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Salmos 141:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

A ti clamo, Señor: ¡ven pronto! ¡Escucha mi voz cuando te invoco!

Salmos 141:1

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auto_stories Comentario de Bible Guided

La misericordia para aceptar lo que hacemos bien y la gracia para guardarnos de hacer lo malo son las dos cosas que el ejemplo de David nos enseña a pedirle aquí a Dios.

David amaba la oración y le pide a Dios que la escuche y le responda (Salmos 141:1-2). Su clamor muestra cuán sincero era al orar. También demuestra fe y una confianza constante. Quería que Dios prestara atención a su voz y lo escuchara con bondad. Quienes claman a Dios en oración pueden esperar ser escuchados, no porque hablen fuerte, sino porque son sinceros.

También le pide a Dios que venga pronto a él. Quienes valoran la presencia bondadosa de Dios desean tenerla cerca y pueden sentir una santa impaciencia cuando las respuestas parecen tardar. El creyente no se adelanta con incredulidad, pero quien ora todavía puede pedirle a Dios que se apresure. David también desea agradar a Dios con su oración y con el levantar de sus manos, que representa tanto elevar sus deseos como extender sus esperanzas. Levantar las manos señala el acto de elevar el corazón y ocupa el lugar de presentar sacrificios delante del Señor. La oración es un sacrificio espiritual: la entrega del alma y de sus mejores deseos a Dios.

David pide que su oración sea puesta delante de Dios como incienso y como el sacrificio de la tarde. Menciona el sacrificio vespertino en vez del matutino, quizá porque esta era una oración de la tarde. También puede señalar de antemano a Cristo, quien, en el ocaso del mundo y al final del día, habría de ofrecerse como sacrificio por nuestros pecados y establecer los sacrificios espirituales de alabanza y acción de gracias, después de dejar atrás las leyes externas del antiguo pacto. Quienes oran con fe pueden esperar que sus oraciones agraden más a Dios que un buey o un toro. David estaba alejado de los atrios de Dios, así que no podía participar allí del sacrificio y del incienso. Por eso pide que su oración sea aceptada en su lugar. La oración asciende a Dios como una ofrenda de grato aroma, semejante al incienso, aunque el incienso no desprende fragancia sin fuego. De la misma manera, la oración no tiene verdadero calor sin el fuego del amor santo y del fervor.

David también temía el pecado y le pide a Dios que lo guarde de él, porque sabía que sus oraciones no serían aceptadas si no se mantenía alerta contra el pecado. Debemos desear tanto la gracia de Dios obrando en nosotros como su favor hacia nosotros. Pide no caer en palabras pecaminosas (Salmos 141:3). «Pon, Señor, una guardia delante de mi boca» significa: «Ya que mis labios son como una puerta para mis palabras, permite que tu gracia cuide esa puerta, para que no salga ninguna palabra que te deshonre o haga daño a los demás». Quienes desean hacer el bien saben cuán destructivos pueden ser los pecados de la lengua y con qué facilidad caen en ellos. Cuando los enemigos nos provocan, corremos el peligro de hablar con demasiada dureza; incluso Moisés, el hombre más humilde, habló imprudentemente en algunas ocasiones. Por eso le piden a Dios que los libre de hablar mal, pues saben que su propia vigilancia y sus fuerzas no bastan para gobernar la lengua ni el corazón sin la gracia especial de Dios. Debemos cuidar nuestra boca, pero eso no es suficiente. También debemos pedirle a Dios que la guarde. Nehemías oró al Señor mientras colocaba una guardia, y nosotros debemos hacer lo mismo, porque sin Dios el vigilante vigila en vano.

También pide no dejarse llevar hacia ninguna acción pecaminosa (Salmos 141:4). «No inclines mi corazón a ninguna cosa mala» significa: «Cualesquiera que sean las inclinaciones al pecado que haya en mí, no te limites a contenerlas; dales muerte por medio de tu gracia». El ejemplo de quienes nos rodean y los insultos de quienes nos hacen daño pueden despertar nuestros deseos pecaminosos. Somos propensos a imitar lo que hacen los demás y a pensar que haber sido heridos nos da permiso para devolver el golpe. Por eso necesitamos pedir que nunca se nos deje a merced de nosotros mismos: ni para unirnos a quienes practican el mal ni para oponernos a ellos de una manera pecaminosa. Mientras vivamos en un mundo pecaminoso y llevemos un corazón inclinado al pecado, necesitamos pedir que la tentación no nos atraiga ni la provocación nos empuje a hacer lo malo.

También pide no quedar atrapado por los placeres pecaminosos: «No permitas que coma de sus manjares». Quiere decir: «No permitas que me una a sus fiestas y diversiones, de modo que termine arrastrado a sus pecados». Es mejor una comida sencilla de hierbas, lejos de la tentación, que un banquete abundante en medio de ella. Los pecadores fingen que el pecado es un deleite. El agua robada parece dulce y la fruta prohibida parece agradable. Pero quien considera cuán pronto los placeres del pecado se vuelven amargos y cuán seguramente el pecado terminará mordiendo como una serpiente, temerá esos placeres y le pedirá a Dios que, por su providencia, los mantenga fuera de su vista y que, por su gracia, vuelva su corazón contra ellos. Quienes desean hacer el bien incluso oran para no dejarse seducir por la dulzura del pecado.

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