la naturaleza. También puso el abismo en depósitos, no solo en los mares, contenidos por la arena, sino además en lugares subterráneos ocultos, donde permanecen invisibles y guardados para el momento en que se abrirían «las fuentes del gran abismo». Todavía están allí, almacenados para el propósito que el gran Dueño de la casa conoce mejor.

La respuesta correcta a todo esto es clara: que toda la tierra tema al Señor y permanezca asombrada ante él (Salmos 33:8). Es decir, que todas las personas lo adoren y le den gloria (Salmos 95:5, 95:6). El evangelio eterno da esta misma razón para adorar, porque Dios hizo el cielo, la tierra y el mar (Apocalipsis 14:6, 14:7). Debemos temerle, lo que significa que debemos temer su enojo y no querer tenerlo como enemigo. Debemos tener cuidado de no resistirlo ni intentar enfrentarnos a él.

No debemos atrevernos a ofenderlo, porque quien tiene este poder seguramente tiene todo poder en sus manos. Es peligroso estar en guerra con Aquel que tiene a los ejércitos del cielo como sus soldados y las profundidades del mar como sus depósitos. Por eso, la sabiduría nos enseña a buscar la paz con él (Jeremías 5:22).

También podemos hallar consuelo en el gobierno y la autoridad de Dios (Salmos 33:10, 11). Él domina los planes humanos y hace que sirvan a sus propios propósitos, incluso cuando las personas pretenden algo completamente distinto. Por eso, con los ojos de la fe, debemos ver a Dios en su trono.

Él derrota los planes de sus enemigos. Hace que los planes de las naciones fracasen, de modo que lo que traman contra él y contra su reino se vuelva inútil (Salmos 2:1). El consejo de Ahitofel se convierte en necedad, y el plan de Amán es detenido. Por más cuidadosamente que se prepare un plan, y por muy altas que sean las esperanzas que se construyan sobre él, si Dios declara que no permanecerá, fracasará.

También lleva a cabo sus decretos, que son sus propósitos firmes. «El plan del Señor permanece para siempre». No cambia, porque él es de un solo parecer y nadie puede desviarlo. Las personas pueden resistirse a que se cumpla, pero ningún poder creado puede detenerlo, ni siquiera en lo más mínimo.

A través de todos los cambios de la historia, Dios nunca ha alterado sus planes. En cada acontecimiento, incluso en los que más nos sorprenden, se cumple su propósito eterno. Nada puede impedir que se realice en el momento preciso. Con qué alegría podemos alabar a Dios mientras cantamos. Y cuánta paz puede darnos este pensamiento en todo momento: Dios gobierna el mundo; lo gobernaba con perfecta sabiduría antes de que naciéramos, y seguirá gobernándolo cuando yazcamos en silencio bajo el polvo.

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