Versículo destacado
Salmos 32:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Feliz el hombre cuyas culpas y pecados han sido perdonados por completo. "
Salmos 32:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Feliz el hombre cuyas culpas y pecados han sido perdonados por completo.
2 Feliz el hombre que no tiene malas intenciones y a quien el Señor no acusa de ninguna falta.
3 Mientras no confesé mi pecado, mi cuerpo se iba debilitando por gemir todo el día,
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Este salmo se llama «Masquil». Algunos piensan que esa palabra se refería únicamente a la melodía con la que se cantaba. Otros creen que tiene un significado importante, y la nota al margen lo traduce como «salmo de David que da instrucción». No hay nada sobre lo que necesitemos más instrucción que la verdadera dicha: qué es realmente, cómo alcanzarla y qué debemos hacer para ser felices.
Estos versículos enseñan varias cosas. En general, muestran que nuestra felicidad se basa en el favor de Dios, no en las riquezas del mundo. Se encuentra en las bendiciones espirituales, no en los bienes de esta vida. Cuando David dice: «Dichoso aquel que no sigue el consejo de los malvados» (Salmo 1:1), y «Dichosos los que van por caminos intachables» (Salmo 119:1), describe el tipo de persona que es dichosa. Pero cuando aquí dice: «Dichoso aquel cuya transgresión es perdonada», se refiere a algo distinto. Aquí el perdón es la raíz de la dicha, el don fundamental del cual brotan todas las demás bendiciones.
En primer lugar, se nos enseña qué es el perdón del pecado. Todos lo necesitamos; sin él estamos perdidos. Por eso debemos esforzarnos con seriedad y diligencia por entenderlo. Es el perdón de la transgresión. El pecado consiste en quebrantar la ley de Dios. Cuando nos arrepentimos, esa transgresión es perdonada; es decir, se cancela y se quita la obligación del castigo que la ley había puesto sobre nosotros. El perdón retira una carga, una carga pesada, como un peso sobre la espalda, el estómago o el espíritu. El perdón de los pecados da descanso y alivio a quienes están cansados y cargados (Mateo 11:28).
También es cubrir el pecado, como se cubre la desnudez para que ya no quede expuesta a nuestra vergüenza (Apocalipsis 3:18). Una de las primeras señales de culpa en nuestros primeros padres fue que sintieron vergüenza de su desnudez. El pecado nos hace desagradables ante Dios e incapaces de tener comunión con él. Cuando la conciencia despierta, también hace que nos sintamos disgustados con nosotros mismos. Pero cuando el pecado es perdonado, queda cubierto con el manto de la justicia de Cristo, como las túnicas de piel con las que Dios vistió a Adán y Eva, señal del perdón de los pecados. Entonces Dios ya no está disgustado con nosotros, sino plenamente reconciliado con nosotros. Los pecados no quedan ocultos de nosotros: «Mi pecado está siempre delante de mí», ni quedan ocultos del conocimiento de Dios. Quedan ocultos de su juicio contra nosotros. Cuando él perdona el pecado, no lo recuerda más; lo pone detrás de su espalda, y no puede ser encontrado. Entonces el pecador, ya reconciliado con Dios, comienza a reconciliarse consigo mismo.
También consiste en que Dios no nos imputa la iniquidad: no la carga a la cuenta del pecador, no lo trata conforme a toda la severidad de la ley ni le da el trato que merece. Como la justicia de Cristo se nos cuenta a nosotros y en él llegamos a ser justicia de Dios, nuestro pecado no se nos toma en cuenta. Dios puso sobre Cristo el pecado de todos nosotros y lo hizo pecado por nosotros. Observemos que este acto de no tomar en cuenta el pecado es obra de Dios, porque él es el Juez. Dios es quien justifica, es decir, quien declara que los pecadores están en una relación correcta con él.
En segundo lugar, se nos enseña cómo son aquellos cuyos pecados han sido perdonados: «en cuyo espíritu no hay engaño». No dice que no haya culpa, porque ¿quién vive sin pecar? Dice que no hay engaño. El pecador perdonado no finge delante de Dios en su arrepentimiento ni en su fe, ni cuando ora por paz y perdón. Es sincero y habla con honestidad. No se arrepiente con la intención de volver a pecar, para luego pecar con la intención de arrepentirse otra vez. Quienes son honestos, quienes realmente son lo que dicen ser, son verdaderos israelitas, personas en quienes no hay engaño.
En tercer lugar, se nos enseña la dicha de estar justificados. La dicha pertenece a la persona cuyo pecado ha sido perdonado: toda clase de bendición, suficiente para hacerla plenamente dichosa. Se quita aquello que trajo la maldición y se retira lo que impedía la bendición. Entonces Dios derrama bendiciones hasta que ya no queda espacio para recibirlas. El perdón del pecado es la promesa del pacto que sostiene todas las demás: «Tendré misericordia de sus injusticias» (Hebreos 8:12).
En cuarto lugar, se nos enseña cuál es la triste condición del pecador que no se ha humillado: aquel que ve su culpa, pero todavía no la ha confesado con arrepentimiento. David lo describe conmovedoramente a partir de su propia experiencia amarga: «Mientras callé, se envejecieron mis huesos» (Salmo 32:3-4). Las personas guardan silencio cuando apartan sus convicciones, cuando ven la maldad y el peligro del pecado, pero los dejan de lado y se ocupan de otra cosa, como Caín cuando construyó una ciudad. Guardan silencio cuando no claman mientras la mano de Dios pesa sobre ellas, cuando se niegan a aliviar su conciencia mediante una confesión sincera y cuando no quieren buscar la paz por medio de una oración fiel y ferviente. Esas personas prefieren consumirse en sus pecados antes que seguir el camino de Dios hacia el descanso de su alma. Deben esperar que sus convicciones enterradas ardan como fuego en sus huesos; y las heridas del pecado, si no se abren para ser tratadas, supurarán y empeorarán dolorosamente.
Si la conciencia se ha endurecido, el peligro es aún mayor. Pero si la conciencia ha sido conmovida y despertada, se hará oír. Entonces la mano del juicio de Dios se siente con fuerza sobre el alma, y la angustia del espíritu incluso afecta el cuerpo. David lo sintió tan intensamente que, aunque todavía era joven, sus huesos parecían envejecer. Hasta su silencio lo hacía gemir todo el día, como si padeciera una enfermedad grave. En realidad, su angustia provenía del conflicto interior entre sus convicciones y sus deseos pecaminosos. Quien encubre su pecado no prosperará. El arrepentimiento trae cierta aflicción interior, pero el pecado no confesado trae algo mucho peor.
En quinto lugar, se nos enseña el verdadero y único camino hacia la paz de la conciencia. Debemos confesar nuestros pecados para que sean perdonados y declararlos abiertamente para que seamos justificados, es decir, declarados en una relación correcta con Dios. David tomó ese camino: «Te confesé mi pecado y no oculté mi iniquidad» (Salmo 32:5). Quienes desean el consuelo del perdón deben aceptar la vergüenza sobre sí mismos y confesar sus pecados con arrepentimiento. Debemos confesar claramente el hecho del pecado y ser específicos: «Esto y aquello hice». Debemos confesar lo malo que es el pecado, reconocer plenamente su maldad y asumir la responsabilidad: «He hecho algo muy malo». Debemos confesar que el castigo que ya hemos sufrido por causa de él es justo: «El Señor tiene razón en todo lo que nos ha sucedido», y también que merecemos algo mucho peor: «Ya no soy digno de que me llamen tu hijo». Debemos confesar el pecado con vergüenza y santo pudor, con temor y santo temblor.
Esto muestra cuán dispuesto está Dios a perdonar el pecado cuando una persona se arrepiente de verdad. David dice: «Dije: “Confesaré”», dando a entender que decidió firmemente, sin más demora, hacer una confesión franca y sincera de sus pecados. Y tan pronto como lo hizo, Dios perdonó la culpa de su pecado y dio a su conciencia el consuelo del perdón. Encontró descanso para su alma de inmediato.
Observemos cuánto más dispuesto está Dios a perdonar que nosotros a arrepentirnos para recibir el perdón. David tuvo que luchar intensamente antes de llegar a confesar sus pecados. Tuvo que ser presionado profundamente antes de ceder (Salmo 32:3-4). Durante mucho tiempo se resistió y no quiso rendirse hasta que la situación llegó al límite. Pero una vez que estuvo dispuesto a entregarse, veamos cuán rápida y fácilmente recibió misericordia. Solo tuvo que decir: «Confesaré», y Dios lo perdonó.
Esto se parece al padre del hijo pródigo, quien vio a su hijo que regresaba cuando todavía estaba lejos y corrió a su encuentro con el beso que confirmaba su perdón. Qué gran ánimo ofrece esto a los pobres pecadores que se arrepienten. También nos da una firme confianza en que, si confesamos nuestros pecados, Dios será fiel y justo, y también bondadoso y compasivo, para perdonarnos.
Esto nos lleva al buen uso que debemos hacer de la experiencia de David acerca del deseo de Dios de perdonar sus pecados (Salmo 32:6). «Por eso —dice—, todo el que es fiel te orará». Todas las personas piadosas son personas de oración. Tan pronto como Pablo se convirtió, la prueba fue evidente: «¡Mira, está orando!» (Hechos 9:11). Sería tan fácil encontrar a una persona viva sin aliento como encontrar a un cristiano vivo sin oración.
La enseñanza sobre la dicha de quienes tienen sus pecados perdonados y sobre la facilidad con que se puede obtener el perdón debe impulsarnos a orar. En especial, debe movernos a orar: «Dios, ten misericordia de nosotros, pecadores». Todo el que tiene una actitud correcta buscará a Dios con fervor en oración y se acercará con confianza al trono de la gracia, esperando recibir misericordia (Hebreos 4:16). Quienes desean tener éxito en la oración deben buscar al Señor mientras puede ser hallado. Cuando su providencia los llama a buscarlo y su Espíritu los impulsa a hacerlo, deben buscar al Señor de inmediato (Zacarías 8:21), sin perder tiempo. De lo contrario, la muerte podría llevárselos y entonces sería demasiado tarde para buscarlo (Isaías 55:6). «Ahora es el tiempo aceptable» (2 Corintios 6:2, 4).
Quienes son sinceros y constantes en la oración encontrarán su beneficio en medio de la angustia. Aun cuando vengan «las muchas aguas», tan amenazantes, estas no se acercarán lo suficiente para aterrorizarlos ni perturbar su paz, mucho menos para cubrirlos por completo. Quienes tienen a Dios cerca en todo lo que le piden, como lo hacen todos los íntegros, arrepentidos y dedicados a la oración, están tan protegidos y sostenidos que ninguna corriente, ni siquiera una gran inundación, puede acercarse para hacerles daño. Así como las tentaciones del maligno no los alcanzan (1 Juan 5:18), tampoco las dificultades de este mundo malvado logran alcanzarlos verdaderamente. Los dardos encendidos de ambas clases caen lejos de ellos.
De este capítulo
Salmos 32:2
"Feliz el hombre que no tiene malas intenciones y a quien el Señor no acusa de ninguna falta."
Salmos 32:3
"Mientras no confesé mi pecado, mi cuerpo se iba debilitando por gemir todo el día,"
Salmos 32:4
"pues día y noche tu mano pesaba sobre mí. Como una flor marchita por el calor del verano, así sentía que decaía."
Salmos 32:5
"Pero te confesé sin reservas mi pecado y mi maldad; decidí confesarte mis pecados, y tú, Señor, los perdonaste."
Salmos 32:6
"Por eso, en momentos de angustia, los fieles te invocarán; aunque se desborden las aguas caudalosas, no llegarán hasta ellos."
Salmos 32:7
"Tú eres mi refugio: me proteges del peligro y me rodeas de gritos de liberación."
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