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Salmos 148:7 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

¡Alaben al Señor desde la tierra, monstruos del mar y mar profundo!

Salmos 148:7

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Considerando que esta tierra y el aire que la rodea son como la parte más baja del universo, debemos buscar razones para estar contentos con el lugar que ocupamos en él. Ninguna razón es más conmovedora —aparte del tiempo en que el Hijo de Dios la visitó— que esta: aun en este mundo oscuro y pecaminoso, Dios es alabado: «Alaben al SEÑOR desde la tierra» (Salmos 148:7). Así como la luz del sol enviada directamente desde el cielo se refleja, aunque con menos intensidad, en la tierra, también la alabanza a Dios debe elevarse desde este mundo frío y contaminado.

En primer lugar, aun las criaturas que no tienen razón son llamadas a participar en este gran coro, porque Dios puede ser glorificado por medio de ellas (Salmos 148:7-10). Que los dragones o las ballenas, que juegan en las profundidades del mar (Salmos 104:26), alaben al SEÑOR, quien muestra su poder al gobernar al leviatán, o ballena (Job 41:1). Las profundidades y todas sus criaturas alaban a Dios: el mar y los animales que hay en él, e incluso las profundidades de la tierra y todo lo que vive allí. Dios puede ser alabado desde las profundidades con la misma verdad con que se puede acudir a él en oración desde ellas.

Si levantamos la mirada al cielo, vemos muchos fenómenos extraordinarios que muestran especialmente el poder del gran Creador. Hay señales de fuego, como los relámpagos; señales de agua, como el granizo y la nieve, además de los vapores de los que proceden; y señales de viento, como los vientos de tormenta. No sabemos de dónde vienen ni adónde van, ni de dónde procede su gran fuerza ni cómo termina. Sin embargo, sí sabemos esto: cumplen la palabra de Dios y hacen únicamente lo que él dispone. Cristo mostró su poder divino cuando ordenó a los vientos y al mar, y estos le obedecieron. Quienes se niegan a obedecer la palabra de Dios y se levantan contra ella demuestran ser más obstinados que los vientos de tormenta, porque hasta esos vientos le obedecen.

Miremos la tierra misma (Salmos 148:9), y veremos lugares elevados, montañas y colinas. Algunas son estériles y otras fértiles, pero ambas pueden darnos razones para alabar. También vemos plantas altas: algunas son apreciadas por su utilidad, como los diversos árboles frutales, y otras por su majestuosidad, como todos los cedros, esos árboles del SEÑOR (Salmos 104:16). Los cedros no son árboles frutales, pero aun así tenían un lugar en el templo de Dios.

Ahora miremos el mundo animal, y allí Dios es glorificado incluso por las bestias salvajes y por todo el ganado que sirve a la humanidad (Salmos 148:10). Ni los animales que se arrastran han caído tan bajo, ni las aves que vuelan se elevan tan alto como para quedar fuera del llamado a alabar al SEÑOR. Gran parte de la sabiduría, el poder y la bondad del Creador se manifiesta en las distintas capacidades e instintos de sus criaturas, en la manera en que él las sustenta y se sirve de ellas. Cuando todo es tan extraordinario y, a la vez, tan bueno, solo podemos reconocer a Dios con asombro y gratitud.

En segundo lugar, quienes tienen razón deben usarla mucho más para alabar a Dios: los reyes de la tierra y todos los pueblos (Salmos 148:11-12). Dios debe ser glorificado en ellos y por medio de ellos, igual que en las criaturas inferiores, porque el corazón de ellos está en la mano del SEÑOR, y él los usa como le place. Dios es alabado en la estructura de los reinos, tanto en quienes gobiernan como en quienes son gobernados. Los reyes reinan por causa de él, y los pueblos se someten a ellos por causa de él. Los príncipes y los jueces reciben de él su sabiduría y autoridad, y debemos bendecir a Dios por ellos, pues son dones que nos concede.

También debemos alabar a Dios por las familias, porque él las fundó. Por todo el consuelo que los padres y los hijos, los hermanos y las hermanas se ofrecen unos a otros, Dios merece nuestra alabanza. Por eso, toda clase de persona debe alabar a Dios. Personas de toda posición, tanto las de alto rango como las de condición humilde, son llamadas a hacerlo. Los reyes, los príncipes y los jueces reciben un llamado especial a alabarlo, porque quienes han sido honrados por Dios deben honrarlo con la honra que han recibido. Su poder y posición pública les dan una mayor capacidad para darle gloria a Dios y servirle bien.

Sin embargo, también se espera que el pueblo lo alabe, y Dios recibe con agrado su alabanza. Cristo no despreció los «hosannas» de la multitud. Los jóvenes y las jóvenes, que suelen reunirse con alegría, deben convertir su alegría en alabanza. Que su felicidad llegue a ser santa, para que permanezca pura. Las personas de toda edad también deben alabarlo. Los ancianos todavía deben dar este fruto en su vejez, y ni la edad ni la debilidad deben servirles de excusa. Los niños también deben comenzar desde temprano a alabar a Dios, pues aun de la boca de los bebés y de los niños de pecho se completa esta buena obra.

En (Salmos 148:13) se da una razón poderosa para todo esto: solo su nombre es excelente y digno de alabanza. Su nombre está por encima de todo nombre. Ningún otro nombre ni ningún otro ser posee toda la excelencia, excepto él. Su gloria está por encima de la tierra y de los cielos; aun así, todos los que viven en la tierra y en el cielo deben alabarlo, mientras confiesan que su nombre está muy por encima de toda bendición y alabanza.

En tercer lugar, sobre todo, el pueblo de Dios, que ha recibido privilegios especiales, debe rendirle un honor especial (Salmos 148:14). Dios ha levantado el poder de su pueblo; esto significa que ha exaltado su honor, su fuerza, su abundancia y su poder. Israel fue honrado por encima de las demás naciones de muchas maneras, pues a ellos pertenecían la adopción, la gloria y los pactos (Romanos 9:4). Su honor particular consistía en ser un pueblo cercano a Dios, su tesoro especial. Podían entrar en sus atrios, mientras que al extranjero que se acercara se le debía dar muerte.

Dios estaba cerca de ellos cada vez que clamaban a él por ayuda. Por medio de Cristo, esta bendición también ha llegado a los gentiles, porque quienes antes estaban lejos han sido acercados por la sangre de Cristo (Efesios 2:13). El mayor honor que una persona puede tener es ser acercada a Dios, y cuanto más cerca, mejor. Lo mejor de todo será cuando estemos más cerca de él en el reino de gloria.

Puesto que Dios honra de esta manera a su pueblo, espera que su pueblo también lo honre: «Alaben al SEÑOR». Que él sea la alabanza de todos sus santos, aquel a quien ellos alaban, porque él mismo es motivo de alabanza para ellos. «Él es tu alabanza y él es tu Dios» (Deuteronomio 10:21).

Algunos entienden que «el poder de su pueblo» se refiere a David, como una figura de Cristo. Dios levantó a Cristo para que fuera Príncipe y Salvador, y él es verdaderamente la alabanza de todos sus santos, ahora y para siempre. Por medio de él llegan a ser un pueblo cercano a Dios.

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