Versículo destacado
Salmos 100:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
¡Canten con alegría al Señor, habitantes de toda la tierra!
Salmos 100:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 ¡Canten con alegría al Señor, habitantes de toda la tierra!
2 Adoren al Señor con alegría; ¡vengan a su presencia con gritos de alegría!
3 Reconozcan que el Señor es Dios; él nos hizo y somos suyos; ¡somos su pueblo y ovejas de su prado!
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Aquí el llamado a alabar es urgente y se repite. Este salmo verdaderamente corresponde a su título, «salmo de alabanza», y comienza con el mismo llamado que hemos visto varias veces: «Lancen gritos de alegría al SEÑOR, todas las tierras» (Salmos 100:1). Cuando todas las naciones sean hechas discípulas y el evangelio se predique a toda criatura, este llamado recibirá su plena respuesta.
Si entendemos el salmo como un llamado a la iglesia judía a alegrarse en el gobierno de Dios entre ellos, así como los salmos anteriores correspondían a los días del Mesías, entonces quizá también estaba destinado a los gentiles convertidos que llegaban de muchas tierras a la fe judía. De cualquier manera, la invitación es amplia y afectuosa. Dios no nos necesita ni necesita nada de lo que podamos ofrecerle, pero es su voluntad que le sirvamos y nos entreguemos a su adoración.
Somos llamados a entrar en su presencia de las maneras que él ha establecido, donde ha prometido encontrarse con su pueblo (Salmos 100:2). Eso significa entrar por sus puertas y en sus atrios (Salmos 100:4), esperar en él entre sus siervos y permanecer donde él tiene su morada real. En la adoración privada y familiar también nos presentamos delante de Dios, pero la adoración pública se representa especialmente como entrar por sus puertas y en sus atrios. El pueblo no podía entrar al lugar santo, donde solo servían los sacerdotes; aun así, debía estar agradecido por tener un lugar en los atrios de la casa de Dios.
También se nos anima a adorar a Dios con alegría. «Sirvan al SEÑOR con alegría» (Salmos 100:2) señala tanto el gozo que caracterizaría los tiempos del evangelio como la actitud que debe orientar toda adoración. El gozo santo es, en sí mismo, un verdadero servicio a Dios. Lo honramos cuando nos alegramos en él, y los adoradores del evangelio deben ser adoradores alegres.
Si servimos a Dios con sinceridad, también debemos servirle con alegría. Debemos hacerlo de buena voluntad y con entusiasmo, contentos cuando se nos llama a subir a la casa del SEÑOR (Salmos 122:1). Debemos considerar un consuelo tener comunión con Dios y entrar en su presencia con cánticos. Esto incluye cantos de alegría y cantos de alabanza. No solo debemos hallar consuelo en la adoración, sino también glorificar a Dios con nuestro gozo y atribuirle la alabanza por aquello que nos causa alegría.
Se nos dice que demos gracias y bendigamos su nombre. Primero, esto significa que debemos considerar una bondad que se nos permita servirle y agradecerle por la libertad de acercarnos a él, por las ordenanzas que nos ha dado y por la oportunidad de esperar en él mediante ellas. Segundo, debemos entrelazar la alabanza y la acción de gracias en toda nuestra adoración. Este hilo de oro debe recorrer cada deber (Hebreos 13:15), porque es la labor de los ángeles. En todo lo que hagamos, y en cada ordenanza así como en cada acto de su providencia, debemos dar gracias.
Las razones para alabar son tan importantes como el llamado a alabar (Salmos 100:3, 5). Debemos conocer quién es Dios en sí mismo y quién es él para nosotros. El conocimiento es la raíz de la devoción y de toda obediencia. Los sacrificios ciegos jamás agradarán al Dios que lo ve todo. Si realmente conocemos estas verdades, adoraremos con mayor cuidado, constancia, profundidad y seriedad.
Primero, «el SEÑOR es Dios»: el único Dios vivo y verdadero. Él es infinitamente perfecto, existe por sí mismo, es autosuficiente y es la fuente de todo lo que existe. Él es Dios, no un ser humano como nosotros. Es un Espíritu eterno, más allá de toda comprensión plena, independiente de todo lo demás, la causa primera y el objetivo final de todas las cosas. Los paganos adoraban lo que habían imaginado o fabricado, pero aquello que las personas hacen con sus propias manos no puede ser Dios. Nosotros adoramos al que nos hizo y creó todo el mundo. Todos los dioses falsos son mentiras vacías, y Dios ya ha triunfado sobre ellos.
Segundo, él es nuestro Creador. «Él nos hizo, y no nosotros mismos». Puedo saber que existo, pero no puedo decir: «Yo soy el que simplemente existe». Por eso, el origen de mi existencia, su autor y el lugar donde se encuentra Dios, mi Creador, se responden en el SEÑOR Jehová. Él nos dio la existencia y también nos dio esta clase de existencia. Formó nuestros cuerpos y nos dio nuestro espíritu. No nos hicimos a nosotros mismos ni podríamos haberlo hecho.
Tercero, como él nos hizo, tiene derecho a poseernos. Los masoretas, al cambiar una letra del hebreo, lo leyeron así: «Él nos hizo, y nosotros somos suyos», o «le pertenecemos». Consideradas juntas, ambas lecturas enseñan la misma verdad: puesto que Dios nos hizo y nosotros no nos hicimos a nosotros mismos, no nos pertenecemos. Le pertenecemos a él. Tiene un derecho evidente sobre nosotros y sobre todo lo demás. Somos suyos para ser guiados por su poder, ordenados según su voluntad y consagrados a su honor y gloria.
Cuarto, él es nuestro soberano. Somos su pueblo y sus súbditos, y él es nuestro príncipe, gobernante y gobernador. Nos da la ley moral y nos pedirá cuentas por lo que hacemos. El SEÑOR es nuestro juez y el SEÑOR es nuestro legislador. No somos libres de hacer lo que queramos, sino que debemos obedecer cuidadosamente lo que él ordena.
Quinto, él es nuestro generoso benefactor. No solo somos sus ovejas, que ya le pertenecen, sino también las ovejas de su prado, el rebaño que él alimenta y cuida. Somos las ovejas de su mano, bajo su cuidado y control (Salmos 95:7). El que nos hizo también nos sostiene y nos da abundantemente todas las cosas para que las disfrutemos.
Sexto, él es infinitamente misericordioso y bueno (Salmos 100:5). El SEÑOR es bueno y, por eso, hace el bien. Su misericordia permanece para siempre. Es una fuente que nunca puede secarse. Los santos, que ahora son vasos de misericordia apartados para Dios, serán para siempre, en la gloria, la evidencia resplandeciente de esa misericordia.
Séptimo, él es verdadero y fiel, y su verdad permanece por todas las generaciones. Ninguna palabra suya caerá al suelo como algo anticuado o revocado. Su promesa es segura para todo su pueblo, de generación en generación.
De este capítulo
Salmos 100:2
"Adoren al Señor con alegría; ¡vengan a su presencia con gritos de alegría!"
Salmos 100:3
"Reconozcan que el Señor es Dios; él nos hizo y somos suyos; ¡somos su pueblo y ovejas de su prado!"
Salmos 100:4
"Vengan a las puertas y a los atrios de su templo con himnos de alabanza y gratitud. ¡Denle gracias y bendigan su nombre!"
Salmos 100:5
"Porque el Señor es bueno; su amor es eterno y su fidelidad no tiene fin."
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