Versículo destacado
Salmos 2:10 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Reyes y gobernantes de la tierra, entiendan esto; ¡aprendan bien esta lección! "
Salmos 2:10
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
8 Pídeme que te dé las naciones como herencia y hasta el último rincón del mundo como propiedad, y yo te los daré.
9 Con un cetro de hierro destrozarás a los reyes; ¡los harás pedazos como a ollas de barro!
10 Reyes y gobernantes de la tierra, entiendan esto; ¡aprendan bien esta lección!
11 Adoren al Señor con alegría y reverencia.
12 Inclínense ante él con temblor, no sea que se enoje y ustedes mueran en el camino, pues su furor se enciende fácilmente. ¡Felices los que buscan protección en él!
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Aquí se presenta la aplicación práctica de esta verdad del evangelio acerca del reino del Mesías, expresada como un llamado a los reyes y jueces de la tierra. Se les advierte que es inútil luchar contra el gobierno de Cristo, así que deben tener la sabiduría suficiente para someterse a él. Aquel que tiene poder para destruirlos también demuestra que no desea su destrucción, porque los pone en el camino de la felicidad (Salmos 2:10).
Todo el que quiera ser sabio necesita recibir instrucción, y verdaderamente sabios son quienes aceptan la enseñanza de la Palabra de Dios. Ante Dios, los reyes y los jueces están al mismo nivel que todos los demás, y necesitan la religión tanto como cualquier otra persona. Quienes hacen leyes y juzgan a otros también deben recibir de Cristo la ley de Dios, y hacerlo será su verdadera sabiduría.
Lo que se les dice a ellos en realidad se les dice a todos. El llamado se dirige a los reyes y jueces porque su ejemplo influye en las personas que están bajo su autoridad, y porque ellos eran los hombres poderosos que se oponían al reino de Cristo (Salmos 2:2). Primero, se nos exhorta a honrar a Dios y a vivir con reverente temor de él (Salmos 2:11). Este es un deber central de la religión natural. Dios es grande, está muy por encima de nosotros, es perfectamente santo y justamente se indigna contra el pecado; por eso debemos temerle y temblar ante él.
Sin embargo, también es nuestro Señor y Dueño, así que le debemos nuestro servicio. Es nuestro amigo y benefactor, por lo que tenemos razones para alegrarnos en él. Estas verdades encajan muy bien entre sí. Debemos servir a Dios en la adoración y en cada aspecto de una vida piadosa, pero siempre con santo temor, vigilándonos cuidadosamente y tratándolo con profundo respeto.
Incluso los reyes, a quienes otros sirven y temen, deben servir y temer a Dios. La distancia inmensa entre ellos y Dios es la misma que existe entre la persona de menor autoridad y Dios. También debemos alegrarnos en Dios. Al someternos a él, podemos disfrutar de otras cosas, pero aun así debemos hacerlo con un corazón reverente, porque él es glorioso, santo y siempre nos observa.
Debemos ocuparnos de nuestra salvación con temor y temblor (Filipenses 2:12). Debemos alegrarnos por el establecimiento del reino de Cristo, pero hacerlo con santo asombro, cuidando de no quedarnos cortos y con una tierna preocupación por las muchas almas para quienes el evangelio llega a ser olor de muerte (2 Corintios 2:16). Todo aquello que disfrutamos en este mundo debemos disfrutarlo con reverencia. Eso nos impide enorgullecernos de nuestra alegría y nos recuerda lo rápido que puede ser sacudida por los muchos cambios de la vida.
Alegrarse con temblor significa alegrarse como si no nos alegráramos plenamente (1 Corintios 7:30). En segundo lugar, se nos exhorta a recibir a Jesucristo y a someternos a él (Salmos 2:12). Este es el gran deber de la fe cristiana. Se exige de todos, incluso de los reyes y los jueces, y hacerlo es tanto sabio como bueno para nosotros.
El mandato se expresa de esta manera: «Besen al Hijo». Cristo es llamado el Hijo porque Dios ya había declarado que era su Hijo: «Tú eres mi Hijo» (Salmos 2:7). Él es el Hijo de Dios por generación eterna, es decir, eternamente procede del Padre, y por esa razón debe ser adorado. También es el Hijo del Hombre, es decir, el Mediador, quien se coloca entre Dios y la humanidad (Juan 5:27), y por esa razón debe ser recibido y obedecido. El título «Hijo» incluye ambas verdades.
Nuestro deber hacia Cristo se describe mediante una figura: «Besen al Hijo». No se trata del beso de un traidor, como el que dio Judas, ni del beso de un hipócrita, que aparenta honrar mientras en realidad insulta. Es un beso de fe. Primero, es un beso de acuerdo y reconciliación. Es como decir: «Besen al Hijo y sean amigos», tal como sucedió entre Jacob y Esaú. Que termine el conflicto entre nosotros y Dios; que cesen los actos de hostilidad y hagamos las paces con Dios por medio de Cristo, quien es nuestra paz.
Segundo, es un beso de adoración y reverencia. En otros tiempos, las personas besaban a los ídolos como acto de adoración (1 Reyes 19:18; Oseas 13:2). Debemos pensar cuidadosamente en cómo honrar al Señor Jesús y darle la gloria que corresponde a su nombre. Él es nuestro Señor, y debemos adorarlo (Salmos 45:11). Debemos adorar al Cordero tanto como al que está sentado en el trono (Apocalipsis 5:9-13).
Tercero, es un beso de amor y afecto. «Besen al Hijo» significa entrar en amistad con él y considerarlo precioso. Debemos amarlo por encima de todo, amarlo con sinceridad y amarlo profundamente, como aquella mujer que había sido perdonada de mucho y después besó los pies de Jesús (Lucas 7:38).
Cuarto, es un beso de lealtad y obediencia, como cuando Samuel besó a Saúl en señal de fidelidad (1 Samuel 10:1). Debemos jurar lealtad a Cristo, someternos a su gobierno, tomar su yugo y entregarnos por completo a sus leyes, a su providencia y a su causa.
Las razones de este mandato se relacionan con nuestro propio bien, algo que Dios muestra que le importa en el evangelio. Consideremos primero la ruina segura que resulta de rechazar a Cristo: «Besen al Hijo, por su propia seguridad». Rechazarlo lo ofenderá profundamente: «Háganlo, no sea que se enoje».
El Padre ya está enojado contra el pecado, y el Hijo es el Mediador que vino a hacer la paz. Si lo despreciamos, la ira del Padre permanece sobre nosotros (Juan 3:36), y además se suma la ira del Hijo, porque nada lo indigna más que el rechazo de su gracia y la resistencia a su obra salvadora. El Hijo puede enojarse, aunque también es el Cordero. Él es el León de la tribu de Judá, y la ira de este Rey, el Rey de reyes, será como el rugido de un león. Hará que incluso los gobernantes poderosos busquen en vano lugares donde esconderse entre las rocas y las montañas (Apocalipsis 6:16).
Si el Hijo se enoja, ¿quién intercederá por nosotros? Ya no queda otro sacrificio ni otro nombre por el cual podamos ser salvos. La incredulidad es un pecado contra el único remedio. También traerá sobre nosotros una destrucción completa: «No sea que perezcan en el camino», o, como algunos entienden la expresión, «para que no perezcan en su camino».
Esto puede referirse al camino de sus pecados o a la senda de sus falsas esperanzas. También puede significar que su propio camino perecerá, como en Salmos 1:6. En otras palabras, pueden perder el camino hacia la felicidad. Cristo es el camino; por eso deben cuidarse de quedar separados de él, quien es el camino hacia Dios.
Esto también da a entender que ellos estaban, o al menos creían estar, en el camino correcto. Pero al descuidar a Cristo, perecen fuera de ese camino. Eso hace que su ruina sea todavía peor, porque van al infierno desde el camino que debía conducirlos al cielo. Están cerca del reino de Dios, pero nunca entran en él.
En segundo lugar, si nos entregamos a Cristo, tenemos la seguridad de la felicidad. Cuando se enciende su ira, aun una pequeña expresión de ella basta para hacer miserable al pecador más orgulloso si alcanza su conciencia, porque arderá hasta lo más profundo del infierno. Uno podría esperar que este pensamiento condujera directamente a una advertencia como: «¡Ay de quienes lo desprecian!». Pero el salmista se estremece ante la idea de ese destino terrible, se aparta de ella y llama bienaventurados a quienes escapan de tal suerte.
Quienes confían en Cristo y, por lo tanto, lo «besan», son verdaderamente felices. Esto será especialmente evidente cuando la ira de Cristo se manifieste contra sus enemigos. Entonces serán bienaventurados quienes lo hayan hecho su refugio y protector. En el día de la ira, cuando a otros se les debilite el corazón por el miedo, ellos levantarán la cabeza con alegría.
Quienes ahora desprecian a Cristo y a sus seguidores se verán obligados a admitir, para su propia vergüenza, que son bienaventurados todos los que confían en él, y únicamente quienes confían en él. Al cantar y orar estas palabras, nuestro corazón debe llenarse de santo temor ante Dios. Al mismo tiempo, debemos afirmarnos en una confianza gozosa en Cristo, cuya mediación —su obra como quien intercede por nosotros ante Dios— nos da consuelo y ánimo, tanto a nosotros mismos como unos a otros. Nosotros somos la circuncisión, el pueblo apartado para Dios, los que nos alegramos en Cristo Jesús.
De este capítulo
Salmos 2:1
"¿Por qué se agitan los pueblos paganos? ¿Por qué traman planes sin sentido?"
Salmos 2:2
"Los reyes y los gobernantes de la tierra se rebelan y conspiran juntos contra el Señor y contra su rey escogido."
Salmos 2:3
"Y gritan: «¡Quitémonos sus cadenas! ¡Librémonos de sus ataduras!»"
Salmos 2:4
"El Señor, el que reina en el cielo, se ríe de ellos;"
Salmos 2:5
"luego, enojado, los aterroriza; lleno de furor, les dice:"
Salmos 2:6
"«Ya he consagrado a mi rey sobre Sión, mi monte santo.»"
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